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JONAS


A Jonás lo recordamos por una sola palabra: huida

“Jonás desobedeció”.

“Jonás corrió”.

“Jonás fue egoísta”.


Y cerramos la historia ahí.


Pero nadie pregunta de qué estaba huyendo realmente.


Jonás no era un incrédulo.

No era un profeta tibio.

No era alguien que no conociera a Dios.


Jonás conocía demasiado bien a Dios.


Sabía que era misericordioso.

Sabía que perdonaba.

Sabía que daba segundas oportunidades.


Y eso… era justamente lo que no podía soportar.


Nínive no era solo una ciudad pecadora.

Era una ciudad violenta.

Era el imperio que había destruido pueblos enteros.

El lugar que había dejado viudas, huérfanos y sangre en la memoria colectiva.


Tal vez Jonás había visto morir a alguien por culpa de ellos.

Tal vez había enterrado a un familiar.

Tal vez había crecido escuchando historias de horror.


Dios le pide que vaya a predicar al lugar que le rompió el corazón.


Y Jonás hace lo que muchos hacemos cuando Dios nos pide algo demasiado costoso:

no discute… se va.


No huye porque no ama a Dios.

Huye porque no puede reconciliar la justicia con la misericordia.


Corre porque no quiere ver a Dios perdonar a quienes aún le duelen.


Y aquí viene lo que casi nadie dice:


Jonás no se enoja cuando Nínive peca.

Jonás se enoja cuando Nínive se arrepiente.


Porque hay dolores que todavía no queremos soltar.

Hay personas que creemos que no merecen gracia.

Hay historias que, si Dios las sana, sentimos que invalida nuestro sufrimiento.


Y entonces hacemos algo muy humano:

obedecemos a medias.

Predicamos sin corazón.

Hacemos lo correcto, pero por dentro estamos vacíos.


Jonás cumple la misión, pero no la celebra.

Dios salva una ciudad… y Jonás se sienta a llorar.


¿Te das cuenta?


El profeta está vivo, pero su alegría está muerta.


Y Dios no lo abandona ahí.

Dios no lo cancela.

Dios no lo reemplaza.


Dios le hace una pregunta:

“¿Haces bien en enojarte tanto?”


No es una reprensión.

Es una invitación a sanar.


Porque Dios no solo quiere salvar a Nínive.

Quiere salvar a Jonás de su resentimiento.


Y aquí entramos nosotros.


Somos Jonás cuando seguimos a Dios,

pero aún no hemos sanado lo que nos hicieron.


Somos Jonás cuando oramos,

pero no queremos que Dios bendiga a cierta persona.


Somos Jonás cuando obedecemos,

pero nos duele que otros reciban la gracia que a nosotros nos costó lágrimas.


No estamos justificando el enojo.

Pero sí entendiendo de dónde nace.


Dios no aprueba la dureza de Jonás.

Pero tampoco ignora su herida.


Porque Dios sabe algo que nosotros olvidamos:

el resentimiento también es una cárcel,

y a veces el profeta también necesita liberación.


Tal vez hoy Dios no te está pidiendo que vayas a Nínive.

Tal vez te está pidiendo que sueltes el derecho a odiar.

Que confíes en que la justicia divina no borra tu dolor,

pero tampoco te deja vivir atado a él.


Jonás no es solo el profeta que huyó.

Es el hombre que tuvo que aprender que

Dios puede sanar al enemigo sin destruirte a ti.


Y tal vez la pregunta de Dios sigue viva hoy:


“¿Haces bien en cargar eso todavía?”


Porque mientras haya rencor,

aunque estemos fuera del pez,

seguimos atrapados por dentro.

ELA


 

Inicio de su reinado

Ela, hijo de Baasa, comenzó a reinar sobre Israel. Heredó un trono que ya venía marcado por desobediencia y pecado, y en lugar de corregir el rumbo, continuó el mismo camino.

   ¿Qué hizo mal?

Siguió los pecados de Jeroboam, alejando al pueblo de Dios

Gobernó sin temor de Jehová

Se entregó a la comodidad, el descuido y la embriaguez

Mientras debía velar por el pueblo, descuidó su responsabilidad espiritual

La Biblia no registra ninguna reforma, búsqueda de Dios ni arrepentimiento en su reinado.

   ¿Qué hizo bien?

La Escritura no menciona ninguna obra buena de Ela delante de Dios.

Esto ya es una advertencia fuerte: se puede ocupar un cargo y aun así no dejar huella espiritual.

  

Ela murió asesinado por Zimri, uno de sus oficiales, mientras estaba embriagado en casa de su mayordomo.

  Murió vulnerable, distraído y confiado, sin estar preparado.


Ela nos confronta con una verdad incómoda:

no todo el que ocupa un lugar de autoridad está caminando con Dios.

El descuido espiritual, la comodidad y el “mañana veo eso” abren puertas al desastre.

No fue el enemigo externo quien lo derrotó, sino su propia falta de vigilancia.

Cuando dejamos de velar, incluso lo pequeño puede derribarnos.


Hoy el Señor nos llama a despertar, a examinar el corazón y a volver a Él.

Aún estamos a tiempo de vivir con sobriedad espiritual, de rendirnos a Cristo y permitir que Él gobierne nuestra vida.

  “Velad y orad, para que no entréis en tentación.” (Mateo 26:41)

Que nuestra historia no termine como la de Ela, sino como una vida transformada por Jesús.



LA GRATITUD REVELA EL CORAZON


En el camino hacia Jerusalén, Jesús pasó por una aldea donde diez hombres leprosos clamaron desde lejos:


“¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!”

La lepra, en aquel tiempo, no solo era una enfermedad… era exclusión, vergüenza y soledad. Vivían apartados, sin contacto con la sociedad ni con sus familias.


La historia la encontramos en 📖 Evangelio de Lucas 17:11-19.


Jesús no los ignoró.


No los rechazó.


No los avergonzó.


Les dio una instrucción sencilla:


👉 “Id, mostraos a los sacerdotes.”

Y mientras iban en el camino… fueron limpiados.

¡Los diez recibieron el milagro!

Pero solo uno regresó.


Uno volvió glorificando a Dios en alta voz.

Uno se postró a los pies de Jesús.

Uno dijo gracias.

Y era samaritano.


Jesús preguntó algo que aún hoy resuena en nuestro corazón:


“¿No son diez los que fueron limpiados? ¿Y los nueve dónde están?”


 Reflexión


Muchos reciben bendiciones…

Pocos regresan a agradecer.


Dios sigue obrando milagros, restaurando vidas, abriendo puertas, sanando corazones. Pero la verdadera fe no solo recibe… también reconoce.


La gratitud revela el corazón.


Hoy pregúntate:


¿Soy parte de los nueve que reciben y siguen su camino?


¿O del uno que vuelve para adorar?


🙏 Que nunca olvidemos regresar a los pies de Jesús.



SODOMA

Esa noche, Sodoma no sabía que estaba viviendo sus últimas horas.

Las calles seguían llenas. Las casas iluminadas. La rutina intacta.

Pero el juicio ya había cruzado la puerta de la ciudad… con apariencia humana.


Dos ángeles llegaron al anochecer.

No entraron proclamando fuego ni destrucción.

Entraron caminando.


Solo uno los reconoció.

Lot.


Mientras los demás seguían con su vida,

él sintió que esos hombres no eran comunes.

Los invitó a su casa con urgencia.

Cerró la puerta.

Como quien sabe que afuera no hay refugio.


📖 “Y los llevó a su casa… y cerró la puerta” (Génesis 19:3)


Esa misma noche, la ciudad reaccionó.

No con curiosidad.

Con odio.


Hombres jóvenes y viejos rodearon la casa.

No fue un grupo.

Fue Sodoma entera.


Querían sacar a los visitantes.

No soportaban su presencia.

La luz incomoda cuando se ha vivido demasiado tiempo en la oscuridad.


Entonces los ángeles actuaron.


📖 “Hirieron con ceguera a los hombres que estaban a la puerta”


Pero ni siquiera la ceguera los detuvo.

Seguían buscando la entrada.

Porque cuando el pecado gobierna,

ni la evidencia cambia el corazón.


Dentro de la casa, el mensaje fue claro:


📖 “¿Tienes aquí alguno más? Sácalos de este lugar”


No había negociación.

No había tiempo.

Era salir… o arder con la ciudad.


Pero Lot dudó.


Amanecía, y aún no salía.

Aún pensaba.

Aún se aferraba.


📖 “Y los ángeles daban prisa a Lot…”


Dios quería salvarlo,

pero Sodoma todavía vivía dentro de él.


Tuvieron que tomarlo de la mano.

Arrastrarlo fuera.

Porque a veces Dios nos salva

a pesar de nuestra resistencia.


📖 “Jehová tuvo misericordia de él”


La orden fue clara:


No mires atrás.

No te detengas.

No regreses con el corazón.


Pero alguien no pudo obedecer.


La esposa de Lot giró la mirada.

No por curiosidad.

Por amor.


Su cuerpo salió de Sodoma,

pero su corazón se quedó allí.


📖 “Y miró atrás, y se volvió estatua de sal”


No todos se pierden por quedarse.

Algunos se pierden por mirar atrás.


Esta no es solo una historia antigua.

Es un espejo.


Hay lugares que Dios quiere sacarte,

pero tú sigues justificando.


Relaciones.

Hábitos.

Ambientes.


Dios manda señales.

Advertencias.

Personas.


Pero si amas demasiado lo que te está destruyendo,

ni un ángel te convence.


Porque Dios no obliga.

Rescata al que decide soltar.


Sodoma ardió.

Lot se salvó.

Pero el precio fue alto.


Y la pregunta sigue viva hoy:


👉 ¿De qué lugar Dios ya te sacó…

pero tú sigues mirando atrás?



JUDAS Y EL BESO TRAIDOR


¿SABÍAS QUE EL BESO DE JUDAS FUE MUCHO MÁS QUE UNA SEÑAL? EL ESCÁNDALO DEL PROTOCOLO QUE REVELA LA PEOR FORMA DE TRAICIÓN....


En nuestra cultura occidental, un beso en la mejilla puede ser un saludo común. Pero en la Judea del siglo I, el beso entre un discípulo y su Rabí era un acto cargado de una solemnidad casi sagrada.


Cuando Judas se acerca a Yeshúa en la oscuridad del Getsemaní y le da un beso, no solo está identificando a un hombre para los soldados. Está cometiendo una blasfemia cultural y espiritual que dejó a todos los presentes en shock.


EL NESHIKÁ: EL SELLO DE LA SUMISIÓN

En el mundo hebreo, el beso del discípulo (Talmíd) a su Maestro no era un gesto de afecto casual. Se llamaba:


נְשִׁיקָה – Neshiká


Este beso se daba usualmente en la mano o en el pie, y en ocasiones especiales, en la mejilla. Era el símbolo público de:


Reconocimiento de autoridad: Al besarlo, el discípulo decía: "Tú eres mi señor y yo soy tu siervo".


Transferencia de honor: El discípulo absorbía la sabiduría del maestro y le devolvía honor ante los demás.


Judas no eligió señalar a Yeshúa con el dedo, ni gritar su nombre. Eligió el lenguaje de la máxima lealtad para ejecutar el acto de la máxima deslealtad.


EL VERBO DEL EXCESO: "KATAPHILEO"

El texto original griego de los Evangelios guarda un detalle escalofriante. Cuando el texto dice que Judas "le besó", no usa la palabra común para besar (phileo). Usa el término:


Καταφιλέω – Kataphiléo


El prefijo kata- indica intensidad o repetición. No fue un roce rápido. Judas besó a Yeshúa efusivamente, con una demostración exagerada de afecto. Fue un teatro de devoción. Mientras sus labios decían "¡Salve, Maestro!", su corazón estaba contando las treinta monedas de plata.


Judas usó el protocolo sagrado del Reino para servir a los intereses del sistema que odiaba al Rey.


LA RESPUESTA DE YESHÚA: EL DOLOR DEL AMIGO

La respuesta de Yeshúa es una de las más tristes de toda la Escritura: "Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?" (Lucas 22:48).


En hebreo, la palabra para amigo es רֵעַ – Réa, que implica un compañero con el que se comparte el camino y el pan. Yeshúa no lo llamó "traidor" en ese momento; le recordó el vínculo que Judas estaba profanando. El escándalo no fue la entrega, sino el instrumento de la entrega.


UN MENSAJE PARA NUESTRA INTEGRIDAD

El "Escándalo del Beso" nos advierte sobre un peligro constante en nuestra propia espiritualidad:


La piedad como disfraz: Podemos usar las palabras correctas ("Señor, Señor"), las canciones correctas y los rituales más sagrados de la iglesia, mientras en privado estamos entregando los principios del Maestro por nuestra propia conveniencia.


El beso del ego: A veces "besamos" a Yeshúa para que otros nos vean como espirituales, pero en realidad lo estamos usando para nuestros propios fines, para nuestra reputación o para nuestra seguridad económica.


La traición del protocolo: La religión externa es experta en el Kataphiléo (besos exagerados), pero Dios busca el Emet (la verdad) en lo íntimo.


Es más fácil besar al Maestro que obedecerlo.


Judas nos enseña que se puede estar a centímetros de la Verdad, sintiendo el calor de Su piel y el sonido de Su voz, y estar a kilómetros de distancia en el alma. No permitas que tu fe sea un protocolo vacío. Que tus labios nunca digan lo que tu vida no está dispuesta a sostener. Porque, al final, el Mesías no busca besos de teatro; busca corazones que, aunque fallen, nunca usen la máscara de la lealtad para ocultar un puñal.


PREPARATE PARA TU GOLIAT


Cuando David enfrentó a Goliat (1 Samuel 17)


No fue una fe impulsiva.

No fue una emoción del momento.

No fue una frase motivacional.


Fue preparación invisible.


A veces contamos la historia como si David hubiera dicho:

“Yo voy porque Dios está conmigo”

y ya.


Pero antes de esa declaración…

hubo años de entrenamiento secreto.


Mientras otros estaban en el ejército,

David estaba en el campo.


Mientras otros aprendían estrategias militares,

David aprendía disciplina.


Cuidar ovejas no suena impresionante.

Pero ahí desarrolló lo que nadie veía:


Vigilancia.

Responsabilidad.

Valentía.

Resistencia.


Cuando vino el león… no huyó.

Cuando vino el oso… no improvisó.


Peleó.


Y cuando le cuenta esto a Saúl,

no lo dice para presumir.

Lo dice como evidencia.


“Jehová que me libró del león y del oso,

Él me librará…”


No era fe ciega.

Era memoria entrenada.


Hay una diferencia enorme entre presunción y confianza.


La presunción dice:

“Yo puedo con esto”

sin haber trabajado el carácter.


La confianza dice:

“He sido formado en lo secreto.”


Nosotros a veces hablamos demasiado rápido:


“Cuando venga la tentación, yo voy a resistir.”

“Si me ofrecen eso, yo no caigo.”

“Si me atacan, yo voy a mantenerme firme.”


No te atrevas a declarar victoria

si no has entrenado en privado.


David no apareció de la nada con seguridad.

Había pasado horas solo con Dios.


Había practicado con la honda.

Había fallado lanzamientos.

Había afinado puntería.

Había enfrentado miedo real.


Dios estaba con él, sí.

Pero David también estaba comprometido con el proceso.


El poder de Dios no anula la disciplina humana.

La fortalece.


Muchos quieren el escenario del gigante

sin el campo de las ovejas.


Quieren autoridad pública

sin obediencia privada.


Quieren derrotar a Goliat

sin haber enfrentado su propio león.


Y aquí está lo profundo:


David rechazó la armadura de Saúl

porque sabía en qué había entrenado.


No se dejó impresionar.

No se dejó presionar.

No intentó parecer algo que no era.


Él conocía su herramienta.

Conocía su capacidad.

Conocía su historia con Dios.


Eso no es arrogancia.

Es identidad formada.


En la vida cotidiana esto es muy claro:


No puedes decir que vencerás la tentación

si no has fortalecido tu carácter.


No puedes decir que manejarás éxito

si no has aprendido humildad.


No puedes decir que resistirás presión

si no has practicado dominio propio.


La fe no sustituye el entrenamiento.

La fe lo activa.


David no dijo:

“Dios lo hará todo, yo no necesito hacer nada.”


Tampoco dijo:

“Yo puedo solo.”


Fue una combinación poderosa:


Dependencia de Dios


* preparación constante.


Por eso corrió hacia el gigante.


No porque fuera imprudente.

Sino porque estaba listo.


Y aquí es donde la historia se vuelve personal.


Tal vez hoy no estás frente a un gigante.

Tal vez estás en el campo.


Y sientes que nadie ve tu esfuerzo.

Nadie aplaude tu disciplina.

Nadie reconoce tu constancia.


Pero ahí se está formando tu confianza.


Cuando llegue tu momento público,

no será improvisación.


Será el resultado de horas invisibles.


Y cuando entiendes eso…


dejas de pedir escenarios más grandes

y empiezas a valorar los entrenamientos pequeños.


Porque la verdadera fe

no es gritar “yo puedo”.


Es saber, en silencio,

que has sido preparado

para cuando el gigante aparezca.

CASTIGO O PREPARACION?



Job no era un hombre rebelde.

No era desobediente.

No estaba lejos de Dios.


La Biblia lo describe con palabras poco comunes: “Varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1).

Y aun así… lo perdió todo.


En un solo día perdió sus bienes.

Después, a sus hijos.

Luego, su salud.

Y finalmente, el respeto de quienes lo rodeaban.


Desde afuera, parecía castigo.

Desde el cielo, era otra cosa.

El problema no fue el dolor… fue el silencio.


Dios no explicó.

No dio razones.

No bajó del cielo a defenderse.


Job quedó atrapado entre dos realidades: su fe pasada

y su sufrimiento presente.


Sus amigos llegaron con respuestas rápidas y conclusiones peligrosas: — “Algo hiciste.” — “Dios te está corrigiendo.” — “Si estás así, es porque pecaste.”


Pero estaban equivocados.

No todo sufrimiento es castigo.

No toda prueba es corrección.

Algunas son preparación.


Job perdió todo lo que podía perder…

menos su fe.

Cuestionó.

Lloró.

Se quebró.

Pero nunca soltó a Dios.


Y entonces ocurrió algo clave: Job dejó de hablar de Dios

y comenzó a hablar con Dios.


📖 “De oídas te había oído,

mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:5)


Ese fue el verdadero cambio.

Antes de la prueba, Job conocía a Dios por tradición.

Después de la prueba, lo conocía por experiencia.

Dios no permitió el dolor para destruirlo,

sino para llevarlo a un nivel de relación que nunca habría alcanzado sin el proceso.


Al final, Dios restauró todo.

Pero primero restauró su visión.

Job entendió algo que pocos comprenden: Dios no siempre explica el proceso,

pero nunca pierde el control.


Hoy muchos se sienten como Job. Sirven a Dios. Hacen lo correcto. Y aun así atraviesan pérdidas, silencios y noches largas.

No siempre es castigo. A veces, Dios está preparando una fe más profunda, un corazón más humilde, una relación más real.


Porque el oro no se forma sin fuego. Y la fe probada vale más que la fe cómoda.


Dios no te abandonó. No te castigó. Te está formando.

Y cuando el proceso termine, no solo tendrás restitución… tendrás revelación.


El dolor pasa. La preparación permanece.