Creemos que el milagro fueron las puertas abiertas.
Pero el verdadero milagro fue otro:
nadie huyó.
Porque huir es lo más humano que existe.
Huir cuando el dinero ya no alcanza y el refrigerador suena vacío.
Huir cuando el amor se volvió rutina y la soledad se acuesta contigo.
Huir cuando levantarte de la cama cuesta más que todo el día.
Huir cuando el matrimonio ya no habla, cuando un hijo se está perdiendo, cuando oras… y Dios parece en silencio.
Así vive mucha gente hoy:
encarcelada por dentro, aunque por fuera todo parezca normal.
Leemos la historia de Pablo y Silas como si fuera una escena bonita de escuela sabática:
dos hombres cantando en prisión, algo casi romántico.
Pero no fue así.
No estaban cómodos.
No estaban tranquilos.
Estaban golpeados, sucios, heridos, humillados.
Encerrados en el lugar más oscuro de la cárcel, donde nadie quiere estar, ni siquiera los guardias.
El lugar donde se esconde lo que nadie quiere ver.
Ahí estaban… con dolor, con miedo, con el cuerpo roto.
Y aun así… cantaron.
No cantaron porque se sentían bien.
Cantaron porque ya no tenían fuerzas para fingir.
Cantaron como canta alguien que tocó fondo.
Como cantas tú cuando ya no hay respuestas, cuando el médico no da buenas noticias, cuando el mensaje que esperabas nunca llega.
A medianoche, cuando la esperanza suele dormirse, la tierra tembló.
Las cadenas se rompieron.
Las puertas se abrieron.
Era la salida perfecta.
Y entonces ocurre lo más fuerte de toda la historia.
El carcelero despierta, ve las puertas abiertas y piensa que todo está perdido.
Está lleno de miedo, de culpa, de desesperación.
Como muchos hoy que sonríen por fuera, pero por dentro sienten que ya no pueden más.
Y desde la oscuridad se escucha una voz:
“¡No te hagas daño! ¡Estamos aquí!”
Pablo y Silas no huyeron.
Pudieron hacerlo.
Tenían la oportunidad.
Pero se quedaron.
Porque el milagro no era escapar del dolor.
El milagro era quedarse en medio del dolor para salvar a alguien más.
Ahí Pablo entendió algo que a veces olvidamos cuando lloramos en silencio:
Dios no siempre sacude la tierra para sacarte de la cárcel.
A veces la sacude para que alguien encuentre vida donde tú aprendiste a adorar.
El hombre que los cuidaba terminó lavando sus heridas.
La casa que estaba llena de miedo se llenó de esperanza.
Donde había oscuridad, nació fe.
Hoy tal vez tú le dices a Dios:
“Señor, sácame de aquí”.
Y tal vez Dios te responde en silencio:
“¿Y si no te saco todavía… porque a través de tu dolor voy a salvar a alguien más?”
Quizá tu quiebra, tu llanto, tu noche sin dormir, tu lucha callada,
no son el final de tu historia.
Tal vez son el lugar donde otro va a encontrarse con Dios.
Adorar cuando todo va bien es fácil.
Pero adorar cuando estás roto…
eso abre cárceles, sana familias y cambia destinos.
El milagro no fue el terremoto.
El milagro fue un corazón que decidió amar cuando podía huir.
Y si hoy estás cansado, herido, sin respuestas, en tu propia prisión…
tal vez Dios no terminó contigo.
Tal vez apenas está empezando a escribir algo eterno.


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