Y SI NO VIENEN LOS CUERVOS?

Era una tarde calurosa de verano, cuando el pequeño Nicolás de ocho años de edad, acompañaba a un grupo de muchachos mayores que él, algo más de una docena, todos del Barrio de Barracas, que iban a enfrentar "a los tanos de la Boca".

Se trataba de escaramuzas frecuentes que no tenían mayores consecuencias. Pero le costó convencer a los muchachos mayores que lo dejaran "solamente por una vez ", acompañarlos. Una dificultad era la edad, y otra que estaba demasiado limpio y bien vestido para integrar la barra beligerante. Pero logró integrar el grupo de "i gayegue de Baraca", como los llamaban los tanos. Cuando se encontraron los dos bandos, la gresca no pasó de ser como de costumbre, otra simple escaramuza. El agua del Riachuelo no se tiñó de sangre cuando volaban los proyectiles, en la guerra a cascotazos que se libró.

Teniendo en cuenta el entorno en el que se crió el holandesito, no es nada extraño que llegara a dominar el castellano como su idioma natural, y asimilara las costumbres argentinas tan cabalmente. Esto habría de representar un elemento importantísimo en el ministerio que Dios tenía dispuesto para él.

La familia Doorn llegó de Holanda al puerto de Buenos Aires el 12 de julio de 1889, época en que Nicolás tenía tres años, siendo el menor de los seis hijos, entre los cuales, había una mujer, Margarita, a quien profesaba un cariño especial.

Con el correr del tiempo Margarita contraería enlace con Ernesto Airth, y fue una fiel creyente durante la larga vida que le concedió el Señor. Falleció en CastelarBuenos Aires, en marzo del año 1978, a los 94 años de edad.

La razón por la cual la familia Doorn fue a radicarse en Barracas, también tiene que ver con la providencia divina. Apenas llegados de Holanda, se establecieron cerca de la Capital, próximos a una estación del Ferrocarril Central Argentino.

La madre era una fiel creyente, y uno de los hijos, Simón, había dejado la casa paterna para ir a la Capital. Una noche que Simón y un amigo holandés, Ramón Beiseter, se hallaban en el Barrio deBarracas comenzó a llover torrencialmente. Corrían hacia Constitución, cuando pasaron frente al número 850 de la calle Salado, vieron un salón abierto, y ambos entraron para refugiarse de la lluvia. Se trataba de una reunión evangélica, y estaba predicando don Carlos Torre, y Simón contaba después que les hablaba directamente a ellos, cosa que los impresionó muchísimo. Aquella noche, ambos se convirtieron, y los dos llegaron a ser fieles siervos de Dios.

Ramón Beiseter fue colportor, y Simón Doorn, junto con Juan Vilán - nombre muy relacionado con la obra de los hermanos en aquellos primeros tiempos - comenzaría más tarde una importante tarea evangelizadora en Lanús, que daría pronto nacimiento a una iglesia allí.

Cuando Simón volvió a su casa contando sus experiencias, la madre no cabía en sí de alegría: primero por la conversión del hijo vagabundo; y luego por haber encontrado por medio de él, un lugar enBuenos Aires en donde se predicara el evangelio. De manera que pronto la familia Doorn estaba radicada en Barracas.

La primera noche que estuvo de regreso en su casa, Simón, que había traído un tratado titulado "El Hospital Militar", se lo leyó a su padre que no era creyente, y a su hermanaMargarita , y trataba de explicarles todo lo que él comprendía, tan claramente como le fuera posible. Nicolás, por su edad, no era tenido en cuenta, y siempre recordaba cómo lo entristecía que no pudiera participar él también del evangelio.

Por fin, un día de 1899 cuando había cumplido 14 años, él y su hermana Margarita se convirtieron. El padre recién recibió a Cristo en 1907, cuando la iglesia de calle Salado se reunía desde algunos años atrás, en un salón del 1750 de la calle Brasil. Desde luego que en esta historia fueron decisivas las oraciones de la madre de familia, que era una fiel cristiana desde Holanda, en donde la familia Doorn asistía a la iglesia Luterana oficial.

Pronto, después de su conversión, Nicolás se bautizó junto con el ya mencionado joven Juan Vilán, que habría de ser un gran compañero de trabajo en la obra del Señor. Y también con Andrés Garibaldi, un creyente emparentado con el libertador italiano. Garibaldi era un hombre rico, y años después, cuando Nicolás se radicó en Bell Ville, Garibaldi le hizo el préstamo de una suma muy importante de dinero para la compra del terreno y un salón pre-fabricado de chapas y madera, que desde 1914 sirvió durante muchos años a la iglesia formada en aquella ciudad.

Nicolás tenía muchos recuerdos hermosos de la vida familiar. Aunque el padre no era creyente, era un gran conocedor de las Escrituras, por su formación en la iglesia evangélica en Holanda . La madre, fiel cristiana, como dijimos, se preocupaba que siempre se leyera la Biblia en casa. El ejemplo de Simón, el hermano mayor convertido y activo en la iglesia, hizo que Nicolás, desde los doce años (dos años antes de convertirse), fuera un gran repartidor de tratados. Y en algunas ocasiones eventuales, solía repetir los enfrentamientos a cascotazos con los tanos de la Boca, formando él fielmente la barra de "i gayegue de Baraca".

Pronto después de su conversión, su padre se bautizó. Y después del bautismo de Nicolás junto con Juan Vilán, formando pareja con él, fueron un equipo de formidables repartidores de tratados, animadores e infaltables asistentes a reuniones caseras. El señor Torre había conseguido una imprenta que instaló detrás del local en calle Salado, y allí comenzaron a trabajar Nicolás y J. Vilán, quien conocía el oficio de encuadernador.

Luego la imprenta fue trasladada a Quilmes, y Nicolás fue a trabajar allí en 1903. Allí vivía con don Guillermo Payne, quien había regresado de Bolivia en 1902. Don Nicolás recordaba que en aquellos tiempos don Guillermo le daba $ 10.- mensuales, que para él representaban una suma importante. En realidad, en Quilmes estaban los tipos de la imprenta, y Nicolás colaboraba en el armado de las galeras. Y cuando estaban listas, él las llevaba a Tolosa en donde estaban las prensas, y se quedaba una semana en casa de Ernesto Airth mientras se imprimían los tratados.

Luego en 1904 se instaló la imprenta "La Victoria" en calle Montes de Oca, y allí fue Nicolás a trabajar en la impresión de una serie de tratados que fueron muy importantes en su momento. Se editaba "El Correo Evangélico", dedicado especialmente a empleados del Correo. Don Carlos Torre publicaba "Rayos de Luz".

Don Guillermo Payne comenzó la publicación de "El Amigo", un tratado de controversia. En esta imprenta, Nicolás, junto con Mr. Percy Moore, un misionero que luego fue al Africa del norte, compusieron todas las galeras del himnario impreso en "La Victoria". Nicolás tenía 18 años, y ya ganaba $ 40.- mensuales. Pero lo más importante para él fueron estos años pasados en la compañía de un hombre de la estatura espiritual de don Guillermo Payne, que fueron decisivos en su formación integral. De él aprendió el amor por leer la Biblia, la perseverancia en la oración, la actividad evangelizadora incansable, el hábito de madrugar y estar en constante actividad.

Siempre era muy agradable, en los últimos años de su vida, escuchar a don Nicolás en tranquilas veladas, comenzar a desgranar recuerdos de aquellos viejos tiempos. ¡Con cuánto cariño y admiración recordaba a Mr. Torre! Era secretario de la firma constructora del Puerto de Buenos Aires, Hay, Walker y Cía. pero siempre tenía mucho tiempo para dedicar a la predicación e innumerables tareas en la obra del Señor. Escribía tratados, visitaba. Luego recordaba cuando se adquirió la propiedad en calle Brasil, y don Guillermo Payne puso una carpa. Y Mr. Walker dio el dinero para la adquisición del local que fue utilizado durante tantos años.

Sus recuerdos se hacían íntimos cuando rememoraba el año 1906. Había cumplido 20 años entonces, y desde tiempo atrás el señor Payne lo estimulaba para que dedicara todo su tiempo en el servicio del Señor. Éstas son sus palabras textuales que anotamos: "Viajaba con don Guillermo en un tranvía una calurosa tarde de verano. El me animaba a dedicar toda mi vida a ser misionero. La idea me entusiasmaba, pero mi preocupación era el sustento; cómo podría vivir si no tenía recursos.

Entonces él me empezó a recordar el pasaje que hablaba de Elías y los cuervos. El me aseguraba que Dios proveería para mí de la misma manera. En ese momento de la conversación ya llegaba yo a destino y tenía que descender. Estaba haciéndolo cuando me surgió la duda. Bajé.

El tranvía ya arrancaba, así que corrí al lado y por la ventanilla abierta le alcancé a decir: ¿Y si no vienen los cuervos? Y él con toda seguridad me contestó: ¡Vendrán, vendrán!

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