Buscar

EL REY QUE MUCHOS CELEBRAN PERO POCOS OBEDECEN









 

CUANDO EL LLANTO FUE LA ULTIMA ORACION

La Biblia cuenta un momento muy profundo en la vida del rey Ezequías.


Un momento que muchos también han vivido:

cuando el cuerpo se debilita,

cuando la muerte parece cercana,

cuando los días se sienten contados.


📖 “En aquellos días Ezequías enfermó de muerte.

Y vino a él el profeta Isaías… y le dijo:

Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás.”

(Isaías 38:1)


Qué mensaje tan fuerte.

No venía de un médico.

No venía de la gente.

Lo decía Dios mismo.


Era una sentencia definitiva:

Prepárate. Tu tiempo en la tierra termina.


Cualquiera se habría derrumbado.

Cualquiera habría dicho: “Ya no hay nada qué hacer.”


Pero Ezequías hizo algo que cambia destinos:


📖 “Entonces volvió Ezequías su rostro a la pared, e hizo oración a Jehová…”

(Isaías 38:2)


Se dio la vuelta.

Dejó de mirar al mensajero.

Dejó de mirar el diagnóstico.

Dejó de mirar la cama, el dolor, la situación.


Puso sus ojos en Dios.


No gritó delante de la gente.

No llamó a los soldados.

No ordenó oro, médicos ni ejércitos.


Solo oró.


Y oró desde el corazón.

Desde la verdad.

Desde la memoria de su caminar con Dios.


📖 “Oh Jehová, te ruego que te acuerdes ahora que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón.”


No estaba negociando.

No estaba discutiendo.

No estaba exigiendo.


Solamente estaba abriendo el alma.

Reconociendo su dependencia.

Mostrando que lo único eterno que tenía era Dios.


Y dice la Escritura algo que toca el alma:


📖 “Y lloró Ezequías con gran lloro.” (Isaías 38:3)


No era un llanto de derrota.

Era un llanto de entrega.

Era un llanto de hijo delante del Padre.


Y cuando un hijo llora delante de Dios con sinceridad…

el cielo no queda callado.


Porque Dios no es indiferente.

Dios no es frío.

Dios no es lejano.


Mientras el hombre lloraba en silencio,

Dios estaba escuchando.


Y entonces, antes de que Isaías siquiera saliera del palacio,

vino palabra de Jehová:


📖 “Ve y di a Ezequías: He oído tu oración, y visto tus lágrimas.”

(Isaías 38:5)


Dios no dijo: "He oído tus palabras."

Dijo: “He visto tus lágrimas.”


Las lágrimas hablan.

Las lágrimas son oración sin voz.

Las lágrimas son el alma derramándose delante de Dios.


Dios las vio… y se conmovió.


Y declaró:


📖 “He aquí que yo añado a tus días quince años.”


Cuando el hombre dijo: “Es el final”,

Dios dijo: “Voy a empezar algo nuevo.”


Cuando la muerte parecía segura,

Dios dijo: “Aún no.”


Cuando la historia parecía cerrada,

Dios escribió otro capítulo.


La oración cambió un destino.

La oración movió el cielo.

La oración abrió una puerta donde no había ninguna.


Si tú estás cansado… ora.

Si tú estás enfermo… ora.

Si tú estás asustado… ora.

Si sientes que algo está por terminar… ora.


Pero ora como Ezequías:

No con apariencia.

No con palabras bonitas.

No con religiosidad.


Ora con verdad.

Ora con el alma.

Ora con lágrimas si es necesario.


Porque Dios sigue siendo el mismo.

El Dios que escuchó a Ezequías…

te escucha a ti también.


Él ve tu corazón.

Él ve tus batallas.

Él ve tus lágrimas.


Y Él dice hoy:


📖 “He oído tu oración.”


No todo está perdido.

No todo ha terminado.

Dios puede darle años a lo que ya parecía acabado.


Cuando el hombre dice: “No se puede”,

Dios responde: “Yo haré”.



EL ENDEMONIADO GADARENO

¿Sabías que el endemoniado gadareno que vivía entre los sepulcros era el caso de posesión más extremo registrado en los cuatro evangelios, y que su historia contiene detalles que los lectores modernos casi nunca notan?

La imagen captura la escala de lo que Jesús enfrentó en esa orilla. Un hombre en cadenas, con el cuerpo marcado, se interpone entre Jesús, que camina hacia él con calma, y una entidad monstruosa de tamaño colosal construida de docenas de rostros y formas fundidas, levantándose desde el mar como si emergiera de las profundidades del abismo. Las cadenas que el hombre lleva ya están rotas en sus muñecas. Nadie pudo retenerlo. Pero algo en la figura blanca que camina hacia él lo detiene antes de que Jesús llegue.

Los evangelios de Marcos y Lucas describen a este hombre con un detalle clínico que resulta perturbador: vivía entre los sepulcros, nadie podía atarlo ni siquiera con cadenas, las había roto todas, nadie podía domarlo, y noche y día gritaba y se hería con piedras. Cuando vio a Jesús de lejos, corrió y se postró ante Él. No lo atacó. Se postró.

Lo que siguió fue el único diálogo registrado en los evangelios donde Jesús pregunta el nombre a un espíritu. La respuesta fue Legión, porque somos muchos. Una legión romana era una unidad de entre tres mil y seis mil soldados. El nombre que los espíritus dieron era una declaración de la magnitud de la ocupación que ese hombre llevaba.

Hay un detalle que casi nunca se menciona en los sermones sobre este pasaje: los espíritus rogaron a Jesús que no los enviara fuera de aquella región. Tenían un territorio. Tenían una zona. Y después pidieron permiso para entrar en una manada de cerdos, lo que indica que necesitaban un huésped físico y que no podían simplemente ir donde quisieran sin autorización. Jesús se los concedió. Los cerdos se arrojaron al mar.

Después de la liberación, el hombre estaba sentado, vestido y en su juicio. Esas tres palabras son el resumen de lo que la liberación produce: quietud donde había agitación, cobertura donde había desnudez, claridad donde había confusión.

Las cadenas rotas que el hombre lleva en la imagen son la evidencia de que ningún poder humano pudo contenerlo. Solo hay una cosa que lo detuvo, y no fue una cadena más fuerte.

¿Sabías que los espíritus le pidieron permiso a Jesús antes de moverse? Ese detalle revela que el adversario no actúa con autonomía total. Hay límites que no puede cruzar sin autorización. Eso cambia la manera de entender la batalla espiritual.

JESUS ERA PALESTINO O HEBREO?

¿JESÚS ERA PALESTINO O HEBREO?

___________________

1. Ninguna de las dos. Jesús era JUDÍO. Los PALESTINOS son un reducto de semitas árabes musulmanes que ya estaban ahí en ese territorio llamado Palestina aún antes de la formación del Estado de Israel, impuesto por el Reino Unido y USA en 1948; los HEBREOS eran el pueblo ancestro de los judíos desde la época de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob.


2. En los tiempos de Moisés, lo hebreos ("los que atraviesan la tierra") eran nómadas, y su lengua, el hebreo, que es el idioma del Antiguo Testamento. En ese sentido Jesús era hebreo, sí, pero en realidad, Jesús era JUDÍO, por que DESCENDÍA DE LA TRIBU DE JUDÁ, uno de los 12 patriarcas, hijos de Jacob. Además, Jesús nació en Belén de Judea como lo profetizó Miqueas: "Pero tú, Belén Efrata, eres la más pequeña entre los miles de Judea, de ti saldrá hacia mí aquel que será el gobernante en Israel. Y su avance será desde el principio, hasta el día de la eternidad" (5:2).


3. Ademas los padres de Jesús también eran judíos, ambos, María y José, y Jesús participó de todas las tradiciones judías que estaban en la Torá y las cumplió de manera perfecta, como ordenanzas de su tiempo, siendo circuncidado a los ocho días de nacido, como ordenaba la Ley mosaica, así lo dice el evangelio de Lucas: "Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, el cual le había sido puesto por el ángel antes que fuera concebido", visitando el templo a los 12 años como lo dicen los evangelios.


5. En la genealogía de Mateo se muestra que la madre de gestación y crianza de Jesús, María, desciende de David, por la linea de Salomón; su padre de adopción y crianza, José, según la genealogía de Lucas, desciende de Natán. Ambas ascendencias le dan a Jesús el derecho legal al trono de David.



AGAR


📖 Génesis 16:13 “Entonces llamó el nombre de Jehová que con ella hablaba: Tú eres el Dios que ve.”


La historia de Agar casi siempre se cuenta rápido.


Sara no podía tener hijos.

Abraham recibe la promesa de Dios.

Y entonces Sara toma una decisión humana: darle su sierva a Abraham para tener un hijo por medio de ella.


Y ahí aparece Agar.


Pero casi nadie se detiene a pensar en ella.


Agar no era la protagonista de la historia.

No tomó la decisión.

No planeó nada.


Simplemente era una sierva.


Una mujer extranjera.

Sin poder.

Sin voz.

Sin elección.


De un momento a otro… su vida cambió.


Ahora llevaba un hijo en el vientre…

pero no era su historia.

Era el plan desesperado de otros.


La tensión creció.

Los conflictos comenzaron.

Las palabras se volvieron duras.


Y la Biblia dice algo muy humano:


Agar huyó al desierto.


Huyó del dolor.

Huyó de la humillación.

Huyó del ambiente que la rompía por dentro.


Y ahí está la escena que casi nadie imagina.


Una mujer sola.

Embarazada.

Cansada.

Sin rumbo.

En medio del desierto.


Nadie la estaba buscando.


Sara no la buscó.

Abraham no la buscó.

Nadie salió tras ella.


Pero alguien sí.


Dios.


El ángel del Señor la encontró junto a una fuente de agua en el desierto.


Y lo primero que hizo fue llamarla por su nombre.


“Agar”.


No “la sierva”.

No “la extranjera”.

No “la que estorbó”.


Agar.


Porque Dios conoce el nombre de los que el mundo ignora.


Tal vez tú sabes lo que es sentirte como Agar.


Sentir que tu vida se complicó por decisiones de otros.

Sentir que nadie ve tu dolor.

Sentir que eres invisible.


Quizás has caminado tu propio desierto.


Problemas en tu hogar.

Heridas en tu corazón.

Cansancio que nadie entiende.

Lágrimas que nadie vio.


Y a veces parece que Dios también está lejos.


Pero en el desierto de Agar pasó algo poderoso.


Dios la encontró.


No en el palacio.

No en la comodidad.

No en el lugar perfecto.


La encontró en su momento más roto.


Y Agar dijo algo que quedó escrito para siempre en la Biblia:


“Tú eres el Dios que ve.”


El Dios que ve cuando lloras en silencio.

El Dios que ve cuando nadie te escucha.

El Dios que ve cuando sientes que ya no puedes más.


El mundo puede ignorarte.


La gente puede olvidarte.


Pero Dios no.


Y la historia no termina ahí.


Más adelante, Agar volvería a estar en el desierto… esta vez con su hijo Ismael.


Sin agua.

Sin fuerzas.

Sin esperanza.


Ella pensó que su hijo moriría.


Se apartó para no verlo.


Imagínate ese momento…

una madre esperando perder a su hijo en el desierto.


Pero otra vez… Dios escuchó.


La Biblia dice algo que rompe el corazón:


“Dios oyó la voz del muchacho.”


No era el hijo de la promesa.

No era el heredero del pacto.


Pero era un niño…

y Dios lo escuchó.


Porque para Dios ninguna vida es insignificante.


Entonces Dios abrió los ojos de Agar…

y vio un pozo de agua que siempre había estado allí.


A veces el milagro no es que Dios cree algo nuevo.


A veces el milagro es que abre tus ojos… para ver la provisión que ya estaba cerca.


Tal vez hoy tú también estás en un desierto.


Con miedo.

Con dudas.

Con cansancio.


Pero la misma verdad sigue siendo cierta.


Dios te ve.


Te ve cuando nadie más lo hace.

Te ve cuando tu corazón está roto.

Te ve cuando sientes que todo está perdido.


Y si hoy respiras…

si hoy sigues aquí…

es porque tu historia todavía no terminó.


El Dios de Agar…

sigue caminando por los desiertos.


Buscando personas que creen que están solas.


Y cuando las encuentra…

las llama por su nombre.