LA ORACION DEL JUSTO


La condición del corazón es un aspecto importante de la oración contestada. Es la oración sincera hecha de corazón la que permite que el poder de Dios esté disponible. Santiago 5:16 dice que la oración ferviente que proviene del corazón sincero de una persona justa tiene un gran poder dinámico en su actuación. Santiago anima los creyentes mediante el ejemplo de Elías, que fue un hombre sujeto a las mismas pasiones que cualquier hombre, y sin embargo su oración cerró los cielos: “Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto” (vv. 17-18).

Elías era conocido por su fervor. Ferviente significa tener o mostrar una gran emoción o celo, ardiente, extremadamente caliente o brillante. Muchos intentan separar la emoción de la oración, pero Dios responde a quienes son sinceros y ardientes. La implicación es que los justos orarán de esta forma. Se debe a que la justicia nos hace orar por justicia, igualdad y las cosas que son correctas.

Los justos tendrán pasión en la oración. Cuando abren su boca y comienzan a orar y hablan a las montañas de sus vidas, fluyen sabiduría, vida, verdad y justicia. Su entorno comienza a adquirir los atributos del Reino cuando ellos los declaran para que existan. La justicia es el fundamento del Reino de Dios. Para que el Reino de Dios, la justicia, la paz y el gozo en el Espíritu Santo (Romanos 14:17), se manifiesten en su vida, debe usted ser justo. Su Reino viene y su voluntad se hace cuando el justo ora. Los ojos del Señor y sus oídos están sobre los justos.

Él escucha sus oraciones y las responde. Él recompensa a los justos y les salva de todos sus problemas. Dios quiere allanar las montañas del justo, quiere hacer caminos donde no los hay y ríos en el desierto para los justos. Él lo hará con usted como lo hizo con Daniel:

En aquellos días yo Daniel estuve afligido por espacio de tres semanas. No comí manjar delicado, ni entró en mi boca carne ni vino, ni me ungí con ungüento, hasta que se cumplieron las tres semanas... Y he aquí una mano me tocó... Y me dijo: Daniel, varón muy amado, está atento a las palabras que te hablaré, y ponte en pie; porque a ti he sido enviado ahora... no temas; porque desde el primer día que dispusiste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras; y a causa de tus palabras yo he venido. —Daniel 10:2-3, 10-12

El Señor enviará refuerzos angélicos para ayudarle a permanecer y ser victorioso sobre las fuerzas malignas que intentan destruir la Palabra de Dios en su vida. Daniel oró con fervor y pasión, y su oración fue eficaz, ¡logró mucho! Un ángel del Señor se acercó hasta él, le fortaleció y le dio una palabra profética tan poderosa que aún sigue estando activa y se cumple en el Cuerpo de Cristo en la actualidad.

SANIDAD DE DIOS


La sanidad, como explicaremos aquí, comenzó con Jesús. Siempre había habido supersticiones, por supuesto, oraciones a los dioses, aguas milagrosas como leemos en el capítulo 5 de Juan, y cosas semejantes, como ocurre en el mundo en la actualidad. Quienes recibieron la mordedura de las serpientes fueron sanados al creer y mirar a la serpiente de bronce que hizo Moisés, a la que Jesús mismo hizo alusión en Juan 3:14. 

Sin embargo, el ministerio de sanidad de Cristo fue totalmente nuevo y extraordinario y, por eso, el ministerio de Cristo sigue siendo así hoy día a través de sus iglesias que creen.


Lo que Jesús hizo nos da algunas verdades fundamentales. Jesús sanó sin condiciones y sin presionar a nadie a que se convirtiera. Por supuesto, buscaba a los perdidos de su época, y lo sigue haciendo en nuestros tiempos, pero los sanaba independientemente de si creían que Él era el Hijo de Dios o no. Su compasión era sin vacilaciones y universal. Cuando un soldado extranjero dijo que su siervo estaba enfermo, Jesús inmediatamente dijo: “Yo iré y le sanaré” (Mateo 8:7). Su obra entre los enfermos fue una demostración de la verdad de la gracia divina.

Jesús actuó en el nombre de Dios Padre y demostró así la verdad de que la salud es la bendición normal de Dios, como el sol y la lluvia para el justo y el impío. Él sanó de su propia voluntad, por amor, no por efecto, porque los enfermos estaban enfermos.

Cristo no sólo amaba el alma de la gente, sino a la gente, y por eso se interesaba por sus necesidades físicas. Dios amó al mundo (en griego: cosmos, el globo habitado), a todas sus criaturas, de tal modo que ni un pajarillo cae de un tejado sin que el Padre lo sepa, como dijo Jesús. Al sanar a los afligidos, Jesús demostró que estaba haciendo la obra del Padre y demostrando la actitud verdadera de Dios hacia todo lo que respira.

El ministerio de Jesús fue algo más que curaciones físicas. Él dijo, de todas las maneras posibles, que el hombre completo necesitaba ayuda: física, psicológica y espiritual. Quiso hacer algo más que solamente sanar, diciendo que no era útil para un hombre estar bien físicamente si después se iba al infierno. Se entristecía cuando la gente se alejaba después de haber sido fácilmente contentada. “Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece”, les dijo. (Véase Juan 6:26-27). Quería que ellos leyeran sus maravillas como señales, declarando la tremenda verdad de un gran corazón de amor que latía por ellos: que ellos necesitaban a Dios. A menudo las personas aceptaban el reparto de una cura pero se alejaban, y se quedaban fuera de los beneficios completos del Reino de Dios.

Jesús fue más que un mero reformador social. Su método era intensamente personal y se interesaba por la personalidad entera. El punto de la sanidad de la mujer con el flujo de sangre no es tanto la sanidad en sí misma, sino su interés personal por ella. Rodeado por una multitud de sus coetáneos, Él calmó los temores de esa mujer y le aseguró su salvación. Ella había tomado la sanidad de su manto, pero Él no pudo dejarla ir así. Quería que fuera algo personal, para que todos supieran que fue un regalo de amor de Él hacia ella.

Cristo buscaba crear una relación de alabanza, agradecimiento y adoración entre los enfermos y su Padre. Cuando sanó al ciego (Juan 9), Jesús fue a encontrarle después y le preguntó: “¿Crees tú en el Hijo de Dios?”. El relato termina con esto: “Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró” (v. 38). Jesús mandó a sus discípulos que sanaran a los enfermos, y después, aún más, que proclamaran las buenas nuevas, el evangelio, que “se ha acercado a vosotros el reino de Dios” (Lucas 10:9). Sanó al leproso (Marcos 1:41-45) y le envió a ofrecer un sacrificio de agradecimiento como testimonio. También sanó a diez leprosos, pero solamente uno, un samaritano, regresó para darle las gracias (Lucas 17:12-19). Jesús dijo: “Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?” (vv. 17-18). Él quería que los que fueron sanados tuvieran más, que establecieran una relación de adoración con Dios.

Incluso al principio Moisés le dijo al faraón: “Jehová el Dios de Israel dice así: Deja ir a mi pueblo a celebrarme fiesta en el desierto” (Éxodo 5:1). Faraón no lo cuestionó. Israel fue liberado para alabar a Dios en la tierra, y su canto de alabanza está escrita una y otra vez en las Escrituras. Jesús a menudo liberó a las personas antes de que ellas se volvieran a Dios, incluso aunque no lo hicieran nueve de cada diez veces, un porcentaje justo quizá en nuestras reuniones evangelísticas. La sanidad puede ser un fin en sí misma, si eso es todo lo que queremos. Pero desde el ángulo de Dios, es abrir nuestro corazón a más amor.

Este es un importante resumen que hay que aprender bien. Conocer y amar a Dios es más importante que la sanidad. Muchos regresan sin sanarse a pesar de la oración y la fe, pero la sanidad no lo es todo. La enfermedad no es el mal final, ni tampoco son las curaciones el bien supremo.

Es absurdo perder la fe cuando no se produce la sanidad. Dios hace muchas más cosas que sanar, y Él no falla. Hay beneficios infinitamente mayores para los que Cristo trabajó y murió. La sanidad, de hecho, sólo adquiere significado, importancia y valor cuando abre un alma al amor de Dios. Entonces se convierte en una señal que la persona ha leído.

ORACION DE FE


La oración de fe es valiente y se hace desde un fundamento de fe sólido. La persona que hace esta oración está segura de la voluntad de Dios para la situación o el asunto entre manos. Tiene seguridad y esperanza, sabiendo que es la voluntad de Dios responder a su oración. “La oración de fe tiene poder. La oración de fe tiene confianza. La oración de fe tiene sanidad para el cuerpo y el alma”.

La Iglesia del Nuevo Testamento estaba haciendo este tipo de oración cuando oraba por Pedro. Justamente en medio de su oración oyeron golpes en la puerta, y era Pedro. Se quedaron asombrados. Podemos ver muchos otros ejemplos de esta oración en el ministerio de Jesús, los apóstoles y en nuestras vidas hoy. Los apóstoles oraron sabiendo cuál era la voluntad de Dios para las situaciones que afrontaban.

Muchos creyentes temen que cuando dejen las cosas para que se haga la “voluntad de Dios”, de algún modo no recibirán la solución, provisión, sanidad o liberación que necesitan. Pero no conocen la voluntad de Dios para ellos. Según la oración modelo que Jesús dio a sus discípulos en Mateo 6:9-11, debemos orar para que se haga la voluntad de Dios. Pero la gente “renuncia a su inteligencia en ese punto ante el Dios desconocido... No dice: ‘Si es tu voluntad’ y se detiene ahí. Hay una coma aquí, no un punto. La oración es esta: ‘Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra’ (Lucas 11:2)”. Yo diría que hay una diferencia significativa.

Fe en la voluntad de Dios

Cuando hacemos la oración de fe, estamos orando la voluntad de Dios para que se hagan las cosas en la tierra como se hacen en el cielo. Aquí es donde es muy importante una revelación clara del Reino. ¿Hay enfermedad en el cielo? ¿Hay carencia en el cielo? ¿Hay alguna persona no salvada en el cielo? Debemos tener fe para creer que Dios quiere que su voluntad para nuestra salud, prosperidad y la salvación completa se manifieste no solo cuando vayamos al cielo sino también mientras habitamos en la tierra. Es para su gloria. Cuando las personas ven que Dios escucha a su pueblo y contesta sus oraciones, eso es un testimonio para Él. Las personas son atraídas a Dios cuando pueden ver mediante sus testigos que Él es un Dios que oye, y si oye, ellos saben que responderá.

Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Tiene usted que obtener la seguridad de que es la voluntad de Dios para usted, para que cuando ore, lo haga con confianza y fe en que Él responderá.

El Señor quiere que tengamos más fe. Cuando varios están orando juntos por la misma petición y uno ha hecho la oración de fe, el Espíritu Santo glorificará a Jesús dando testimonio de la oración que se ha oído... El Señor quiere que sepamos que Él nos ha oído. Tenemos que darle gracias y alabarle por responder, y eso nos ayudará mucho cuando oremos. —William Seymour

Una gran fe

Hay muchos tipos distintos de fe: (1) fe para ser salvo, (2) fe general en lo que a usted le parece real, (3) fe en que Dios es real, (4) fe en que su silla no se romperá cuando se siente sobre ella, etc. Pero de lo que estoy hablando en este capítulo es de otro tipo de fe, una fe especial. La Nueva Traducción Viviente dice: “A otro el mismo Espíritu le da gran fe” (1 Corintios 12:9). Esta fe, también denominada fe especial, es uno de los dones espirituales. Smith Wigglesworth dijo que usted a menudo verá que si da un paso de fe y usa su propia fe, la que tiene como cristiano, cuando se le acabe a menudo se activará esta fe sobrenatural. La razón por la que no les ha sucedido a muchas personas es porque no usan primero lo que ya tienen.

Cada creyente ya tiene una fe general o salvadora, la cual también es un don. Efesios 2:8 dice: “Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”. La fe por la que usted es salvo es un don de Dios, pero no es uno de los nueve dones del Espíritu. La fe salvadora usted la recibe oyendo la Palabra, porque la Biblia dice: “Así que la fe [fe salvadora] es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).

La fe de la que estamos hablando, “fe especial”, es distinta a la fe general o fe salvadora. Es una manifestación sobrenatural del Espíritu Santo mediante la cual un creyente es capacitado con una fe especial, o gran fe, que está por encima de la fe salvadora.

Este es el tipo de fe que usted necesita para mover las obstrucciones y los obstáculos de su camino. Enfermedad, problemas económicos, abuso, orgullo, desempleo, ataduras y fortalezas de todo tipo no podrán permanecer en su vida cuando usted ore con esta gran fe. ¡Se tienen que ir!

Lo único que tiene que hacer es creer, y nada será imposible para usted (Marcos 9:23). Eso es especial. Esta fe especial hará que hable usted a demonios tercos y les diga: “Espíritu mudo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en él” (v. 25). La fe especial es la gran fe que Jesús tuvo durante su ministerio en la tierra, y Él dijo que nosotros caminaríamos en un poder incluso mayor y haríamos cosas mayores de las que Él hizo.

MISERICORDIA DE DIOS


Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.
Lamentaciones 3:22-23

Es solo gracias a las misericordias del Señor que no somos consumidos. Misericordia significa retener lo que merecemos, no darnos el castigo que merecemos. La realidad es que merecemos castigo. Merecemos el juicio de Dios porque hemos quebrantado su ley, porque hemos despreciado su amor, porque lo hemos
ofendido y no lo hemos honrado. Hacemos eso cada vez que pecamos. Debiéramos ser consumidos por su justicia pero su justicia es atenuada por su misericordia.

Su misericordia se basa en su compasión por nosotros y esa compasión nunca falla.

Cuando estaba criando a mis hijos, hubo momentos en que mostré misericordia como padre pero no puedo decir que tenía gran misericordia. Mirando atrás, puedo ver que hubo momentos en que se me agotó la compasión. Como la mayoría de los padres, no siempre mostré el amor perdonador de Dios cuando pude haberlo hecho. Como soy un ser humano y caído, mi compasión falló. Pero el Señor nos dice que sus misericordias nunca fallan. Su misericordia nunca disminuye con el desánimo, la irritación o el tiempo. Como nos dice Pablo en Romanos 5:20, donde el pecado abunda, la gracia abunda mucho más. Aunque sigamos pecando, abunda la gracia de Dios.

Esas obras de piedad hacia nosotros nuevas son cada mañana. A Dios nunca se le agota la compasión. Cada día es un nuevo día con Él. ¡Qué maravilloso es pensar en eso al comenzar el día! Es un nuevo día y toda la misericordia y compasión de Dios está a nuestra disposición para ese día.

¿Por qué tiene Dios tal misericordia y compasión? ¿Por qué son nuevas hoy aunque ayer fuera un día malo, o decepcionante o pecaminoso? He aquí por qué: grande es tu fidelidad. La fuente de donde surge la misericordia y la compasión de Dios es su pacto. Cuando Dios hace una promesa, la cumple. Durante los cuarenta años que Israel anduvo en el desierto y a lo largo de toda la Biblia, Dios nos ha prometido misericordia y compasión si confiamos en él. Dios es siempre fiel a sí mismo y a su Palabra. Dios no puede mentir ni puede quebrantar una promesa. Segunda Timoteo 2:13 dice: “Si fuéremos infieles, él permanece fiel; El no puede negarse a sí mismo”.

Despertamos cada nuevo día, sin que importe lo que sucedió el día anterior, rodeados de la misericordia y la compasión de un Dios que cumple su pacto incluso con sus imperfectos hijos.

LOS RASGOS DISTINTIVOS DEL VERDADERO CRISTIANO


El siguiente libro fue publicado por primera vez en inglés en el año 1820, por lo cual, pasado ya mucho más de 100 años desde su publicación, es de dominio público, parte del patrimonio literario de la fe cristiana.


En su principio, este libro consistió en una serie de ensayos, se cree que inspirado por un libro anterior publicado en 1746 por Jonathan Edwards titulado "Religius Affections.

¿En qué consiste el ser cristiano?

¿Cuáles son las señales espirituales que muestran palpablemente a nosotros mismos y a los demás que hemos nacido de Dios?

¿Cómo podemos aseguramos de que poseemos verdadera vida espiritual?

Son algunos de los temas que aborda esta obra, la cual le ayudará a esclarecer y a discernir quienes don de Dios y quienes no.

LA PALABRA SALVACION


La palabra salvación se emplea en la Biblia para indicar la obra de Dios a favor del hombre. En la presente dispensación, su uso se limita a la obra que él efectúa en los individuos y que se otorga a base de una sola condición bien definida en las Escrituras. No es posible dar demasiado énfasis al hecho de que ahora, según la Biblia, la salvación es el resultado de la obra de Dios para sí mismo. Eventualmente, la persona que ha sido salva por el poder de Dios puede, después de haberse cumplido en ella la obra divina, hacer “buenas obras” para Dios, porque se dice que la salvación es “para buenas obras” (Ef 2:10), y los que han creído deben procurar “ocuparse en buenas obras-” (Tito 3:8). Es evidente que las buenas obras se hacen posibles debido a que ya se posee la salvación, pero éstas no añaden nada a la obra salvadora, toda suficiente y perfecta de Dios.

Según el uso del Nuevo Testamento, la palabra salvación puede indicar el todo o una parte de la obra divina a favor del pecador. Cuando el término se refiere a toda la obra de Dios, toma en cuenta la completa transformación que se efectúa de un estado de perdición y condenación para el pecador a una esfera en la que este mismo pecador aparece conformado a la imagen de Cristo en gloria. Por lo tanto, el sentido más amplio del término salvación combina en si mismo muchas obras distintas que Dios realiza para el individuo, tales como la expiación, la gracia, la propiciación, el perdón, la justificación, la imputación, la regeneración, la adopción, la santificación, la redención y la glorificación. Los dos pasajes siguientes describen el estado del cual el individuo es salvo y el estado hacia el cual es salvo:
“Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef 2:11-12)
“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios . . . y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1Jn 3:1-2).
No podría haber entre los estados posibles para el hombre otros que estuviesen en mayor contraste que los dos descritos anteriormente.

Debe admitirse que esta transformación lejos de representar lo más grande que él impotente puede hacer para Dios, señala lo más grande que el Dios infinito puede hacer para el hombre, porque no es posible concebir algo que supere al estado a que el hombre es llevado por esta salvación, es decir, el ser “semejante a Cristo” y “conformado a la imagen de su Hijo”.

Mucho de la obra divina de salvación se cumple en la persona en el mismo instante en que ésta ejerce la fe salvadora. Pero, también hay algunos aspectos de esta obra que se hallan en la forma de un proceso transformador después de que el aspecto inicial de la salvación se ha realizado por completo. Además, existe uno que se revela como aquello que al momento de cumplirse lleva a su consumación la obra total de Dios a favor del pecador. Este último pertenece completamente al futuro.

Por lo tanto, en la presente dispensación es posible considerar la salvación a base de tres tiempos, tal como lo revelan las Escrituras: el tiempo pasado, o sea aquella parte de la obra salvadora que ya está del todo cumplida en y a favor del creyente, el tiempo presente, es decir, lo que ahora se está cumpliendo en y a favor del creyente; ya el tiempo futuro, esto es, lo que se cumplirá para consumar la obra de Dios en y a favor del creyente.

Los siguientes pasajes constituyen una exposición clara de los diferentes aspectos de la obra divina de salvación.

1. El hijo de Dios llegó a ser salvo de la culpa y la pena del pecado cuando creyó
“Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz” (Lc. 7:50)
“y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” Hechos 16:30-31)
“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1Co 1:18)
“Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden” (2Co 2:15)
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Ef 2:8)
“Quien nos salvó y nos llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2 Ti. 1:9).
2. El hijo de Dios, exaltado a tan elevada posición por medio de la fe, está siendo salvo del poder y dominio del pecado a base del mismo principio de fe:
“santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Jn 17:17)
“Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Ro 6:14)
“ Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil 2:12-13)
“Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Ro 8:2)
“Digo pues: Andad en el Espíritu y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gá. 5:16).
3. El hijo de Dios, engendrado como tal por medio de la fe, tiene que ser salvo todavía de la presencia del pecado en la presencia de Dios:
“Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos” (Ro 13:11)
“Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 P. 1:3-5)
“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” 1Jn 3:1-2).
También hay otros pasajes que combinan estos tres diferentes aspectos de la salvación:
“estando persuadido de esto, que el comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil 1:6)
“Más por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1Co 1:30)
“así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a si mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a si mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Ef 5:25-27).


[Fuente: Salvation: God's Marvelous Work of Grace, Cap I. By Lewis Sperry Chafer, 1917]

DECISIONES Y PROPOSITO


A la reina Ester se le pidió que hiciera algo muy difícil para ayudar a liberar a su pueblo. Lo más probable es que no tuviera deseos de estar en la situación desafiante en que Dios la había puesto. Probablemente, no quisiera esa responsabilidad, ni deseara correr el riesgo de daño personal que sabía que podría acontecerle.

Ester era una joven doncella con toda su vida por delante. Dejando atrás sus sueños, se le solicitó que siguiera las instrucciones del Señor que parecían muy peligrosas. Ester iba a ir ante el rey para poner al descubierto el malvado complot que había sido tramado contra los judíos. A nadie se le permitía presentarse ante el rey a menos que fuera invitado, ni siquiera a la reina. Ester sabía que, a menos que Dios le diera favor, la matarían (vea Ester 4:16). Yo diría que Ester se jugó el todo por el todo para obedecer la voluntad de Dios. Mardoqueo, que le estaba hablando a Ester de parte de Dios, le dijo que no debía guardar silencio. Si lo hacía, el pueblo perecería. Le recordó que quizás había sido llamada al reino precisamente para la misión que tenía por delante.

Usted también puede estar vivo hoy para cumplir los propósitos de Dios en su generación. El tiempo y lugar de su nacimiento no son accidentales; Dios nos coloca a todos a propósito en lugares específicos, en determinados marcos de tiempo y espacio. Muchas personas pasan sus vidas enteras sin saber nunca cuál es el propósito de su vida, pero quizás sea porque tratan de escoger su propio destino, en vez de seguir la dirección del Espíritu Santo. Seguir a Dios requiere sacrificio y estar dispuesto a estar incómodo. Ester llegó al punto de estar dispuesta a dejar de lado sus propios pensamientos, planes e ideas. Estaba dispuesta aún a morir si fuera necesario para obedecer a Dios.

Gracias al sacrificio de Ester y su valiente paso de fe, Dios la usó para salvar una nación. Fue más bendecida dentro de la voluntad de Dios de lo que podría haber sido de cualquier otra manera. La voluntad de Dios no siempre es fácil, pero siempre vale la pena de cualquier sacrificio que requiera.