EL PODER DE UNA PETICION

El libro de Ester es uno de mis favoritos por muchas razones. Pero una de las importantes aplicaciones persona­les que he encontrado en ese libro es la visión reveladora que ofrece sobre la oración. Prescindiendo por completo de cualquier iniciativa o esfuerzo de su parte, Dios dispuso soberanamente, que Ester tuviera una posición de gran influencia en un momento deci­sivo de la historia de Israel. 
Ester no podía ver el guión que Dios había escrito en el cielo y que estaba por consumar en la tierra. Toda la nación judía tenía un futuro incierto, dado que el malvado Amán se había propuesto destruir al pueblo elegido por Dios. Por un breve tiempo, desde su posición estratégica en la tierra, parecía que iba a tener éxito. (Cuando miras a tu alrededor y parece que el enemigo tiene a Dios en posición de jaque mate, no te desesperes. Recuerda que nosotros vemos las cosas desde una perspectiva limitada, finita. Dios sigue estando en su trono, y sus propósitos no se podrán impedir). Tú ya conoces la historia. 
Cuando Mardoqueo, el primo de Ester y objeto de odio de Amán, descubrió el insidioso complot para exterminar a los judíos, suplicó inmediata­mente a la reina Ester que hiciera ejercicio de su posición real e intercediera ante el rey Asuero en favor de su pueblo. La incertidumbre inicial de Ester surgió de un hecho importante. Ella sabía que nadie se atrevía a acercarse al rey sin ser invitado. Hacer eso era arriesgarse a morir; a menos que el rey tuviera misericordia y extendiera su cetro de oro a modo de bienvenida. Ella sabía que su vida estaba en peligro si se presentaba para una audiencia con el rey. Finalmente, Mardoqueo persuadió a Ester de que ella estaba allí con un propósito más grande que ella misma, y que no podía dejar de participar de ese propósito. Después de tres días de ayuno, Ester se puso su vestido real y entró al patio interior del palacio, y encontró al rey sentado en su trono. 
Me encantan los dos versículos que siguen: “Y cuando vio a la reina Ester que estaba en el patio, ella obtuvo gracia ante sus ojos; y el rey extendió a Ester el cetro de oro que tenía en la mano. Entonces vino Ester y tocó la punta del cetro. Dijo el rey: ¿qué tienes, reina Ester, y cuál es tu petición? Hasta la mitad del reino se te dará” (Est. 5:2­3). Aquí tenemos una vislumbre de la increíble relación entre un Dios todopoderoso, sentado en su trono en el cielo, y los creyentes que se acercan a su trono desde su posición en la tierra para interceder en favor de su pueblo. (La analo­gía no está completa porque, desde luego, Asuero, al ser un rey pagano, seguramente, no puede representar a Dios con exactitud). Cuando nosotros, igual que la reina Ester, tomamos consciencia de una necesidad aquí en la tierra, podríamos ser renuentes a acercarnos al Rey del universo con nuestras necesidades y cargas insignificantes. Pero nos olvidamos de que este Rey nos ama, nos ha elegido, se deleita en nosotros, e inexplicablemente ha resuelto cumplir sus propósitos en la tierra en unión con las oraciones de su pueblo. De hecho, Él espera que nos acerquemos y le pidamos. Puede que sintamos temor de acercarnos a Él, que es poderoso y podría destruirnos en un abrir y cerrar de ojos, si quisiera. Pero cuando nos aproximamos a su trono “vesti­dos solo en su justicia” (así como Ester se preparó al ponerse su vestido real), sorprendentemente obtenemos “gracia ante sus ojos”; Él extiende su cetro de oro hacia nosotros, y somos bienvenidos a acercarnos y tocar la punta del cetro. Después de tener acceso a su presencia, el Rey nos dice: “¿Cuál es tu petición, amada mía? Se te concederá. Pide y recibirás”. 
 A medida que se desarrolla la historia de Ester, el rey Asuero le hace la misma pregunta tres veces más (Est. 5:6; 7:2; 9:12) y le asegura que su generosidad no tiene límite, que su deseo es bendecirla y que puede cumplir cualquier peti­ción que le haga; se le concederá cualquier cosa que ella pida. A menudo me maravillo de las cosas sobrenaturales que Dios haría en este mundo —cosas que Él está listo, deseoso, ansioso y dispuesto a hacer— si tan solo nos acercáramos a Él y le presentáramos nuestra petición en oración. ¿Cuántos milagros y cuántas bendiciones quisiera Él concedernos, que esperan solo el clamor del corazón de uno de sus súbditos aquí en la tierra? Hace años, una amiga hizo una pregunta, que ha estado siempre en mi mente: si Dios sólo hace algo en mi vida y en las vidas de otros cuando oro, ¿cuánto más haría y cuánto más recibiríamos de su mano, si tan solo oráramos más? Venid todos ante el Rey; y abundantes peticiones traed. Pues tan grande es su gracia y poder, que ninguna petición ha de exceder.
 —JOHN NEWTON (1725-1807) ¡Oh, Dios! Que en nuestra desesperación, nos concedas fe y denuedo para acercarnos a tu trono y presentarte nuestras peticiones, pues sabe­mos que con ello estrechamos lazos con el Omnipotente y nos converti­mos en instrumentos del cumplimiento de tus propósitos eternos aquí en la tierra.

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