Lloran por sus hijos Recientemente, al terminar un seminario, un mayor de la Infantería de Marina del país donde me compartió: «Mi papá era militar; nunca lo había visto llorar, hasta aquel día en el que, siendo yo un adolescente, le anuncié que me iría de casa. Fue tan impactante para mí… Él lloraba desconsoladamente, no podía comprender cómo su hijo se marcharía de casa antes de tiempo».
Lloran por amor Es frecuente oír en nuestra familia que los hombres no lloran por amor, pero la realidad es que sí lo hacemos. Definitivamente los hombres sí lloran por amor. Lloran porque aquella mujer amada, después de años de insistencia, al fin corresponde su amor; o porque, aun amándola, ella decide alejarse. Se llora cuando pasan los años y, a pesar de nuestros errores, el amor sigue latiendo en el corazón, y bajo una circunstancia difícil es fácil darse cuenta del calibre de mujer que se tiene al lado. También se llora cuando el amor de la vida parte para siempre.
Lloran por sus errores Conversaba con un matrimonio producto de un error —según lo afirmó él—. La razón de la crisis de este matrimonio, el segundo para este caballero, era que seguía amando a su ex esposa y a los hijos fruto de aquel primer matrimonio. Pocas veces he visto a un hombre entrado en años llorar de esta manera. Él es alto, robusto, emprendedor, profesional y empresario, pero ahora lloraba como un niño arrepentido. Entre lágrimas y balbuceos, confesaba: «Lo nuestro no tenía por qué haber ocurrido, usted lo sabe». Pero la historia estaba contada, lloraba con remordimiento su error, y no podía devolver el tiem

Su sentido de responsabilidad le indicaba que tenía que aceptar las consecuencias: la distancia de sus hijos, la pérdida del calor del hogar que tanto le había costado construir, y los abrazos y la cercanía de la mujer de su juventud. No importa lo exitoso que un hombre haya sido, en muchos momentos de la vida llorará sus errores, y en silencio sentirá la culpa que le carcome el alma mientras se pregunta: «¿Qué hice?» Esta escena la he visto repetirse tantas veces que me pregunto por qué no llorar más frecuentemente, llorar lágrimas que nos permitan devolvernos en el camino simplemente para decir lo siento, aunque pensemos que es muy tarde.
Lloran por sus pérdidas Leí la historia de un esposo que había perdido a su esposa luego de cincuenta y cuatro años de matrimonio. Su hijo, quien cuenta la historia, comentó que su padre casi no lloró en el momento del funeral pero que, al transcurrir las horas, pidió a sus hijos que le llevaran de nuevo al cementerio. Al llegar, se lanzó sobre la lápida y comenzó a recordar los momentos que pasaron juntos: el día que ella lo abrazó cuando él perdió el trabajo; la angustia que vivieron juntos cuando alguno de sus hijos se enfermaba; las ocasiones que le pidió perdón por algún error cometido. «De repente, todos llorábamos tratando de consolarlo», —relata el hijo. Al cabo de unos minutos, el hombre secó sus lágrimas y pidió: «No lloren hijos, no lloren, porque no ha sido un mal día… no fue ella la que tuvo que pasar este momento amargo de tener que despedirme, me tocó a mí. No lloren hijos, porque no ha sido un mal día». Cada vez que leo o cuento esta historia me conmuevo, porque al final de la carrera, cuando el ser amado ha partido, todos lloraremos porque la posibilidad de estar juntos se ha ido, y solo quedará el recuerdo del tiempo compartido.
Lloran por la pena que los mata Terminaba una conferencia en la que hablaba del perdón. La audiencia la formaba un grupo de ejecutivos de venta de una prestigiosa compañía, y sin que lo solicitara, al final, un joven
Este caballero no sintió vergüenza de llorar frente a sus compañeros, porque a pesar de las bromas pesadas que nos damos entre los hombres, jugando de machos, en el fondo todos deseamos una oportunidad como esta para llorar nuestras penas, y sacar lo que nos está matando por dentro. Aunque se haya crecido en una cultura machista, los hombres sí pueden llorar, y nada tiene que ver esto con nuestra hombría, y sí tiene que ver con ser seres humanos dotados por Dios con la sensibilidad de llorar nuestras alegrías y nuestros dolores.
En público o en secreto, los hombres... sí lloran.
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