EN LAS MANOS DE DIOS

Si hay un momento especial en la vida de un hombre, es cuando su mente y su corazón están llenos de Dios; en ese momento, ya no necesita que alguien lo esté viendo para no hacer lo correcto, ni tiene quien le acuse o le condene; ya no importa lo que el mundo piense o hable; hay libertad porque hay una relación tan poderosa que le hace vivir, no con miedo, sino eternamente agradecido de servirle a un Dios que no le hace pagar las consecuencias de su pasado, ni se acuerda de lo que hizo, sino que su vida está llena totalmente de él, de cómo agradarle a él.
Llega un momento, en la vida de todo creyente, donde lo único que busca es agradar a Dios. Llega un punto en la vida de una persona que ama a Dios, donde Dios pone su Espíritu en su corazón, y lo único que piensa es: ¿Cómo yo puedo agradarle? Ya no pensamos cómo le desagradaríamos, sino en cómo agradarle, que no es lo mismo; porque la religión lo que te dice es lo que no debes hacer, lo que no agrada a Dios; y, mientras más te lo dicen, más lo haces. Porque, por más que se te diga lo que no debes hacer, tu mente trabaja a base de imágenes y, cuando la religión y el mundo te ponen la imagen incorrecta de Dios, eso es lo que gobierna tu vida. Cuando el énfasis es lo que no puedes hacer, y no lo que tienes que hacer, la imagen es la incorrecta, y tu corazón, entonces, se inclina a lo incorrecto.
Pero, cuando Dios se mete dentro de ti, comienza a decirte aquellas cosas que le agradan, y te pone en el lugar correcto, te enfoca hacia lo correcto. Esto es un trabajo del Espíritu Santo; no es tú trabajo. Tú puedes ser la sal de la tierra, aunque tú no seas perfecto. Tú puedes ser la sal de la tierra, aunque, en ciertos momentos, tomes algunas decisiones que sean erróneas; porque lo que hace falta es un corazón dispuesto, una mente abierta, un lugar donde el Espíritu Santo pueda comenzar a trabajar y comenzar a moldearte. Va a llegar el momento que todo lo que tú vas a pensar, todo lo que vas a respirar, lo que vas a hablar, lo que vas a mirar, es lo que Dios quiere que tú mires.
Deja la culpabilidad, deja la condenación, deja de tratar de vivir bajo los estándares del mundo, bajo los estándares de los religiosos. Es importante que tú vivas en la libertad para la cual Dios te ha llamado, y que tú entiendas que él no se acuerda de ninguno de tus errores del pasado. Tu vieja vida quedó atrás; lo que hiciste ayer, lo que hicieron tus padres, quedó atrás; tú no tienes que seguir viviendo las consecuencias de tu pasado.
Dios te ha hecho libre y, hoy, eso es lo que va a hacer la diferencia en tu vida, y va a provocar que otros sean diferentes. Para ser la sal de la tierra, Dios no te requiere que seas perfecto en tu cuerpo, en tus acciones; todos vamos a fallar, a cometer ciertos errores; lo importante es que sepamos quién es el dueño de nuestro corazón, de nuestros pensamientos, que sepamos a dónde volver, a dónde mirar; y, mientras tu corazón esté en esa condición, tu vida podrá hacer la diferencia.
Mucha gente no es la sal de la tierra, porque se sienten culpables porque no pueden cumplir con los estándares que el mundo ha puesto para ellos ser lo que ellos piensan que es ser un hijo de Dios. Entonces, no quieren verse hipócritas, fallarle a Dios; prefieren irse al mundo, por no fallarle, sin darse cuenta que, si hay alguien que conoce todas tus fallas, es Dios; y, cuando las haces, y te arrepientes, se olvida de ellas.
La sal de la tierra son aquellos que le permiten al Espíritu Santo que llene su corazón y su mente para cumplir con el pacto de Dios. Mientras tú tratas de hacerlo por tus propias fuerzas, nada va a pasar, siempre vas a fracasar, siempre vas a fallar; pero, cuando le permites a Dios que sea él quien trabaje contigo, tu vida cambia para siempre.
David no fue un hombre perfecto, cometió grandes errores; entre ellos, el día donde vemos a Dios molesto con David, fue el día en que David comenzó a contar los soldados que tenía. En aquel día, Dios le preguntó para qué contaba a los soldados, porqué los estaba contando. Dios se molestó con David porque David, que nunca pudo contar con nadie, solamente con Dios, ahora su enfoque dejó de ser Dios, para ver con cuántos contaba. A Dios le desagrada cuando un hombre que nunca había podido contar con nadie, solo con Dios, ahora pone su mirada a ver con quién cuenta, en vez de seguir contando con Dios.
En casa de su padre, David no podía contar con sus hermanos, ni con su papá; cuando fue a trabajar para Saúl, no podía contar con Saúl; cuando se casó, no podía contar con Mical; tenía cuatrocientos soldados al lado de él y, cuando cometió un error, los cuatrocientos lo querían matar, no podía contar con ellos. A pesar de nunca tener con quién contar, David siempre contó con Dios, y de todas Dios lo libró. Pero creció, y ahora estaba buscando con cuántos contaba. Y Dios lo enfrentó y le dio a escoger la consecuencia. Entonces, David dijo: Mejor me pongo en las manos de Dios, y no en las manos de los hombres.
Y Dios restauró a David, porque no se trata de que seas perfecto, sino de que te pongas siempre en las manos de Dios, y permitas que sea él quien dirija tu mente y tu corazón, para que nadie pueda señalarte y condenarte, y tú puedas vivir en esta tierra haciendo la diferencia, no siendo igual que el montón, sino viviendo para Dios como él quiere que tú lo hagas. 

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