A veces lo que nos rompe no viene para destruirnos, sino para despertarnos.
Hay ilusiones que abrazamos durante años: personas que creíamos que nunca nos fallarían, caminos que pensábamos que durarían para siempre, sueños que imaginábamos exactamente como nosotros queríamos. Pero cuando esas ilusiones se quiebran, sentimos que también se rompe una parte de nosotros.
Sin embargo, Dios ve más allá de nuestras emociones. Él sabe que una mentira cómoda puede ser más peligrosa que una verdad dolorosa.
Por eso, en ocasiones permite que el cristal se rompa.
No porque disfrute nuestro dolor, sino porque nos ama demasiado para dejarnos vivir engañados.
José tuvo que ver rota la ilusión de una vida tranquila. David tuvo que ver rota la ilusión de una familia perfecta. Elías tuvo que ver rota la ilusión de que estaba solo.
Y después de cada ruptura, encontraron algo más grande: la realidad de la fidelidad de Dios.
Quizá hoy estás viendo pedazos de algo que amabas. No llores solamente por lo que se rompió. Pregúntale a Dios qué verdad quiere mostrarte a través de esas grietas.
Porque muchas veces, la luz de Dios entra precisamente por aquello que se quebró.
Lo que hoy parece una pérdida, mañana puede convertirse en la evidencia de que Dios te estaba abriendo los ojos.


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