DISPARANDO CONTRA DIOS

Lo que hace que Disparando contra Dios sea una buena lectura es la forma ordenada en la que capítulo a capítulo Lennox te lleva por un magnífico desarrollo argumental: parte del punto inicial, el “conflicto” entre ciencia y religión, se detiene en la afirmación de que la religión causa daño y en la cuestión de la moralidad (tanto en las Escrituras como de forma más amplia en nuestro mundo), hasta llegar a la pretensión de la Biblia de narrar sucesos sobrenaturales. Por último, nos lleva a la principal afirmación sobrenatural de la fe cristiana: que Jesús de Nazaret literalmente resucitó de los muertos. A lo largo del libro, Lennox examina los argumentos de sus oponentes, señala sus puntos débiles, mostrando la incoherencia de su acercamiento. No sorprende que los capítulos 2 y 3 se titulen respectivamente “¿Es venenosa la religión?” y “¿Es venenoso el ateísmo?”.
Parte de lo que Lennox escribe se ha convertido en un plato típico cuando se habla de estos temas, pero no por ello es menos sabroso. En primer lugar, aborda la confusión sobre si las leyes de la naturaleza describen o controlan los sucesos. A Lennox no le asusta enfrentarse a los gigantes de estos campos de estudio. Respondiendo al argumento de Stephen Hawking en Brevísima historia del tiempode que el universo no necesita un creador, Lennox afirma junto a otros filósofos y físicos que las leyes físicas no explican, sino que describen: “Las leyes físicas… son una simple descripción (matemática) de lo que acontece habitualmente bajo ciertas condiciones dadas. La ley de la gravedad de Newton no crea la gravedad; ni siquiera la explica, algo de lo que el propio Newton era consciente” (p. 47).
Es decir, al insistir en que la existencia de la gravedad apunta a que el universo no necesita un creador, Hawking “ha sido claramente incapaz de responder a la pregunta central: ¿por qué hay algo en lugar de nada?” (p. 50).
En ese capítulo también es muy útil la clarificación que Lennox hace sobre el uso del término “fe”, al subrayar la falsa disyuntiva entre fe y conocimiento que ha creado problemas permanentes desde que el filósofo ilustrado Immanuel Kant la introdujera (pp. 62-63). Los nuevos ateos han tomado esta disyuntiva como paradigma para entender las afirmaciones religiosas, y Lennox muestra que lo hacen a pesar del sinfín de teístas que razonan de forma muy diferente. Empezamos a ver, una vez más, la ceguera deliberada de los nuevos ateos cuando se encuentran ante algo que no encaja con las ideas preconcebidas que tienen sobre sus oponentes.
Sin duda, la parte más contundente de todo el ejercicio que Lennox hace es la forma en la que aborda la cuestión de la moralidad. Lennox llega al corazón del dilema de los nuevos ateos: quieren describirnos como meros productos aleatorios de nuestro ADN (aunque seleccionados naturalmente), mientras que vez tras vez hacen fuertes declaraciones morales sobre el ser humano. Pero, ¿qué derecho les da esa fuerte visión materialista de hacer declaraciones morales?
Claramente, “estamos tratando con una forma extrema de reduccionismo materialista que no ve a los seres humanos como otra cosa que sus genes… Las generaciones de seres humanos son simplemente máquinas o vehículos para reproducir lo que Dawkins llama ‘genes egoístas’. Pero entonces, ¿en qué sentido es posible basar la moralidad en los genes humanos?” (p. 165).
“¿Cómo no van a ser los estándares de Dawkins, Hitchens o cualquier otro convenciones humanas limitadas, en última instancia productos carentes de sentido, un proceso evolutivo ciego y sin dirección? Así pues, lejos de dar una explicación adecuada de la moralidad, este ácido particular de los nuevos ateos la disuelve en medio de la incoherencia” (pp. 174-175).
Por tanto, los nuevos ateos “no han empezado a comprender las implicaciones de sus propias creencias ateas” y “no parecen haber tenido en cuenta el hecho de que su ateísmo les quita… todos los valores morales” (pp. 176-177).
Pero aún hay más. En la parte más desafiante del libro, Lennox se enfrenta de un modo extenso a los argumentos del filósofo David Hume. De este modo, Lennox muestra claramente la diferencia entre su propio acercamiento y el de aquellos a los que critica. Dawkins, de forma arrogante, desestima el argumento ontológico de Tomás de Aquino en unas cuantas páginas y a Anselmo no le dedica mucho más espacio. Por el contrario, durante dos capítulos Lennox dialoga en profundidad con Hume sobre los temas de la moralidad y lo sobrenatural, dedicándole todo el espacio que el desarrollo del argumento precisa.
Lennox hace lo que los nuevos ateos casi nunca hacen: se acerca con respeto y atención a los mejores argumentos de sus oponentes. Así, nos acerca a algunos de los axiomas cruciales de Hume, en particular al punto en el que estos se entrecruzan con las principales afirmaciones de la apologética cristiana:
“Uno puede estar de acuerdo con Hume en que la ‘experiencia uniforme’ muestra que la resurrección por medio de un mecanismo natural es extremadamente improbable, y tal vez deba descartarse. Pero los cristianos no dicen que Jesús resucitase de esa forma. Afirman algo totalmente diferente: que Dios lo levantó de los muertos” (p. 284).
Para aquellos que han leído a Dawkins, leer a Lennox resultará emocionante, ya que no solo encontrarán una refutación detallada de las afirmaciones de los nuevos ateos, sino una defensa igualmente pormenorizada de la fe cristiana en los mismos términos.

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