Tamar fue una mujer olvidada.
Viuda dos veces.
Promesas rotas.
Una familia que la dejó esperando justicia… que nunca llegó.
Le dijeron “espérate”.
Le dijeron “después”.
Le dijeron “confía”.
Pero nadie cumplió.
Tamar no buscaba escándalo.
Buscaba dignidad.
Buscaba el lugar que le correspondía.
Y en una historia incómoda, difícil, humana…
Dios escribió algo eterno.
Porque de Tamar nació una línea
que llegaría hasta Jesús.
Eso rompe el corazón.
Dios no escogió solo historias limpias.
Escogió historias reales.
Mujeres heridas.
Hombres equivocados.
Familias complicadas.
Y aun así… gracia.
La gente recuerda el error.
Dios recuerda el propósito.
La gente señala el pasado.
Dios ve el futuro.
Tamar no fue perfecta.
Judá tampoco.
Pero Dios no canceló la historia.
La redimió.
Porque hay algo profundo aquí:
A veces creemos que nuestra vida ya se arruinó.
Que una injusticia nos marcó para siempre.
Que alguien nos cerró el camino.
Pero Dios sabe escribir recto
en líneas torcidas.
Tamar nos enseña que el silencio de la gente
no es el silencio de Dios.
Que la vergüenza que otros ponen
no define nuestro final.
Que aun en historias incómodas…
Dios sigue trabajando.
Tal vez hoy te sientes olvidado.
Tal vez alguien te prometió algo y no cumplió.
Tal vez tu historia no parece bonita.
Pero recuerda esto:
En el árbol genealógico de Jesús
hay lágrimas, errores y cicatrices.
Y si Dios pudo hacer nacer al Salvador
desde la historia de Tamar…
también puede hacer algo santo
con tu vida.
Porque donde el mundo ve fracaso…
Dios ve comienzo. ✨

