CUANDO ELISEO REGRESO DEL JORDAN

La parte más profunda no es el manto.

No es el río que se abre.

No es el doble de espíritu.


Es el regreso.


Porque cruzar el Jordán con Elías fue fácil.

Iba acompañado.

Iba bajo cobertura.

Iba detrás de alguien que ya sabía qué hacer.


El río se abrió…

pero no por él.


Eliseo nunca había hecho un milagro.

Nunca había levantado un muerto.

Nunca había multiplicado nada.

Nunca había dividido aguas.


Él era el que servía.

El que vertía agua sobre las manos de Elías.

El asistente.

El aprendiz.


Y ahora el maestro ya no está.


El cielo se lo llevó.

El carro de fuego desapareció.

El silencio quedó.


Y entonces viene el momento que casi nadie predica:


Eliseo está solo frente al Jordán.


Y el río sigue allí.


Porque es una cosa cruzar con alguien que tiene autoridad.

Y otra muy distinta regresar cuando ya no está.


Muchos queremos la unción.

Pocos queremos el momento de soledad que la confirma.


Eliseo toma el manto.


Pero no corre.

No celebra.

No presume.


Golpea las aguas…

y hace la pregunta correcta:


“¿Dónde está el Dios de Elías?”


No dijo: “¿Dónde está Elías?”

No dijo: “Ahora me toca a mí.”

No dijo: “Miren quién soy.”


Preguntó por Dios.


Y ahí está lo profundo:


El Jordán no se abrió porque el manto era mágico.

Se abrió porque la dependencia era real.


Eliseo no estaba probando poder.

Estaba probando relación.


Muchos quieren el manto sin haber cultivado la presencia.

Quieren resultados sin proceso.

Autoridad sin intimidad.


Pero el río no se abre por imitación.

Se abre por convicción.


Y aquí viene lo que cambia todo:


Eliseo no vio el Jordán abrirse cuando salió Elías.

Lo vio cerrarse.


Y ahora tiene que enfrentarlo cerrado.


Así funciona la vida.


Hay momentos donde ves milagros hechos por otros.

Y piensas: “Yo también quiero eso.”


Pero el día que te toca pararte solo,

sin el mentor,

sin el respaldo visible,

sin la voz que te diga qué hacer…


ahí descubres si lo que aprendiste fue teoría

o fue fe.


El Jordán representa esa etapa donde ya no puedes depender de la fe de alguien más.


Tu pastor no puede cruzarlo por ti.

Tus padres no pueden cruzarlo por ti.

Tu líder no puede cruzarlo por ti.


Hay ríos que solo se abren cuando tú golpeas el agua.


Y cuando el río se abrió…


Los hijos de los profetas dijeron:

“El espíritu de Elías reposó sobre Eliseo.”


Pero el cielo ya lo sabía.


El milagro no fue para que Dios confirmara a Eliseo.

Fue para que Eliseo confirmara que Dios seguía siendo Dios sin Elías.


Eso es madurez espiritual.


Entender que la fuente nunca fue el hombre.

Nunca fue el mentor.

Nunca fue la cobertura.


Siempre fue Dios.


Y aquí es donde la historia deja de ser antigua

y se vuelve personal.


Tal vez estás en ese momento.

Elías ya no está.

La etapa anterior terminó.

La voz que te guiaba cambió.

El apoyo que te sostenía se fue.


Y ahora estás frente al río.


Y la pregunta no es:

“¿Quién me va a ayudar?”


La pregunta es:

“¿Confío en que el mismo Dios que estuvo conmigo en la etapa pasada… sigue aquí ahora?”


Porque el Dios que te acompañó cuando eras aprendiz

es el mismo que te sostiene cuando te toca liderar.


El Jordán no se abrió para probar que Eliseo era grande.

Se abrió para mostrar que Dios no cambia cuando cambian las personas.


Y cuando entiendes eso…


dejas de depender de la sombra de otros

y empiezas a caminar bajo tu propia fe.


El río puede estar cerrado.

El silencio puede ser real.

La soledad puede pesar.


Pero si Dios fue suficiente ayer,

lo seguirá siendo hoy.


Y tal vez el verdadero milagro

no es que el Jordán se abra.


Tal vez el verdadero milagro

es que te atrevas a golpear el agua

cuando ya no hay nadie más contigo.