Cuando David enfrentó a Goliat (1 Samuel 17)
No fue una fe impulsiva.
No fue una emoción del momento.
No fue una frase motivacional.
Fue preparación invisible.
A veces contamos la historia como si David hubiera dicho:
“Yo voy porque Dios está conmigo”
y ya.
Pero antes de esa declaración…
hubo años de entrenamiento secreto.
Mientras otros estaban en el ejército,
David estaba en el campo.
Mientras otros aprendían estrategias militares,
David aprendía disciplina.
Cuidar ovejas no suena impresionante.
Pero ahí desarrolló lo que nadie veía:
Vigilancia.
Responsabilidad.
Valentía.
Resistencia.
Cuando vino el león… no huyó.
Cuando vino el oso… no improvisó.
Peleó.
Y cuando le cuenta esto a Saúl,
no lo dice para presumir.
Lo dice como evidencia.
“Jehová que me libró del león y del oso,
Él me librará…”
No era fe ciega.
Era memoria entrenada.
Hay una diferencia enorme entre presunción y confianza.
La presunción dice:
“Yo puedo con esto”
sin haber trabajado el carácter.
La confianza dice:
“He sido formado en lo secreto.”
Nosotros a veces hablamos demasiado rápido:
“Cuando venga la tentación, yo voy a resistir.”
“Si me ofrecen eso, yo no caigo.”
“Si me atacan, yo voy a mantenerme firme.”
No te atrevas a declarar victoria
si no has entrenado en privado.
David no apareció de la nada con seguridad.
Había pasado horas solo con Dios.
Había practicado con la honda.
Había fallado lanzamientos.
Había afinado puntería.
Había enfrentado miedo real.
Dios estaba con él, sí.
Pero David también estaba comprometido con el proceso.
El poder de Dios no anula la disciplina humana.
La fortalece.
Muchos quieren el escenario del gigante
sin el campo de las ovejas.
Quieren autoridad pública
sin obediencia privada.
Quieren derrotar a Goliat
sin haber enfrentado su propio león.
Y aquí está lo profundo:
David rechazó la armadura de Saúl
porque sabía en qué había entrenado.
No se dejó impresionar.
No se dejó presionar.
No intentó parecer algo que no era.
Él conocía su herramienta.
Conocía su capacidad.
Conocía su historia con Dios.
Eso no es arrogancia.
Es identidad formada.
En la vida cotidiana esto es muy claro:
No puedes decir que vencerás la tentación
si no has fortalecido tu carácter.
No puedes decir que manejarás éxito
si no has aprendido humildad.
No puedes decir que resistirás presión
si no has practicado dominio propio.
La fe no sustituye el entrenamiento.
La fe lo activa.
David no dijo:
“Dios lo hará todo, yo no necesito hacer nada.”
Tampoco dijo:
“Yo puedo solo.”
Fue una combinación poderosa:
Dependencia de Dios
* preparación constante.
Por eso corrió hacia el gigante.
No porque fuera imprudente.
Sino porque estaba listo.
Y aquí es donde la historia se vuelve personal.
Tal vez hoy no estás frente a un gigante.
Tal vez estás en el campo.
Y sientes que nadie ve tu esfuerzo.
Nadie aplaude tu disciplina.
Nadie reconoce tu constancia.
Pero ahí se está formando tu confianza.
Cuando llegue tu momento público,
no será improvisación.
Será el resultado de horas invisibles.
Y cuando entiendes eso…
dejas de pedir escenarios más grandes
y empiezas a valorar los entrenamientos pequeños.
Porque la verdadera fe
no es gritar “yo puedo”.
Es saber, en silencio,
que has sido preparado
para cuando el gigante aparezca.


0 comentarios:
Publicar un comentario