CAMBIAR DE DENTRO HACIA AFUERA

Como un ejemplo inspirador de una mujer que aprendió el misericordioso arte de dejar ir, la historia bíblica de Ana comienza de esta manera: Hubo un varón de Ramataim de Zofim, del monte de Efraín, que se llamaba Elcana hijo de Jeroham, hijo de Eliú, hijo de Tohu, hijo de Zuf, efrateo. Y tenía él dos mujeres; el nombre de una era Ana, y el de la otra, Penina. Y Penina tenía hijos, mas Ana no los tenía. Y todos los años aquel varón subía de su ciudad para adorar y para ofrecer sacrificios a Jehová de los ejércitos en Silo, donde estaban dos hijos de Elí, Ofni y Finees, sacerdotes de Jehová. Y cuando llegaba el día en que Elcana ofrecía sacrificio, daba a Penina su mujer, a todos sus hijos y a todas sus hijas, a cada uno su parte. Pero a Ana daba una parte escogida; porque amaba a Ana, aunque Jehová no le había concedido tener hijos. Y su rival la irritaba, enojándola y entristeciéndola, porque Jehová no le había concedido tener hijos. Así hacía cada año; cuando subía a la casa de Jehová, la irritaba así; por lo cual Ana lloraba, y no comía. (1 Samuel 1:1-7). 

Estos versículos revelan un hecho acerca de Ana con el que muchas de nosotras podemos relacionarnos: su sueño de tener un hijo venía envuelto en un tipo muy especial de dolor. Siendo estéril durante años, ella sufrió la vergüenza cultural de no tener hijos. Sufrió tormento y dolor implacables. Su alma anhelaba un hijo; sin embargo, ella no podía concebir. De manera que adoptó la perspectiva común en las primeras etapas de un sueño divino, y vio su sueño como un camino hacia la realización personal, como una manera de obtener lo que deseaba y necesitaba para sí misma. En otras palabras, Ana asumió lo que todos asumimos en nuestra adolescencia espiritual: que nuestros sueños se tratan acerca de nosotros. Cuando ella clamó al Señor que le diera un bebé, el vacío de su propia vida era su enfoque principal. Y cuando las oraciones no eran respondidas al no poder pensar nada más que su propio deseo incumplido—, ella cayó en depresión. Se acongojó y lloró, y en sus peores días incluso se negó a comer. ¿Alguna vez ha estado ahí? De seguro que sí. Yo también. Con la posible excepción de la parte en que nos negamos a comer (¿qué hay en los sueños aplazados que nos hacen ansiar chocolate?), todas nos regodeamos en autocompasión de vez en cuando. La mayor parte del tiempo ni siquiera tenemos una buena razón como la de Ana. La suya era de verdad una situación trágica. En su día, el valor de una mujer dependía casi exclusivamente de su capacidad de producir bebés. La esterilidad equivalía a la inutilidad. De ahí que el clamor y el sueño de Ana continuaran, hasta que un día ya no lo soportó. Después de demasiadas burlas de Penina, quien se embarazaba todo el tiempo, y otra comida de doble ración para la cual no tenía apetito, se fue sola a la casa del Señor, determinada a convencerlo de que hiciera algo acerca de la situación. Y se levantó Ana después que hubo comido y bebido en Silo; y mientras el sacerdote Elí estaba sentado en una silla junto a un pilar del templo de Jehová, ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente. E hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza (1 Samuel 1:9-11). 

¿Se dio cuenta del cambio que hizo en ese momento? Cuando oró, la perspectiva de Ana cambió. En lugar de enfocarse solamente en lo que pudiera obtener de Dios, ella comenzó a pensar en lo que podía darle a Dios. Aflojó el aferramiento egoísta a su propio deseo y abrió su corazón al plan que Él tenía en mente. En otras palabras, creció un poco. Eso es lo que siempre sucede cuando producimos vida a la manera de Dios. Maduramos y nos desarrollamos. Comenzamos a mirar más allá de nosotras mismas y lo que deseamos, para ver lo que Dios desea. Es un proceso transformador. Al concebir a nuestros hijos y verlos crecer, nosotros también crecemos. Y ese crecimiento lo cambia todo. Ana lo comprobó. En el momento en que ella hizo un cambio interno y dio un paso hacia la madurez espiritual, su historia dio un giro drástico. Mientras ella oraba largamente delante de Jehová, Elí estaba observando la boca de ella. Pero Ana hablaba en su corazón, y solamente se movían sus labios, y su voz no se oía; y Elí la tuvo por ebria. Entonces le dijo Elí: ¿Hasta cuándo estarás ebria? Digiere tu vino. Y Ana le respondió diciendo: No, señor mío; yo soy una mujer atribulada de espíritu; no he bebido vino ni sidra, sino que he derramado mi alma delante de Jehová. No tengas a tu sierva por una mujer impía; porque por la magnitud de mis congojas y de mi aflicción he hablado hasta ahora. Elí respondió y dijo: Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho. Y ella dijo: Halle tu sierva gracia delante de tus ojos. Y se fue la mujer por su camino, y comió, y no estuvo más triste. (Versículos 12-18) Observe que Dios no le otorgó su deseo a Ana hasta que ella le entregó a Dios su deseo. 

Aunque su sueño de tener un hijo fuera bueno, sano y estuviera inspirado divinamente, antes de que pudiera ser cumplido tenía que ser sometido y rendido al Señor. Cuando Ana lo rindió, ella no solamente lo hizo en el fervor fugaz del momento. Su compromiso con Dios era sólido como roca. Ella lo decía en serio. Luego de que naciera su precioso hijo Samuel, ella lo mantuvo en casa hasta los tres años de edad. Luego, hizo que el viaje emotivo que realizó nuestra familia de Texas a Florida luciera pálido en comparación. Ella empacó la maleta de su pequeño, tomó su mano e hizo el viaje de diez millas (16 km) desde su casa en Ramá hasta la casa del Señor en Silo. Cuando llegaron, ella se lo llevó a Elí y dijo: . ¡Oh, señor mío! Vive tu alma, señor mío, yo soy aquella mujer que estuvo aquí junto a ti orando a Jehová. Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí. Yo, pues, lo dedico también a Jehová; todos los días que viva, será de Jehová. Y adoró allí a Jehová. Versículos 25-28 Con esas palabras, Ana se volteó; y luego de besar a su pequeño en la mejilla una vez más, regresó a casa . . . sin él. ¿Puede imaginarse cuán difícil debió haberle sido? No solamente decirle adiós a Samuel, sino también dejarlo al cuidado de Elí. De acuerdo con la Biblia, no era conocido por ser un gran padre. Tenía dos hijos que eran rebeldes, corruptos y completamente profanos. Al servir como sacerdotes bajo la supervisión de Elí, hurtaban los sacrificios de la gente e incluso “dormían con las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión” (1 Samuel 2:22). No obstante, Elí no hizo nada para detenerlos. Aunque los regañaba un poco, ellos no atendían en absoluto a sus palabras. Elí difícilmente era el mejor modelo a seguir para el pequeño de Ana; ya había demostrado la desastrosa influencia que podía ser. ¡Qué situación! Si ya sería bastante difícil dejar a su hijo de tres años en manos de un buen hombre, debe preguntarse cómo es que Ana reunió el coraje para dejar a su hijo con un hombre como Elí. Solamente hay una explicación posible: su confianza no estaba en el hombre, sino en Dios. 

Ella creyó con todo su corazón que Dios cuidaría y guardaría fielmente a su hijo. Debido a esa confianza, luego de una corta temporada de tener a Samuel cerca, Ana pudo soltarlo a su destino divino. Lo que ella no hizo, sin embargo, fue abandonarlo. Ella continuó amándolo, como lo hacen las mujeres llenas de gracia, influyendo en él en su propia manera dulce, incluso desde lejos. Ella le cosía un pequeño vestido cada año, luego lo llevaba consigo cuando Elcana y ella viajaban a Silo para adorar. Y cada año, luego de que ella colocara su obra manual sobre los hombros cada vez más anchos de su hijo, Elí bendecía al esposo de Ana, y le decía: Jehová te dé hijos de esta mujer en lugar del que pidió a Jehová. Y se volvieron a su casa. Y visitó Jehová a Ana, y ella concibió, y dio a luz tres hijos y dos hijas. Y el joven Samuel crecía delante de Jehová (1 Samuel 2:20-21). Aunque Ana posiblemente se haya perdido de tener a su primogénito bajo su techo, su nido no estaba vacío. 

Lleno de las recompensas de su obediencia, su hogar reverberaba con el sonido de las carcajadas de sus hijos y con el estruendo energético de pies en crecimiento. Y rebosaba con las respuestas a las oraciones de Ana: cinco hermosos recordatorios de que no importa cuánto demos, nunca podemos dar más que Dios. “Bien, esto está bien para Ana —dirá usted—, ¿pero qué hay de Samuel? ¿Cómo resultó?”. Resultó ser uno de los sacerdotes y profetas más grandes de Israel. Se convirtió en una bendición mayor para la gente de lo que Ana pudo haber imaginado. Además regresó a su ciudad natal en Ramá y vivió ahí el resto de su vida. Piénselo. Samuel eligió Ramá, no Silo. Aparentemente, aunque la oportunidad de Ana de ser madre de Samuel a tiempo completo fue breve, su influencia dejó una impresión duradera. Su corta temporada de cuidados, prodigados a la manera de Dios y en el tiempo de Dios, impactó a su pequeño más de lo que pudo Elí.  

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