DE GUSANO A MARIPOZA


«Será como el cambio que sufre el gusano cuando se transforma en mariposa» —le expliqué a mi hijo Oscar, de veintisiete años de edad, quien, acostado en su cama, me observaba con ojos serios y con un atisbo de temor en ellos. Oscar, quien desde su llegada al mundo padeció de distrofia muscular progresiva y un leve retraso mental, había adquirido experiencia sobre limitaciones físicas y mentales.
Desde niño fue lento para caminar y correr, y nunca alcanzó su anhelo: dar una sola patada de karate, que, en su momento, lo frustró mucho. A los doce años empezó a usar una silla de ruedas, la cual pronto se integró a él. En casa, su padre, Michelle, su hermana mayor, y yo nos acostumbramos a e
lla, como un ama de casa se acostumbra a su delantal.
Sentar a Oscar en su silla se convirtió en una actividad natural, puesto que ya formaba parte de su diario vivir y en ella podía trasladarse a donde quisiera y llevar a cabo sus actividades.
Asombrada observé su rostro, pues días antes me había insistido que no quería que le hablara de la muerte. «No me hables de eso, mami, que yo no me voy a morir todavía»Sentada al lado de la ventana de su cuarto, miré con intensidad a mi hijo, mientras trataba de tragar el nudo que se había formado en mi garganta.
Antes de hablar con Oscar, había orado pidiéndole a Dios
que me diera las palabras adecuadas para que él me entendiera, así que elevé una rápida oración mental para pedirle de nuevo ayuda. «¿Recuerdas el proceso de la metamorfosis del gusano?, ¿cuando deja el capullo y se convierte en mariposa, y por fin consigue volar? Es parecido a lo que te sucederá. Dejarás este cuerpo y, entonces, cuando estés con el Señor Jesús, lograrás volar con un cuerpo diferente. Allá podrás caminar y correr, pero lo más importante es que estarás con él y podrás verlo, para siempre. Yo también, cuando él lo decida, partiré y estaré con él y contigo. Tú solamente te adelantarás.» «Será como si te quedaras dormido, sólo que, en esta ocasión, cuando te despiertes, verás el rostro del Señor Jesús. Sé que todos sentimos miedo a lo desconocido, pero Jesús te estará esperando. ¿Te imaginas, Oscar? ¡Qué alegría!, ¡qué bendición!, ¡verás a Jesús!» «No tengo miedo, mami» —me respondió él. Seguía sentada en la misma posición, frente a su cama. El murmullo que hacía el motor del colchón de aire nos acompañaba. Asombrada observé su rostro, pues días antes me había insistido que no quería que le hablara de la muerte. «No me hables de eso, mami, que yo no me voy a morir todavía» —me había indicado con ansiedad. Pero ahora, con total seguridad, me había respondido que no sentía miedo. Permanecía sereno y lúcido y me miraba con ojos limpios y tranquilos; el temor se había retirado de ellos.
Entonces
agradecí en mi corazón a Dios por aquella paz en mi hijo y me maravillé en ese momento tan especial con la certidumbre de que Él estaba allí con nosotros. «Y la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús». Trataba de preparar a Oscar para su partida hacia su Creador, ya que, en verdad, su cuerpo estaba exhausto y al borde de la inanición. Por la dificultad de respirar y el esfuerzo por lograrlo, los médicos le habían recetado morfina para ayudarlo a relajarse para que consiguiera respirar con más tranquilidad. Le administrábamos oxígeno, porque sus pulmones ya habían colapsado, por lo que el concentrador de oxígeno estaba conectado casi siempre produciendo un sonido molesto, al cual nos resultó difícil acostumbrarnos. Yo lo había apagado para este momento íntimo. «Sólo es cuestión de tiempo» —me advirtió la amable doctora que vino a visitarlo a casa. Oscar era tan amable y generoso que cuando, con dedos torpes, le puse la primera inyección de morfina y lo lastimé, me observó e inmediatamente me tranquilizó: «No te preocupes, mami, yo sé que no lo hiciste a propósito, la próxima vez lo harás mejor». Michelle y yo siempre supimos que Oscar, a pesar de su debilidad física, era el más fuerte de los tres. Ambas conocíamos su franqueza y cuán directo era para opinar sin ofender. Sabíamos que podíamos acudir a él si deseábamos una opinión sincera y hasta se disculpaba si entendía que su sentir en el asunto no nos agradaba. Sus respuestas no estaban llenas de muchas palabras, pero sí eran objetivas y sensatas. Oscar asumió un papel de protector de su hermana y mío. Sentíamos su protección incluso el último año cuando ya permanecía la mayor parte del tiempo en cama. Esa actitud salía a relucir cuando se molestaba por algún incidente desagradable que nos hubiera sucedido a Michelle o a mí y protestaba indignado haciéndonos sentir su solidaridad incondicional hacia nosotras.
Aun cuando a veces me impacienté debido al cansancio físico de cuidarlo día y noche, mi amado hijo sabía y me manifestaba que podía contar conmigo, pues siempre estaría allí para él. Suspirando, extendí mi mirada hacia la calle. «Oremos, Oscar». —le pedí. Él cerró sus ojos y yo oré entregando la vida de mi hijo a Aquel que lo amó y dio su vida por él. Besé la frente de Oscar y encendí el concentrador de oxígeno. Dios me dio este hijo, quien permaneció enfermo toda su vida, pero fue a través de él y por el largo trecho que recorrimos juntos que aprendí del Señor que, sólo aceptando Su voluntad como la mía, podría experimentar la paz que sólo Él da y el gozo que resulta de dejar que Él viva a través de uno. Aprendí de Él que con un corazón rebelde hacia Dios no conseguiré construir nada para la eternidad, pero sí, si dejo que Él alcance su propósito en mi vida y en la vida de aquellos a quienes amo. La aceptación de Oscar de la voluntad de Dios lo ayudó a afrontar la vida con serenidad y a vivir buscando lo que sí era capaz de lograr y no lo que jamás alcanzaría a hacer, lo llevó a dejar la frustración a un lado y a seguir avanzando hacia adelante, viviendo cada día a la vez, sin preocuparse por el mañana.
Cuidé a Oscar estando atenta a sus necesidades, cuanto más Él, que es la perfección absoluta, me cuidará a mí.Su confianza en mí me ha motivado a desear construir esa misma confianza hacia mi Padre celestial, porque si yo, que soy una mujer imperfecta, todavía en construcción, cuidé a Oscar estando atenta a sus necesidades, cuanto más Él, que es la perfección absoluta, me cuidará a mí. Me tienen sin cuidado las circunstancias por las que atraviese, Él siempre está conmigo, siempre delante de mí, siempre mirándome con amor, siempre perdonándome cuando arrepentida le pido perdón, siempre recibiéndome de nuevo, siempre alentándome a continuar en Su camino, siempre atrayéndome hacia Él. Días después de esa conversación, Oscar partió hacia su Creador. Ahora está libre del cuerpo que lo aprisionaba, libre para siempre con su Señor y Salvador. Hoy goza de vida en abundancia y, por fin, mi hijo de grandes y dulces ojos está sano. Ahora está delante de Aquel que lo esperaba con los brazos abiertos y junto a Él, puede volar. Sólo espera la resurrección.

La autora es salvadoreña, residente en Costa Rica. Vive con su hija Michelle en Cartago, y se congrega en la iglesia Cristo Viene, en esa ciudad. Perteneció a la Asociación Nacional de Distrofia Muscular, y después de la muerte de Oscar, colaboró, por algún tiempo, con Uno en Cristo (para familias de niños con discapacidades), un ministerio del Foro CAPAZ, de VIVA. Se publicó en Apuntes Pastorales XXVII-5, edición de mayo/ junio de ©2010.

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