JESÙS, EL MACHISMO Y LA MUJER

Estamos en presencia de la difusión más extensa que haya recibido el irresuelto tema de la constante postergación de la mujer, en el mundo dominado por el prejuicio machista. Peor aún: poderosas militancias radicales han profundizado el problema. Lo monitorean con intereses confesos e inconfesos generando más confusión que claridad. 

Se celebra que las calles sean ganadas por multitudes representando a numerosos movimientos que reclaman a voz en cuello con eslóganes y estribillos de todo tipo, agitando carteles con mensajes codificados, y exhibiendo conductas incursas en la incitación a la violencia y a la inmoralidad pública. Entonces sacan a relucir estadísticas y las enarbolan como un ‘éxito de la democracia’, soslayando el hecho que - de esta manera incomprensible por lo contradictoria - están dañando el principal objetivo deseado: devolverle a la mujer su robada dignidad. 

Reconozco que modestos intentos no alcanzan para desmitificar la gravísima transgresión que - desde el comienzo de la Historia - es camuflada con cambios de carátula para que nada cambie. Es lo que hacen, en este siglo, los agentes de la posverdad que lucran con esta injusticia. Siempre apegados a lo hermético acuñan en sus laboratorios frases como ‘lucha por la igualdad de género’ para imprimirlas luego en el ideario social (aunque pocos descubran el engaño). Luego ocupan la primera plana en medios complacientes arrogándose ser los únicos capacitados para darle a la gente ‘eso’ que pide en democracia. Movidos por la necesidad de marcar diferencias, deseando ser ‘parte de la solución’ y dejar de ser ‘parte del problema’, estamos sobrevolando ‘los derechos de la mujer’ a la luz de la Biblia. 

El fin es invitar al debate serio exponiendo razones fundadas y no basado en prejuicios. En primer lugar, aspiramos a poner la voz de alerta frente a poderes que operan desde las sombras; pues sus agentes demuestran no estar en la búsqueda honesta de soluciones legítimas y convenientes, sino en la satisfacción de sus propios intereses. En segundo lugar, alentamos la creación de sinergias  para desmontar la perversa ideología confusionista instalada en sus numerosas plataformas de comunicación social. Lo que vemos es un constante desvío de la atención pública para sacarla y distraerla con cuestiones tanto o más ominosas que las causas reales del problema. Lo sepan o no, abarrotan al poder judicial con reclamos de insatisfechos y retroalimentan la sed de votos de la clase política. 

Finalmente, señalamos la falta total de responsabilidad social en hombres y mujeres que solo apuntan a seguir abrochados al poder que les reditúa múltiples beneficios. Su egoísmo es un desvergonzado rechazo de la Verdad; dicen que luchan por ella, pero la niegan con promesas imposibles de ser cumplidas.Entrando entonces en el tema de fondo: 

LA MUJER EN LOS DÍAS DE JESUCRISTO 

Jesús nació y se crió en una de las tantas culturas patriarcales mediterráneas. El mundo conocido en esos días era dominado por un sincretismo propio del poderoso Imperio Romano; este imponía por la fuerza el cumplimiento de sus leyes, promovía la cultura griega - helénica, y permitía ciertas prácticas de la religión local. 

Con variaciones de grado en lo civil, social y económico, las naciones vecinas a Palestina eran patriarcales: el padre y el esposo subordinaban a las hijas y a la esposa, respectivamente. Jesús enseñó como maestro itinerante durante tres años en una sociedad hebrea en la cual la mujer estaba entre las más pobres del mundo. No solo no gozaba en la práctica del derecho hereditario, sino que no podía divorciarse aunque estuviese siendo objeto de malos tratos, entre otros motivos. En cambio los varones hebreos podían divorciarse de sus mujeres por cualquier motivo. Si su hogar de crianza no era de constitución patriarcal la mujer divorciada por su marido debería enfrentarse a consecuencias ruinosas. 

En los días del Maestro de Galilea, la mujer no podía tocar a un hombre durante su período menstrual; si por descuido lo hacía debía someterse al ritual de la purificación durante una semana, antes de poder volver a orar en el Templo. Eran impedidas de leer la Torá en la Sinagoga a causa de su "estado de impureza". También se debatía si la mujer debía ser educada en la Torá. En suma, el hogar era el lugar principal de la mujer; la madre judía (‘mámele’) transfería la religión a su hijo; y la mayoría de las niñas judías eran prometidas en matrimonio a una temprana edad. Las mujeres hacían las oraciones durante las comidas y las ceremonias de encendido de velas en los festivales. Ser hospitalaria era una de sus más importantes obligaciones. Solo las esposas de los Rabinos recibían educación. La legislación judía impedía que las mujeres pudieran ser testigos o enseñar leyes; no podían asumir roles de liderazgo en el judaísmo del primer siglo. En un país gobernado por una élite religiosa ellas no tenían poder alguno. Eran invisibles. 

EL TRATO DE DIOS A LA MUJER 

Queda demostrado que a Jesús los líderes religiosos no le engañarían con la imposición de tradiciones ancestrales cual si fuesen doctrinas o normas de conducta. Así lo leemos cuando quisieron tentarlo alegando que sus discípulos quebrantaban la ley al no lavarse las manos antes de sentarse a comer. Jesús les respondió: “¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? Dios mandó diciendo: ‘Honra a tu padre y a tu madre’, y ‘El que maldiga al padre o a la madre, sea condenado a muerte’, pero vosotros decís: ‘Cualquiera que diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte, ya no ha de honrar a su padre o a su madre.’ Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición. Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: ‘Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí, pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.’ 

Como se aprecia, a pesar de las rígidas y contradictorias condiciones impuestas por los varones poderosos padecidas por los pobres y desposeídos de la tierra, entre ellos las mujeres, Jesús las trató siempre con respeto; negándose a aplicarles las normas y costumbres discriminatorias de los fariseos. Haciendo caso omiso a tales costumbres les dio la bienvenida a las mujeres que quisieran ser discipuladas por él junto con los varones. Esta fue una innovación revolucionaria para la época, pues no era usual que mujeres y varones se trataran en público ni fuesen por los caminos tras maestros; si lo hacían corrían el riesgo de ser estigmatizados socialmente. Jesús no tuvo reparos en incluir a mujeres en el círculo de sus más allegados: “Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios. Lo acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Chuza, intendente de Herodes, Susana y otras muchas que ayudaban con sus bienes.(…) Aconteció que, yendo de camino, entró en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.” Ninguna mujer podía estar más marginada socialmente, si no padecía de lepra, que aquella mujer que sufría de una larga hemorragia. A Jesús no le preocupa en absoluto el ritual de impureza cuando cura a la mujer que lo tocó, con el coraje propio de una fe genuina en Él. 

Jesús no se incomodaba porque hubiese mujeres que se atrevían a pedirle ocuparse de ellas. El caso de la viuda cuyo hijo, su único sostén, había muerto y era llevado a su sepultura en Naín, es otro claro ejemplo. Jesús incluso dialogó con mujeres que no eran judías. ¿Cómo no citar a la mujer cananea cuya hija estaba endemoniada? Ella lo interrumpió a gritos cuando iba camino de otra misión rodeado de una multitud. Y Jesús se detuvo, se ocupó de ella y le resolvió su enorme problema. 

El caso sobre el que más prédicas hayan mencionando a una mujer quizás sea el de ‘la mujer samaritana’. Con ella se encuentra junto al pozo de Jacob, donde ambos iban por agua. Es un diálogo que muestra a Jesús priorizando su amor del necesitado, por sobre normas arbitrarias propias del machismo. Con sus enseñanzas sobre el adulterio frente a la tergiversación machista, Jesús protegió a la mujer contra el abandono conyugal . Siendo Jesús un fiel reflejo de las cualidades de Dios Padre, puso de manifiesto que ambos sexos tienen el mismo valor a los ojos del Creador. No hay tampoco discriminación alguna con su llamada al apostolado de las mujeres junto con sus hermanos varones. Esto queda en evidencia en los relatos de la Resurrección, en los que las mujeres piadosas son las elegidas en primer lugar para dar testimonio de este hecho sobre el cual se basa la fe cristiana desde hace dos milenios. 

A punto de expirar en la cruz, dio una lección de amor por la mujer en la persona de su bendita madre traspasada por el dolor; y los cuatro Evangelios muestran a María Magdalena, Juana, María la madre de Santiago y José, Salomé y las otras mujeres discípulas que acompañaron a Jesús hasta su muerte; ellas habían ungido el cuerpo de su amado maestro y lo acompañaron hasta el sepulcro prestado, para sepultarlo. Esa fidelidad las lleva ahora a descubrir la tumba vacía; y finalmente son privilegiadas con la presencia del resucitado y el encargo de proclamarlo a los demás. El relato demuestra que no hubo ningún varón que estuviese con ellas en ese momento histórico. Por esa causa de inicio no fueron creídas por los varones . 

Aún hoy, algunos discípulos le niegan a la mujer anunciar la inclusiva Buena Nueva. ¿Cuán obstinados podemos ser los varones, que lleguemos a negar las Escrituras que manifiestan la evidente posición de Jesucristo a favor de la mujer frente al abuso machista? Todavía falta en muchas congregaciones la enseñanza escritural seria, basada en todo el consejo divino, respecto del rol que le otorga Dios a la mujer en su Plan de Redención. Seguramente es por eso, que aún le falte coraje a los ofuscados machistas para reconocer que con su obediente silencio una mujer enseñe mucho mejor lo que ellos no logran a viva voz desde el púlpito. 

Pidamos perdón a nuestro Padre en primera persona, del singular y también del plural. Cada uno y todos, sea por comisión u omisión pecamos en este asunto. Permitamos que sea el Espíritu Santo quien nos guíe a toda la verdad. Así agradaremos a nuestro Padre.

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