NO FUE DIOS… FUE CREERSE DIOS
Nabucodonosor lo tenía todo.
Poder, riqueza, respeto, dominio.
Reyes temblaban ante su nombre y ciudades enteras se rendían a su paso.
Desde su palacio, miraba Babilonia y no veía muros… veía su reflejo.
Una tarde caminaba por lo alto del palacio y dijo en su corazón:
“¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué con mi poder y para gloria de mi majestad?”
No fue un grito.
No fue una blasfemia pública.
Fue peor: una convicción interna.
Creyó que el trono era suyo por mérito.
Creyó que su inteligencia lo había llevado hasta allí.
Creyó que el cielo le debía respeto.
📖 “Aún estaba la palabra en la boca del rey…” (Daniel 4:31)
Dios no esperó guerras.
No levantó ejércitos.
No envió enemigos.
Solo quitó algo:
la conciencia de quién era realmente.
Y cuando un hombre pierde el temor de Dios…
empieza a perder lo humano.
Nabucodonosor no despertó convertido en bestia.
Fue un proceso silencioso.
La razón se fue apagando.
La soberbia ocupó el trono.
La mente se desordenó.
El rey más poderoso del mundo terminó comiendo pasto,
viviendo entre animales,
con el cuerpo mojado por el rocío del cielo,
las uñas largas como garras,
el cabello enmarañado como plumas.
El problema no fue el castigo.
El problema fue que sin Dios, el hombre retrocede.
Perdió el reino.
Perdió la dignidad.
Perdió el control.
Pero hay un detalle que muchos pasan por alto…
📖 “Al fin de los días, yo Nabucodonosor, alcé mis ojos al cielo…” (Daniel 4:34)
No levantó ejércitos.
No reclamó el trono.
Levantó los ojos.
Y en el momento en que reconoció quién gobierna…
la razón volvió.
La identidad regresó.
El reino fue restaurado.
Porque Dios no humilla para destruir.
Humilla para recordar.
El orgullo no avisa.
No grita.
No se nota de inmediato.
Solo susurra: “No necesitas a Dios tanto como crees.”
Y ese susurro es más peligroso que cualquier enemigo.
El verdadero juicio no es perderlo todo.
Es creer que todo lo que tienes es tuyo.
Porque cuando el hombre se cree dios…
Dios solo se aparta.
Y el hombre se pierde solo.

