CAMBIANDO EL LUTO POR ALEGRIA


El Evangelio según San Juan, en el capítulo 1 verso 12, señala: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Nosotros, los que somos hijos de Dios, estamos llenos de Él a rebosar, así que nuestra vida debe ser un ejemplo de una vida llena de entusiasmo. Otras versiones traducen la palabra “potestad” como “derecho” y “privilegio”. Así que, como creyentes en Cristo e hijos de Dios, tenemos la potestad, el derecho y el privilegio de vivir una vida que manifieste la presencia de Dios, en un sentido de gozo palpable.

En el Antiguo Testamento, se nos presenta un pasaje que contiene una simbología e imagen poética maravillosa sobre el carácter de un Dios que quiere que manifestemos su gozo. El profeta Isaías, a la altura del capítulo 61, profetiza la buena noticia de la salvación gloriosa que vendría a Sión. Isaías 61:1-3 lee como sigue: “El espíritu de Jehová, el Señor, está sobre mí, porque me ha ungido Jehová. Me ha enviado a predicar buenas noticias a los pobres, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos y a los prisioneros apertura de la cárcel. a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová y el día de la venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los que están de luto; a ordenar que a los afligidos de Sión se les dé esplendor en lugar de ceniza, aceite de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya”.

El versículo 3 nos presenta tres imágenes para hablar de la consolación y el gozo que se le daría a los afligidos de Sión. Éstos son: “esplendor en lugar de ceniza”, “aceite de gozo en lugar de luto” y “manto de alegría en lugar del espíritu angustiado”. Los afligidos de Sión son los israelitas que, a la vuelta del exilio, esperaban con ansiedad que se cumplieran plenamente las promesas de su reivindicación contenidas en Isaías, del capítulo 40 al 55.

Existe un juego de palabras en el sonido y significado del hebreo peh-ayr, “belleza o esplendor” y epher, “cenizas”. La palabra profética realza que, en lugar de una corona de cenizas (aludiendo a la práctica de los hebreos de echarse ceniza sobre la cabeza en señal de duelo o para enfatizar el dolor por la deshonra), se le daría una corona o tiara, un ornamento para días de fiesta y júbilo.

La segunda imagen nos habla de que quitaría el luto por un “aceite de gozo”. Esto se refiere a la costumbre de verter aceite perfumado sobre la cabeza de los huéspedes en fiestas jubilosas. Jesús, como se desprende de los relatos de Mateo 26 y Marcos 14, fue honrado siendo ungido en su cabeza con perfume costoso. También el salmista David lo señala en el Salmo 23:5: “Unges mi cabeza con aceite, mi copa está rebosando”, refiriéndose a los cuidados del pastor para con su rebaño.

La tercera imagen se refiere a darnos un manto de alegría en lugar del atuendo de luto. Esta imagen alude a las túnicas coloridas indicativas de fiesta y agradecimiento, utilizadas como ornamento en fiestas de júbilo. Eran piezas de ropa distinguida que honraban a sus usuarios, como aquella que se le obsequió a José en Génesis, por su padre Israel (ahora tal vez comprenda y abone al cuadro de la envidia de sus hermanos). Esta también fue la bienvenida que dio el padre del hijo pródigo a su llegada a la casa, ordenando que se le cambiara la ropa raída y maloliente por el manto primo, o los ajuares utilizados para distinguir en la fiesta a un huésped al que se quería agasajar con excelencia, según la tradición hebrea y de las ciudades del oriente medio.

Estas imágenes para mí evocan la idea de un Dios que sabe cómo transformar el luto y nuestras más sentidas pérdidas, para experimentar su presencia. Estar llenos de ella, es estar llenos de entusiasmo. La traducción de la Biblia del Peregrino escoge para “aceite de gozo” la frase “perfume de fiesta”. Algunos de nosotros utilizamos varias fragancias para perfumarnos. Tenemos aquellas de uso diario, pero también tenemos reservadas algunas para nuestras ocasiones especiales. Así que dejando correr mi imaginación, lo que evoca mi mente es contemplar a Dios perfumándonos en nuestras tristezas con un perfume delicado, vistiéndonos de ropas finas en lugar de nuestros trapos raídos por las desavenencias de la vida, hermoseándonos con prendas gratas de alegría y dejándonos saber que ha llegado el momento de la fiesta.

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