ENCUENTRA AYUDA EN EL DESIERTO

Algunas veces el problema que afrontamos es fabricado por nosotras mismas. Es en esos tiempos difíciles cuando nos preguntamos si Dios aún nos ayudará, nos fortalecerá y estará con nosotras. Si está afrontando este tipo de situación hoy, quiero animarle diciéndole que Dios no se ha rendido con usted. Él está con usted y le dará la fuerza para superar cualquier obstáculo, incluso si ese obstáculo es uno fabricado por usted misma. Si lo duda, repase la historia de una joven mujer llamada Agar en el Antiguo Testamento. Agar era una esclava en la casa de Abraham. Ella fue también la mujer nominada como “madre de alquiler” cuando Sara decidió que Abraham tuviera un bebé acostándose con alguien más joven y más fértil que ella. Como esclava, Agar probablemente no tuvo elección en el asunto. Así se hacían las cosas en aquella época. Pero una vez que se quedó embarazada del hijo de Abraham, ella pudo elegir cómo iba a reaccionar ante la situación, y no decidió muy bien. 

Hizo de una situación ya complicada algo peor, comportándose con altivez hacia Sara y tratándola con desprecio. Para decirlo con suavidad, Sara no respondió bien. De hecho, se enojó categóricamente. Decidida a poner a Agar en su sitio bajándole unos cuantos escalones, Sara la hostigó y la humilló en cada oportunidad. Así que Agar huyó . . . al único lugar al que se puede huir cuando se vive en un campamento en el Medio Oriente. El desierto. Para una joven embarazada, sola y sin provisiones, el desierto es un lugar duro para vivir. También es peligroso. Agar podía haber muerto allí perfectamente. Pero no murió porque Dios en su gran misericordia tuvo un encuentro allí con ella y le dijo lo que debía hacer. Regresa a tu señora y sométete a su autoridad . . . yo te daré más descendientes de los que puedas contar . . . Ahora estás embarazada y darás a luz un hijo. Lo llamarás Ismael (que significa «Dios oye»), porque el Señor ha oído tu clamor de angustia . . . A partir de entonces, Agar utilizó otro nombre para referirse al Señor, quien le había hablado, «Tú eres el Dios que me ve» . . . Génesis 16:9-13, NTV El Dios que me ve. ¡Ese es un nombre hermoso para el Señor! Y fue dicho por vez primera por una madre en una situación de las que encogen el corazón. Una madre que había caído presa de malas actitudes y el comportamiento impío, exactamente como hacemos todas nosotras de vez en cuando. El problema de Agar era, en parte, culpa de Abraham y Sara y en parte culpa de ella misma. Dios mismo no merecía nada de la culpa. 

Pero Él intervino de todos modos, derramó su bondad sobre ella y les prometió a ella y a su hijo un futuro fructífero. Si Dios hizo eso por Agar en el Antiguo Testamento, ¿no podremos nosotras, madres de la época del Nuevo Testamento, estar incluso más seguras de que Dios nos verá y nos cuidará cuando nos encontremos en el desierto? ¿No podremos acaso acercarnos a Él con confianza para recibir misericordia y gracia para ayudarnos en nuestro momento de necesidad, incluso si la necesidad es resultado de nuestro mal juicio o comportamiento? ¡Sí! ¡Por supuesto que podemos! Pero cuando lo hagamos, deberíamos recordar que Dios no nos liberará inmediatamente de toda situación problemática. No siempre hará que nuestras dificultades hagan ¡PUF! y desaparezcan. 

Así como envió a Agar de vuelta para aguantar a Sara durante un tiempo, Dios a menudo requerirá de nosotros trabajar con nuestros problemas durante un tiempo con su ayuda. Y cuando le digamos que no podemos hacerlo, Él nos dirá lo que le dijo a Pablo en 2 de Corintios 12:9: Mi gracia . . . es suficiente para ti. “Señor, ¡la personalidad terca de mi hijo es demasiado para mí! ¡Me está volviendo loca!”. Mi gracia es suficiente para ti. “Señor, ¡sé que necesitamos el dinero, pero no soporto este empleo ni un sólo día más!”. Mi gracia es suficiente para ti. “Señor, es difícil ser madre soltera. ¡Estoy demasiado agotada para continuar!”. Mi gracia es suficiente para ti.

CAMBIAR DE DENTRO HACIA AFUERA

Como un ejemplo inspirador de una mujer que aprendió el misericordioso arte de dejar ir, la historia bíblica de Ana comienza de esta manera: 

Hubo un varón de Ramataim de Zofim, del monte de Efraín, que se llamaba Elcana hijo de Jeroham, hijo de Eliú, hijo de Tohu, hijo de Zuf, efrateo. Y tenía él dos mujeres; el nombre de una era Ana, y el de la otra, Penina. Y Penina tenía hijos, mas Ana no los tenía. 


Y todos los años aquel varón subía de su ciudad para adorar y para ofrecer sacrificios a Jehová de los ejércitos en Silo, donde estaban dos hijos de Elí, Ofni y Finees, sacerdotes de Jehová. Y cuando llegaba el día en que Elcana ofrecía sacrificio, daba a Penina su mujer, a todos sus hijos y a todas sus hijas, a cada uno su parte. Pero a Ana daba una parte escogida; porque amaba a Ana, aunque Jehová no le había concedido tener hijos. Y su rival la irritaba, enojándola y entristeciéndola, porque Jehová no le había concedido tener hijos. Así hacía cada año; cuando subía a la casa de Jehová, la irritaba así; por lo cual Ana lloraba, y no comía. (1 Samuel 1:1-7). 

Resultado de imagen para cambiar de adentro hacia afueraEstos versículos revelan un hecho acerca de Ana con el que muchas de nosotras podemos relacionarnos: su sueño de tener un hijo venía envuelto en un tipo muy especial de dolor. Siendo estéril durante años, ella sufrió la vergüenza cultural de no tener hijos. Sufrió tormento y dolor implacables. Su alma anhelaba un hijo; sin embargo, ella no podía concebir. De manera que adoptó la perspectiva común en las primeras etapas de un sueño divino, y vio su sueño como un camino hacia la realización personal, como una manera de obtener lo que deseaba y necesitaba para sí misma. 

En otras palabras, Ana asumió lo que todos asumimos en nuestra adolescencia espiritual: que nuestros sueños se tratan acerca de nosotros. Cuando ella clamó al Señor que le diera un bebé, el vacío de su propia vida era su enfoque principal. Y cuando las oraciones no eran respondidas al no poder pensar nada más que su propio deseo incumplido—, ella cayó en depresión. Se acongojó y lloró, y en sus peores días incluso se negó a comer. ¿Alguna vez ha estado ahí? De seguro que sí. Yo también. Con la posible excepción de la parte en que nos negamos a comer (¿qué hay en los sueños aplazados que nos hacen ansiar chocolate?), todas nos regodeamos en autocompasión de vez en cuando. 


La mayor parte del tiempo ni siquiera tenemos una buena razón como la de Ana. La suya era de verdad una situación trágica. En su día, el valor de una mujer dependía casi exclusivamente de su capacidad de producir bebés. La esterilidad equivalía a la inutilidad. De ahí que el clamor y el sueño de Ana continuaran, hasta que un día ya no lo soportó. 


Después de demasiadas burlas de Penina, quien se embarazaba todo el tiempo, y otra comida de doble ración para la cual no tenía apetito, se fue sola a la casa del Señor, determinada a convencerlo de que hiciera algo acerca de la situación. Y se levantó Ana después que hubo comido y bebido en Silo; y mientras el sacerdote Elí estaba sentado en una silla junto a un pilar del templo de Jehová, ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente. E hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza (1 Samuel 1:9-11). 

¿Se dio cuenta del cambio que hizo en ese momento? Cuando oró, la perspectiva de Ana cambió. En lugar de enfocarse solamente en lo que pudiera obtener de Dios, ella comenzó a pensar en lo que podía darle a Dios. Aflojó el aferramiento egoísta a su propio deseo y abrió su corazón al plan que Él tenía en mente. En otras palabras, creció un poco. Eso es lo que siempre sucede cuando producimos vida a la manera de Dios. Maduramos y nos desarrollamos. Comenzamos a mirar más allá de nosotras mismas y lo que deseamos, para ver lo que Dios desea. Es un proceso transformador. 

Al concebir a nuestros hijos y verlos crecer, nosotros también crecemos. Y ese crecimiento lo cambia todo. Ana lo comprobó. En el momento en que ella hizo un cambio interno y dio un paso hacia la madurez espiritual, su historia dio un giro drástico. Mientras ella oraba largamente delante de Jehová, Elí estaba observando la boca de ella. Pero Ana hablaba en su corazón, y solamente se movían sus labios, y su voz no se oía; y Elí la tuvo por ebria. 


Entonces le dijo Elí: ¿Hasta cuándo estarás ebria? Digiere tu vino. Y Ana le respondió diciendo: No, señor mío; yo soy una mujer atribulada de espíritu; no he bebido vino ni sidra, sino que he derramado mi alma delante de Jehová. No tengas a tu sierva por una mujer impía; porque por la magnitud de mis congojas y de mi aflicción he hablado hasta ahora. Elí respondió y dijo: Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho. Y ella dijo: Halle tu sierva gracia delante de tus ojos. Y se fue la mujer por su camino, y comió, y no estuvo más triste. (Versículos 12-18) Observe que Dios no le otorgó su deseo a Ana hasta que ella le entregó a Dios su deseo. 

Aunque su sueño de tener un hijo fuera bueno, sano y estuviera inspirado divinamente, antes de que pudiera ser cumplido tenía que ser sometido y rendido al Señor. Cuando Ana lo rindió, ella no solamente lo hizo en el fervor fugaz del momento. Su compromiso con Dios era sólido como roca. Ella lo decía en serio. Luego de que naciera su precioso hijo Samuel, ella lo mantuvo en casa hasta los tres años de edad. Ella empacó la maleta de su pequeño, tomó su mano e hizo el viaje de diez millas (16 km) desde su casa en Ramá hasta la casa del Señor en Silo. Cuando llegaron, ella se lo llevó a Elí y dijo: . ¡Oh, señor mío! Vive tu alma, señor mío, yo soy aquella mujer que estuvo aquí junto a ti orando a Jehová. Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí. Yo, pues, lo dedico también a Jehová; todos los días que viva, será de Jehová. Y adoró allí a Jehová. Versículos 25-28 Con esas palabras, Ana se volteó; y luego de besar a su pequeño en la mejilla una vez más, regresó a casa . . . sin él. 

¿Puede imaginarse cuán difícil debió haberle sido? No solamente decirle adiós a Samuel, sino también dejarlo al cuidado de Elí. De acuerdo con la Biblia, no era conocido por ser un gran padre. Tenía dos hijos que eran rebeldes, corruptos y completamente profanos. 


Al servir como sacerdotes bajo la supervisión de Elí, hurtaban los sacrificios de la gente e incluso “dormían con las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión” (1 Samuel 2:22). No obstante, Elí no hizo nada para detenerlos. Aunque los regañaba un poco, ellos no atendían en absoluto a sus palabras. Elí difícilmente era el mejor modelo a seguir para el pequeño de Ana; ya había demostrado la desastrosa influencia que podía ser. ¡Qué situación! Si ya sería bastante difícil dejar a su hijo de tres años en manos de un buen hombre, debe preguntarse cómo es que Ana reunió el coraje para dejar a su hijo con un hombre como Elí. Solamente hay una explicación posible: su confianza no estaba en el hombre, sino en Dios. 

Ella creyó con todo su corazón que Dios cuidaría y guardaría fielmente a su hijo. Debido a esa confianza, luego de una corta temporada de tener a Samuel cerca, Ana pudo soltarlo a su destino divino. Lo que ella no hizo, sin embargo, fue abandonarlo. 

Ella continuó amándolo, como lo hacen las mujeres llenas de gracia, influyendo en él en su propia manera dulce, incluso desde lejos. Ella le cosía un pequeño vestido cada año, luego lo llevaba consigo cuando Elcana y ella viajaban a Silo para adorar. Y cada año, luego de que ella colocara su obra manual sobre los hombros cada vez más anchos de su hijo, Elí bendecía al esposo de Ana, y le decía: Jehová te dé hijos de esta mujer en lugar del que pidió a Jehová. Y se volvieron a su casa. Y visitó Jehová a Ana, y ella concibió, y dio a luz tres hijos y dos hijas. Y el joven Samuel crecía delante de Jehová (1 Samuel 2:20-21). Aunque Ana posiblemente se haya perdido de tener a su primogénito bajo su techo, su nido no estaba vacío. 

Lleno de las recompensas de su obediencia, su hogar reverberaba con el sonido de las carcajadas de sus hijos y con el estruendo energético de pies en crecimiento. 

Y rebosaba con las respuestas a las oraciones de Ana: cinco hermosos recordatorios de que no importa cuánto demos, nunca podemos dar más que Dios. “Bien, esto está bien para Ana —dirá usted—, ¿pero qué hay de Samuel? ¿Cómo resultó?”. Resultó ser uno de los sacerdotes y profetas más grandes de Israel. Se convirtió en una bendición mayor para la gente de lo que Ana pudo haber imaginado. Además regresó a su ciudad natal en Ramá y vivió ahí el resto de su vida. Piénselo. Samuel eligió Ramá, no Silo. Aparentemente, aunque la oportunidad de Ana de ser madre de Samuel a tiempo completo fue breve, su influencia dejó una impresión duradera. 


Su corta temporada de cuidados, prodigados a la manera de Dios y en el tiempo de Dios, impactó a su pequeño más de lo que pudo Elí.  

UN ENCUENTRO EN ORACION

Las oraciones carnales no mueven el corazón de Dios. Orar impropiamente no mueve el corazón de Dios, y finalmente termina en vanidad. Tales oraciones son inútiles y Dios no obtiene la gloria. En Daniel 10:7-12, Daniel tuvo un encuentro en oración. Los hombres que estaban con él no pudieron experimentar lo que Daniel oía y veía, sino que en cambio huyeron llenos de temor. 

Un ángel guerrero se dirigió a Daniel. Mientras Daniel estaba temblando, el ángel le consoló y dijo que su presencia era el resultado de las palabras que Daniel había orado. Daniel se unió a sí mismo a la oración. El ángel dijo que él había sido enviado como resultado de las palabras que Daniel había pronunciado. El envío del ángel fue el resultado o la manifestación final de la situación. Debemos ver que antes del envío, hubo una guerra librándose en el espíritu. El ángel fue entorpecido por el príncipe (principado) de Persia durante veintiún días. Las “palabras” de Daniel de las que habló este ángel, dabár en lengua hebrea, se definen como comunión, conferencia y consejo. Sería peligroso pensar que el ángel fue enviado solamente porque Daniel pronunció palabras en oración. 

No, fue algo más que eso. Fue la comunión, conferencia y consejo de Dios en la vida de Daniel lo que liberó la voluntad de Dios en la tierra. Daniel pronunció palabras que estaban de acuerdo con el cielo porque él tenía una relación con Dios. La humildad de Daniel al proponerse en su corazón y su mente entender la voluntad de Dios fue lo que estableció la relación correcta. El factor subyacente en todo el escenario fue que había una guerra librándose en el espíritu.

REFUGIO CONTRA EL TEMOR

¿Adónde va usted cuando necesita sentirse seguro? ¿Qué hace para obtener alivio cuando se enfrenta a situaciones amenazantes? ¿Se vuelve hacia la comida para consolarse? ¿O al alcohol? ¿O a las píldoras? ¿Visita a un psiquiatra? ¿O va al centro comercial o enciende el canal de compras para gastar dinero? Muchas personas sufren terribles adicciones que desarrollaron para tratar de hacer frente a sus temores. Algunos se convierten en adictos al trabajo. Otros son adictos a los medios de comunicación de diverso tipo. Algunos escapan a la televisión, convirtiéndose en adictos a ella. Muchos pasan todos los días horas en la internet, en Facebook, en Twitter y en Instagram. ¿Cómo escapa usted de la presión y la ansiedad de su vida? Le tengo buenas noticias. Dios tiene un lugar seguro donde usted pueda vivir para dejar de tener temor. No tiene que escapar hacia una adicción peligrosa para obtener alivio de la preocupación y el miedo. Él quiere rescatarlo de todo temor que atormente su mente y sus emociones. Dios quiere ser su amoroso Padre celestial. 

A Él le encanta que sus hijos vengan corriendo a sus brazos en busca de consuelo y protección. La Biblia nos da hermosas ilustraciones de ese lugar seguro. David escribió muchos de los salmos, pero uno de los más bellos salmos acerca de nuestro refugio contra el temor fue escrito por Moisés. En el Salmo 91, Moisés describe el lugar seguro donde usted estará libre del temor, y de todos los ataques del enemigo contra su vida. Él lo llama la “sombra del Omnipotente”. En lenguaje moderno usted podría llamarlo su propio hogar en la presencia de Dios. La buena noticia es que cuando usted corre a la sombra de Dios, Él lo protege de todo mal con su gran poder. Él quiere que sepa que nunca más tendrá que vivir con miedo. Esa es la vida audaz.

QUE VOZ ESCUCHAS?

Dice la palabra, en Hebreos 12:24, que la sangre de Cristo habla mejor que la sangre de Abel. Así que, la sangre de Cristo no tan solo tiene poder, sino que habla. ¿Cuál es la voz más presente en tu mente? La voz a la que tú le prestas atención, la que cautiva tu mente y captura tus pensamientos es la voz que dirige tu vida.
La sangre de Cristo, desde hace dos mil años atrás, está tratando de hablarle al hombre, está tratando de hablar a tu vida.
¿Qué reclamaba la sangre de Abel? Venganza, culpabilidad. En Génesis 4, vemos el momento en que tanto Caín como Abel se presentan delante de Dios, cada uno con una ofrenda. La ofrenda de Caín no fue aceptada por Dios, mientras que la de Abel sí. Caín se molestó con Dios, pero se desquitó con Abel.
De la misma manera, hay gente en tu vida molesta porque no han sabido ganarse el corazón de Dios y se desquitan contigo porque ven la mano de Dios sobre tu vida. Ellos quisieran lo que tú estás obteniendo, un matrimonio como el que tú estás teniendo, la victoria que tú estás teniendo. Y se molestan con Dios, pero tratan de destruirte a ti, porque tú les acuerdas a ellos todo lo que ellos no son delante de Dios.
Cada vez que Caín veía a Abel, lo que veía era todo lo que él debía ser, pero que no estaba dispuesto a ser.
Caín mató a Abel, y Dios le dijo a Caín que la voz de la sangre de su hermano, Abel, clamaba a él desde la tierra. Entonces, Dios le dijo que, cuando labrase la tierra, esta no le daría su fuerza, y que sería errante y extranjero en la tierra. A lo que Caín respondió: Grande es mi castigo para ser soportado.
La sangre de Cristo viene a quitar de tu vida todo aquello que tú no puedes soportar.
¿Qué tú no puedes soportar? Quizás tu manera de vivir o la forma de pensar. Miras lo mal que has hecho y lo grande de tu castigo, y la mente de dice: Lo que estás viviendo, te lo mereces. Y hasta que no pagues esa deuda emocional, física, espiritual, seguirás sufriendo, seguirás viviendo de la misma manera. Por eso tanta gente se suicida; porque no pueden soportar; no pueden soportar la tristeza, la amargura, el dolor, la traición, el abandono. Y peor aún, la voz que oyen les dice: Tú eres el culpable.
Eso era lo que oía Caín. Cuando labrase la tierra, esta le produciría cardos y espinas. Caín sembraría con un propósito, y recibiría otra cosa. Esta sería la manera en que la voz de la tierra le recordaría lo que hizo, en lugar de haber agradado a Dios. Dios le dijo a Caín: Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? En otras palabras, le dio otra oportunidad para que lo hiciera bien. Pero no; se desquitó con Abel, matándolo, y ahora la tierra le produciría cardos y espinas. Todos los días tendría en sus manos el fruto de sus acciones, y produciría, sobre todas las cosas, culpabilidad. Aquello le recordaba: Esto tienes, por lo que le hiciste a Abel.
¿Cuántas veces has tenido un problema que no tiene que ver nada con algo malo que tú hiciste, pero cada vez que lo tienes te acuerdas de lo malo que hiciste? La mayoría de los problemas que tú tienes, ni son el diablo, ni por un error que hayas cometido, sino que son problemas de la vida. Dale gracias a Dios, porque el que no tiene problemas es porque está muerto. Cristo dijo: En el mundo tendréis aflicción, mas confiad, yo he vencido al mundo.
La voz de la sangre de Cristo habla mejor que la de Abel, y lo que dice es que tú eres libre. La pregunta es: ¿Cuál es la voz que más tú oyes? ¿La voz de los que te acusan? ¿O la voz de Aquel que te hizo libre?
La voz de Cristo habla mejor, incluso, que aquello que a veces tú dices de ti mismo. La primera voz que la voz de Cristo tiene que callar es la tuya, porque la voz de la sangre de Cristo habla mejor de ti que lo que tú mismo piensas de ti.
Tienes que oír lo que dice la voz de la sangre de Cristo, que no tan solo tiene poder para salvarte, sino que tiene voz para hablarte, y habla más fuerte que la del mundo, más fuerte que la voz del pecado, más fuerte que la voz de aquellos que te acusan, más fuerte que tu propia mente. Esa voz dice que tú has sido perdonado, redimido, transformado, cambiado, que eres una nueva criatura en Cristo Jesús.

NUESTRA IDENTIDAD

Éxodo 33:16 Reina-Valera 1960 (RVR1960) 

¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra?

Se ha puesto a pensar en la cantidad de ocasiones que hablamos acerca de Dios sin entender que Él está justo en el mismo lugar y hablamos de Él como si no lo estuviera? Es asombroso que pretendemos que Dios esté siempre ahí cuando lo necesitamos, pero lo ignoramos el resto del tiempo, se convierte en alguien importante cuando no sabemos que hacer o cuando necesitamos algo pero no le incluimos en nuestras decisiones, ni en el resto de nuestro día. Esto que le comento, no es algo raro, ni es algo poco común, lamentablemente es parte de nuestro día a día, y tiene que ver con lo poco que conocemos a Dios y por tanto lo poco que le hacemos parte de nuestro día a día. 

Pero no siempre fue así, cuando Dios sacó a los israelitas de Egipto, lo hizo de una manera muy especial, ya que estos nunca habían sido guerreros, nunca habían tenido armas y por los últimos 400 años habían sido esclavos, por lo que carecían de toda identidad y de toda fuerza, por tanto Dios los acompaño manifestándose como una columna de humo durante el día y como una columna de fuego durante la noche, y esto no era solamente para que supieran por donde ir, sino para que todos los demás pueblos que los vieran les temieran, al ver que su Dios iba por delante de ellos. Se puede usted imaginar?, debe de haber sido impresionante el poder ver al Dios que iba por delante de su pueblo, quien se les enfrentaría?, quien se les acercaría siquiera?, cualquiera que los viera les respetaría y les abriría camino. 

Aún viviendo esto, el pueblo era tan inmaduro que no pudo esperar 40 días para que su Dios les diera una ley que les permitiera vivir en obediencia e hiciera que esa presencia no se apartara de ellos y vivir constantemente bajo el favor de su Dios, en pocos días se hicieron un becerro de oro y decidieron no solo adorarle sino atribuirle los milagros y las obras que Yahvé había hecho por ellos, terrible, no? Pero eso suele ser muy natural y muy común cuando dejamos de ver a nuestro Dios, cuando le perdemos de vista, simplemente perdemos nuestra identidad y aun lo que sabemos que es obra de Él, se pierde y se confunde en nuestras mentes y se lo atribuimos a otros seres, factores o razones, simplemente lo olvidamos. 

Moisés sabía que la identidad de los israelitas venía de Dios y que sin la presencia de Dios en su camino estarían desprotegidos y a la merced de cualquiera que se les pusiera enfrente, por tanto rogaba a Dios que los perdonara y que no los fuera a dejar desprotegidos, sin su presencia delante de ellos, no sabrían quienes eran, ni que hacer. Así como pasaba con los israelitas, sin Dios nosotros no tenemos identidad, y estamos a merced de las circunstancias y de cualquier cosa que nos pueda pasar, estamos a expensas de los efectos de la tierra, depende de nosotros el sabernos en la presencia de Dios y hacerle parte de todas nuestras situaciones, de manera que Él sea siempre el primero y el mas importante en nuestro corazón y en todo lo que hacemos. 

Note como en la cita de hoy Moisés hace énfasis en la necesidad de diferenciarse del resto de los pueblos, ya que en la identidad que Dios les daba los prevenía de todo mal y les aseguraba abundancia y estabilidad, por tal su ruego pudiera parecer casi que desesperado, pues al perder la presencia de Dios con ellos, lo perderían todo. Hoy en día hay muchas personas que viven de esta manera, sin identidad y a expensas de su medio ambiente, sin tener una garantía para su vida y sin tener nada seguro, todo lo que necesitan es regresar a su origen, a caminar justo detrás del aquel Dios al que dicen amar, pero no conocen y a obedecerle, para que su fidelidad, su amor y su favor sea derramado en sus vidas como Él lo promete a aquellos que se hacen su pueblo y están dispuestos a adoptar su identidad.

SANGRE VS LEY

En Hebreos 12, al hablarnos del poder de la voz de la sangre de Cristo, el autor nos habla de la experiencia del monte al que nos hemos acercado.  En el tiempo en que vivimos, no nos acercamos de la manera que se acercaba el pueblo de Israel en el desierto.  Aquel monte les causaba temor, no porque Dios no fuera un Dios de paz, sino por la condición de sus corazones.  El pueblo le dice a Moisés: Ve tú y acércate y escucha la voz de Dios por nosotros.  Porque esa voz les producía temor.
Cuando vivimos alejados de Dios, la primera reacción es temor.
Lo que ocurría en el monte no era nada malo; era glorioso, algo espectacular porque, cuando Moisés bajaba, su rostro resplandecía.  Pero la biblia nos refleja, en el libro de Hechos, capítulo 12, que al pueblo le daba temor oír la voz de Dios porque no soportaban lo que Dios demandaba de ellos.  Tenían temor a la ley, porque les causaba miedo las penalidades de no cumplirla.  Y lo único que Dios les ordenaba eran los diez mandamientos.
Gloria a Dios que hoy día no tenemos que soportar el peso de la ley, sino que vivimos bajo la ley de la fe, que es más poderosa.  Hoy día, a través de la sangre de Cristo, la demanda no es de tu exterior, sino en tu interior, en tu espíritu, que es la fe.  Hoy, por la sangre de Cristo, la demanda es que creas.  Para el que cree, todo es posible.
La gente no quiere ir a la iglesia por las reglas y regulaciones que tiene que seguir al ir a una iglesia.  Nadie es perfecto; tratamos de hacer lo mejor posible.  La demanda no es hacia tu cuerpo o mente, sino que la demanda es de fe, y esta es más difícil para muchos que otras demandas.  Hay muchos que son expertos en someter su carne, pero se les hace difícil tener convicción, tener fe.
Hoy, a través de la sangre de Cristo, la demanda es que algo te dice en tu interior que tienes que seguir hacia adelante.  La demanda es que en tu interior algo te dice que creas por encima de las circunstancias adversas.  Cada vez que vas a la iglesia, si no sales con una demanda en tu corazón, te acercaste al monte incorrecto.  La demanda no es sobre la perfección natural, sino que, a pesar de tu imperfección, creas que Dios te puede levantar.
Históricamente lo que se ha escuchado es la demanda de la ley que el hombre ha querido imponer; leyes que ni ellos mismos pueden cumplir.  Por esto, a muchos les causa miedo escuchar la voz de Dios, les da temor acercarse a Dios y viven sin fe y sin esperanza.  Pero, hoy día, a través de la sangre de Cristo, la voz que sale de Sión lo que dice es: Acércate; voy a poner demanda, pero es en tu corazón.  Solamente es que tengas fe.  La demanda de la fe te pide que cambies la manera de pensar y de vivir, pero esto no es una demanda del hombre, sino del espíritu.
La sangre de Cristo nos lleva a la experiencia más hermosa, que aquella experiencia en que todo aquello que te alejaba y te causaba temor es eliminado de tu vida para siempre.  Dios desea que te acerques a él confiadamente, con seguridad y certeza de que él va a responder.