MUJERES EN LA BIBLIA I


Avigail

Avigail es apreciada por su belleza y sabiduría, cualidades que ella mostró al salmista ungido rey de Israel.

Y en Maón había un hombre que tenía su hacienda en el Carmelo, el cual era muy rico, que tenía tres mil ovejas y mil cabras. Y aconteció hallarse esquilando sus ovejas en el Carmelo. El nombre de aquel varón era Nabal, y el nombre de su mujer, Abigail. Y era aquella mujer de buen entendimiento y de buena gracia; mas el hombre era duro y de malos hechos; y era del linaje de Kalev.
(1Samuel 25:2-3)

Por qué una mujer bella e inteligente habría de casarse con un hombre indigno y necio, es un misterio que quizás sólo una mujer pueda explicar, y yo no lo soy… El contraste entre ella y su marido es destacado por el escritor en la introducción de la historia que la llevó a encontrar a David.

Y oyó David en el desierto que Nabal esquilaba sus ovejas. Entonces envió David diez siervos, y les dijo: «Subid al Carmelo, e id a Nabal, y saludadle en mi nombre. Y decidle así: Que vivas y sea paz a ti, y paz áa tu familia, y paz a todo cuanto tienes. También supe que tienes esquiladores. Ahora, a los pastores tuyos que han estado con nosotros, nunca les hicimos fuerza, ni les faltó algo en todo el tiempo que han estado en el Carmelo. Pregunta a tus siervos, que ellos te lo dirán. Hallen por tanto estos siervos gracia en tus ojos, pues que venimos en buen día: ruégote que des lo que tuvieres a mano a tus siervos, y a tu hijo David». Y como llegaron los siervos de David, dijeron a Nabal todas estas palabras en nombre de David, y callaron. Y Nabal respondió a los siervos de David, y dijo: «¿Quién es David? ¿y quién es el hijo de Yishai? Muchos siervos hay hoy que se huyen de sus señores. ¿He de tomar yo ahora mi pan, mi agua, y mi víctima que he preparado para mis esquiladores, y la daré a hombres que no sé de dónde son?» Y tornándose los siervos de David, se volvieron por su camino, y vinieron y dijeron a David todas estas palabras. Entonces David dijo a sus hombres: «Cíñase cada uno su espada». Y ciñóse cada uno su espada; también David ciñó su espada; y subieron tras David como cuatrocientos hombres, y dejaron doscientos con el bagaje.
(1Samuel 25:4-13)

Este evento tuvo lugar en el periodo en el cual David era un fugitivo con su propio ejército, aún siendo el rey ungido por el Profeta Samuel, porque Shaul todavía reinaba. En sus andanzas a través del desierto de Yehudah, David pide hospitalidad a Nabal, porque sus soldados habían protegido a los hombres de Nabal en una ocasión anterior. Nabal hace muestra de su estupidez, no sólo negando lo que había pedido David, sino recalcando que David era un forajido que se apartó de su rey. Un campesino con algunos siervos osa desafiar a un comandante de seiscientos guerreros! Nabal firmó su propia sentencia de muerte.

Y uno de los siervos dió aviso a Abigail mujer de Nabal, diciendo: «He aquí David envió mensajeros del desierto que saludasen a nuestro amo, y él los ha zaherido. Mas aquellos hombres nos han sido muy buenos, y nunca nos han hecho fuerza, ni ninguna cosa nos ha faltado en todo el tiempo que hemos conversado con ellos, mientras hemos estado en el campo: nos han sido por muro de día y de noche, todos los días que hemos estado con ellos apacentando las ovejas. Ahora pues, entiende y mira lo que has de hacer, porque el mal está del todo resuelto contra nuestro amo y contra toda su casa: pues él es un hombre tan malo, que no hay quien pueda hablarle».
(1Samuel 25:14-17)

La sabiduría de Avigail era reconocida por los siervos de Nabal. Éste joven, según los conceptos de la época, no debería haber ignorado la autoridad de su amo y contarle a su mujer lo que había sucedido, pero él sabía que ella era la única persona capaz de encontrar una solución al grave incidente causado por la idiotez de su amo. Aún cuando David había determinado la destrucción de toda la casa de Nabal y de sus propiedades, el siervo confiaba en que Avigail habría calmado la ira de David.

Entonces Abigail tomó doscientos panes, y dos cueros de vino, y cinco ovejas guisadas, y cinco medidas de grano tostado, y cien hilos de uvas pasas, y doscientos panes de higos secos, y cargó todo en asnos; y dijo a sus siervos: «Id delante de mí, que yo os seguiré luego». Y no declaró nada a su marido Nabal. Y montándose sobre un asno descendió por una parte secreta del monte, y he aquí David y los suyos que venían frente a ella, y ella les fué al encuentro. Y David había dicho: «Ciertamente en vano he guardado todo lo que éste tiene en el desierto, sin que nada le haya faltado de todo cuanto es suyo; y él me ha vuelto mal por bien. Así haga Adonay, y así añada a los enemigos de David, que de aquí á mañana no tengo de dejar de todo lo que fuere suyo ni a un varón». Y como Abigail vió a David, descendió prestamente del asno, y postrándose delante de David sobre su rostro, se inclinó a tierra; y echándose a sus pies, dijo: «Señor mío, sobre mí sea el pecado; mas ruégote hable tu sierva en tus oídos, y oye las palabras de tu sierva. No ponga ahora mi señor su corazón en aquel hombre brusco, en Nabal; porque conforme a su nombre, así es. Él se llama Nabal, y la locura está con él; mas yo tu sierva no ví los siervos de mi señor, los cuales tú enviaste. Ahora pues, señor mío, vive HaShem y vive tu alma, que Adonay te ha impedido que vinieses a derramar sangre, y vengarte por tu propia mano. Sean pues como Nabal tus enemigos, y todos los que procuran mal contra mi señor. Y ahora esta bendición que tu sierva ha traído a mi señor, dése a los siervos que siguen a mi señor. Y yo te ruego que perdones a tu sierva esta ofensa; pues HaShem de cierto hará casa firme a mi señor, por cuanto mi señor hace las guerras de Adonay, y mal no se ha hallado en ti en tus días. Bien que alguien se haya levantado a perseguirte y atentar contra tu vida, con todo, el alma de mi señor será ligada en el haz de los que viven con HaShem, tu Elohim, y Él arrojará el alma de tus enemigos como de en medio de la palma de una honda. Y acontecerá que cuando HaShem hiciere con mi señor conforme a todo el bien que ha hablado de ti, y te mandare que seas príncipe sobre Israel, entonces, señor mío, no te será esto en tropiezo y turbación de corazón, el que hayas derramado sangre sin causa, o que mi señor se haya vengado por sí mismo. Guárdese pues mi señor, y cuando HaShem hiciere bien a mi señor, acuérdate de tu sierva».
(1Samuel 25:18-31)

Aquí encontramos una mujer que rompe todas las reglas conformistas que enseña la oficialidad religiosa: ella actúa de propia iniciativa, sin el permiso de su marido, y lleva a cabo una acción que es exactamente lo contrario de la voluntad de su marido. Ella usurpó su autoridad! Entonces, se presentó ante David con humildad, y tomó sobre sí la responsabilidad por “no haber visto a los mensajeros de David”… ¿Qué podría haber hecho contra la voluntad de su marido? ¿Habría dado una contraorden? Ésto no es todo, sino que se atrevió a calificar a su marido de necio!
Su sabiduría espiritual se manifiesta en sus palabras, cortésmente diciendo a David que no era digno de él derramar sangre por venganza por su propia mano, porque era el combatiente por la causa de Dios, y es Dios que lo debe vengar. Ella incluso desea que sus enemigos sean necios como Nabal. Avigail recordó a David que había sido profetizado para él ser el Rey de Israel, y que debía reinar con limpia conciencia, no habiendo matado sin causa. Al final, ella le pide de recordarse de ella cuando él habrá recibido la bendición del Señor.

Y dijo David a Abigail: «Bendito sea HaShem, el Dios de Israel, que te envió para que hoy me encontrases; y bendito sea tu razonamiento, y bendita tú, que me has estorbado hoy el ir a derramar sangre, y a vengarme por mi propia mano. Porque, vive HaShem, el Dios de Israel, que me ha defendido de hacerte mal, que si no te hubieras dado prisa en venirme al encuentro, de aquí a mañana no le quedara a Nabal un varón». Y recibió David de su mano lo que le había traído, y le dijo: «Sube en paz a tu casa, y mira que he oído tu voz, y he tenido respeto de tu persona».
(1Samuel 25:32-35)

La ira del valeroso guerrero fué calmada por el entendimiento de una mujer. El príncipe de Judá y de Israel hizo caso del consejo de esta mujer, y la alabó por su inteligencia. Le hizo saber que ella había apenas salvado la vida de todos los varones de la casa de Nabal – y a ella misma de ser tomada como parte del botín (aunque sabemos quién se la habría quedado para él…).

Y Abigail vino a Nabal, y he aquí que él tenía banquete en su casa como banquete de rey; y el corazón de Nabal estaba alegre en él, y estaba muy borracho; por lo que ella no le declaró poco ni mucho, hasta que vino el día siguiente. Pero a la mañana, cuando el vino había salido de Nabal, le refirió su mujer estas cosas; y se le amorteció el corazón, y se quedó como piedra. Y pasados diez días Adonay hirió a Nabal, y murió. Y cuando David oyó que Nabal era muerto, dijo: «Bendito sea HaShem, que juzgó la causa de mi afrenta recibida de la mano de Nabal, y ha preservado del mal a Su siervo; y HaShem ha tornado la maldad de Nabal sobre su propia cabeza». Después envió David a hablar a Abigail, para tomarla por su mujer. Y los siervos de David vinieron a Abigail en el Carmelo, y hablaron con ella, diciendo: «David nos ha enviado a ti, para tomarte por su mujer». Y ella se levantó, e inclinó su rostro a tierra, diciendo: «He aquí tu sierva, para que sea sierva que lave los pies de los siervos de mi señor». Y levantándose luego Abigail con cinco mozas que la seguían, montóse en un asno, y siguió los mensajeros de David, y fué su mujer.
(1Samuel 25:36-42)

Avigail, la mujer desobediente, fué liberada de su marido, que fué castigado por su mal comportamiento hacia David. Habiendo oído la noticia, David se recuerda del consejo que ella le dió, bendiciendo a Dios por haberle impedido de tomar venganza. La mujer le dejó tal impresión, que la quiso como esposa – él de hecho “se recordó” de ella como ella le había pedido, aún antes de que el Señor le hubiese dado el reino!
Avigail era una mujer determinada que sabía lo que tenía que hacer, a pesar de las reglas sociales que requerían sumisión al marido, y fué valiente como para presentarse ella misma ante el jefe de seiscientos guerreros para persuadirlo a renunciar a su contraofensiva, hablándole con sabiduría y dulzura. Ella no fué culpada por haber transgredido las reglas, sino recompensada, pasando a ser la mujer (una de ellas) del Rey.

Batsheva

Batsheva es generalmente considerada juntamente con David culpable por su falta. No obstante, las Escrituras no le atribuyen ningún pecado, sino sólo a David. Batsheva no era sólo una hermosa mujer, sino también fiel y entendida.

Y aconteció a la vuelta de un año, en el tiempo que salen los reyes a la guerra, que David envió a Yoav, y a sus siervos con él, y a todo Israel; y destruyeron a los Ammonitas, y pusieron cerco a Rabba; mas David se quedó en Yerushalayim.
(2Samuel 11:1)

¿Qué estaba haciendo David en su palacio, cuando todo su pueblo estaba en la guerra, y era su deber estar en el campo de batalla? Este no era el comportamiento típico del valeroso guerrero que él era! El gran combatiente que era alabado por su valor, siempre a la cabeza de ejércitos invencibles… Éste fué su primer error, que lo llevó a los siguientes. Él se quedó en casa, no porque se estuviera poniendo viejo y no fuera más hábil para la batalla, porque él aún combatió después de este evento y tuvo aún muchos hijos – por lo menos cinco con Batsheva (incluyendo el primogénito que murió, pues 1Crónicas 3:5 menciona cuatro) más aquellos de sus concubinas y de otras mujeres. Su fuerza no había disminuído. Él simplemente se concedió un poco de relax; ya había conquistado todo lo que había por conquistar, y Rabbah era una ciudad fácil de tomar y su presencia no era indispensable. Este evento debe haber ocurrido no más tarde de la mitad de su reinado, porque Shlomo era ya suficientemente adulto para ser rey cuando David murió. Así podemos suponer que David no debía tener más de cincuenta años.

Y sucedió que levantándose David de su cama a la hora de la tarde, paseábase por el terrado de la casa real, cuando vió desde el terrado una mujer que se estaba lavando, la cual era muy hermosa.
(2Samuel 11:2)

Entonces, no teniendo nada que hacer, él subió a la terraza de su casa para contemplar la belleza del área circunstante... No sabemos cuánto estaba lejos Batsheva de la casa del rey, pero los hombres, y más uno como David, podemos reconocer que una mujer es hermosa desde un punto distante – aún cuando ya está oscureciendo. Generalmente se cree que ella se estuviese bañando en el patio de su casa: ésto es muy improbable – ¿No habría David notado una tan encantadora vecina ya antes? ¿No habría sabido que era la mujer de su leal soldado? Él ciertamente lo habría sabido si ella hubiese vivido cerca de su palacio. Por lo tanto, ella debía estar bañándose en una fuente natural lo suficientemente profunda como para una inmersión, y debía ir hasta allí desde su casa con tal propósito. Ella probablemente debía ir hasta esa fuente no justamente para “lavarse”, lo que podía hacer en su casa sin el riesgo de ser vista, sino para limpiarse de impureza ritual (v. 4). Éste es un precepto de la Torah llamado mikveh, que requiere que la mujer se sumerja completamente desnuda en mayim hayim, o sea, agua corriente, para ser purificada. Si ella no tenía una piscina adecuada en su casa (que debía ser llenada con agua corriente), debía encontrar otro lugar. Ella no estaba haciéndose ver, ni lo estaba tentando, sino que estaba cumpliendo con un acto debido y obedeciendo a la Ley de Dios! También lo estaba haciendo al anochecer, quizás después de la puesta del sol, para reducir la posibilidad de ser vista. No se nos dice que estuviera sola, probablemente llevaba a una amiga que vigilase.
Por otra parte, David tenía derecho a mirarla mientras él creyese que ella era libre – no es un pecado admirar la belleza de una mujer, es algo natural, lo que es pecaminoso es maquinar pensamientos lujuriosos.

Y envió David a preguntar por aquella mujer, y dijéronle: Aquella es Bath-sheba, hija de Eliam, mujer de Uriyah Hetheo. Y envió David mensajeros, y la tomó; y ella vino a él, él se acostó con ella. Purificóse luego ella de su impureza, y se volvió a su casa.
(2Samuel 11:3-4)

Una vez que él fué informado sobre su identidad, que ella era la mujer de su leal soldado, no impidió a su mente de ir más allá... Ella no lo había provocado! Era él que no debía codiciar a una mujer casada, sino olvidarla. En cambio, él ordenó que se la trajeran.
Tampoco en éste caso podemos culpar a Batsheva: él no le mandó una invitación a venir, si ella habría tenido el placer de pasar la noche con él, sino que mandó a sus mensajeros a traerla a su presencia. ¿Habría ella desobedecido a la orden del rey? Una vez que ella entendió sus intenciones, ¿podía ella hablar sin el permiso del rey, y objetar sobre lo que él pensaba hacer? Quizás ella no tenía el carácter audaz de Avigail, pero también se encontró en una situación difícil de controlar, y su comportamiento fué correcto – ella no podía oponer resistencia.
David era el hombre según el corazón de Dios, pero era un hombre, de todos modos. Él tenía poder, y también debilidad en sus deseos. En este momento, él no era capaz de ser fiel a la Ley de Dios como acostumbraba, y fué superado por sus pasiones. Su falta no fué sólo que cometió adulterio, sino que tampoco tuvo en cuenta que ella se estaba purificando porque estaba en su periodo, y no era permitido a un hombre tener relaciones sexuales con una mujer durante su ciclo (Levítico 20:18).

Y concibió la mujer, y envió a hacerlo saber a David, diciendo: «Yo estoy encinta». Entonces David envió a decir a Yoav: «Envíame a Uriyah Hetheo». Y Yoav mandó Uriyah a David. Y como Uriyah vino a él, preguntóle David por la salud de Yoav, y por la salud del pueblo, y asimismo de la guerra. Después dijo David a Uriyah: «Desciende a tu casa, y lava tus pies». Y saliendo Uriyah de casa del rey, vino tras de él comida real. Mas Uriyah durmió a la puerta de la casa del rey con todos los siervos de su señor, y no descendió a su casa. E hicieron saber esto a David, diciendo: «Uriyah no ha descendido a su casa». Y dijo David a Uriyah: «¿No has venido de camino? ¿por qué pues no descendiste a tu casa?» Y Uriyah respondió a David, «El arca, e Israel y Judá, están debajo de tiendas; y mi señor Yoav, y los siervos de mi señor sobre el campo: ¿y había yo de entrar en mi casa para comer y beber, y a dormir con mi mujer? Por vida tuya, y por vida de tu alma, que yo no haré tal cosa».
(2Samuel 11:5-11)

Cuando David vino a saber que su aventura con Batsheva habría sido descubierta, él tramó un plan para mantenerla secreta. Era por su honor, mas bien que por el de ella, pues él era el rey y Uriyah uno de sus mejores guerreros. Él no podía perder la dignidad; cuando era su deber estar en el campo de batalla, en cambio se estaba divirtiendo con la mujer de su soldado. Entonces llamó a Uriyah y expresamente le mandó a “ir a su casa a lavar sus pies” – no le estaba diciendo de ir a refrescarse y descansar, sino que ya hemos visto que el término pies es usado como un eufemismo: David manda a Uriyah a tener relaciones sexuales con su mujer. Sin embargo, Uriyah, el Hitita, uno como Rahav y Ruth que se unió a Israel siendo nacido entre los paganos, probó su lealtad hacia su rey y hacia Dios, y permaneció con los siervos en el palacio del rey. El plan de David falló.
Ya sabemos cómo terminó ésta historia.

Y oyendo la mujer de Uriyah que su marido Uriyah era muerto, hizo duelo por su marido. Y pasado el luto, envió David y recogióla en su casa; y fué ella su mujer, y le dió a luz un hijo. Mas esto que David había hecho, fué desagradable a los ojos de HaShem.
(2Samuel 11:26-27)

No era la intención de Batsheva llegar a ser reina. Fué la falta de David, que llegó a desearla tanto como para olvidar la Ley de Adonay, su unción, sus victorias y todas las cosas con las que había sido bendecido por haber sido un hombre según el corazón de Dios. David se arrepintió amargamente por el mal que había hecho, y se reconoció culpable delante del Señor, y encontramos la expresión poética de su arrepentimiento en las palabras del Salmo 51, del cual leemos algunos pasajes:

Ten misericordia de mí, oh Elohim, conforme a tu benignidad:
Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.
Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado.
Porque yo reconozco mis rebeliones; y mi pecado está siempre delante de mí.
Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos;
Porque seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio.
Crea en mí, oh Elohim, un corazón limpio; y renueva un espíritu recto dentro de mí.
No me eches de delante de ti; y no quites de mí tu santo Espíritu.
Porque no quieres tú sacrificio, que yo daría;
No quieres holocausto.
Los sacrificios de Elohim son el espíritu quebrantado.
Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Elohim.

A pesar de la injusticia por la cual Batsheva llegó a ser la mujer del rey, ella fué recompensada en su vida: tuvo un marido fiel que perdió, pero después fué la reina de Israel, y madre del Rey Shlomoh, el heredero del trono de David.

Tamar, la Hija de David

El Rey David tenía una hermosa hija, cuyo nombre era Tamar. Ella también fué víctima de abuso como lo había sido su antecesora Tamar, y también en su caso se trató de incesto – aunque en una manera muy diferente. La humillación de Tamar no fué un incidente aislado, sino una consecuencia directa del mal comportamiento de David con Batsheva y el marido de ella.

Y sucedió después de esto, que teniendo Avshalom hijo de David una hermana hermosa que se llamaba Thamar, enamoróse de ella Amnón hijo de David. Y estaba Amnón angustiado hasta enfermar, por Thamar su hermana; porque por ser ella virgen, parecía a Amnón que sería cosa dificultosa hacerle algo.
(2Samuel 13:1-2)

Como ya sabemos, el Rey David tenía muchas mujeres. Amnón era su primogénito, de Achinoam Yizreelita (2Samuel 3:2; 1Crónicas 3:1), y legalmente era el heredero al trono. Avshalom y Tamar eran sus hijos y de una princesa Aramea, muy probablemente dada a David como “garantía” de lealtad por parte de su padre, a cambio de poder mantener su reino – como usaban hacer los reyes para sellar una alianza, el rey más fuerte tomaba una hija de su vasallo para asegurarse su perpetua lealtad.
Deducimos que ellos eran aún muy jóvenes, pues no parece que Amnón fuese casado – ésta es otra prueba de que la aventura de David con Batsheva sucedió durante la primera mitad de su reinado.
El casamiento entre Amnón y su media-hermana estaba prohibido por la Ley Mosaica, por lo tanto él sabía que habría sido difícil para él obtenerla como mujer incluso a través de un pedido formal. Que él “la amaba” es un eufemismo; en realidad, Amnón sólo la deseaba sexualmente, como es claramente visible en su comportaamiento hacia ella. Él se enfermó de amor, es decir, tenía un metejón con ella.

Y Amnón tenía un amigo que se llamaba Yehonadav, hijo de Sima, hermano de David; y era Yehonadav hombre muy astuto. Y éste le dijo: «Hijo del rey, ¿por qué de día en día vas así enflaqueciendo? ¿no me lo descubrirás á mí?» Y Amnón le respondió: «Yo amo a Thamar la hermana de Avshalom mi hermano».
(2Samuel 13:3-4)

Amnón parece un niño mimado, que actúa como un adolescente, y que piensa como un adolescente. Su definición de amor es la de una persona inmadura. Hay una gran diferencia entre amar con un amor genuino, que viene del espíritu, y enamorarse, que proviene de la pasión y el deseo. Él no puede admitir que Tamar es su hermana, sino sólo la “hermana de Avshalom” – aunque Avshalom es su hermano. En la mente de Amnón, Avshalom es el hijo de su padre, pero Tamar es la hija de la madre de Avshalom.

Acostóse pues Amnón, y fingió que estaba enfermo, y vino el rey a visitarle, y dijo Amnón al rey: «Yo te ruego que venga mi hermana Thamar, y haga delante de mí dos hojuelas, que coma yo de su mano». Y David envió a Thamar a su casa, diciendo: «Ve ahora a casa de Amnón tu hermano, y hazle de comer». Y fué Thamar a casa de su hermano Amnón, el cual estaba acostado; y tomó harina, y amasó e hizo hojuelas delante de él, y aderezólas. Tomó luego la sartén, y sacólas delante de él, mas él no quiso comer. Y dijo Amnón: «Echad fuera de aquí a todos». Y todos se salieron de allí. Entonces Amnón dijo a Thamar: «Trae la comida á la alcoba, para que yo coma de tu mano». Y tomando Thamar las hojuelas que había aderezado, las llevó a su hermano Amnón a la alcoba. Y como ella se las puso delante para que comiese, él trabó de ella, diciéndole: «Ven, hermana mía, acuéstate conmigo». Ella entonces le respondió: «No, hermano mío, no me hagas fuerza; porque no se ha de hacer así en Israel. No hagas tal locura. Porque, ¿dónde iría yo con mi deshonra? Y aun tú serías estimado como uno de los necios en Israel. Ruégote pues ahora que hables al rey, que no me negará a ti».
(2Samuel 13:6-13)

Amnón llevó a cabo su plan, como le había sugerido su astuto primo (la misma persona que después anunciaría la muerte de Amnón al Rey – v. 32-33). No obstante, Amnón logró involucrar a David, al menos en obtener su permiso para que Tamar viniese a su casa. Se podría suponer que David debía haber entendido las intenciones de Amnón, o por lo menos sus sentimientos hacia su hermana, en base a las palabras usadas en el texto para la expresión “haga delante de mí dos hojuelas”: los términos hebreos usados aquí para “hacer” y “hojuelas” están ambos relacionados con la palabra “corazón” (lev), significando lo siguiente: el verbo lavav propiamente quiere decir “estar dentro”, por implicación “abrir el corazón”, o sea, “transportado por el amor”, y también significa “hacer hojuelas”; luego el término lavyivot, plural de lavyivah, en su sentido original es grosura, luego “torta frita”. Por lo tanto, aparece implícito que Amnón pidió específicamente un tipo de “tortas de amor” como medicina para su enfermedad. David no parece muy interesado en los sentimientos de sus hijos, de otra manera habría notado que el deseo de Amnón por Tamar era algo más que amor fraternal. Estaba muy ocupado con los asuntos del Reino y con sus muchas mujeres para ocuparse también de sus numerosos hijos. Y David mandó a su hija a la casa de Amnón, para que le cocinase como él había pedido.
Después que ella hizo las tortas para su hermano, sus intenciones se manifestaron – ¿No había ella entendido, siendo mujer, qué es lo que él quería de ella cuando mandó a salir a todos para quedarse solo con ella, y pretendió comer de su mano en la alcoba? Quizás consideró esto como natural entre un hermano y una hermana, sin implicaciones lascivas… Quizás ella era muy ingenua. Probablemente Amnón era tan malcriado que ni su padre, dando por hecho que un hombre puede entender los sentimientos de otro hombre, ni su hermana, que siendo mujer puede intuír las intenciones de un hombre, sospecharon nada. Seguramente Amnón ya era tratado como el sucesor a la corona, y todo deseo suyo era cumplido sin preguntarle nada.
Cuando Tamar se dió cuenta cuál era la “enfermedad” de Amnón, ella cortésmente se negó. Le habló con ternura, pero haciendo notar que era algo infame delante del Señor, con consecuencias negativas para ambos, ella y Amnón mismo. Tamar apeló a la Ley, “no se ha de hacer así en Israel” y definió un hecho tal una “locura” (n’valah); apeló al orgullo de Amnón que habría sido considerado “como uno de los necios” (naval), términos que en hebreo implican maldad, villanía, además de necedad; y también a su misericordia, porque ella habría sido deshonrada, avergonzada. Ella también le ofreció una posibilidad, diciéndole que se habría casado con él si él hacía las cosas bien, pidiéndola a David como esposa. Podemos deducir que ella dijo ésto en su desesperación, sabiendo que no era permitido por la Ley – una vez que las intenciones de Amnón hubieran sido conocidas, él habría perdido toda posibilidad.

Mas él no la quiso oir; antes pudiendo más que ella la forzó, y echóse con ella. Aborrecióla luego Amnón de tan grande aborrecimiento, que el odio con que la odió fué mayor que el amor con que la había amado. Y le dijo Amnón: «Levántate y vete». Y ella le respondió: «No es razón; mayor mal es éste de echarme, que el que me has hecho». Mas él no la quiso oir. Antes llamando su criado que le servía dijo: «Echame ésta allá fuera, y tras ella cierra la puerta».
(2Samuel 13:14-17)

Amnón estaba obsesionado, y la violó. Es evidente qué tipo de “amor” él sentía por ella, que la odió después de haberla humillado sexualmente. Eso no era amor, sino pura lascivia. Aquí no estamos interesados en los aspectos psicológicos del comportamiento de Amnón, por qué la odió más de cuanto la había deseado, porque nos interesa Tamar; por lo tanto no trataremos las posibles razones de esta reacción.
Ella fué ofendida en su honor y herida en sus más profundos sentimientos – porque no pudo resistirlo por no tener la fuerza física. Por lo menos, él podría haber cumplido con su deber como hombre (aunque es indigno de ser llamado hombre) y debía tomarla como esposa; pero en cambio la echó. Ella era una princesa, y era destinada a ser dada como esposa a un príncipe, o a un hombre honorable; pero en la antigua sociedad israelita era muy difícil para una mujer poder casarse si no era virgen – a menos que fuese viuda. Por este motivo ella le dijo que esta segunda maldad era peor que la primera. Quisiéramos pensar que, siendo inocente, ella haya encontrado un buen marido que la haya aceptado, pero no sabemos más nada de su vida. Según las Escrituras, ella quedó desconsolada, lo que nos dá a entender que éste fué su estado definitivo. La palabra hebrea usada aquí es shamem, la misma que encontramos en Isaías 54:1, y conlleva el sentido de devastada, desolada, desierta.

Y tenía ella sobre sí una ropa de colores, traje que las hijas vírgenes de los reyes vestían. La echó pues fuera el criado de Amnón, y cerró la puerta tras ella. Entonces Thamar tomó ceniza, y se la esparció sobre su cabeza, y rasgó su ropa de colores de que estaba vestida, y puestas sus manos sobre su cabeza,se fué gritando. Y su hermano Avshalom le dijo: «¿Ha estado contigo tu hermano Amnón? Pues calla ahora, hermana mía; tu hermano es; no pongas tu corazón en este asunto». Y se quedó Thamar desconsolada en casa de Avshalom su hermano. Y cuando el rey David oyó todo esto, fué muy enojado.
(2Samuel 13:18-21)

Tamar tuvo un correspondiente masculino en la historia, que fué también una víctima inocente como ella: Yosef.
·Ambos tenían una ropa de varios colores como signo de privilegios especiales:
Y tenía ella sobre sí una ropa de colores, traje que las hijas vírgenes de los reyes vestían”;
“ Y amaba Israel a Yosef más que a todos sus hijos, porque le había tenido en su vejez; y le hizo una ropa de diversos colores”
(Génesis 37:3);
·Ambos fueron traicionados por sus hermanos – Tamar por uno, Yosef por todos. Después de ésto, sus trajes de colores ya no se podían usar:
“[Ella] rasgó su ropa de colores de que estaba vestida”;
“Ellos quitaron a Yosef su ropa, la ropa de colores que tenía sobre sí… Entonces tomaron ellos la ropa de Yosef, y degollaron un cabrito de las cabras, y tiñeron la ropa con la sangre”
(Génesis 37:23,31);
·Ambos fueron invitados con las mismas palabras, “acuéstate conmigo”, y su rechazo les trajo malas consecuencias:
“Él trabó de ella, diciéndole: «Ven, hermana mía, acuéstate conmigo»”;
“Y asiólo ella por su ropa, diciendo: «Acuéstate conmigo!»”
(Génesis 39:12).

Parece que la única persona que realmente había entendido todo desde el principio era Avshalom, porque cuando vió a su hermana, él le preguntó “¿Ha estado contigo tu hermano Amnón?”. Ya sabemos cómo terminó esta historia, que Avshalom se comportó como un verdadero hombre y vengó a su hermana, matando al vil Amnón. Cuando David supo lo que había pasado “fué muy enojado”, pero no se nos dice si hizo algo para castigar a Amnón. Probablemente dejó este asunto en manos del Señor, pues nadie mejor que él sabía que Elohim no dejaría a nadie sin su castigo. Pero Avshalom consideró la inacción de David como injusticia, de hecho, es de esto que acusó a su padre cuando se rebeló contra él:
“Y levantábase Avshalom de mañana, y se ponía a un lado del camino de la puerta; y a cualquiera que tenía pleito y venía al rey a juicio, Avshalom le llamaba a sí, y le decía: ¿De qué ciudad eres? Y él respondía: Tu siervo es de una de las tribus de Israel. Entonces Avshalom le decía: Mira, tus palabras son buenas y justas: mas no tienes quien te oiga por el rey. Y decía Avshalom: ¡Quién me pusiera por juez en la tierra, para que viniesen a mí todos los que tienen pleito o negocio, que yo les haría justicia! Y acontecía que, cuando alguno se llegaba para inclinarse a él, él extendía su mano, y lo tomaba, y lo besaba. Y de esta manera hacía con todo Israel que venía al rey a juicio: y así robaba Avshalom el corazón de los de Israel” (2Samuel 15:2-6).
Avshalom tuvo una hermosa hija, a la cual llamó como su hermana, Tamar (2Samuel 14:27).

La Mujer Noble de Shunem

Esta es otra mujer cuyo nombre no es mencionado, aunque era una persona importante en su ciudad. Ella vivió en un periodo muy duro para Israel, gobernado por monarcas inicuos que se habían apartado de la Ley – el Reino de Israel se había separado de Jerusalem y del Templo, y la autoridad de Elohim era representada por Su Profeta.
Shunem era una pequeña ciudad en el territorio de la Tribu de Yissakhar, en Galilea, de donde también Avishag era nativa (1Reyes 1:3).

Y aconteció también que un día pasaba Eliseo por Shunem; y había allí una mujer principal, la cual le invitó a que comiese del pan: y cuando por allí pasaba, venía a su casa a comer del pan. Y ella dijo a su marido: «He aquí ahora, yo entiendo que éste que siempre pasa por nuestra casa, es santo varón de Elohim. Yo te ruego que hagas una pequeña cámara de paredes, y pongamos en ella cama, y mesa, y silla, y candelero, para que cuando viniere a nosotros, se recoja en ella». Y aconteció que un día vino él por allí, y recogióse en aquella cámara, y durmió en ella. Entonces dijo a Gehazi su siervo: «Llama a esta Sunamita». Y como él la llamó, vino ella delante de él. Y dijo él a Gehazi: «Dile: He aquí tú has estado solícita por nosotros con todo este esmero: ¿qué quieres que haga por ti? ¿has menester que hable por ti al rey, o al general del ejército?» Y ella respondió: «Yo habito en medio de mi pueblo».
(2Reyes 4:8-13)

Esta mujer es llamada “importante”, significando que ella pertenecía a la nobleza de su país. Parece ser que el Profeta Elisha no se identificaba a sí mismo mientras viajaba, y no era tan notorio como el Profeta Eliyahu, que era rápidamente reconocido por su aspecto extravagante. Ésta mujer tenía conocimiento espiritual – ese tipo de conocimiento que es exclusivo de las mujeres – por el cual ella entendió que Elisha era un santo varón. Ella creía en el verdadero Dios en un Reino que ya no Lo adoraba más desde su separación de Judah, y ella consideraba que era una bendición para su casa dar hospitalidad a éste hombre de Dios itinerante y a su siervo.
El Profeta quiso expresarle su agradecimiento, y la preguntó si ella habría querido algún puesto de honor entre las autoridades. Su respuesta fué la de una verdadera mujer de la nobleza: ella no quería gloria, sino vivir en medio de su pueblo – al cual ella probablemente sostenía también economicamente, siendo una persona tan generosa.

Y él dijo: «¿Qué pues haremos por ella?» Y Gehazi respondió: «He aquí ella no tiene hijo, y su marido es viejo». Dijo entonces: «Llámala». Y él la llamó, y ella se paró a la puerta. Y él le dijo: «A este tiempo según el tiempo de la vida, abrazarás un hijo». Y ella dijo: «No, señor mío, varón de Elohim, no hagas burla de tu sierva». Mas la mujer concibió, y dió a luz un hijo en aquel tiempo que Eliseo le había dicho, según el tiempo de la vida.
(2Reyes 4:14-17)

No la podemos culpar por su incredulidad; también su antecesora Sarah se rió cuando Elohim le anunció el nacimiento de Yitzhak. No tener hijos en el antiguo Israel era un problema muy serio, y para una mujer estéril era increíble poder llegar a ser madre, aún cuando le fuese dicho por un Profeta. Ella probablemente era aún joven, pero aparentemente se casó con un hombre mucho mayor que ella, pues el siervo recalcó la edad del marido.

Y como el niño fué grande, aconteció que un día salió con su padre, a los segadores. Y dijo a su padre: «Mi cabeza, mi cabeza!» Y él dijo a un siervo: «Llévalo a su madre». Y habiéndole él tomado, y traído a su madre, estuvo sentado sobre sus rodillas hasta medio día, y murió. Ella entonces subió, y lo puso sobre la cama del varón de Elohim, y cerrándole la puerta, salió. Llamando luego a su marido, le dijo: «Te ruego que envíes conmigo a alguno de los criados y una de las asnas, para que yo vaya corriendo al varón de Elohim, y vuelva». Y él dijo: «¿Para qué has de ir a él hoy? No es nueva luna, ni Shabbat». Y ella respondió: «Shalom». Después hizo ensillar un asna, y dijo al mozo: «Guía y anda; y no me hagas detener para que suba, sino cuando yo te lo dijere». Partió pues, y vino al varón de Elohim al monte del Carmelo. Y cuando el varón de Elohim la vió de lejos, dijo a su siervoo Gehazi: «He aquí la Sunamita. Ve ahora corriendo a recibirla, y dile: ¿Tienes paz? ¿y tu marido, y tu hijo?» Y ella dijo: «Shalom». Y luego que llegó al varón de Elohim en el monte, asió de sus pies. Y llegóse Gehazi para quitarla; mas el varón de Elohim le dijo: «Déjala, porque su alma está en amargura, y Adonay me ha encubierto el motivo, y no me lo ha revelado». Y ella dijo: «¿Pedí yo hijo a mi señor? ¿No dije yo, que no me burlases?» Entonces dijo él a Gehazi: «Ciñe tus lomos, y toma mi bordón en tu mano, y ve; y si alguno te encontrare, no lo saludes; y si alguno te saludare, no le respondas: y pondrás mi bordón sobre el rostro del niño». Y dijo la madre del niño: «Vive HaShem, y vive tu alma, que no te dejaré». El entonces se levantó, y la siguió.
(2Reyes 4:18-30)

Su hijo aparentemente murió por una insolación. El hijo que ella tanto había deseado pero que no pidió en cambio de su hospitalidad: «¿Pedí yo hijo a mi señor? ¿No dije yo, que no me burlases?». Puede parecer un reproche, pero de hecho ésta vez sí era un pedido, como si hubiese dicho: “Tú me has concedido de tener un hijo, ahora deberás proveer para que este milagro no haya sido en vano”; era una declaración de fé mas bien que un reproche. De hecho, cuando su hijo murió, ella no lo preparó para un funeral, sino para una resurrección. Ella sabía perfectamente lo que estaba haciendo: ésta mujer seguramente había oído acerca del Profeta Eliyahu, a quien sucedió Elisha, y de su milagro cuando era huésped de la viuda de Tzarefat:
“Después de estas cosas aconteció que cayó enfermo el hijo del ama de la casa, y la enfermedad fué tan grave, que no quedó en él resuello. Y ella dijo a Elías: «¿Qué tengo yo contigo, varón de Elohim? ¿has venido a mí para traer en memoria mis iniquidades, y para hacerme morir mi hijo?» Y él le dijo: «Dame acá tu hijo». Entonces él lo tomó de su regazo, y lo llevó a la cámara donde él estaba, y lo puso sobre su cama. Y clamando a HaShem, dijo: «Adonay mi Elohim, ¿aun a la viuda en cuya casa yo estoy hospedado has afligido, matándole su hijo?» Y midióse sobre el niño tres veces, y clamó a HaShem, y dijo: «Adonay mi Elohim, te ruego que vuelva el alma de este niño a su cuerpo». Y Adonay oyó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a su cuerpo, y revivió. Tomando luego Elías al niño, lo trajo de la cámara a la casa, y lo dió a su madre, y le dijo Elías: «Mira, tu hijo vive». (1Reyes 17:17-23)
La mujer Sunamita quería que Elisha hiciera la misma cosa, porque ella tenía fé. Ella había puesto al hijo en la cama del Profeta, como había hecho Eliyahu cuando era huésped en casa de otra mujer. Así como Eliyahu había hecho que no faltase aceite de la vasija de la viuda (1Reyes 17:16), y Elisha había repetido ese milagro en casa de otra viuda justo antes de encontrar a la Sunamita (2Reyes 4:2-6), ella sabía que él podía devolverle asu hijo como había hecho Eliyahu. Y ella siempre decía: “shalom”. Era determinada, nadie debía saber nada excepto el Profeta, y sólo cuando estuvo en su presencia, ella habló. De la misma manera que había entendido desde el principio que Elisha era el Profeta de Elohim, ella supo que era sólo él que debía ser informado.
Elisha le dió instrucciones sobre lo que debía hacer, pero ella no aceptó. Ella requería la presencia del Profeta. No era falta de fé – ella viajó hasta el monte Carmelo dejando a su hijo muerto en casa, y nadie haría eso si no tuviera fé. Ella quería que Elisha hiciese exactamente como había hecho Eliyahu. E insistió como su ancestro Yakov: “No te dejaré, si no me bendices” (Génesis 32:26).

Y habló Eliseo a aquella mujer a cuyo hijo había hecho vivir, diciendo: «Levántate, vete tú y toda tu casa a vivir donde pudieres; porque Adonay ha llamado el hambre, la cual vendrá también sobre la tierra siete años». Entonces la mujer se levantó, e hizo como el varón de Elohim le dijo; y partió ella con su familia, y vivió en tierra de los Filisteos siete años. Y como fueron pasados los siete años, la mujer volvió de la tierra de los Filisteos; y después salió para reclamar al rey por su casa, y por sus tierras. Y había el rey hablado con Gehazi, siervo del varón de Elohim, diciéndole: «Te ruego que me cuentes todas las maravillas que ha hecho Eliseo». Y contando él al rey cómo había hecho vivir a un muerto, he aquí la mujer, a cuyo hijo había hecho vivir, que reclamaba al rey por su casa y por sus tierras. Entonces dijo Gehazi: «Rey señor mío, esta es la mujer, y este es su hijo, al cual Eliseo hizo vivir». Y preguntando el rey a la mujer, ella se lo contó. Entonces el rey le dió un eunuco, diciéndole: «Hazle volver todas las cosas que eran suyas, y todos los frutos de la tierras desde el día que dejó el país hasta ahora».
(2Reyes 8:1-6)

Esta mujer noble de Shunem adquirió una consideración privilegiada por el Profeta, que le advirtió de refugiarse en otro país por causa de la inminente carestía. Y ella creyó al Profeta e hizo com él le dijo, y no perdió nada: al contrario, incluso un mal rey como Yehoram le devolvió no sólo sus posesiones, sino también lo que éstas habían producido durante los siete años que ella estuvo en el extranjero.








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