LA MUJER Y LA REDENCIÒN

Que Dios no desacredita el testimonio de la mujer es tan cierto como que Su Hijo no vino ‘hecho hombre’ desde el Cielo. Nació de una mujer y sin la participación de un varón.

La falta de relación personal con el Autor del Plan de Redención priva a hombres y mujeres de vivir en plenitud y disfrutar de los beneficios de la generosidad. Sustituyen esta relación con interpretaciones exclusivas del texto bíblico. Por citar solo una de ellas: creer que la mujer debe participar menos que el hombre en la celebración del culto eclesial.

El relato bíblico es suficientemente claro al afirmar que el género humano es uno solo, creado a imagen y semejanza del Creador, en Quien no hay desigualdad pues todos pecamos y estamos destituidos de Su gloria. Que Dios no discrimina a la mujer es tan cierto como que Su Hijo no vino ‘hecho hombre’ desde el Cielo. En lugar de eso, asumió nuestra humanidad naciendo de una mujer y sin la participación de un varón. Más adelante veremos la relación que tiene esto con la figura de Su iglesia, una novia que se prepara para el día de la boda con Jesucristo, su Prometido. Pero convengamos, de arranque, que a los hombres nos cuesta mucho entender este misterio.


El día en que Jesús fue llevado a Jerusalén por José y María para cumplir con el ritual judío en el Templo. Había allí un varón llamado Simeón, ‘justo y piadoso’ que ‘esperaba la consolación de Israel’. Simeón fue usado por Dios para ver con sus ojos al Salvador, testificar a José y María sobre la llegada del Mesías prometido, y agradecer a Dios por permitirle este privilegio antes de morir. Pero, tras la emotiva bendición de Simeón a padres e hijo, Lucas también nos habla de la presencia allí de una mujer, muy anciana y especial. ¿Qué nos dice de ella?:

“Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.” 

Esta mujer consagrada a Dios desde su muy temprana viudez tenía una genealogía muy particular. El padre de Ana descendía de una de las diez tribus que Jeroboam emancipó de la Casa de David, al suceder a Salomón. A pesar de esta arbitraria acción del monarca, Dios no discriminó a ninguna de las doce tribus de Jacob. En el momento preciso y en el lugar adecuado de la Historia el Todopoderoso ya tenía a dos de sus escogidos para representar a la totalidad de los beneficiarios de Su Pacto a Abraham, Isaac y Jacob (luego Israel). Mientras Simeón representaba a los descendientes de Judá que esperaban al Mesías, Ana representaba a los antepasados que rechazaban al Prometido y al Dios del Pacto. Entonces, no hubo ‘un elegido’ o ‘una elegida’ por Dios para contar la maravillosa e inclusiva misión del niño Jesús a muchos. No. Dios no privilegió el sexo en su elección, sino la consagración de dos corazones afirmados en tan gloriosa esperanza. 

¡Qué privilegio! No se trata esto de un detalle sentimental, ni de una declaración de derechos humanos; sino de la grandiosa evidencia que anticipa el cumplimiento de la inclusiva redención dispensada por Dios en su infinita Gracia. Prestemos atención a los datos consignados. Ana estaba recluida en el Templo, ayunaba y oraba, servía en él de día y de noche. Su vida revela genuina piedad. Es probable que supiese por boca del propio Simeón, que el Cristo vendría antes de que él muriese. Además, Ana era profetisa. Ella es parte de la larga lista de profetas mesiánicos que incluye a Isaías y Malaquías. 

Bien definía el reformado holandés Abraham Kuyper este momento único: “Cristo representaba a una tribu de reyes; Zacarías y Elisabet a una tribu de sacerdotes; Ana representaba a los profetas. No sólo confesó a Cristo, sino que ‘comenzó también a expresar su reconocimiento a Dios y a hablar de él a todos los que aguardaban la redención en Jerusalén’. Su testimonio en el Templo fue la última voz de la profecía que se oyó. La profecía había cumplido su cometido. Juan, el heraldo del Señor, estaba esperando a la puerta.” 

El punto aquí no es el de exaltar la calidad excepcional de una mujer no contaminada por las perversiones del mundo exterior, sino entender por qué Dios la eligió para dar un mensaje tan importante ‘a todos los que aguardaban la redención en Jerusalén’.  

En primer lugar, un hombre y una mujer están en el Templo guiados por una profunda vocación espiritual. No saben que ese será un día especial para ellos y para la Historia de la humanidad. Jesús es traído de lejos y presentado por sus padres, en obediencia a la Ley de su nacionalidad y credo. Simeón y Ana no eran un matrimonio; sin embargo, Dios los usó para convertirlos en paradigmas de servicio. A los pies del Cristo recién nacido Ana trajo su ofrenda de mujer; y Simeón trajo la del varón. Dios recibió y honró ambas ofrendas. Ambos, unidos por el Espíritu que trasciende odiosas divisiones del pecado y respeta el perfecto diseño humano, adoraron juntos e individualmente al Rey de reyes. 

En segundo lugar, los ancianos Simeón y Ana, no representan a la generación que se inicia con el bebé en brazos de José y María. Ellos muestran el fin de 42 generaciones teñidas por la contumaz desobediencia del pueblo a la Ley de Dios. Abren la puerta a un futuro en el que Dios derrama su Gracia sobre la humanidad perdida en la idolatría egoísta, avara y orgullosa. Ambos iluminan el portal del histórico cambio anunciando la llegada del Reino de Dios. 

En tercer lugar, el relato del Evangelio muestra que Dios desea que ambos - varón y mujer - actúen de manera concertada en la tarea de anunciar la Buena Noticia de Salvación. Así como en el pasado Abraham lo hizo con Sara, Barac con Débora, Moisés con Séfora, Dios vuelve a hacerlo con Simeón y Ana. Simeón ve realizado su sueño, llegada la hora de disfrutar de la esperanza que lo mantuvo vivo. Ana se llena de gozo y no cesa de comunicar la maravillosa noticia a los que viven en todo Jerusalén. 

Después de esta maravillosa historia, mis pensamientos van al final de la vida terrenal de este niño prodigioso; al período que media entre el día de la Resurrección y el de Pentecostés.   

¿Dónde estaban las mujeres que habían servido con fidelidad al Maestro? 

Los once discípulos de Jesús pertenecían a una cultura no inclinada a escuchar y creer a los dichos de las mujeres. Ahora tienen la oportunidad para salir de tal prejuicio. El Señor las envía con este mensaje: “id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán”; obedecen, van, le ven resucitado y pronto le verán ascender al Padre. Tras esa despedida, los once regresan a Jerusalén como les instruyera el Señor y se reúnen en el ‘aposento alto’. Con ellos también están las mujeres, María - la madre de Jesús - y los hermanos del Señor resucitado entre ellos, perseverando unánimes en oración y ruegos. Todos ellos, juntos, esperan unánimes la llegada del Espíritu Santo prometido. 

El grupo de varones y mujeres era de unos ciento veinte. Mientras comparten la espera Pedro propone remplazar a Judas, el traidor ya muerto. Todo el grupo está de acuerdo y Matías resulta elegido para completar a los Doce testigos de la Resurrección del Hijo de Dios. El día de Pentecostés el Señor, desde el Lugar Santísimo, cumple su promesa y envía al Espíritu Santo a todos los que estaban reunidos en la casa. 

Conforme a la profecía, todos son llenados del Espíritu - tanto varones como mujeres - pues Dios no discrimina por sexo: “En los postreros días - dice Dios -, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne”. Las evidencias de esta llenura comienzan a revelarse de inmediato; y tras la prédica poderosa de Pedro y su arenga a los oyentes: “¡Sed salvos de esta perversa generación!” se produce la señal más maravillosa: “Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados, y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.” 

Son tres mil personas; varones y mujeres; no sabemos en qué proporción, porque la salvación no se basa en la cantidad sino en la inclusividad. 

La cultura machista recibe aquí un severo golpe cuando debe dar paso a la nueva vida en Cristo. Pero se resistirá e intentará quedarse como y donde sea. Sobre este tema seguiremos próximamente si el Señor lo permite. Repasaremos la posición de la mujer en la naciente iglesia de Dios que edifica Jesucristo. 

Padre nuestro, ayúdanos a comprender y respetar que aquello que unes en tu santa voluntad, los humanos no debemos intentar separar. En el nombre de Jesucristo, tu Hijo. Amén.


0 comentarios: