EL HIJO PRODIGO

TOCÓ FONDO…

Y AHÍ RECORDÓ QUIÉN ERA.


El hijo pródigo no tomó la decisión de volver el día que se quedó sin dinero.

La tomó el día que se quedó sin identidad.


Al principio todo parecía libertad.

Herencia en los bolsillos.

Caminos abiertos.

Sin reglas.

Sin padre.


Risas.

Fiestas.

Excesos.


Hasta que el ruido se apagó.


La Biblia dice que “lo malgastó todo viviendo perdidamente”.

Pero lo más grave no fue lo que perdió afuera…

fue lo que perdió dentro.

 

Cuando el dinero se acabó, los amigos también.

Cuando la diversión murió, apareció el silencio.

Y cuando el silencio llegó, tuvo que enfrentarse a una verdad incómoda:


Había huido de casa,

pero no había escapado de sí mismo.


Terminó alimentando cerdos.

Para un judío, no había lugar más bajo.


No solo tocó fondo económico.

Tocó fondo espiritual.


📖 “Y volviendo en sí, dijo…” (Lucas 15:17)


Esa frase lo cambia todo.


Porque antes de volver al Padre,

tuvo que volver a sí mismo.


Ensayó un discurso.

Preparó una confesión.

Decidió regresar no como hijo, sino como empleado.


Pensó que ya no merecía el nombre.

Que la gracia se había terminado.

Que el error había sido demasiado grande.


Pero mientras él caminaba cargando vergüenza…

el Padre ya lo estaba esperando.


La Biblia no dice que el padre lo vio cuando llegó.

Dice que lo vio de lejos.


Eso significa una sola cosa:

nunca dejó de mirar el camino.

Nunca dejó de esperar.

Nunca dejó de amar.


📖 “Y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.” (Lucas 15:20)


El Padre no lo dejó hablar.

No escuchó el discurso completo.

No pidió explicaciones.


Ordenó ropa nueva.

Anillo.

Sandalias.

Fiesta.


Porque Dios no restaura a medias.

O restaura completamente…

o no restaura.


El hijo volvió pensando que sería rechazado

y descubrió que nunca había dejado de ser hijo.


Esta no es solo una historia antigua.

Es una historia viva.


Muchos hoy no regresan a Dios no por falta de fe,

sino por exceso de culpa.


Creen que fallaron demasiado.

Que se fueron muy lejos.

Que ya no hay abrazo para ellos.


Pero el Evangelio dice otra cosa:


Dios no te ama por lo que hiciste bien.

Te ama porque eres Su hijo.


No importa cuán lejos hayas ido.

El Padre sigue mirando el camino.


Y cuando decides volver…

Él no camina hacia ti.


Corre.