DISTRACCIONES Y ENGAÑOS

La publicidad domina nuestro mundo. Estamos esclavizadas al culto de la próxima novedad. A nuestro alrededor, oímos que no podemos estar satisfechas, a menos que tengamos tal producto o tal servicio.

Y con demasiada frecuencia, en vez de solo pensar en esos mensajes, cautivan nuestro interés. La publicidad trata de hacernos sentir insatisfechas con nuestras vidas para que compremos algo que alivie nuestro descontento y llene esa necesidad que acabamos de identificar. 

Este proceso es una parte importante del consumismo, y puede nublar nuestro discernimiento espiritual. Nuestra cul tura, así como nuestros padres, esposos, amigos y jefes, nos envían el mensaje de que nunca estaremos a la altura de sus expectativas, a menos que hagamos esto o lo otro, o que no po dremos obtener la aprobación de ciertas personas si no hacemos lo que quieren (a la perfección). Estos mensajes distorsionan nuestra percepción de la realidad. Las distracciones y los engaños son como lentes gruesos que distorsionan la manera en que vemos a Dios, los problemas, las oportunidades, las emociones y las personas. Algunas mujeres solo necesitan un ajuste pequeño para ver claramente; otras tie nen problemas más serios. Si un amigo o un miembro de la familia sufriera alguna de estas enfermedades, esperaríamos, por supuesto, que consultara a un médico y recibiera la ayuda necesaria. 

De hecho, nos alarmaríamos si no tomara los pasos necesarios para recuperar su visión. Es tan importante para su salud y su felicidad, que cuestionaríamos su cordura si dejara de buscar un tratamiento. Pero, en el mundo espiritual, muchas nos contentamos con una visión borrosa de nuestras emociones, lo cual hace que deambulemos en medio de la con fusión y no disfrutemos de nuestras relaciones más cercanas como deberíamos. Nos conformamos con solo pasar el día, en lugar de disfrutar todo lo que Dios tiene para nosotras. Jesús dijo que si no tenemos entendimiento espiritual, nues tras vidas estarán en tinieblas. ¿A qué se asemeja tal oscuridad? A desesperación, ira, deseos seductores, envidia, desesperanza y agotamiento. Básicamente, lo opuesto al fruto del Espíritu. Juan escribió en su Evangelio: “La luz vino al mundo, y los hombres [y las mujeres] amaron más las tinieblas que la luz” (Jn. 3:19). Esta acusación incluye a las personas perdidas, y hasta los que creen en Cristo se sienten a veces más cómodos escondiéndose en la oscuridad que enfrentándose a la luz de la verdad. Esto se debe a la naturaleza humana. Exponerse da miedo y nos amenaza hasta lo profundo del alma. 

Algunas de las mujeres más valientes que conozco han estado dispuestas a examinarse en profundidad y a enfrentar los hechos de su vida, algunos de los cuales son magníficos y gloriosos; otros son píl doras amargas, difíciles de tragar. Sería más fácil decir: “Esas cosas no me molestan”, “No son verdad” o “Es culpa de alguien más, no mía”. Sin embargo, Jesús siempre invitó a las personas a ser completamente sinceras. De alguna manera, entendieron que Él no los condenaba, sino que los amaba y les ofrecía perdón, restauración y sanidad. 

Contestar preguntas profundas acerca de nuestras ideas puede llevarnos a más libertad, alegría y amor del que nunca imaginamos. Por ejemplo, ¿vemos a Dios como es realmente o hemos creado una imagen de Él buena pero distante, in diferente, débil, inofensiva y equivocada? Cuando leemos las Escrituras, encontramos en Cristo una mezcla de cualidades que no encontramos en ninguna otra persona de la historia. Él es soberanamente poderoso, creó la vasta expansión del universo con una palabra, pero es tierno como una madre que cuida a sus hijos. En Las crónicas de Narnia, C. S. Lewis describe a Aslan, el león noble que representa a Cristo, como un ser bueno y a la vez, aterrador. A menudo, aparece justo en el último minuto, cuando los niños están en problemas; otras veces, desaparece sin dejar rastro. Sin embargo, en cada momento de la historia, siempre sabe lo que sucede y trabaja en sus propósitos grandio sos y misteriosos. La Biblia dice que, además de ser poderoso y bueno, Dios está contigo en cada momento del día. 

¿Tu percepción borrosa hace que te sientas sola? Cuando nos sentimos solas o aban donadas, es fácil encogernos de miedo o atacar llenas de ira. Pero cuando los ojos de nuestro corazón nos dicen que Dios es Emanuel (Dios con nosotros), nos sentimos protegidas, seguras, tranquilas y amadas. Por eso, somos responsables ante Él de tomar buenas decisiones, de confiar en su bondad y fortaleza incluso en los momentos más difíciles, y de pensar y hacer lo correcto. ¿Cómo vivirías si estuvieras completamente convencida de que Dios está contigo en cada momento? Imagina cómo sería tu vida. Probablemente dejarías de murmurar, no te debilitarías de miedo, no estallarías de ira ni te sentirías abrumada por el sufrimiento. En su presencia, te deleitarías mucho más en su amor, confiarías totalmente en su fortaleza y seguirías su sabia dirección con mucho más entusiasmo hacia donde quiere lle varte. Aceptarías su gracia para tus emociones heridas. Los ojos de la fe nos ayudan a encontrar el camino hacia los pies de Jesús para disfrutar de su amor y escuchar sus ense ñanzas. Igual que los hombres y las mujeres que lo siguieron, nos damos cuenta de que su perspectiva sobre las prioridades es opuesta al modo en que el mundo ve las cosas. 

Él enseñó que la manera de alcanzar la grandeza es servir a los demás. El ca mino hacia arriba es hacia abajo, lo interno es más importante que lo externo, y los “hermanos más pequeños” son la principal prioridad de Dios. Estoy segura de que con frecuencia, las personas se alejaban de Jesús sin entender lo que había dicho. Un tema recurrente en sus enseñanzas era que la verdadera realización que deseamos no surge al llenar nuestras vidas de posesiones, posiciones y popula ridad; sino al dedicarle nuestras vidas a Él y a su causa de forma desinteresada. Les dijo a sus seguidores: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mt. 16:24-25). Los ojos de la fe nos permiten atesorar lo que Dios atesora y seguir sus caminos, aun cuando las personas que nos rodean siguen un rumbo diferente. Solo aquellos con entendimiento espiritual están dispuestos a perder su vida para encontrar verdadero significado y alegría. En vez de reaccionar ante los disgustos con quejas, podemos buscar la mano de Dios, que trabaja tras bambalinas con tenacidad, y cultivar una actitud de agradecimiento. 

En lugar de ceder ante las exigencias de los demás para evitar el dolor del conflicto, podemos decir lo que opinamos con valor y diplomacia. En vez de elegir el camino fácil y tentador de murmurar sobre una amiga, podemos con tener nuestra lengua y proponer la oración como mejor opción. Los ojos de la fe no siempre nos conducen por la senda más fácil, pero identifican el camino que le agrada a Dios y, en Él, encontramos verdadera alegría y paz. 

¿COMO RESPONDES A LA ACUSACION?


Es importante que seas establecido en la justicia de Cristo, porque eso determinará cómo vas a responder a la voz acusadora cuando estés creyendo a Dios en cuanto a grandes cosas y confiando que responderá tus oraciones.
“¿Quién te crees que eres?” 
“¿No recuerdas cómo le gritaste a tu esposa esta mañana? 
¿Por qué debería Dios darte favor para tu importante presentación en la oficina hoy?”
 “Mira cuán fácil pierdes la calma conduciendo. 
¿Cómo puedes tener la pretensión de esperar que te sucedan cosas buenas?” “¿Tú te llamas cristiano?
¿Cuándo fue la última vez que leíste la Biblia? 
¿Qué has hecho para Dios? ¿Por qué debería Dios sanar a tu hijo?” 
¿Te parecen estas acusaciones terriblemente familiares? 
Ahora bien, la forma en que respondas a esa voz acusadora mostrará lo que realmente crees. Esa es la prueba determinante de lo que crees. ¡Este es el momento de la verdad! Una persona puede pensar: “Sí, tienes razón. Yo no merezco esto. ¿Cómo puedo esperar el favor de Dios en mí para la presentación que debo hacer en la oficina cuando fui tan duro con mi mujer esta mañana?” Esa es la respuesta de alguien que cree que necesita ganarse su propia justicia y lugar de aceptación delante de Dios. Esa persona cree que puede esperar de Dios el bien sólo cuando su conducta sea buena y su propia lista de verificación de requisitos impuestos por él mismo se cumpla al máximo.
Probablemente entre en su oficina como un torbellino, todavía  ardiendo de cólera con su esposa. Lo peor de todo es que se siente aislado de la presencia de Jesús a causa de su enojo y piensa que no es digno de solicitar el favor de Dios para su presentación. Entra a la sala de reuniones desaliñado y desorganizado. Se olvida de sus puntos y habla torpemente, haciendo que su compañía pierda esa cuenta tan importante. Sus jefes se decepcionan de él y le dan una enorme reprimenda. Frustrado y avergonzado, se dirige a casa como un loco, sonando la bocina a cada automóvil que no se mueva al instante que el semáforo cambia a verde. Cuando llega a casa, se molesta con su esposa porque le echa la culpa por ponerlo de mal humor por la mañana, por su terrible presentación y por la pérdida de la cuenta principal. ¡Todo es por culpa de ella! Ahora, observa la diferencia si esa persona piensa: “Sí, tienes razón. No merezco tener el favor de Dios en absoluto porque perdí los estribos con mi mujer esta mañana. Pero, ¿sabes qué? Yo no estoy mirando lo que me merezco. Veo lo que Jesús se merece. Incluso ahora, Cristo, te doy gracias porque me ves perfectamente justo. Debido a la cruz y a tu sacrificio perfecto, puedo esperar el favor inmerecido de Dios en mi presentación. Cada uno de mis defectos, aun el tono que utilice esta mañana, está cubierto por tu justicia. Puedo esperar algo bueno, no porque yo sea bueno, sino porque ¡Tú lo eres! ¡Amén!”.
¿Ves la asombrosa diferencia? Esa persona está establecida sobre la justicia de Jesús y no en su actuar correctamente ni en su buen comportamiento. Va a trabajar dependiendo del favor inmerecido de Jesús, tiene éxito en la presentación y gana una cuenta importante para su empresa. Sus jefes están impresionados por su rendimiento y lo anotan para la próxima ronda de promociones. Él conduce a casa con paz y gozo, sintiendo el amor y el favor del Padre. En consecuencia, es más paciente con los demás conductores.
Ahora bien, ¿significa eso que esconde todos sus defectos y se hace el desentendido? ¡De ninguna manera! Este hombre, plenamente consciente de que el Señor está con él, encontrará la fortaleza en Cristo para pedir disculpas a su mujer por el tono que usó con en ella. Como ves, un corazón que ha sido tocado por el favor inmerecido no puede mantenerse con falta de perdón, ira y amargura. ¿Cuál de las narraciones anteriores muestran la verdadera santidad? Por supuesto, la segunda. El depender del favor de Dios resulta en una vida de santidad práctica. ¡Creer correctamente siempre conduce a vivir correctamente!
Oración de hoy
Padre, establéceme en la justicia de Cristo para que pueda responder con gracia cuando llegue el momento de la verdad. Aun cuando sé que he fallado, decido verme como tú me ves, en la justicia de Jesús, y espero que tu favor inmerecido trabaje por mí a pesar de mis fracasos. Gracias por el don de la justicia, que me hace reinar sobre todo en mi vida.
Pensamiento de hoy
El depender del favor de Dios y experimentarlo conduce a una santidad práctica.

EL PRIVILEGIO DE LA ORACION


La oración es algo interesante. En principio, debido a que Dios es todopoderoso, puede hacer lo que quiera en cualquier momento sin que nos involucre en ello. Sin embargo, el autor y líder de oración Bob Willhite afirma: “La ley de la oración es la ley más alta del universo, puede vencer las otras leyes al hacer posible la intervención de Dios”.
Dios estableció la ley de la oración como la fuerza que promueve que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo y, por tanto, decidió compartir con nosotros las condiciones para que esta se hiciera. No tenemos que preguntar si Dios quiere que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo porque sabemos al leer Mateo 6:10 que así es.
¿Por qué orar si simplemente le estamos pidiendo a Dios que haga lo que ya sabemos es su voluntad? Tal pregunta, por supuesto, trata de descifrar el misterio de la soberanía divina y de la responsabilidad humana. No obstante, a pesar de que no somos capaces de resolver este misterio, podemos responder la interrogante que esta encierra. La respuesta es relativamente directa: Dios en su soberanía ha escogido hacer su voluntad a través de la oración de los seres humanos. Parece ser que Dios ha escogido no hacer lo que con gusto podría hacer si los seres humanos se niegan a orar por ello. Por una parte, mezcla la oración con el privilegio. Los cristianos están invitados a trabajar junto con el Creador del universo. Si un creyente no percibe correctamente la voluntad de Dios, Dios no está obligado a contestar esa oración.
Aquí hay algunas cosas que sabemos con certeza que Dios quiere cumplir en la Tierra:
1. Quiere que las naciones sean instruidas de acuerdo a los principios bíblicos.
2. Quiere que nosotros enseñemos a las naciones según su Palabra revelada. (Mateo 28:19-20)
3. Quiere que cumplamos el papel para el cual fuimos creados y para esto ha limitado su participación en la Tierra; en vez de ello, requiere nuestra intercesión para que se haga su voluntad.
Dutch Sheets explica esto acertadamente en su excelente libro Authority in Prayer (La autoridad en la oración): Lo que Dios tenía planificado para Adán lo ha planificado también para todos los adanes, incluyendo la autoridad en el ámbito terrenal. Es por esto que Génesis 1:26 afirma: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree”. Todos los adanes, la raza humana completa, recibieron autoridad sobre la tierra.
El Salmo 115:16 confirma la intención original de Dios con respecto al mandato de dominio de la humanidad: “Los cielos son los cielos de Jehová; y ha dado la tierra a los hijos de los hombres (adanes)”. La palabra “dado” proviene de un término hebreo que puede significar posesión pero también significa “dar en el sentido de una tarea”, significa “poner a cargo de”.6 Dios nos estaba diciendo a nosotros los adamitas: “Yo me voy a encargar de las estrellas, los planetas y las galaxias, pero la tierra es de ustedes, están a cargo de ella”. Es por eso que James Moffat, en su traducción de las Escrituras, añade esta porción: “la tierra que Dios ha asignado a los hombres”. Dios no abandonó el liderazgo de la tierra, pero sí asignó a los humanos la responsabilidad de gobernarla o ser los mayordomos de ella, comenzando con nuestro propio mundo privado y continuando con nuestros alrededores y el universo.
Puse en cursiva las palabras “comenzando con nuestro propio mundo privado” porque es ahí donde nosotros, como creyentes, tenemos que empezar en nuestro camino de fe a medida que aprendemos a ejercitar nuestra autoridad en oración. Volviendo al título de este capítulo, la primera premisa sobre la que necesitamos estar completamente claros es que Dios quiere que reclamemos las promesas que ya nos ha dado y que oremos por ellas con confianza.

SALIR DEL SEPULCRO

Un sepulcro me remite a una cueva, a un hueco en una formación rocosa y esto me trae a mi memoria la historia de David huyendo del rey Saúl, cuando dentro de una cueva, tuvo la oportunidad de matarlo y no lo hizo.

Sea cual sea la realidad de tu vida, está claro que la figura de un sepulcro no es agradable: simboliza muerte, oscuridad, tristeza, dolor. ¿A quién le gusta tener un sepulcro en el corazón?

Podríamos pensar que Saúl era la piedra que mantenía a David dentro de un sepulcro ¿Verdad?, y sin Saúl, ya no había piedra y sin piedra, no hay sepulcro. Recordemos la historia en 1º Samuel 24.

Vs. 3 y 4: David se encontraba arrinconado dentro de la cueva, huyendo, como si fuese culpable, como si fuese un ladrón. De pronto Saúl entra y queda a expensas de David, quién tiene la oportunidad de, a ojos humanos, acabar con el, quitar su piedra del sepul cro.

Son tantas las veces que me he sentido arrinconado dentro de mi cueva, huyendo de cosas que sé que no merezco, pienso, “si yo soy bueno, ¿porqué me pasa esto?” entonces, muchas veces son mis ojos humanos los que buscan la salida. A la mirada del hombre, Saúl estaba allí para morir en manos de David, sin embargo, David priorizó por sobre todas las cosas, la mirada divina, poder entender el propósito de Dios ante esa situación. Dios quería algo más para su vida, y matar a Saúl en ese momento, hubiera sido cortar esa bendición allí mismo.

O sea, que tenemos un punto para aprender de este hecho:

1º DEBEMOS OBSERVAR LA SALIDA DEL SEPULCRO A TRAVÉS DE LOS OJOS DE DIOS, NO LOS NUESTROS.

Vs. 6 y 7: David no fue el único en aprender de esta situación, tuvo la oportunidad de enseñar, otras personas estaban con él, lo seguían, y pudieron aprender del testimonio de David. Fue una oportunidad expansiva de la Gloria de Dios, no quedó solo para David, sino que otros capitalizaron enseñanza. Recuerda siempre: seguramente, hay personas observándote dentro de tu cueva, hasta incluso pueden estar acompañándote, o sea que:

2º TU ACTUAR, TU SALIDA VICTORIOSA DEL SEPULCRO DEBE SERVIR DE TESTIMONIO A LOS DEMÁS.

Vs. 8 al 15: David sale tras Saúl y se inclina, pone su rostro en tierra y argumenta a su favor. David comienza a quitar su piedra. Saúl era su rey así que merecía respeto, David lo demuestra. Es interesante observar cómo quitó David su piedra:

• Le muestra cómo las malas influencias de otros prevalecían por sobre la realidad que el mismo podía observar de David.
• Le recalca que JEHOVÁ lo puso en sus manos, David no se hace acreedor de lo que le corresponde sólo a Dios.
• Pone a Dios como juez entre ambos, deriva el problema al Señor, no busca el mismo su solución.

Es interesante notar que David expande la situación a otros, aparte de ellos dos: Saúl lo persigue por malas influencias, pero David actuaba correctamente, es Dios quién debe juzgarlos.

David conocía perfectamente lo que le correspondía a cada uno y derivó las acciones a quién correspondía. David no hizo la fuerza para quitar la piedra, fue Dios mismo quién la hizo.

3º PUSO EL PROBLEMA DE SU PIEDRA EN MANOS DE DIOS.

¿No has sentido muchas veces que no te quedan más fuerzas para luchar con tu problema, con tu piedra? Que por más que intentas e intentas no se quita? Entonces lamento decirte que estás haciendo la fuerza equivocada, porque Dios es el único que tiene el poder de quitarla. Si David hubiera matado a Saúl en primera instancia, sería haber quitado el mismo la piedra, y cargarse una mucho peor, la sangre de su rey, y sólo hubiese sido hundirse en un sepulcro mucho peor.

Vs. 20: Es maravilloso observar la Gloria de Dios en la vida de David. El mismo Saúl reconoce, a través de estos hechos, que estaba frent e al futuro rey de Israel. La piedra fue quitada y para siempre, David salió de su sepulcro, de su cueva, no sólo en paz, sino con el reconocimiento de una victoria mayor.

Es hora de salir del sepulcro, de pedir al Señor una mirada espiritual para conocer la salida, es dejarle nuestra piedra en sus manos, de verdad, es dejar que Él haga la obra, es cuidarnos de los malos consejos que nos desvía la mirada de nuestro Padre, es salir, en victoria, no sólo con el gozo de la libertad, de respirar el aire fresco, sino camino a recibir más aún, porque cuando Dios te saca de la cueva, como a David, es para ponerte a reinar, sobre el lugar que te pertenece, Dios no es un Dios de cuevas y sepulcros, es un Dios de altos montes, porque fue en la cima del monte, clavado a una cruz, donde venció realmente a la muerte, no dentro de un sepulcro.

¿QUE TE FALTA POR ENTREGAR?


En una ocasión un joven rico se presento delante de Jesús y le pregunto: “Entonces vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?” Mateo 19:16 (Reina-Valera 1960). Nuestro Señor Jesús le contesto citándole los mandamientos que tenia que guardar, sin embargo este joven era un practicante de esos mandamientos y por eso le contesto: “El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?” Mateo 19:20 (Reina-Valera 1960). Fue allí en donde nuestro Señor Jesús entendió que se trataba de un joven que tenia la intención de agradar a Dios, pero había algo en él que no le permitía a totalidad ser ese hombre que él pensaba o quería ser, por eso nuestro Señor le dice: “Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme.” Mateo 19:21 (Reina-Valera 1960).
El joven al escuchar las palabras del Maestro se entristeció, la Biblia lo relata de la siguiente forma: “Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.” Mateo 19:22 (Reina-Valera 1960).
Al igual que el joven de la historia bíblica muchos de nosotros hemos decidido agradar a Dios en todo y a veces hemos considerado que lo estamos logrando, pero muchas veces hay cosas que sin darnos cuenta no hemos entregado al Señor.
Si este día le preguntarás al Señor: “¿Qué me falta para agradarte?” Y Él te respondiera señalando alguna área de tu vida, ¿Serías capaz de dejar de hacer eso?, ¿Serías capaz de entregar a Dios esa área?, ¿Serías capaz de renunciar a esa amistad o relación?, ¿Serías capaz de deshacerte de ese ídolo que has construido?, ¿Serías capaz de tomar esa decisión tan difícil pero necesaria?
No vamos a negar que todos tenemos áreas de nuestra vida que muy bien sabemos que tenemos que mejorar. La gran mayoría de nosotros sabemos que es aquello que nos está causando tropiezos o sentirnos indignos delante de Dios, sin embargo muchas veces no hacemos nada por solucionar ese problema, no hacemos nada por dejar ese mal hábito, no hacemos nada por decir NO a ese pecado y seguimos viviendo con eso en nuestra vida.
Hoy te hago una pregunta directa:

¿Qué es lo que te falta entregar?

Sé sincero contigo mismo, examina este día tu vida, tu corazón, tus pensamientos y detecta aquello que hasta este día no le has entregado al Señor y con toda humildad reconoce tu falla y entrega en las manos del Señor eso que tanto te ha estado afectando.
Ya no es tiempo de seguir viviendo con esas piedras en los zapatos que te impiden caminar correctamente. Es hora de detenerse, detectarla, sacarla y comenzar a caminar como Dios se merece que caminemos.
La clave para ser agradables a Dios esta en la suficiente humildad que tengamos para reconocer que tenemos un problema o una área que no le hemos entregado al Señor. Desde el momento que reconocemos que tenemos un problema comienza el Espíritu Santo de Dios a obrar en nuestra vida dándonos la capacidad para salir adelante y solucionarlo, dándonos el valor que necesitamos para tomar las decisiones que haya que tomar.

¿Estas dispuesto a entregar a Dios todo?

DEJA QUE DIOS SEA DIOS


Es imposible obtener la promesa de Dios, si no tienes paciencia. Quizás llevas mucho tiempo esperando, pero ¿cuánto esperó Dios por ti? Y, verdaderamente ¿estás tú esperando en Dios, o es él quien está esperando por ti?
El hecho de que vayas a la iglesia, y tengas un pensamiento positivo, no quiere decir que estés esperando en Dios. Dice la biblia que es con fe y paciencia que se alcanzan las promesas. Fe, y paciencia. Fe, y saber esperar. Fe, y creer que algo va a pasar. Fe, y seguir esperando. Fe, y seguir tratando. Fe, y seguir creyendo.
La persona que no tiene paciencia se debilita, cuando en realidad el tiempo de espera debería fortalecerte. Abraham no se debilitó en la fe, sino que se fortaleció, y añade que se fortaleció dando gloria. En medio de tu espera, tú te fortaleces dando gloria.
¿Cómo saber si no tienes paciencia? Porque estás debilitado. Si sientes que no tienes fuerzas para continuar, lo que te falta es paciencia, porque el que tiene paciencia se fortalece. Si has perdido las fuerzas es porque piensas que tu fuerza viene de alcanzar algo en específico.
¿Por qué mucha gente no tiene paciencia? Porque muchos están desesperados, pensando que Dios tiene que resolver las cosas en un orden en específico.
El problema de muchas personas es que están atando la promesa de Dios, al orden que ellos han establecido que deben ocurrir los eventos. Entonces, puedes estar esperando un evento en específico que, en el orden de Dios, puede que sea el último. Mientras tanto, otras cosas están pasando, pero como tu fe está puesta en que algo en específico ocurra, no te das cuenta.
En un mismo capítulo de la biblia, Jesús sanó a tres personas, cada uno de manera diferente. Una mujer tocó el borde del maestro, porque creyó que, al tocarlo, quedaría sana. Si ella creyó que sanaría al tocarlo, si no lo hacía, no sanaría.
Jairo le pidió a Jesús que fuera a su casa, y tocara a su hijo. La mujer creyó que sanaría al tocarlo, pero este hombre creyó que su hija sanaría, al ser tocada por Jesús. Y, en ese mismo capítulo, otro hombre, el centurión, le dijo a Jesús: Envía la palabra.
Cada uno de ellos sujetó el milagro, a como ellos pensaban que tenía que ocurrir. ¿Qué pasó con la mujer de flujo de sangre? Tuvo que coger golpes, y arrastrarse, porque ella sujetó su milagro a que ella tenía que tocarlo. ¿Tenía ella que pasar por toda esa humillación para recibir su milagro? No. Pero, ¿quién sujetó el milagro a eso? Ella. ¿Qué pasó con la hija de Jairo? Se murió. Cristo tuvo que decirle: Cree solamente. Cristo tuvo que llegar allí, y entrar en contacto con la niña. ¿Por qué pasó todo esto? Porque Jairo sujetó el milagro a que Cristo llegara allí. ¿Qué pasó con el centurión? Él dijo: Envía la palabra. Jesús así lo hizo, y el criado de aquel hombre fue sano en aquel momento.
¿Cuál fue mejor de los tres? No podemos menospreciar a la mujer de flujo de sangre por sujetar su milagro a tocar al maestro, porque ella recibió su milagro. No podemos menospreciar a Jairo por haber sujetado su milagro a que Jesús fuera y tocara a su hija, porque él también recibió su milagro. Los tres recibieron el milagro.
Simplemente, son tres perspectivas diferentes. Lo que no debe pasar es que haya un cristiano que, después sujetar su milagro a tocar el borde del manto, se siente a quejarse de todo lo que tuvo que sufrir para alcanzarlo. Dale gloria a Dios por haber recibido el milagro, y sigue hacia adelante.
¿Por qué mucha gente pierde la paciencia? Porque son ellos quienes han sujetado cómo se va a hacer su milagro, cómo se va a dar la promesa.
Deja que Dios sea Dios. Tú sigue creyendo, sigue trabajando, sigue haciendo lo que tienes que hacer, pero no sujetes tu vida, ni lo que Dios quiere hacer, a un acto en específico, porque entonces debilitarás tu fe, y limitarás la manifestación del poder de Dios en tu vida.

¿QUE TE HA DICHO DIOS?


Nos resulta más fácil creerle al que se esconde detrás de una computadora, a través del Internet, y lo que dice son tonterías. Y después te preguntas por qué estás tan lleno de tristeza y depresión.
¿De dónde viene tu esperanza?
Tu esperanza debe venir, no de lo que dice la gente de ti, sino de lo que dice Dios de ti. Él dice que tú eres un más que vencedor en Cristo Jesús. La palabra dice que Jehová es tu pastor, y que nada te faltará.
Tú no debes querer nadie al lado tuyo que te haga perder la esperanza que Dios te ha dado. Que se vayan con su negativismo a otro sitio. Tú debes estar convencido –al punto que nadie te convenza de lo contrario– de que Dios te quiere próspero, bendecido, feliz, en victoria.
Quizás no siempre has estado arriba; has estado abajo, pero sabes que, cuando has estado abajo, lo que te queda es ir para arriba, porque la biblia dice que tú eres cabeza y no cola, que estás arriba solamente y nunca vas a estar debajo.
¿De dónde viene tu esperanza? ¿Del periódico? ¿De las circunstancias? ¿De tu chequera? ¿De un banco? ¿De que otro diga si tú te mereces la casa o no? ¿Otro va a determinar lo que vas a tener y lo que no vas a tener? Si te han dicho que no ya tantas veces, es porque no has ido a buscar la información en el lugar correcto.
Muy probablemente, tu estado de ánimo hoy está totalmente ligado a lo que tú ves y a lo que tú escuchas, a la gente que te rodea, a lo que la gente a tu alrededor piensa, cuando realmente tu estado de ánimo, y tu vida, deben estar atados a la esperanza.
¿Qué vas a creer? ¿Lo que Dios dice, o lo que dice el mundo? ¿Vas a creer cuando tus hijos dicen que no quieren saber nada de ti? ¿O vas a creerle a Dios que él va a cuidar de tu casa y de tus hijos? ¿Vas a creer lo que dice el médico? ¿O vas a creer lo que Dios ha dicho: que por su llaga tú has sido curado?
Ha habido gente que ha creído, y no les ha pasado aquello que creyeron, pero es mejor morir creyendo, a que la gente sepa que fuiste un incrédulo toda tu vida. Hasta lo último, tienes que creer. Hasta el último momento. Que, cuando te entierren, no se diga que entierran a un incrédulo, sino a alguien que tiene fe, a alguien que cree en un Dios soberano.
La esperanza de Abraham no venía de tus circunstancias. Dice la biblia que su cuerpo ya estaba como muerto, pero Dios le había dicho que le daría naciones.
¿Qué te ha dicho Dios?