En la comunidad naciente, mientras unos predicaban y otros discutían, Bernabé hacía de puente. Escuchaba, confiaba, apostaba por personas cuando todavía no eran confiables. Su tarea más arriesgada no fue vender un campo, sino creer en Saulo cuando nadie más quería acercarse. Mientras muchos veían pasado y peligro, él vio proceso y posibilidad. Su oficio espiritual fue ese: acompañar sin dominar, animar sin controlar, caminar al lado sin robar protagonismo. No buscó brillo propio; buscó crecimiento ajeno.
Por eso su nombre verdadero quedó atrás y la Iglesia lo llamó Bernabé, “hijo del consuelo”. No porque fuera blando, sino porque sabía fortalecer sin aplastar. Fue misionero, fue enviado, fue corregido y también supo separarse cuando la misión lo exigió. Su vida enseña que el Reino no solo avanza por los que hablan fuerte, sino por los que creen a tiempo y sostienen cuando otros están por caer.


0 comentarios:
Publicar un comentario