TOMAS


Todos queremos ser recordados por nuestros actos de valentía, pero casi siempre el mundo nos recuerda por nuestro peor momento.


A Tomás le pasó eso.


La historia lo bautizó con un apodo cruel: “el incrédulo”

Como si una duda pudiera borrar una vida entera.

Como si un fin de semana oscuro definiera para siempre el amor de un discípulo.


Pero tienes que volver a leer Juan 11.

No rápido.

No por encima.

Con el corazón despierto.


Lázaro está muerto.

Y Jesús dice algo impensable: “Volvamos a Judea.”


El silencio debió ser insoportable.

Judea no era solo un lugar peligroso; era una sentencia.

Días antes, habían intentado matar a Jesús a pedradas.

Volver no era fe heroica.

Era caminar directo hacia la muerte.


Los discípulos lo saben.

Tienen miedo.

Hacen lo que haríamos nosotros: recuerdan los riesgos, calculan pérdidas, buscan una salida honorable.


Y entonces, cuando todos dudan…

Tomás se levanta.


No para cuestionar.

No para huir.

Sino para decir una de las frases más olvidadas —y más valientes— de los Evangelios:


“Vamos también nosotros, para que muramos con Él.”


Eso no es incredulidad.

Eso es lealtad llevada hasta el límite.


Tomás no estaba confundido.

Estaba decidido.

No podía soportar la idea de que Jesús caminara solo hacia el peligro.

Si había piedras, las recibiría también.

Si había muerte, moriría cerca de su Maestro.


Ese es el hombre al que después llamamos “débil”.


Entonces llega la cruz.

Pero no como él la imaginó.

Tomás estaba listo para morir con Jesús…

no para vivir sin Él.


Y ahí nace su duda.


No porque no creyera.

Sino porque su corazón quedó aplastado.

Porque había apostado todo…

y perdió.


Su duda no fue soberbia intelectual.

Fue duelo.

Fue trauma.

Fue el miedo de volver a creer y que el dolor lo volviera a destruir.


Por eso Jesús no lo avergüenza.

No le dice “¿cómo pudiste dudar?”.

No lo expone delante de los demás.


Jesús hace algo infinitamente más tierno:

le muestra las cicatrices.


Como diciendo:

“Tu dolor no me ofende.”

“Tu proceso no me asusta.”

“Toca. Mira. Quédate el tiempo que necesites.”


Y Tomás cae de rodillas.

No con una excusa.

Con la confesión más alta del Evangelio:


“¡Señor mío y Dios mío!”


Somos tan rápidos para etiquetar.

Tan expertos en reducir personas a su momento más bajo.

Tan ligeros para olvidar años de fidelidad por segundos de fragilidad.


Tomás dudó, sí.

Pero también fue el que caminó más lejos.

El que llevó el evangelio hasta la India.

El que murió atravesado por lanzas, sin negar a Cristo.


Murió como vivió:

comprometido hasta el final.


Así que antes de llamar “débil” a alguien,

antes de juzgar una fe desordenada,

antes de descartar a quien hace preguntas incómodas…


ten cuidado.


Puede que no estés viendo incredulidad.

Puede que estés viendo un corazón que amó tanto

que ahora tiene miedo de volver a sangrar.


Y Jesús no rechaza a esos corazones.

Jesús les muestra las cicatrices.


Porque la fe verdadera no siempre grita certezas.

A veces, tiembla.

A veces, llora.

Pero cuando ama…

ama hasta la muerte.


Ref: Juan 11:16; Juan 20:24–31