LA GRACIA ES OFENSIVA

Observe los nombres o bien la carencia de ellos. Se nos da el nombre del fariseo que había invitado a Jesús a cenar, Simón, pero el nombre de la mujer que irrumpe no se registra. Probablemente porque no necesita ser registrado. Es conocida por su reputación: “la” mujer inmoral, “la” pecadora. Cuando se escuchan las noticias de este encuentro, es sumamente probable que nadie se preguntara, ni siquiera por un momento, quién es “ella”.

Ahora bien, esta mujer no solamente era menospreciada por su estilo de vida, evidentemente no tenía temor de añadirle leña al fuego. Primero, entró a la casa de Simón sin invitación y sin compañía. “¿Quién se cree que es? ¿Cómo se atreve?”, habrán murmurado los invitados en consternación pasmosa. Esta era la última persona que usted querría que viniera a una cena. Y no estaba irrumpiendo en cualquier cena; era una cena en casa de un líder religioso, un fariseo, un hombre santo, el lugar opuesto donde podría llegar a ser concebiblemente bien recibida. Así que aquí viene, el epítome de lo que ninguna mujer debería ser—rebelde, promiscua, ordinaria, insensata y muy enferma probablemente—y se echó a los pies del invitado de Simón. ¿Por qué no solamente esperaba a Jesús allá afuera o trató de encontrarlo antes de que entrara? ¿Por qué no temía lo que pudiera suceder?

Su descaro no terminó allí. No, las indignidades seguían multiplicándose. De sus sucios vestidos, sacó un frasco de alabastro con ungüento. Los testigos fácilmente podían imaginarse dónde había conseguido el dinero para comprarlo y para qué propósitos lo había utilizado previamente. Pero ahora cayó detrás de donde estaba reclinado Jesús, mientras Simón, los discípulos e incluso los esclavos de la casa permanecían horrorizados. Derramó su precioso perfume en los pies de Jesús. Luego se descubrió la cabeza (lo cual también era religiosamente inadmisible), sacó su cabello y lo utilizó como una toalla para limpiarlo. Aparentemente ella lloraba con tanta intensidad que sus lágrimas hicieron un baño para sus pies encallecidos y secos. Y luego los besó. Una y otra vez. Y Él lo recibió. Jesús recibió los besos de una prostituta. Ella, la contaminada, estaba limpiando a Jesús, el puro.

Una vez más, uno tiene que preguntarse: “¿Qué estaba pensando cuando hizo una jugada tan temeraria? ¿Cómo pensaba que esos hombres responderían? ¿Cómo pensó que Jesús respondería? ¿Cuál era su esperanza? ¿Y de donde sacó el coraje para hacer algo así?”. Claramente, esta mujer había llegado al final de sí misma. Como un adicto que había tocado fondo, ella había muerto a todo excepto su deseo de ayuda. Ella corrió a Cristo y Él no la rechazó. La gracia empieza donde termina el orgullo.

La escena ofendió a los que la presenciaron. Y no los ofendió porque fueran sumamente mojigatos o hiperreligiosos; aunque probablemente lo eran. La gracia ofende porque es ofensiva. A diferencia de cualquier otro tipo de amor que existe, el amor en una dirección no depende de nuestra amabilidad. Precede a la amabilidad. Y aunque lo vemos reflejado en maneras incontables en nuestra vida diaria y relaciones, el evangelio es el único lugar en el que encontramos esta gracia del tipo que destroza paradigmas en su estado puro sin adulterar. Jesús es su punto de inicio, y aun así no debemos olvidar jamás que eso lo llevó a ser crucificado.

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