SOPA DE POLLO PARA EL ALMA DE LAS MADRES

Ella es la primera en velar por los hijos cuando nacen, pero más tarde los prepara para que se hagan responsables de sus propias acciones. Ella les enseña a dar sus primeros pasos, pero más tarde los ve caminar hacia el altar. Ella protege a sus hijos de horror de las pesadillas, pero más tarde los alienta para que realicen sus propios sueños. 

Esa mujer es una madre y nos complace que ahora se haya publicado un libro sobre ella, especialmente para ella. 

Sopa de pollo para el alma de la madre es un tributo a la maternidad -El llamado universal en donde se necesita el ingenio de una experta mediadora, maestra, ama de casa y consejera. 

Estas reconfortantes historias celebran los momentos cruciales característicos de la labor de una madre, desde los más jubiloso hasta los más triviales, desde dar a luz, hasta desarrollar la intuición materna, desde dejar recuerdos especiales y sobrellevar la rutina familiar, hasta permitir que los hijos abandonen el hogar y formen el propio. Tanto las futuras madres, como las abuelas y todas aquellas personas que aprecian la influencia materna en sus vidas, reirán, llorarán y reflexionarán sobre las alegrías y tribulaciones de ser madre.

LA REUNIFICACIÓN FAMILIAR

José les proporcionó [a sus hermanos] carros […], y les dio provisiones para el viaje. A cada uno le dio ropa nueva, pero a Benjamín le dio cinco mudas de ropa y trescientas monedas de plata. También le envió a su padre diez burros cargados con los mejores productos de Egipto, y diez burras cargadas con grano, pan y otras provisiones que necesitaría para el viaje. Entonces José despidió a sus hermanos y, cuando se iban, les dijo: “¡No se peleen por todo esto en el camino!”. Y ellos salieron de Egipto y regresaron donde vivía su padre Jacob, en la tierra de Canaán (Génesis 45:21-25, NTV).
Los hijos de Jacob regresaron a Canaán a la moda. No más túnicas gastadas y burros demacrados. Conducían camionetas nuevas llenas de regalos. Llevaban chaquetas de cuero y botas de piel de caimán. Sus esposas e hijos los vieron en el horizonte. “¡Están de regreso! ¡Están de regreso!”, seguido de abrazos y besos.
Jacob salió de una tienda. Su vieja cabellera plateada le llegaba hasta los hombros. Lucía encorvado. Su rostro, como de cuero, de cuero crudo. Miró con los ojos entreabiertos debido al sol a sus hijos acercarse con todo el botín. Estaba a punto de preguntar dónde habían robado todas esas cosas, cuando uno de ellos le dijo: “José sigue vivo, y es gobernador de toda la tierra de Egipto”. “Y el corazón de Jacob se afligió, porque no les creía” (Génesis 45:26).
El viejo agarró su pecho. Tenía que sentarse. La tristeza había socavado los últimos vestigios de alegría de Jacob. Pero cuando los hijos le dijeron lo que José había dicho, cómo había preguntado por Jacob, cómo les había pedido que se fueran a Egipto, el espíritu de Jacob revivió.
Sus ojos comenzaron a brillar, y sus hombros se enderezaron. “Entonces dijo Israel: Basta; José mi hijo vive todavía; iré, y le veré antes que yo muera” (v. 28). Jacob tenía 130 años en ese momento, lo cual se dice fácil. Tenía reumas, y problemas en sus articulaciones, pero nada impediría que viera a su hijo. Tomó su vara, y dio la orden: “¡Carguen todo! Nos vamos a Egipto”.
Setenta personas emprendieron el viaje. Y qué viaje fue. Pirámides, palacios, granjas irrigadas, silos. Nunca habían visto nada parecido. Entonces, llegó el momento que habían estado esperando: un amplio flanco de la realeza apareció en el horizonte. Carros, caballos y la Guardia Imperial. Cuando el séquito se acercó, Jacob se inclinó para ver mejor el hombre en el carro del centro. Cuando vio su rostro, Jacob susurró: “José, hijo mío”.
En la distancia, José se inclinó hacia delante en su carro. Le pidió al conductor que le diera un fuetazo al caballo. Cuando los dos grupos se encontraron en el plano de la llanura, el príncipe no dudó. Bajó de su carro y corrió en dirección a su padre. En cuanto José lo vio, “se echó sobre su cuello, y lloró sobre su cuello largamente” (Génesis 46:29).
Se acabaron las formalidades. Se olvidó el protocolo. José enterró su rostro en el hombro de su padre y “lloró sobre su cuello largamente” (versículo 29). Mientras las lágrimas humedecían la túnica de su padre, ambos hombres se juraron que nunca más se despedirían.
El adiós. Para algunos esta palabra es el desafío de la vida. Superarlo representaría superar la soledad, el dolor agotador. Dormir solos en una cama matrimonial. Caminar por los pasillos de una casa silenciosa. Llamar su nombre inadvertidamente, o hacer inconscientemente el amago de tomar su mano. Al igual que a Jacob, la separación ha agotado nuestro espíritu. Nos sentimos en cuarentena, aislados. El resto del mundo ha seguido adelante, pero a nosotros nos duele hacerlo. No podemos, no podemos con el adiós.
Pero, ¡animémonos! Dios ya lo ha anunciado: las despedidas tienen los días contados. Están cayendo como granos en un reloj de arena. Si en la sala del trono celestial hay un calendario, hay un día encerrado en un círculo rojo y resaltado en amarillo. Dios ha decretado la reunificación familiar:
Porque cuando Dios dé la orden por medio del jefe de los ángeles, y oigamos que la trompeta anuncia que el Señor Jesús baja del cielo, los primeros en resucitar serán los que antes de morir confiaron en Él. Después Dios nos llevará a nosotros, los que estemos vivos en ese momento, y nos reunirá en las nubes con los demás. Allí, todos juntos nos encontraremos con el Señor Jesús, y nos quedaremos con Él para siempre (1 Tesalonicenses 4:16-18).

LA TRAMPA DE LA COMPARACIÓN

El juego de la comparación es una trampa muy común, pero perjudicial. Comparar es examinar dos cosas para encontrar similitudes y diferencias. Es medir una cosa contra otra. Las mujeres solemos comenzar el juego de la comparación a una edad temprana. Comparamos los vestidos, los zapatos y las muñecas; y luego el tamaño del sujetador, los novios, el peso, y la capacidad de cocinar y la limpieza de nuestros hogares. Cuando no tenemos mucho éxito en un aspecto de nuestra vida, a veces encontramos consuelo al ver que alguien más tiene menos éxito que nosotras en eso. Es el alivio que experimentamos cuando entramos a la casa de una amiga o vecina y encontramos montones de ropa y juguetes en el suelo; o el sentimiento de frustración al entrar en una casa que está absolutamente limpia y libre de polvo y en la que están horneando pan casero. Inmediatamente empezamos a comparar. Es una reacción natural.
No hay nada más cruel que la comparación que surge a veces entre las madres. Como madres, tenemos un insaciable impulso de tener éxito en la crianza de nuestros hijos. Todas hemos sentido esa presión de que nuestros hijos sean los mejores vestidos, los que logren las mejores calificaciones, o los que demuestren los mejores talentos. Podemos llegar a ser culpables de medir nuestro éxito en base al desempeño de nuestros hijos. Podemos comparar los estilos de crianza, los estilos de disciplina, los métodos de enseñanza, e incluso la espiritualidad de nuestros hijos. Cuando sentimos que están por debajo de nuestro potencial en comparación con el potencial de los demás, comienza un juego tormentoso que impulsará a los padres a hacer las cosas más absurdas. Este es el caldo de cultivo del que brotan las madres de que presionan a sus hijos sin piedad y que hacen que se comporten de una manera demencial en las actividades deportivas solo para que sus padres puedan ver que están siendo superiores a los demás niños.
Al ver la historia de Elisabet, la madre de Juan el Bautista, podemos llegar a la conclusión de que, para ser madres guiadas por el Espíritu Santo que crían a niños con un destino profético, tenemos que liberarnos del círculo vicioso de la comparación. Tenemos que liberar a nuestros hijos para que sean los individuos únicos que Dios los ha llamado a ser, aunque esto represente hacer el ridículo o una vergüenza potencial. Para comenzar, Juan, el hijo de Elisabet, ni siquiera tenía un nombre común. Estoy segura de que cuando Juan decidió que lo único que quería usar era pieles de camello, su reputación no mejoró mucho. ¡Imagínese la presión social que la familia experimentó cuando Juan decidió comer solo langostas! Elisabet tuvo que superar todas las comparaciones entre madres y simplemente permitir que su hijo fuera aquello para lo que Dios lo creó. No podemos tener miedo de permitir que nuestros hijos usen pieles de camello, aunque esa no sea la última tendencia de la moda para niños. Destacarse y ser diferentes puede ser el plan divino para nuestros hijos, pero eso requerirá que enterremos nuestros deseos de que sean aceptados o populares. Los agitadores del Reino no fueron diseñados para adaptarse a patrones, sino para romperlos. A veces tenemos que permitir que Dios haga eso a través de nuestros hijos, y eso por naturaleza significa que no siempre van a ser como la sociedad espera.
Los niños, con sus personalidades únicas, no fueron creados para ser medicados, etiquetados y simplemente tolerados. Lo que el mundo diagnostica como un trastorno, defecto o falla psicológica, puede ser en realidad la composición genética del destino. Lo que parece indeseable o difícil de tratar en nuestra sociedad puede ser el plan del Reino. ¿Qué personaje importante en la historia bíblica, o incluso en la historia contemporánea, llegó a cambiar el mundo por ser normal? Sin embargo, sentimos la presión como padres de ajustar a nuestros hijos a un molde llamado “normal”. Este es el plan del enemigo, porque “normal y equilibrado” es igual a “cómodo y complaciente” en el Reino. Jesús predicó un evangelio radical y vivió una vida radical, y no tuvo nada de “normal”. Y de nuevo lo digo, a medida que se acerca su regreso, Dios está levantando una generación de “Juanes Bautistas” que sacudirán nuestra nación y el mundo con un estilo y un mensaje que será de todo menos normal o equilibrado. Dios mismo dice que Él odia las cosas tibias (Apocalipsis 3:16). Las temperaturas altas o bajas exigen una reacción, y así es como Dios desea que vivamos como creyentes. Esto comienza, sin embargo, con las madres del Reino, que no tendrán miedo o reprimirán lo que Dios ha ordenado en sus hijos.

TODO CAMBIA (A VECES)

Santiago 1:17

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza (cambio), ni sombra de variación.”

         La vida cambia. Las personas cambian. Las circunstancias cambian.


         El filósofo griego Heráclito dijo “No hay nada permanente excepto el cambio”.

         Puedes tener un trabajo hoy y perderlo mañana. Ese pequeño dolor que estás sintiendo hoy  puede convertirse en una enfermedad grave. La amiga que conoce todos tus secretos hoy puede traicionarte mañana. Quizás te mudes de casa, de ciudad o de país. Las finanzas suben y bajan. Los hijos crecen. Los trabajos cambian. Los amigos vienen y van. A veces para bien, a veces para mal, el cambio es inevitable.

         Pero hay Alguien que nunca cambia.

Hebreos 13:8

Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.”

         Él nunca cambia. Permanece igual. Nuestro Padre Celestial no. En ocasiones sientes que Dios está presente de manera poderosa. Otras veces, atraviesas por cambios en tu vida y sientes que Dios no está ahí, pero está. Él no cambia. Su amor, Su gracia, Su misericordia y Su fidelidad no cambian.

         ¿En qué momento estás hoy? ¿Estás sintiendo la presencia de Dios, disfrutando una época de bendiciones? Reconoce a Dios bendiciéndote y dándote toda dádiva perfecta. Él está ahí. El no cambia.

         ¿Los días pasan sin que nada bueno ni malo suceda? Dios está ahí. Utiliza este tiempo de calma para orar, estar en la Palabra y acercarte más a Dios. Los soldados se preparan para la batalla cuando no hay guerra. De igual forma debemos prepararnos nosotras para cuando la tormenta llegue.

         ¿Estás en el medio de la tormenta? El viento sopla con fuerza, la lluvia cae sobre ti y no sabes cómo seguir adelante. También ahí está Dios. Si tu casa está firme sobre la roca, va a aguantar cualquier tormenta que pueda llegar (Mateo 7:24-27).

         La gente cambia, las circunstancias cambian, la vida cambia. Recuerda que el cambio es inevitable. Recuerda que Jesucristo no cambia. Que está ahí para ti. Siempre fuerte, inamovible, invariable. El es tu Roca. Párate en El, en Su Palabra.