IGUALDAD SOCIAL Y ECLESIÁSTICA

El movimiento feminista tuvo su origen en Estados Unidos y tiene una relación directa con la labor de mujeres de fe evangélica. Uno de los primeros documentos del feminismo, la Declaración de Seneca Falls, se aprobó en una capilla metodista en 1848, un texto que afirmándose en “que todos los hombres y mujeres son creados iguales; que están dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables” reivindicaba el derecho a voto y la igualdad de hombre y mujer, enfrentándose a “las repetidas vejaciones y usurpaciones perpetradas por el hombre contra la mujer, con el objetivo directo de establecer una tiranía absoluta sobre ella”. 

170 años después, el feminismo ha conseguido victorias, pero siguen detectándose ámbitos en los que queda camino por avanzar. El manifiesto feminista del 8 de marzo enumera algunas de estas reivindicaciones.  
La importancia de que “se consideren las violencias machistas como una cuestión que atañe a toda la sociedad” de forma que “haya cambios culturales, en las ideas, actitudes, relaciones y en el imaginario colectivo”. Apunta también a la justicia “para que se apliquen de forma efectiva las leyes contra las violencias machistas y se amplíen para incluir la violencia sexual” y se ejercite la “protección, la reparación y la justicia” a quienes son víctimas. En el ámbito internacional, el manifiesto también pide que se garanticen los derechos “para todas las mujeres”. Otro aspecto que entra en estas reivindicaciones es el reconocimiento del “valor y dignidad del trabajo doméstico y de cuidados que realizamos las mujeres, y los derechos de quienes los realizamos”, así como el deseo de que “se asuma la corresponsabilidad por parte de todos los hombres, de la sociedad y del Estado”. 

Sobre el trabajo se exige que “se rompa la división sexual del trabajo que nos condena a la precariedad, la discriminación laboral y los trabajos peor pagados, no remunerados, invisibles e ilegales”, y se defiende “crear alternativas para las trabajadoras migrantes en situación administrativa irregular”. La desigualdad salarial sigue presente, los evangélicos “no debemos tener miedo a unirnos a actividades seculares que respalden la defensa de los derechos de la mujer, siempre y cuando no contravengan nuestros principios y valores cristianos”, apunta. 

Tenemos que reconocer que se ha progresado algo en el ámbito legal y la Constitución, donde se reconoce la igualdad de sexos. Sin embargo lo que pone el papel no siempre se cumple en la práctica. Las mujeres todavía lidian con desigualdad en el plano laboral, familiar y me atrevería a decir que incluso en el eclesial.  

En una sociedad como la nuestra y con el calendario de elecciones que tenemos por delante, parece difícil encontrar alguna voluntad política constructiva, y las posiciones de enfrentamiento ganan repercusión. En medio de este caos de voces que gritan, se está creando tensión entre diferentes corrientes de pensamiento. El movimiento que a mí me representa es aquella corriente de genuino feminismo que respeta a los hombres y que junto a ellos lucha por una igualdad para todos, los evangélicos debemos participar en el debate social dado que desde un discurso bien estructurado y argumentado podemos alzar la voz en foros públicos como universidades o plataformas culturales. 

Desde nuestras Asociaciones, Iglesias o centros de ayuda social podemos organizar talleres sobre igualdad, derechos de la mujer, violencia de género, etc. También podríamos dar a conocer, desde exposiciones artísticas y actividades culturales, el protagonismo de la mujer desde el relato bíblico hasta la actualidad y cómo la mujer ha tenido una presencia abrumadora en la construcción de los cimientos de las sociedades. 

Los evangélicos estamos confundiendo la palabra “feminismo” como equivalente a “ideología de género”. Sin duda hay feministas en la ideología de género. Pero lo triste, lo muy triste, es que no haya una corriente de genuino feminismo cristiano entre el pueblo de Dios. Un feminismo que no hace mejor o superior a la mujer respecto al hombre, sino sencillamente iguales en valor, con características diferentes. 

“Como mujer, puedo decir que he tenido el privilegio de tener hombres a mi lado que siempre me han valorado y apoyado. Y como estos, hay muchos otros hombres que nos apoyan y luchan junto a nosotras para una igualdad real”, añade Priscila Romo, que reivindica una igualdad enraizada en la fe: “la igualdad que Dios ya nos demostró en la cruz, cuando entregó a su hijo para salvarnos a todos, sin hacer distinción de raza, género o condición”.   

EL EJEMPLO DE JESÚS   La dignificación de la mujer por Jesús quedó reflejada en el arte paleocristiano, como en esta escena encontrada en Roma que ilustra la sanación de la mujer sirofenicia. Tenía mujeres entre sus discípulos, amigas (Marta y María, por ejemplo), dignificando a la mujer en todo momento y circunstancia (la mujer encorvada, la enferma con flujo de sangre, la mujer adúltera, etc). Y se acercó a aquellas que los hombres despreciaban pero que comerciaban con su cuerpo (la pecadora en casa de Simón el fariseo; incluso Jesús mismo eligió desde antes de los tiempos descender de una prostituta extranjera, Rahab). En este sentido como en otros muchos Jesús fue revolucionario para su tiempo. 

El hecho de que también retara las leyes sexistas sociales en aquel entonces, me confirma que el movimiento feminista no es algo que se aleja de lo que encontramos en la Palabra de Dios. La actitud de Jesús, sin embargo, no siempre ha encontrado reflejo en la iglesia. Debemos y podemos ser sal y luz, empezando por nuestra casa. La iglesia debe avanzar en igualdad incluso en sus propias congregaciones, donde todavía no hay mujeres en lugares de verdadera responsabilidad o relevancia. La iglesia necesita tomar una posición pedagógica frente al machismo, la violencia de género, el aborto, la identidad sexual, la igualdad de derechos y responsabilidades entre hombres y mujeres. Y aunque algunas iglesias asignan diferentes roles ministeriales al hombre y a la mujer, ninguna mujer debería ser menospreciada por el simple hecho de ser mujer, reconociendo plenamente el llamado y ministerio probado de la mujer.  

En esa acción pedagógica, sería bueno abrir foros sobre temas de género y sobre la contribución de la mujer al desarrollo de la iglesia en la actualidad, donde también se examine el asunto del machismo. Es uno de los problemas silenciosos (silenciados) que viven las mujeres cristianas hoy en día y que muchas iglesias están ignorando y mirando hacia otro lado. Al igual que el concepto distorsionado de la sumisión que nada tiene que ver con la exégesis bíblica. 

Para mí es una vergüenza ver que casi no hay mujeres en lugares de verdadera responsabilidad o relevancia (ya no hablo sólo del pastorado, cuestión de debate que dejo al margen), sino en seminarios, instituciones, ONGs, federaciones, alianzas, consejos, medios de comunicación, entidades paraeclesiales, congresos, encuentros, editoriales, empresas cristianas… Y esto comienza en la propia iglesia local, donde mujeres de enorme valía (a veces más que reconocidas en su labor profesional extraeclesial) “solo” sirven para cantar, llevar la escuela dominical, ayudar en la obra social u otro tipo de servicio similar
. En el ámbito institucional también hay trabajo por hacer. Es importante tener implementadas políticas de igualdad salarial dentro de nuestras Iglesias y Asociaciones; así como medidas de conciliación familiar para personas que de manera voluntaria o remunerada trabajan en nuestras entidades. Porque más allá de las reclamaciones políticas o acciones de gobierno, hay una responsabilidad personal y de comunidad que asumir.

Necesitamos hombres y mujeres cristianos, padres y madres, jóvenes, líderes y pastores que vivan y defiendan la igualdad, y que juntos, como cuerpo e Iglesia, alcemos nuestra voz por la mujer, reclamando el lugar que Dios le da.   

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