CÓMO REACTIVAR EL FUEGO DE LA ORACIÓN

Aquí hay algunos detalles que aprendí acerca de reencender mi vida de oración:
 Acción de gracias: Casi siempre, cuando siento que el fuego se ha apagado y mi pasión ha menguado, se debe a que he dejado de ser agradecida, he dejado de agradecerle a Dios por todas las bendiciones que disfruto.
Cuando nos enfocamos demasiado en lo que no tenemos y en lo que Dios no está dándonos en este momento, perdemos de vista el hecho de que Dios siempre es maravillosamente bueno, está a nuestro favor en una manera hermosa y nunca nos abandonará. Comience hoy a agradecerle por todo aquello que se perdería mañana si despertara y no estuviera ahí.
“Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús”.—1 Tesalonicenses 5:18
 Arrepentimiento: Otro apagafuegos es el pecado y las actitudes egoístas. La Escritura dice que su bondad nos lleva al arrepentimiento. Cuando dedica tiempo agradeciéndole a Dios, la convicción regresa a su alma. Dé el siguiente paso y atrévase a decir: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmos 139:23-24). La confesión es una limpieza, algo hermoso. Dios se acerca especialmente al corazón humilde y arrepentido.
“Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho”.—Santiago 5:16
 Comprender: A menudo, cuando sentimos que nuestra llama titila y no arde fuertemente, se debe a que nos hemos acercado a Dios solamente por lo que Él puede hacer por nosotros, y no por quien es Él. ¡Una manera segura de avivar nuestra llama espiritual es buscarlo por todo lo que Él vale! Continúe llevándole sus peticiones, pero luego siéntese a sus pies y busque conocer su corazón. Él es quien por su boca hizo los cielos, el Señor de señores, el Rey de reyes, y el Dios de los ejércitos angelicales. Él es alto y exaltado, no obstante está íntimamente presente. Él la ama. Conózcalo más y tendrá una mejor comprensión de cómo está obrando en sus circunstancias actuales. Conocerlo mejor es amarlo más, y conocerlo es ser llena de la plenitud de Él (Efesios 3:14-19).
“El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia”.—Proverbios 9:10
Afirmarse: Cuando no sentimos la presencia de Dios y no sentimos que sus promesas sean exactamente verdaderas, es hora de afirmarse en la Palabra de Dios, porque es verdadera. Cuando me siento más decaída que animada, me levanto, camino por mi casa y proclamo las promesas de Dios escritas para mi vida: “¡No moriré sino que viviré y declararé las obras del Señor!” (porque batallo con problemas de salud). “¡La gracia de Dios abunda en mi vida para que yo pueda abundar en toda buena obra!” (porque constantemente me siento abrumada).
Cuando me afirmo en las promesas de Dios y mis oídos escuchan a mi boca decir lo que es verdadero, en el tiempo debido, mi corazón cree de nuevo que su Palabra es verdad. Yo la desafío: camine por ahí, zapatee si tiene que hacerlo, y proclame las promesas de Dios. ¡Tome su posición dondequiera que esté!
“Porque has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas”.—Salmo 138:2
Rendirse: Otra cosa que he observado es que la rendición y la pasión espiritual están cercanamente vinculadas. Cuando me encuentro asiéndome de mi propio entendimiento o cuando confío más en mis temores que en la fidelidad de Dios, es como arrojar una manta mojada sobre mi llama espiritual. ¿Cuál es mi respuesta? Me arrodillo, abro las manos y le rindo todo al Señor otra vez.
Le entrego mis preocupaciones, mis “Y si. . . ”, y los deseos más profundos de mi corazón. Yo solamente estoy lidiando con información parcial y Él sabe lo que es mejor para mí (y para usted). Intente arrodillarse de verdad, abrir las manos y soltar las cosas a las que ha estado aferrándose hasta ahora. Dígale al Señor: “Padre, ¿cómo puedo obedecerte en esto? ¿Y qué quieres ser para mí aquí? ¿Mi liberador? ¿Defensor? ¿Torre fuerte? Me rindo a ti. Muéstrame tu grandeza en este lugar”.
“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia”.—Isaías 41:10
Confianza: Aquí estamos, de vuelta en la confianza. Cuando pierdo la perspectiva de la vida, es porque en algún momento de la línea dejé de confiar en Dios. Aquí hay algunas cosas importantes para recordar:
• Él tiene un plan para su vida que es el mejor escenario de todos.
• Él es fiel y verdadero, y se ha puesto a su disposición.
• Él es bueno, y bondadoso, y verdadero; usted puede confiar en que Él la llevará segura a casa.
Usted puede confiar en Él. Si su pasión mengua, es hora de volver a involucrar su corazón, renovar su mente, humillarse en su presencia y luego levantarse, sabiendo que usted es suya y Él es suyo. Usted es verdaderamente bendecida.
“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”.—Proverbios 3:5-6

SOMETERSE NO SIGNIFICA OBEDECER CIEGAMENTE

Lamentablemente, en vez de comprender esta dinámica de trabajo en equipo, por lo general vemos la sumisión en términos de obediencia. Recientemente conversaba sobre esto con una amiga que frecuentemente predica en conferencias matrimoniales. Utilizando la definición de la sumisión que dice: “Obedezca a su esposo”, ella se dio cuenta de que, en sus cuatro décadas de matrimonio, se había sometido solo una vez. En aquella oportunidad, su esposo sintió el llamado de un ministerio en particular que requirió mudarse a otra ciudad. Ella no sintió ese llamado, pero sabía que era importante para él, así que decidió seguirlo. En el transcurso de los meses siguientes ella también sintió el llamado.
Pero cuando mi amiga y su esposo no logran ponerse de acuerdo en algo en su matrimonio, trabajan en ello hasta que lo logran. Y así han afrontado situaciones importantes: si ella debía o no renunciar a su trabajo de tiempo completo; quién de los dos se quedaría en casa; si debían buscar una oportunidad para ser pastores. El objetivo es estar de acuerdo, así que luchan juntos hasta que lo consiguen.
No comprendo por qué algunas mujeres se sienten orgullosas de decir: “Yo lo dejo tomar todas las decisiones, aun cuando creo que está cometiendo un error”. Si usted cree que su esposo se equivoca, usted tiene un problema en su relación. Un desacuerdo, por definición, significa que al menos uno de los dos, o ambos, no está escuchando a Dios. ¿No sería mejor y más acorde con las Escrituras luchar juntos por lo que quieren, orar fervientemente, juntos e individualmente, y buscar consejo hasta que ambos estén de acuerdo? Si usted siempre se está poniendo detrás de su esposo, sin luchar ni hablar sobre las cosas, entonces fácilmente podría estar evitando la unidad, no mejorándola.
“Pero espere —dirá usted—, ¿cómo puede la sumisión no estar relacionada con las decisiones y la obediencia, cuando Efesios 5:24 dice que las mujeres se deben someter a sus esposos ‘en todo’?”. Bueno, he aquí 1 Pedro 3:5-6 (NVI), que dice: “Así se adornaban en tiempos antiguos las santas mujeres que esperaban en Dios, cada una sumisa a su esposo. Tal es el caso de Sara, que obedecía a Abraham y lo llamaba su señor. Ustedes son hijas de ella si hacen el bien y viven sin ningún temor”.
Sara obedecía a Abraham y lo llamaba su señor. Esto significa que debemos obedecer a nuestros esposos también, ¿no es así?
Recientemente, estuve conversando sobre lo que debemos hacer si nuestros esposos están tomando decisiones financieras equivocadas. Si él quiere mentir en una planilla de solicitud de un préstamo, y quiere que su esposa firme el documento junto con él, ¿qué debería hacer ella? Una comentarista respondió: “Ella debe obedecer a su esposo, aunque él esté equivocado. Si ella se niega a firmar, está desobedeciendo a Dios, e incurrirá en juicio por ello. Debe obedecer a su esposo como su señor”.
Espere un segundo. ¿Acaso las Escrituras dicen que debemos obedecer a nuestros esposos, aunque estén equivocados? La mayoría de las que comentan mis publicaciones parecen creer eso. Cuando les pregunté qué significaba para ellas la sumisión, la gran mayoría dio una definición relacionada con la obediencia: “Obedecer a nuestros esposos tal y como obedecemos a Dios, o a un superior militar”.
¿De verdad esto es que lo que Pedro quería decir? En Hechos 5, Lucas relata la historia de un hombre y su esposa, llamados Ananías y Safira. Ellos eran de los primeros discípulos, y deseaban ganar puntos con sus compañeros cristianos. Así que vendieron una propiedad y Ananías les dio una parte del dinero, no el precio total de la venta, a los apóstoles, diciéndoles que esa cantidad había sido lo que había recibido. Luego de que Pedro lo reprendiera por su engaño, Ananías cayó muerto.
Poco después, Safira llegó y Pedro le preguntó: “¿Vendieron ustedes el terreno por tal precio?”. Ella respondió que sí y entonces Pedro le dijo: “¿Por qué se pusieron de acuerdo para poner a prueba al Espíritu del Señor? ¡Mira! Los que sepultaron a tu esposo acaban de regresar y ahora te llevarán a ti” (Hch. 5:9). Safira cayó muerta también.
Pedro le dijo a Safira que habría sido mejor para ella hacer lo que ella pensaba, que ponerse de acuerdo con su esposo para mentir. Recordemos: Pedro fue uno de los que nos exhortó como esposas a obedecer a nuestros esposos como Sara obedecía a Abraham y lo llamaba señor. Aun así, Pedro fue el mismo apóstol que dejó muy en claro que no deberíamos obedecer a nuestros esposos si nos están llevando hacia el pecado.
De hecho, ¡Pedro habría sido la última persona en decir que pusiéramos alguna vez a una autoridad humana en el lugar de Dios! Más adelante, en el mismo capítulo de Hechos, Pedro y los otros apóstoles fueron arrestados por el sumo sacerdote y todos sus partidarios (la secta de los saduceos) y puestos en prisión por predicar en el nombre de Jesús. Durante la noche, un ángel se apareció ante ellos y los liberó, y comenzaron a predicar nuevamente. Cuando los líderes judíos vieron esto, se quedaron perplejos, para decir lo menos. Así que mandaron a traer a Pedro y los apóstoles, y les exigieron claramente que mantuvieran sus bocas cerradas con respecto a Jesús. Luego, Lucas escribiría en Hechos 5:29: “‘¡Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres!’, respondieron Pedro y los demás apóstoles”. A ninguna otra autoridad humana se le pondrá jamás por encima de Dios, y eso incluye a su esposo.
Safira fue castigada por obedecer a su esposo, y en el Antiguo Testamento, Abigaíl fue elogiada y recompensada por desobedecer a su esposo. En 1 Samuel 25 podemos leer su historia. Ella estaba casada con un bueno para nada llamado Nabal. Cuando David, antes de ser rey, le pidió provisiones a Nabal como pago por la protección que él les había brindado a sus rebaños y a sus sirvientes, Nabal lo rechazó. Abigaíl sabía que esto significaría la muerte para ellos y para sus sirvientes, así que fue a donde David e intercedió. David la perdonó a ella y a sus sirvientes, aunque Dios pronto le dio muerte a Nabal. Y David elogió a Abigaíl y se casó con ella. Ella nunca se sometió y siguió a Nabal de forma ciega. Realmente estaba detrás de él e hizo lo que Pedro le dijo a Safira que debió haber hecho, y se preguntó: “¿Qué quiere Dios que yo haga en esta situación?”.
Dios no nos pide a las mujeres que obedezcamos ciegamente a nuestros esposos. Debemos “Practicar la justicia, amar la misericordia, y [humillarnos] ante [nuestro] Dios (Miqueas 6:8)”. Y esto aplica para el matrimonio también. Debemos caminar en humildad con Dios, no seguir a nuestro esposo y alejarnos de Él. Si seguir a nuestro esposo significa ir en contra de los mandamientos de Dios, debemos seguir a Dios en lugar de a nuestro esposo.

SOPA DE POLLO PARA EL ALMA DE LAS MADRES

Ella es la primera en velar por los hijos cuando nacen, pero más tarde los prepara para que se hagan responsables de sus propias acciones. Ella les enseña a dar sus primeros pasos, pero más tarde los ve caminar hacia el altar. Ella protege a sus hijos de horror de las pesadillas, pero más tarde los alienta para que realicen sus propios sueños. 

Esa mujer es una madre y nos complace que ahora se haya publicado un libro sobre ella, especialmente para ella. 

Sopa de pollo para el alma de la madre es un tributo a la maternidad -El llamado universal en donde se necesita el ingenio de una experta mediadora, maestra, ama de casa y consejera. 

Estas reconfortantes historias celebran los momentos cruciales característicos de la labor de una madre, desde los más jubiloso hasta los más triviales, desde dar a luz, hasta desarrollar la intuición materna, desde dejar recuerdos especiales y sobrellevar la rutina familiar, hasta permitir que los hijos abandonen el hogar y formen el propio. Tanto las futuras madres, como las abuelas y todas aquellas personas que aprecian la influencia materna en sus vidas, reirán, llorarán y reflexionarán sobre las alegrías y tribulaciones de ser madre.

LA REUNIFICACIÓN FAMILIAR

José les proporcionó [a sus hermanos] carros […], y les dio provisiones para el viaje. A cada uno le dio ropa nueva, pero a Benjamín le dio cinco mudas de ropa y trescientas monedas de plata. También le envió a su padre diez burros cargados con los mejores productos de Egipto, y diez burras cargadas con grano, pan y otras provisiones que necesitaría para el viaje. Entonces José despidió a sus hermanos y, cuando se iban, les dijo: “¡No se peleen por todo esto en el camino!”. Y ellos salieron de Egipto y regresaron donde vivía su padre Jacob, en la tierra de Canaán (Génesis 45:21-25, NTV).
Los hijos de Jacob regresaron a Canaán a la moda. No más túnicas gastadas y burros demacrados. Conducían camionetas nuevas llenas de regalos. Llevaban chaquetas de cuero y botas de piel de caimán. Sus esposas e hijos los vieron en el horizonte. “¡Están de regreso! ¡Están de regreso!”, seguido de abrazos y besos.
Jacob salió de una tienda. Su vieja cabellera plateada le llegaba hasta los hombros. Lucía encorvado. Su rostro, como de cuero, de cuero crudo. Miró con los ojos entreabiertos debido al sol a sus hijos acercarse con todo el botín. Estaba a punto de preguntar dónde habían robado todas esas cosas, cuando uno de ellos le dijo: “José sigue vivo, y es gobernador de toda la tierra de Egipto”. “Y el corazón de Jacob se afligió, porque no les creía” (Génesis 45:26).
El viejo agarró su pecho. Tenía que sentarse. La tristeza había socavado los últimos vestigios de alegría de Jacob. Pero cuando los hijos le dijeron lo que José había dicho, cómo había preguntado por Jacob, cómo les había pedido que se fueran a Egipto, el espíritu de Jacob revivió.
Sus ojos comenzaron a brillar, y sus hombros se enderezaron. “Entonces dijo Israel: Basta; José mi hijo vive todavía; iré, y le veré antes que yo muera” (v. 28). Jacob tenía 130 años en ese momento, lo cual se dice fácil. Tenía reumas, y problemas en sus articulaciones, pero nada impediría que viera a su hijo. Tomó su vara, y dio la orden: “¡Carguen todo! Nos vamos a Egipto”.
Setenta personas emprendieron el viaje. Y qué viaje fue. Pirámides, palacios, granjas irrigadas, silos. Nunca habían visto nada parecido. Entonces, llegó el momento que habían estado esperando: un amplio flanco de la realeza apareció en el horizonte. Carros, caballos y la Guardia Imperial. Cuando el séquito se acercó, Jacob se inclinó para ver mejor el hombre en el carro del centro. Cuando vio su rostro, Jacob susurró: “José, hijo mío”.
En la distancia, José se inclinó hacia delante en su carro. Le pidió al conductor que le diera un fuetazo al caballo. Cuando los dos grupos se encontraron en el plano de la llanura, el príncipe no dudó. Bajó de su carro y corrió en dirección a su padre. En cuanto José lo vio, “se echó sobre su cuello, y lloró sobre su cuello largamente” (Génesis 46:29).
Se acabaron las formalidades. Se olvidó el protocolo. José enterró su rostro en el hombro de su padre y “lloró sobre su cuello largamente” (versículo 29). Mientras las lágrimas humedecían la túnica de su padre, ambos hombres se juraron que nunca más se despedirían.
El adiós. Para algunos esta palabra es el desafío de la vida. Superarlo representaría superar la soledad, el dolor agotador. Dormir solos en una cama matrimonial. Caminar por los pasillos de una casa silenciosa. Llamar su nombre inadvertidamente, o hacer inconscientemente el amago de tomar su mano. Al igual que a Jacob, la separación ha agotado nuestro espíritu. Nos sentimos en cuarentena, aislados. El resto del mundo ha seguido adelante, pero a nosotros nos duele hacerlo. No podemos, no podemos con el adiós.
Pero, ¡animémonos! Dios ya lo ha anunciado: las despedidas tienen los días contados. Están cayendo como granos en un reloj de arena. Si en la sala del trono celestial hay un calendario, hay un día encerrado en un círculo rojo y resaltado en amarillo. Dios ha decretado la reunificación familiar:
Porque cuando Dios dé la orden por medio del jefe de los ángeles, y oigamos que la trompeta anuncia que el Señor Jesús baja del cielo, los primeros en resucitar serán los que antes de morir confiaron en Él. Después Dios nos llevará a nosotros, los que estemos vivos en ese momento, y nos reunirá en las nubes con los demás. Allí, todos juntos nos encontraremos con el Señor Jesús, y nos quedaremos con Él para siempre (1 Tesalonicenses 4:16-18).

LA TRAMPA DE LA COMPARACIÓN

El juego de la comparación es una trampa muy común, pero perjudicial. Comparar es examinar dos cosas para encontrar similitudes y diferencias. Es medir una cosa contra otra. Las mujeres solemos comenzar el juego de la comparación a una edad temprana. Comparamos los vestidos, los zapatos y las muñecas; y luego el tamaño del sujetador, los novios, el peso, y la capacidad de cocinar y la limpieza de nuestros hogares. Cuando no tenemos mucho éxito en un aspecto de nuestra vida, a veces encontramos consuelo al ver que alguien más tiene menos éxito que nosotras en eso. Es el alivio que experimentamos cuando entramos a la casa de una amiga o vecina y encontramos montones de ropa y juguetes en el suelo; o el sentimiento de frustración al entrar en una casa que está absolutamente limpia y libre de polvo y en la que están horneando pan casero. Inmediatamente empezamos a comparar. Es una reacción natural.
No hay nada más cruel que la comparación que surge a veces entre las madres. Como madres, tenemos un insaciable impulso de tener éxito en la crianza de nuestros hijos. Todas hemos sentido esa presión de que nuestros hijos sean los mejores vestidos, los que logren las mejores calificaciones, o los que demuestren los mejores talentos. Podemos llegar a ser culpables de medir nuestro éxito en base al desempeño de nuestros hijos. Podemos comparar los estilos de crianza, los estilos de disciplina, los métodos de enseñanza, e incluso la espiritualidad de nuestros hijos. Cuando sentimos que están por debajo de nuestro potencial en comparación con el potencial de los demás, comienza un juego tormentoso que impulsará a los padres a hacer las cosas más absurdas. Este es el caldo de cultivo del que brotan las madres de que presionan a sus hijos sin piedad y que hacen que se comporten de una manera demencial en las actividades deportivas solo para que sus padres puedan ver que están siendo superiores a los demás niños.
Al ver la historia de Elisabet, la madre de Juan el Bautista, podemos llegar a la conclusión de que, para ser madres guiadas por el Espíritu Santo que crían a niños con un destino profético, tenemos que liberarnos del círculo vicioso de la comparación. Tenemos que liberar a nuestros hijos para que sean los individuos únicos que Dios los ha llamado a ser, aunque esto represente hacer el ridículo o una vergüenza potencial. Para comenzar, Juan, el hijo de Elisabet, ni siquiera tenía un nombre común. Estoy segura de que cuando Juan decidió que lo único que quería usar era pieles de camello, su reputación no mejoró mucho. ¡Imagínese la presión social que la familia experimentó cuando Juan decidió comer solo langostas! Elisabet tuvo que superar todas las comparaciones entre madres y simplemente permitir que su hijo fuera aquello para lo que Dios lo creó. No podemos tener miedo de permitir que nuestros hijos usen pieles de camello, aunque esa no sea la última tendencia de la moda para niños. Destacarse y ser diferentes puede ser el plan divino para nuestros hijos, pero eso requerirá que enterremos nuestros deseos de que sean aceptados o populares. 

Los agitadores del Reino no fueron diseñados para adaptarse a patrones, sino para romperlos. A veces tenemos que permitir que Dios haga eso a través de nuestros hijos, y eso por naturaleza significa que no siempre van a ser como la sociedad espera.
Los niños, con sus personalidades únicas, no fueron creados para ser medicados, etiquetados y simplemente tolerados. Lo que el mundo diagnostica como un trastorno, defecto o falla psicológica, puede ser en realidad la composición genética del destino. Lo que parece indeseable o difícil de tratar en nuestra sociedad puede ser el plan del Reino. 

¿Qué personaje importante en la historia bíblica, o incluso en la historia contemporánea, llegó a cambiar el mundo por ser normal? Sin embargo, sentimos la presión como padres de ajustar a nuestros hijos a un molde llamado “normal”. Este es el plan del enemigo, porque “normal y equilibrado” es igual a “cómodo y complaciente” en el Reino. Jesús predicó un evangelio radical y vivió una vida radical, y no tuvo nada de “normal”. Y de nuevo lo digo, a medida que se acerca su regreso, Dios está levantando una generación de “Juanes Bautistas” que sacudirán nuestra nación y el mundo con un estilo y un mensaje que será de todo menos normal o equilibrado. Dios mismo dice que Él odia las cosas tibias (Apocalipsis 3:16). 

Las temperaturas altas o bajas exigen una reacción, y así es como Dios desea que vivamos como creyentes. Esto comienza, sin embargo, con las madres del Reino, que no tendrán miedo o reprimirán lo que Dios ha ordenado en sus hijos.

TODO CAMBIA (A VECES)

Santiago 1:17

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza (cambio), ni sombra de variación.”

La vida cambia. Las personas cambian. Las circunstancias cambian.


El filósofo griego Heráclito dijo “No hay nada permanente excepto el cambio”.

Puedes tener un trabajo hoy y perderlo mañana. Ese pequeño dolor que estás sintiendo hoy  puede convertirse en una enfermedad grave. La amiga que conoce todos tus secretos hoy puede traicionarte mañana. Quizás te mudes de casa, de ciudad o de país. Las finanzas suben y bajan. Los hijos crecen. Los trabajos cambian. Los amigos vienen y van. A veces para bien, a veces para mal, el cambio es inevitable.

         Pero hay Alguien que nunca cambia.

Hebreos 13:8

Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.”

         Él nunca cambia. Permanece igual. Nuestro Padre Celestial no. En ocasiones sientes que Dios está presente de manera poderosa. Otras veces, atraviesas por cambios en tu vida y sientes que Dios no está ahí, pero está. Él no cambia. Su amor, Su gracia, Su misericordia y Su fidelidad no cambian.

         ¿En qué momento estás hoy? ¿Estás sintiendo la presencia de Dios, disfrutando una época de bendiciones? Reconoce a Dios bendiciéndote y dándote toda dádiva perfecta. Él está ahí. El no cambia.

         ¿Los días pasan sin que nada bueno ni malo suceda? Dios está ahí. Utiliza este tiempo de calma para orar, estar en la Palabra y acercarte más a Dios. Los soldados se preparan para la batalla cuando no hay guerra. De igual forma debemos prepararnos nosotras para cuando la tormenta llegue.

         ¿Estás en el medio de la tormenta? El viento sopla con fuerza, la lluvia cae sobre ti y no sabes cómo seguir adelante. También ahí está Dios. Si tu casa está firme sobre la roca, va a aguantar cualquier tormenta que pueda llegar (Mateo 7:24-27).

         La gente cambia, las circunstancias cambian, la vida cambia. Recuerda que el cambio es inevitable. Recuerda que Jesucristo no cambia. Que está ahí para ti. Siempre fuerte, inamovible, invariable. El es tu Roca. Párate en El, en Su Palabra.