QUE NECESITAS PARA CAMBIAR

 

“El milagro más grande no cambia a quien no quiere cambiar.”


Sanó al hombre que lo estaba entregando para morir…

y nadie se conmovió.


En Getsemaní todo se sale de control.

Miedo, confusión, traición.

El aire pesa. La noche es densa.


Pedro reacciona como reaccionamos muchos cuando el miedo gobierna:

impulsivo, torpe, violento.

Una espada, un movimiento mal hecho…

y una oreja cae al suelo.


Caos total.


Y entonces Jesús hace algo que no encaja con nada de lo que está pasando.


No grita.

No corre.

No se defiende.


Se agacha.


Toca al herido.


Y lo sana.


Ese fue su último milagro antes de la cruz.

No fue para un amigo.

No fue para alguien que creyó.

No fue para alguien agradecido.


Fue para un hombre que había llegado esa noche con órdenes de arrestarlo.


Jesús sana al que lo está llevando a la muerte.


Y aquí viene lo más inquietante.


Los soldados lo vieron todo.

No fue un rumor.

No fue algo contado después.

Fue ahí, frente a ellos.


Minutos antes, la sola voz de Jesús los había hecho retroceder y caer al suelo.

Ahora están a centímetros de Él, viendo cómo una herida desaparece.


Dios… frente a sus ojos.


¿Y sabes qué pasó?


Nada.


Nadie soltó el arma.

Nadie dijo “esperen”.

Nadie cayó de rodillas.

Nadie se quebró.


Ajustaron las cadenas.

Cumplieron la orden.

Y se lo llevaron.


Eso es aterrador.


Porque nos encanta decir:

“Dios, si me dieras una señal, yo cambiaría.”

“Si me mostraras un milagro, te seguiría en serio.”

“Si hicieras algo claro, yo me rendiría.”


Mentira.


Ellos tuvieron la señal más clara posible.

Tuvieron pruebas reales.

Tuvieron a Dios tocando carne humana delante de ellos.


Y aun así siguieron adelante…

como si nada.


Porque los milagros no cambian el corazón.

Solo revelan el corazón que ya tienes.


Puedes estar cerca de Jesús, escuchar su voz, ver lo que hace…

y aun así no dejar que nada te toque.


Es posible estar tan ocupado con “lo que tengo que hacer”,

con la rutina, con el deber, con el orgullo,

que ignores que Dios está parado frente a ti.


Esos soldados no eran monstruos.

Eran personas cumpliendo órdenes.

Haciendo lo que tocaba.

Sin tiempo para detenerse.

Sin espacio para sentir.

Sin humildad para cuestionarse.


Y ahí está la advertencia para nosotros.


Tal vez no estás lejos de Dios porque Él no se ha mostrado.

Tal vez estás lejos porque estás demasiado ocupado,

demasiado endurecido,

demasiado lleno de ti mismo.


Dios no está tratando de impresionarte.

No está buscando hacerte decir “wow”.


Está tratando de quebrarte el corazón…

antes de que lo cierres para siempre.


Así que la pregunta no es:

“¿Cuándo Dios va a hacer un milagro?”


La pregunta real es:

Si lo hiciera hoy… cambiaría algo en ti?


Porque puedes ver a Jesús sanar al hombre que lo traiciona…

y aun así seguir caminando en la dirección equivocada.


Y eso…

eso debería hacernos llorar.