Hay algo que duele más que la rebeldía.
Es la confusión.
Cuando un joven dice que se siente animal,
cuando adopta una identidad que rompe lo biológico,
lo cultural,
lo esperado…
muchos responden con enojo.
Otros con burla.
Otros con miedo.
Pero casi nadie se detiene a preguntar:
¿Qué está pasando por dentro?
La Biblia dice en Génesis 1:27 que Dios creó al ser humano a Su imagen.
Eso no es solo biología.
Es dignidad.
Es diseño.
Es propósito.
Pero también dice en Salmo 8:4:
“¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”
Desde el principio, el ser humano ha luchado con esa pregunta.
¿Qué soy?
¿Valgo?
¿Pertenezco?
Algunos estudios dirán que estas identidades surgen por falta de amor.
Otros dirán que es por exceso de validación sin límites.
Otros hablarán de entorno, trauma, redes sociales, influencia cultural.
Pero más allá de teorías…
hay algo que no cambia:
Detrás de cada identidad extrema, hay un corazón.
Y ningún corazón nace queriendo ser rechazado.
Cuando alguien dice:
“No me siento humano”,
quizás lo que está diciendo es:
“No me siento visto.”
“No me siento comprendido.”
“No encajo.”
“No encuentro mi lugar.”
Y eso no se corrige gritando versículos.
Se acompaña como lo haría Jesús.
Cuando Jesús miraba a alguien confundido,
no empezaba corrigiendo.
Empezaba acercándose.
A la mujer samaritana primero le habló.
Al endemoniado primero lo liberó.
A Pedro primero lo restauró antes de darle misión.
La verdad sin amor aplasta.
El amor sin verdad confunde.
Pero Jesús era ambas cosas.
Si un hijo mío creyera ser animal…
yo lloraría.
No porque lo desprecie.
Sino porque sentiría que algo en su interior no ha sido abrazado lo suficiente.
Y aquí es donde debemos ser honestos:
No siempre es falta de amor.
Hay jóvenes profundamente amados que aún así luchan con identidad.
Porque la crisis no siempre es ausencia de cariño.
A veces es ausencia de ancla.
Vivimos en una cultura que dice:
“Descúbrete a ti mismo.”
Pero no dice dónde buscar.
Y cuando la identidad se construye solo desde lo que siento hoy,
sin una raíz más profunda,
el yo se vuelve inestable.
Efesios 2:10 dice que somos hechura Suya.
La palabra original implica obra de arte.
Una obra de arte no se redefine sola.
Es definida por su autor.
Pero aquí viene lo delicado:
No puedes forzar a alguien a aceptar su diseño gritándole quién es.
El diseño se descubre en relación.
Si respondemos con ataques,
solo confirmamos su sensación de no pertenecer.
Si respondemos con desprecio,
solo reforzamos la herida.
Ser Jesús en esta ecuación significa algo difícil:
Sostener verdad sin perder ternura.
Sostener convicción sin perder compasión.
Porque si creemos que alguien está confundido,
entonces más que nunca necesita un rostro seguro al cual volver.
El hijo pródigo no volvió por un sermón.
Volvió porque sabía que había casa.
Y tal vez ese es el punto más profundo:
Antes de corregir identidad,
tenemos que asegurar pertenencia.
La identidad bíblica no empieza con “compórtate”.
Empieza con “eres amado”.
Romanos 5:8 dice que Cristo murió cuando aún éramos pecadores.
No cuando entendíamos todo.
No cuando teníamos claridad.
Si Jesús esperara que resolviéramos nuestra identidad para acercarse,
nadie sería salvo.
Entonces, ¿qué hacemos?
No celebramos lo que creemos que no es verdad.
Pero tampoco destruimos a quien lo está viviendo.
Escuchamos.
Abrazamos.
Oramos.
Permanecemos.
Porque nadie cambia por humillación.
Las transformaciones profundas ocurren en presencia segura.
Y si algún joven hoy se identifica como algo distinto a humano…
antes de discutir teología,
deberíamos preguntarnos:
¿Se ha sentido visto?
¿Se ha sentido escuchado?
¿Ha tenido un espacio donde pueda existir sin miedo?
Jesús nunca tuvo miedo de sentarse con los que la sociedad no entendía.
Y quizá el mayor testimonio no será ganar un debate,
sino ser el lugar donde esa persona pueda redescubrir quién es sin presión.
Porque la verdad es esta:
Nadie deja de ser imagen de Dios porque esté confundido.
La imagen puede estar distorsionada en la percepción,
pero no desaparece en el diseño.
Y tal vez lo que más llorar debería provocarnos
no es la identidad que adopta…
sino la posibilidad de que la iglesia responda sin amor.
Si vamos a representar a Cristo,
que sea con Su corazón.
Firme.
Pero tierno.
Convencido.
Pero compasivo.
Porque al final,
más fuerte que cualquier confusión
es la paciencia de Dios.
Y más profunda que cualquier crisis de identidad
es la voz del Padre que sigue diciendo:
“Tú eres mío.”
Y cuando alguien escucha eso de verdad…
empieza a recordar quién es.

