YO MUJER


Hay mujeres al frente de grandes empresas, otras juzgan en los tribunales y hasta reinan sobre algunos países. Ese día, estaremos más próximos de ser la iglesia que Él soñó. Por lo pronto, soñemos juntos.


Antes que nada, necesito presentarme. Hace dieciocho años que me convertí y estoy totalmente comprometida con mi iglesia local. Soy madre de dos hijos lindísimos, amo a mi marido y, como todas las mujeres, vivo la tensión entre mi hogar y mis aspiraciones profesionales. Trabajo como directora del departamento de recursos humanos de un gran hospital. Lidio diariamente con enfermeras, médicos y cirujanos competentísimos, contadores y técnicos en informática.

Me decidí a escribir sobre mis inquietudes pues no entiendo el porqué de las discriminaciones que sufro en mi iglesia y denominación. Siento que la gran mayoría de las iglesias insiste en intentar perpetuar un preconcepto contra las mujeres, aun después de un siglo con tantas conquistas femeninas.Creo que un día las iglesias dejarán de ser el último bastión donde las mujeres todavía sufren preconceptos. Espero que mis palabras aquí sean dulces y que no generen aún más rencores y divisiones entre hombres y mujeres. Creo que es necesario que algo suceda urgentemente. Se sabe que la mayoría de la membresía de cualquier iglesia es femenina, y también que la gran fuerza misionera evangélica está compuesta por mujeres.

Todo pastor admira a las hermanas que, desinteresadamente, impulsan el ministerio de oración en sus congregaciones. Las escuelas dominicales, el trabajo de asistencia social, visitación y la evangelización personal de sus comunidades depende en mucho de las martas y las marías que redoblan esfuerzos en oración y en mucha actividad.No entiendo por qué, después de tanto fruto y tanta dedicación, las iglesias insistan en la antigua interpretación bíblica de que la mujer sedujo al hombre a pecar y, por lo tanto, debe mantenerse siempre en segundo plano. Tampoco entiendo por qué los hombres no se dan cuenta de que en su insistencia en aliviar la carga a las mujeres, están menospreciando el reino de Dios. Tenemos tanto para contribuir. Con seguridad nuestra presencia no necesita ser siempre vista como una tentación, un peligro para los hombres.

Mi pastor promovió un congreso sobre las mujeres en el ministerio y algunas personas abandonaron nuestra comunidad. Alegaron que él había abierto un precedente peligroso y que, en la historia del cristianismo, todas las veces que las mujeres fueron elevadas al liderazgo hubo apostasía. Sentí herida mi dignidad. Vi la imagen de Dios, en mí, ridiculizada. Aún con tanto dolor no quiero que mi texto se transforme en un mero desahogo. Me gustaría pedirle a mis hermanos y hermanas que mediten conmigo sobre la mujer, no como un segundo plan de Dios, sino como parte de su propósito hermoso y eterno.

¿Será que necesitamos insistir en la tesis de que la mujer fue la única culpable de la caída? ¿Repetiremos siempre la disculpa incoherente de Adán: de que la mujer lo indujo al error? Creo que ya caminamos lo suficiente en la teología para entender que nuestra humanidad, tanto hombres como mujeres, es susceptible al pecado y que nuestra debilidad necesita ser solidariamente asumida. Me parece que las perspectivas teológicas masculinas que dominaron el pensamiento por tantos milenios colocaron sobre la mujer un peso mayor. Creo que el pecado, considerado como la ruptura de toda relación con Dios y con los seres humanos, tiene la dimensión de la debilidad así como la del orgullo; pues niega nuestra responsabilidad humana y arremete contra el propósito de nuestra creación. Insisto en afirmar que el pecado no posee género, no es masculino ni femenino, sino un desvío de nuestra humanidad.

Escucho con frecuencia el argumento que el papel de la mujer en la iglesia debe ser el de la sumisión y el de la obediencia. Me cansé de oír que hay innumerables (¿?) textos en que la Biblia ordena a las mujeres ser sumisas. Lejos de mí cuestionar la sumisión como una virtud cristiana. Lo que me inquieta es que ese mandamiento se limite a las mujeres. ¿No será que la mansedumbre y la humildad deberían ser virtudes anheladas por todos, sin distinción de género? Coincido con Simone de Beauvoir quien afirma que el dualismo macho/hembra es un preconcepto que debe ser superado. Creo que no hay esencias eternas masculinas y femeninas. Creo que todos debemos anhelar un mundo en que las mujeres sean recibidas juntamente con los hombres en la fraternidad integral. Creo que el ejemplo de Jesús debe ser imitado por todos: «La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse.

Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!» (Filipenses 2.5-8).Hombres y mujeres son igualmente hechos a imagen y semejanza de Dios, son llamados a la responsabilidad y a la salvación en Cristo, son uno en Cristo.Cuántas veces, junto a otras hermanas de nuestra comunidad, fui ignorada en los procesos de decisión. Arguyen que las mujeres son excelentes «obreras» pero que están espiritualmente impedidas de ejercer el liderazgo. Se argumenta que Jesús solamente escogió hombres para participar del colegio apostólico. Ya intentaron consolarme diciendo que me debo resignar a servir, pues en el reino de Dios mayores son los que sirven y no los que mandan. Cuánto lamento esos abordajes. Nos dicen a nosotras que si él sólo llamó a hombres, por lo tanto, las mujeres necesitan entender el principio de que sólo los del sexo masculino deben ejercer el liderazgo. Desconozco, pero pregunto: ¿No llamó él sólo a judíos para ser de su colegio apostólico? ¿Los pastores y líderes cristianos no usurpan el ministerio por ser incircuncisos? Creo, lógicamente, que no. Entonces, habrá que leer el texto de 1 Pedro 2.4-5 y 9 sin tomar en cuenta macho o hembra, judío o griego:

«Cristo es la piedra viva, rechazada por los seres humanos pero escogida y preciosa ante Dios. Al acercarse a él, también ustedes son como piedras vivas, con las cuales se está edificando una casa espiritual. De este modo llegan a ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por medio de Jesucristo… Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable».

Cuando nos enseñan que mayor es el que sirve y no el que manda, también pregunto: ¿por qué los hombres no dan entonces el ejemplo, renunciando al poder para que las mujeres que siempre sirvieron experimenten liderar, aun sin grandes recompensas?

Escucho también la tesis de que Dios escogió venir al mundo como hombre y no como mujer. En ese argumento entiendo que va acompañado de una insinuación muy sutil de que él sería menor si optase por ser mujer. Anne Carr escribió sobre «La Mujer en la Iglesia» (A Mulher na Igreja, Editora Temas e Debates) y cita a June O’Connor, es necesario que escuchemos su declaración:

«Hombres y mujeres son igualmente hechos a imagen y semejanza de Dios, son llamados a la responsabilidad y a la salvación en Cristo, son uno en Cristo (como griegos y judíos, esclavos y amos), en eso no hay ninguna significación teológica definitiva al carácter masculino de Jesús. Su identidad masculina es considerada como un trazo de su persona, y no como una condición necesaria para su encarnación. Aunque la masculinidad de Jesús no conlleve ninguna significación teológica intrínseca, tiene de hecho, según la opinión general, una significación social simbólica. Porque Jesús solapa las estructuras predominantes de las relaciones humanas y de los fundamentos sobre los cuales se asienta la sociedad de su época, a saber: la familia patriarcal greco-romana del siglo I, que favorece al hombre».

Creo que no reduciríamos nuestros conceptos al respecto de nuestro Señor si rescatáramos algunas metáforas bien femeninas. Él no tuvo temor de decir que como una gallina busca juntar a sus polluelos así él busco a Jerusalén (Mateo 23.37). No se avergüenza de comparar a Dios con una mujer que barre la casa para encontrar su moneda (Lucas 15.8-10). No se siente menor cuando dice que el reino de Dios es como la levadura que una mujer tomó y mezcló con una gran cantidad de harina, hasta que fermentó toda la masa (Mateo 13:33). En sociedades patriarcales mencionar siempre a Dios como «Él» coloca a la teología en sintonía cultural, pero no define ni siquiera delimita nuestra comprensión de la esencia espiritual de Dios; que no puede ser identificado como macho ni como hembra.

Algunos rechazan el clamor femenino. Creen que estamos reivindicando el dominio sobre los hombres. No queremos ser cabeza, no deseamos controlar. Por el contrario, deseamos que no haya dominio de nadie sino del Señor sobre todos. Queremos solamente que el clamor de Pablo en Gálatas 3.27-28 resuene sin preconceptos en las iglesias más diversas: «…porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús».

Creo que un día las iglesias dejarán de ser el último bastión donde las mujeres todavía sufren preconceptos. Como en mi caso, muchas ya ejercen cargos en el liderazgo de estados y municipios. Hay mujeres al frente de grandes empresas, otras juzgan en los tribunales y hasta reinan sobre algunos países. Ese día, estaremos más próximos de ser la iglesia que Él soñó. Por lo pronto, soñemos juntos.

Soli Deo Gloria.

El autor es pastor de la Iglesia Betesda en São Paulo, Brasil. Ha escrito varios libros, aún no disponibles en español, y es un reconocido conferenciante. Está casado con Silvia. A ambos Dios ha bendecido con tres hijos y tres nietos. Traducido por Gabriel Ñanco.

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