jueves, 22 de agosto de 2013

¿POR QUE TANTO SUFRIR?

Desde tiempos muy antiguos los hombres se atormentan con preguntas acerca del sufrimiento. ¿De dónde procede y por qué hay que sufrir tanto dolor? 
¿Por qué unos lo pasan peor que otros? 
¿Dónde se halla la razón de que éste nazca con una tara, y aquél pase por la vida sano y fuerte? 
¿Por qué todo ese sufrimiento en las guerras, esa pobreza y esa hambre? En todas las épocas, estos interrogantes estuvieron a la orden del día y atormentaron al espíritu humano. Sencillamente, no es posible separarlos de la vida. Nadie puede pasarlos de largo, porque todo el mundo, en sí mismo o a su alrededor, tiene que ver o experimentar tanto dolor.

Preguntas tales como las mencionadas surgen como la cosa más natural y nos preocupan. Además, es preciso añadir que, frecuentemente, nos vemos impotentes porque no podemos echar una mano para cambiar las dificultades. Entonces se nos hace un nudo la garganta y se nos hace insoportable que no haya remedio contra ello. ¿Qué hacer si, por ejemplo, un recién nacido da señales evidentes de ser un disminuido psíquico? Destrozados y mudos estuvieron los amigos de Job durante siete días junto a él, con los vestidos rasgados y la cabeza cubiertas de cenizas, hechos un espectáculo de miseria. Su compasión por el gran atormentado de Ur era tan grande y su problema les afectó tanto que durante aquel tiempo no pudieron pronunciar ni una palabra. Pero, ¿acaso no se interrogaron por qué su amigo debía sufrir tan desmedidamente?. En cualquier caso, poco después comenzaron a discutir al respecto. ¿Cuál era la explicación de este inescrutable curso de los acontecimientos? ¿Era Dios el que gobernaba? ¿Tenía el Altísimo algo que ver con estas miserias?

El gobierno divino de todas las cosas nos sitúa con frecuencia ante preguntas difíciles. Abraham experimentó este problema. En un momento dado, tuvo dificultades con la actuación de su Dios. El nacimiento del hijo prometido por el SEÑOR se retrasaba y, con el paso de los años, él y su mujer perdieron la esperanza. El camino de Dios se les volvió un enigma y Abram suspiro: “SEÑOR Jehová, ¿qué me darás siendo así que ando sin hijo, y el mayordomo de mi casa es ese damasceno Eliezer?” (cf. Gn. 15:2-3).

Interrogantes y problemas como éstos no les faltaron a los escritores de la Biblia. La Palabra de Dios no oculta la verdad de que el gobierno de Dios a veces nos pone ante lo incompresible. ¿No pregunta el autor del Salmo 42: “¿Por qué te has olvidado de mí? ¿Por qué andaré yo enlutado...?”

Más tarde, también los deportados a Babilonia se hallaron con los mismos problemas. No les pasaron desapercibidos a pesar de su propia ceguera; pero, sin embargo, no entendieron los propósitos de Dios con su pueblo; se preguntaron si algún día le iría bien a Israel, y llenos de dudas se lamentaron: “¿...Mi camino está escondido de Jehová y de mi Dios pasó mi juicio?” (Is. 40:27). En su opinión, el SEÑOR ya no se preocupaba más de su pueblo, y de esta forma se sintieron desasistidos y se atormentaron con la pregunta de cómo era aquello posible. ¡Todo un cúmulo de difíciles interrogantes!

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