EN QUIEN CONFIAS?


En noviembre de 1947, Harry S. Truman, el trigésimo tercer presidente de los Estados Unidos, instó a las Naciones Unidas a dictar una resolución que dividiera Palestina entre los estados judío y árabe.

Posteriormente, Truman expresó su confianza en el renacido estado de Israel, diciendo: «Creo que tiene un glorioso futuro como otra nación soberana, pero también como una encarnación de los grandes ideales de nuestra civilización».

Resulta interesante que uno de los líderes espirituales de esa nación manifestara desde entonces menos confianza en su propio pueblo. El difunto rabino Meir Kahane (1932-1990) indicó que temía que sus compatriotas tendieran a apoyarse más en sus aliados que en Dios, que es su verdadera fuente de grandeza.

El rabino Kahane, que también fundó la Liga de Defensa Judía en los Estados Unidos, escribió: «Mientras los judíos tengan al menos un aliado, estarán convencidos […] de que su salvación vendrá de esa alianza. Únicamente cuando estén solos, aun en contra de sus esfuerzos e intentos desesperados, tendrán que recurrir, sin otra alternativa, a Dios».

Si los comentarios del rabino permiten una comprensión profunda, lo que expresó sobre Israel también debería decirnos algo sobre nosotros. ¿Quién de nosotros no tiende a poner su esperanza y confianza en prácticamente cualquier cosa que no sea el Dios que nos hizo para sí mismo?

Vernos reflejados en la historia de Israel es una experiencia que nos obliga a pensar, pero que también puede inspirarnos. Si estudiamos bastante los hechos del pueblo elegido, veremos que Dios eligió a esa nación para beneficio de todos.

Por ejemplo, es valioso que todos sepamos que Dios no eligió a Israel porque era importante (Deuteronomio 7:6-8). Escogió un pueblo pequeño y débil, que no era mejor que ningún otro, para demostrar lo que podía hacer por aquellos que confían en Él.

Por el contrario, vemos que el Señor eligió a una nación para mostrarnos que nadie encarna los grandes ideales de nuestro Creador mientras dependa de cualquier persona o cosa que no sea Él, que nos creó para sí.

No hay otro evento en el que ambos aspectos adquieran más importancia que en las circunstancias que rodean el nacimiento y la muerte del Mesías esperado de Israel.

Según el autor de Mateo, en los días del rey Herodes llegaron a Jerusalén sabios de oriente que preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle» (Mateo 2:2).

Mateo sigue diciendo que Herodes no fue el único que se alarmó ante aquellas noticias. Escribió: «Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él» (2:3).

Al compartir los sentimientos del rey, el pueblo de Jerusalén demostró que no estaba preparado para la aparición del Mesías.

Treinta años después, un profeta llamado Juan el Bautista confirmó que Israel no estaba listo para su Salvador. Instó a sus compatriotas a reconocer los pecados que les impedían abrazar los grandes ideales del reino de Dios.

Sin embargo, esa vez fueron los líderes de la nación los que se sintieron amenazados, no solo por Juan, sino también por Aquel a quien él llamó «el Cordero de Dios» (Juan 1:36).

Después de tres años de oír sobre el Rabino de Israel que hacía milagros, e incluso de verlo, los envidiosos líderes le pidieron ayuda a Roma para deshacerse de Jesús.

En ese momento, la estrategia divina de uno para todos se cumplió de manera inesperada. En el momento más deplorable de la historia judía, Dios usó los insultos, los latigazos y los clavos de Sus enemigos para encarnar el mayor episodio de justicia, misericordia y amor divino que el mundo ha conocido.

En el supremo rescate de uno para todos, el Hijo de Dios, hecho carne en un judío perfecto, voluntariamente pagó el precio por los pecados de todo el mundo. Después de tres días en una tumba prestada, se levantó de los muertos para ofrecer perdón e inmortalidad a todo el que confiara en Él.

Tal ironía solo podía provenir de Dios. ¿Quién más podría usar nuestros peores pecados como una oportunidad para atraernos a sí mismo? ¿Quién, sino Dios, podría usar la muerte de Uno para ofrecer vida a todos? ¿Quién, sino nuestro Creador, podría emplear para beneficio de la humanidad entera a una nación que refleja nuestras peores inclinaciones? ¿Quién, sino nuestro Dios, podría darnos un Hijo y Salvador que realmente personifica la justicia, la misericordia y la inmortalidad para la que fuimos creados?

Padre celestial, gracias por usar un «pueblo elegido» para contarnos nuestra propia historia. Sobre todo, gracias por usar esa nación para que nos naciera un Rey que estuvo dispuesto a morir sufriendo de manera indecible, para compartir los grandes ideales de Su reino con nosotros.

EL DIA QUE DIOS MURIO


El 8 de abril de 1966, la tapa de la revista Time preguntaba en letras en negrita: «¿Dios está muerto?». El artículo principal describía el trabajo de varios teólogos que ya no se adherían a los conceptos tradicionales de Dios. Coincidían al concluir que el Dios de nuestros padres no había sobrevivido a la aparición de los conceptos de la evolución y del control de la natalidad.

El debate que seguía no se relacionaba tanto con Dios, sino con nosotros. Estábamos atravesando una década turbulenta; nuestro mundo cambiaba. Una guerra poco popular en Vietnam incitaba el uso de adhesivos en los automóviles, que decían: «Cuestionemos la autoridad». La ciencia y la tecnología mejoraban nuestra vida y nos hacían perder conciencia de la necesidad de un Dios sobrenatural.

Otras razones para pensar que Dios está muerto. Los cuestionamientos a la imagen tradicional de Dios se multiplicaron en las décadas subsiguientes. No todos eran seculares. Las estafas a los consumidores en los programas religiosos por televisión expusieron al Dios de la Biblia al ridículo público. Las promesas de «bendiciones a cambio de dinero» asociaron el nombre de Cristo con fraudes que sugerían: «sea rico ya» o «adelgace de inmediato». Últimamente, en los medios públicos aparecieron pruebas de abusos por parte del clero. Con esos informes, surgieron historias de víctimas que, por esos abusos, ya no consideraban al Dios de la iglesia una opción real.

Sin embargo, los iluminados por la ciencia o los desilusionados por los líderes religiosos no son los únicos que hablan de la muerte de Dios.

La Biblia también habla de la muerte de Dios. El Dios de la Biblia estaba tan conmovido por el daño que las personas se hacen a sí mismas, que ciertamente eligió morir por eso. En un determinado momento de la historia, el Dios eterno cerró Sus ojos y dejó de respirar. Bajo el peso de los pecados del mundo, Su cuerpo cayó agotado y sin vida. En aquel instante, Dios estaba muerto, no sólo según la percepción de otros, sino en un tiempo y en un lugar reales.

Al afirmarlo, la Biblia va mucho más allá de las portadas y las páginas de la revista Time. En vez de preguntar: «¿Dios está muerto?», la teología bíblica nos deja un misterio que sobrepasa la comprensión humana (1 Timoteo 3:16). La segunda Persona de un Dios que es tres en uno se transformó en un hombre real para morir de verdad por nosotros (Juan 1:1-3,14; Filipenses 2:5-11).

A medida que se revela este incomparable drama, vemos que la muerte física no fue el mayor sacrificio de nuestro Señor. Aun antes de soltar Su último aliento en una cruz romana, soportó la oscuridad infernal de la separación espiritual de Su Padre celestial. Cuando los cielos se oscurecieron a mediodía, Su gemido angustiado hizo eco en las cámaras del cielo y de la historia: «¿Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46).

Según la Biblia, nuestro Creador soportó esa muerte agonizante para venir a rescatarnos.

Lo que la muerte de Dios nos dice sobre nosotros mismos. Los que tendemos a considerarnos víctimas más que infractores podríamos inferir que la muerte de Cristo probablemente diga más de la maldad de otros que de nosotros mismos. Siempre podemos señalar a alguien que pensamos que nos dio una excusa para reaccionar sin amor.

Pero, si nos detenemos en el sufrimiento de Cristo, obtenemos un cuadro diferente. Si la Biblia está en lo cierto, Él no murió solamente por los pecados de cualquier otra persona. Él murió por nosotros (Juan 3:16; Romanos 5:8). El dolor que soportó dice muchísimo sobre la extrema naturaleza de nuestra necesidad (Romanos 3:10-20).

Cualquiera que quiera ser incluido en la muerte de Cristo debe admitir que, a los ojos de Dios, nuestros propios pecados están a la altura de quienes violan las leyes federales con delitos penados con la muerte. La magnitud de Su sacrificio dice que, sin Su intervención, seguiríamos siendo delincuentes condenados, sin esperanza y aguardando en el «pabellón de la muerte» lo que la Biblia denomina «la muerte segunda» (Romanos 6:23; Apocalipsis 20:14).

Cómo la muerte de Dios puede ayudarnos a encontrar vida nueva. Las Escrituras no dan esperanza para los que no creen que Cristo sufrió por ellos. Sin embargo, ofrece una vida completamente nueva para los que creen que Él vivió y murió en lugar de ellos. Tal como los que son incluidos en un programa de protección para testigos, aquellos que encuentran refugio en el Hijo obtienen una nueva identidad. En Él, se esconden los pasados problemáticos (Colosenses 3:3). Adoptan Su nombre, reciben Su Espíritu y se convierten en templos del Dios viviente (1 Corintios 3:16; 6:19).

Los que permiten que el Espíritu de Cristo se manifieste en ellos son un antídoto contra el concepto de que «Dios está muerto». Su felicidad y sus lágrimas se transforman en una muestra silenciosa del amor, el gozo y la paz de un Dios que está vivo y que extiende Su mano a la humanidad a través de Sus hijos. Nadie lo hace a la perfección, pero lo que más se necesita son personas imperfectas, angustiadas y agradecidas que cada vez tienen más deseos de permitir que Cristo viva Su vida a través de ellos (Romanos 8:11).

¿Cómo podemos lograr este compromiso? Comencemos mirando a Jesús nuestro Señor andando por el huerto de Getsemaní hacia la página central de la historia humana. En el camino, gime: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». Luego, en medio de una multitud que gritaba, en una colina fuera de los muros de Jerusalén, voluntariamente soportó el peso eterno de nuestro pecado y de nuestra muerte; lo hizo por nosotros.

Padre celestial, no queremos dejar de agradecerte nunca el precio que pagaste por nosotros. Sin embargo, nos distraemos tan fácilmente. Ayúdanos en este día a renovar nuestra gratitud por la muerte de tu Hijo. Usa la consagración de este momento para dejar que tu vida se manifieste en nosotros hoy.

DIOS EN EL BANQUILLO?


Tras sobrevivir a los horrores de los campos de concentración nazis, Elie Wiesel escribió una novela titulada El juicio de Dios. El autor, dejando entrever su propia crisis de fe, creó un personaje que acusa a Dios de «hostilidad, crueldad e indiferencia» por haberle dado silenciosamente las espaldas a Su pueblo en momentos de necesidad. En la trama, el único que acude a defender a Dios es un extraño que resulta ser el demonio.

El falso juicio de Wiesel está escrito en la tradición de un drama mucho más serio, contenido en una de las historias más antiguas de la Biblia. En el libro de Job, en el Antiguo Testamento, Dios es acusado de agravios no solo por Su peor enemigo, sino también por uno de Sus mejores amigos.

En la narrativa bíblica, Satanás acusa a Dios de comprar la lealtad de un hombre llamado Job. Según la opinión del adversario, ese hombre sigue siendo fiel al Señor a cambio de la disposición de Él de prosperar y proteger a su familia, su dinero y su salud.

En respuesta a esa acusación, el Creador le permite al diablo probar las motivaciones y la lealtad de Job mediante una serie de pérdidas personales. Los infortunios son tan trascendentales que tres de los amigos del protagonista dejan sus hogares para sentarse con él durante siete días en un silencioso sufrimiento.

Al principio, ante el repentino cambio de suerte, Job reacciona con dominio propio y reverencia, pero su dolor y amargura son tan grandes que, al final, se derrumba y acusa al Todopoderoso por los agravios. Sus tres consoladores se ponen tan nerviosos cuando oyen lo que dice Job, que se proclaman defensores de Dios y le dicen al patriarca que merece el sufrimiento que padece.

¿Qué están pensando sus amigos? Después de oír que Job se vuelve en contra de Dios, sus consoladores creen que saben la causa de sus pesares. Están convencidos de que, en la vida, «cosechamos lo que sembramos», y se respaldan mutuamente argumentando que existe una relación directa entre las pérdidas del patriarca y algún traspié moral secreto que se niega a admitir (Job 4:7-8). Insisten una y otra vez sobre la misma lógica. Dios no comete errores; cuando sufrimos, obtenemos el fruto que produjeron las malas semillas que plantamos.

En realidad, los amigos tienen razón desde el punto de vista teológico. Están en lo cierto al decir que Dios no castiga el bien ni premia la maldad. Pero, al tratar de defender a Dios de la injusticia de la que lo acusa Job, desvirtúan tanto al patriarca como al Señor.

Como resultado, nos encontramos con una extensa lista de argumentos entre Job y sus amigos donde el patriarca defiende su inocencia y sus visitantes lo acusan de encubrimiento.

¿Qué está pensando Job? Los pensamientos de Job sobre Dios podrían sorprendernos. En lugar de decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», en realidad, expresa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué no me dejas tranquilo?». En vez de pensar que el cielo ignora su agonía, suspira y jadea, declarando: «¿Qué es el hombre para que lo engrandezcas, para que te preocupes por él, para que lo examines cada mañana, y a cada momento lo pongas a prueba? ¿Nunca apartarás de mí tu mirada, ni me dejarás solo hasta que trague mi saliva? ¿He pecado? ¿Qué te he hecho a ti, oh guardián de los hombres? ¿Por qué has hecho de mí tu blanco, de modo que soy una carga para mí mismo?» (Job 7:17 LBLA).

Lo que Job no entiende es que el tribunal celestial había declarado como prueba inadmisible la conversación anterior entre Dios y Satanás, la cual explicaría su sufrimiento.

Un final inesperado. Cuando Dios habla en último lugar, no le explica a Job por qué lo dejó sufrir. Tampoco culpa al diablo por lo sucedido. El Señor del cielo ni siquiera les agradece a los tres amigos por tratar de defender el honor del Todopoderoso.

En cambio, en una jugada inesperada, habla desde una tormenta. En efecto, llama a Job al estrado de los testigos y le hace preguntas como: «¿Dónde estabas cuando yo hice el mundo? ¿Puedes comprender cómo lo hice? ¿Puedes hacer lo que hice yo?». Luego, Dios habla sobre el clima, el viento que cambia todo el tiempo y las nubes que acumulan agua y la liberan cuando se les ordena. Con argumentos finales que parecen no proceder de ninguna parte y a la vez de todos lados, el gran Juez del universo presenta una serie convincente de pruebas físicas.

La lógica es clara: «Si soy suficientemente poderoso y sabio para crear Orión en el cielo nocturno, un buey salvaje y un avestruz, ¿puedes confiar en mí mientras atraviesas el problema que permití en tu vida?».

Las quejas de Job son silenciadas. El argumento de sus acusadores queda invalidado. El mundo natural como testigo de la sabiduría y el poder ilimitados de Dios es suficiente para poner al patriarca de rodillas y hacerlo volver a sus cabales.

Y ahora, mientras nosotros somos probados, un águila se eleva en el cielo, un árbol hunde sus raíces profundamente en la rica tierra y despliega sus ramas al sol, un lobo aúlla, las ovejas merodean en busca de pasto, la luna llena ilumina la noche… mientras Dios espera que se recuerde el verdadero juicio de Su Hijo a nuestro favor.

Padre celestial, reconocemos con Job que las evidencias de tu poder y sabiduría que vemos en la creación que nos rodea son suficientes para poner en duda cualquier acusación en tu contra.

NUESTRA NECESIDAD MAS GRANDE


Contrario a la opinión pública, la necesidad más grande del ser humano no es el sexo, sino el compañerismo. Tener al lado alguien con quien compartir la vida. Para que los primeros dos seres humanos se juntaran y así reflejar la unidad que existe entre las tres personas de la Trinidad, Dios creó en Adán un hueco que sólo se podría llenar con el compañerismo de otro ser humano. Dios

no pretendía que Adán fuese un hombre dependiente, incapaz de velar por sí mismo, ni independiente, indispuesto o incapaz de admitir la influencia de otros, sino interdependiente (1 Co. 11:11), una persona con algo que ofrecer a los demás y a la vez capacitada y dispuesta a admitir la influencia y la ayuda de otros.

Cuando Dios dice que la soledad de Adán no es buena (Gn. 2:18), de ninguna manera deberíamos entender que esta situación lo tomó por sorpresa. La soledad de Adán representaba la estrategia divina para empujarlo a establecer una relación con Eva, con el propósito de

que los dos reflejaran la unidad que existe entre las personas de la Trinidad. Tampoco deberíamos entender que la soledad de Adán equivalía a un defecto. Aunque creado de forma perfecta, Adán no dejaba de ser incompleto. El hecho de crear a Adán incompleto no es menoscabo de su perfección. Lo que Dios hizo era perfecto.

La importancia de las palabras «no es bueno», es subrayada en el hecho de que toda el resto de la creación era buena en el sentido de terminada y completa. Había sólo una excepción: la soledad de Adán. Mirando hacia arriba podía adorar a Dios. Mirando hacia abajo podía dominar a los animales. Pero al mirar a su alrededor no encontraba a nadie con quien compartir su vida. Es im

portante recordar que las palabras «no es bueno» fueron dichas antes de la caída. Según la opinión de Dios, la relación tan íntima y directa que Adán tenía con Él no era suficiente. Dios creó a Adán con una necesidad que la presencia divina no podía suplir. Si el hombre necesitaba una «ayuda idónea» antes de caer en el pecado, ¡cuánto más ahora con todos los estragos que el pecado ha causado en su vida!

El compañerismo que resulta cuando dos cónyuges cultivan y persiguen la unidad en su matrimonio, resuelve tres de los grandes problemas que tienen sociedades altamente industrializadas y urbanizadas. En primer lu

gar, hay un énfasis en las posesiones en vez de en las personas. La gente se afana por comprar cosas que no necesita, con dinero que no tiene, al tragar la publicidad que insiste en que no puede vivir sin la velocidad o el lujo de cierto coche, la atracción de cierta prenda, o el placer que la última tecnología le proveerá para sus gustos musicales y visuales. La pareja que cultiva la unidad en su matrimonio sabe que no se trata de posesiones sino de personas.

En segundo lugar, el ser humano se ha despersonalizado y ha llegado a ser u

n simple número. El trabajo de muchos empleos se realiza en cadena. Luego, el producto que el hombre fabrica adquiere una importancia que supera a su creador. Y para colmo, sus mismos logros se convierten en el centro de su vida, y él, su creador, les sirve como un esclavo. ¿Cuántos hombres se han divorciado de manera figurada de su esposa para casarse con su computadora? El cónyuge que cultiva la unidad en su matrimonio descubrirá que la persona de su pareja adquiere una importancia cada día mayor.

Por último, existen pocas relaciones íntimas y personales. En la gran ciudad, en contraste con el pueblo, no conocemos a nuestros ve

cinos. Vivimos rodeados de centenares de personas, pero nos sentimos tremendamente solos. Y en realidad estamos solos. El ritmo de la vida ha aumentado de tal modo que es casi imposible establecer relaciones significativas. ¡No hay tiempo! Y las pocas amistades que se hacen parecen ser «sin depósito», como una lata de Coca Cola. Hay poco compromiso. Cuando la persona cree que su matrimonio deja de serle útil o conveniente, no le cuesta nada abandonarlo, echándolo a la basura como si fuese una lata de refresco.

Después de pronunciar en el versículo 18 las palabra

s «no es bueno», era de esperar que Dios procediese de forma directa a la creación de Eva. Sin embargo, siguió otra estrategia. En primer lugar, requirió que Adán diese nombres a todos los animales, probablemente con el propósito de convencer a Adán de su necesidad de compañerismo con otro ser humano (vv. 19, 20). Después proveyó una compañera para Adán (vv. 21, 24).

Hay dos posibles razones por las que Dios no permitió que Adán participara o estuviese consciente mientras creaba a Eva. En primer lugar, quería mostrar a Adán que no era superior a Eva. Si Adán hubiese tenido la más mínima parte en crear a Eva, se habría enfrentado con la tentación de considerarse superior a ella y propietario suyo. Empleando una interpretación alegórica de las Escrituras, Agustín refleja esta idea al decir que «la mujer fue creada de la costilla del hombre: no de la

cabeza para dominarla, ni de sus pies para ser pisoteada por él, sino de su costado, para ser igual a él, bajo su brazo para ser protegida, y cerca de su corazón para ser amada». Eva también fue creada a la imagen de Dios. Aunque de temperamento diferente, poseía todo lo que tenía el primer hombre, precisamente para serle una ayuda idónea. La mujer no es inferior al hombre, sino igual en cuanto a su valor intrínseco como ser humano.

Una segunda posible razón para no dejar que Adán participara en la creación de Eva era demostrar a las generaciones siguientes que una esposa es un regalo excepcional de Dios, alguien q

ue sólo Dios es capaz de dar (Pr. 18:22). Es muy romántico pensar que hay una sola persona en todo el mundo capaz de suplir nuestra necesidad de compañerismo. Aunque no quieras decírselo a tu prometido o pareja, la realidad es que hay muchas personas que por sus características y personalidad encajarían perfectamente con nuestra forma de ser. Pero aun siendo éste el caso, nos quedamos con la tarea difícil de encontrar a una de esas personas. Necesitamos la dirección de Dios para encontrar a la persona que será la ayuda idónea para nosotros como compañera.

En este día de tanto énfasis sobre

el sexo, es importante recordar que la necesidad más grande del ser humano no es el sexo, sino el compañerismo. Tan importante y fuerte es esta necesidad que cuando

comienza a suplirse, una persona es ca

paz de cometer verdaderas locuras con tal de conservarlo. ¡Cuántas personas

han tirado por la ventana un futuro prometedor, rechazando el consejo sabio de am

igos y familiares, para casarse con alguien que no les merecía ni les convenía, sino que les trajo una vida repleta de problemas, sólo porque ese alguien les mostró un poco de atención y empezó a suplir su necesidad de compañerismo!

Durante la Revolución Francesa, en el siglo XVIII, muchos prisioneros políticos fueron encarcelados en la famosa prisión llamada La Vieja Bastilla. Fueron encarcelados en celdas, aislados de cualquier cont

acto con otras personas. Al final de la guerra, muchos de estos prisioneros se encontraban en un estado de idiotez. No es natural que un hombre viva solo; necesita el compañerismo de otras personas.

DISEÑO EXCLUSIVO DE DIOS


Para una mujer sentirse contenta, feliz y en paz, necesita sentirse valorada y querida por aquellos que la rodean. Cuando la mujer no recibe esa retroalimentación de parte de su entorno, su valor propio se ve afectado, lo cual le puede causar mucho daño. Para tratar de salir de esos estados mentales y emocionales de sentirse con poco valor, la mujer necesita distinguir de forma objetiva, con un alto toque de realidad, aquello que Dios depositó en su vida en el momento de su manifestación.

Cuando escuchamos hablar de un “diseño exclusivo”, quizás pensamos en un vestido especialmente creado para alguien, con detalles únicos, no repetidos. El diseñador sólo creó uno, para una sola persona, con un estilo que nadie tiene. Como luce ese vestido, no luce ningún otro.

Obviamente el valor de algo exclusivo es más elevado. Por ejemplo, vivir en un lugar “exclusivo” añade valor a esas propiedades. Un auto con diseños “exclusivos” siempre es más costoso. En un sentido mucho más espiritual y significativo, eso somos las mujeres en manos de nuestro Creador: su diseño exclusivo. Ningún ser humano es igual a otro. Todos hemos sido creados diferentes. También, todos hemos sido creados a la imagen y semejanza de Dios. Nuestra exclusividad se basa en el hecho de que cada uno de nosotros se encarga de enseñar algo diferente del Dios que nos hizo a su imagen y semejanza. Todos tenemos características divinas, pero exclusivas en cada uno de nosotros.

La manifestación de la mujer completó la creación y entonces se hizo posible el mandato divino de multiplicación y fructificación. Sólo su manifestación plena culmina la obra de Dios. Su manifestación va amarrada de la conciencia de aquellas cualidades que son únicas en las mujeres. Miles de libros hablan de las diferencias entre los hombres y las mujeres. Todas esas aseveraciones son muy buenas, pero desafortunadamente mucha gente le presta atención solamente a quién es mejor que quién, cuando en realidad, cualquier diferencia que tenga el hombre de la mujer es sencillamente normal y no necesariamente significa que hay uno de ellos que esté por encima del otro.

Si Dios hubiese querido dos seres iguales, ciertamente tiene la capacidad de haberlo hecho así. Pero Dios decidió hacer diferentes al hombre y a la mujer. Ninguno es mejor que el otro. Simplemente son diferentes y no debe ser novedad para nadie; ha sido de esa manera desde el principio. El hombre tiene unas cualidades que la mujer no posee y no entiende, de la misma forma que la mujer posee cualidades que el hombre no posee ni entiende. Esto no debe ser motivo de separación, como sucede en tantas ocasiones. Debería en realidad ser motivo de unidad. Dios lo hizo así para que cada uno fuera complemento del otro.

DIOS PONE EN TI LOS DESEOS


Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón. —Salmos 37:4

En hebreo, la palabra deléitate puede referirse a ser flexible o disfrutar algo. Cuando comenzamos a disfrutar nuestra relación con Dios, Él satisfará los deseos de nuestro corazón. Este pasaje puede entenderse de dos maneras. El significado principal es la palabra deseos, que en hebreo simplemente significa “la petición o solicitud de nuestro corazón”. El significado simple es que nuestras oraciones y peticiones serán respondidas.

Un segundo significado implícito es que Dios nos da esos deseos, es decir, lo que sentimos en nuestro corazón y espíritu fue puesto ahí por el Señor. El deseo del que estoy hablando otra palabra hebrea, ta’avah, que significa “añorar algo o deleitarse en ello”. Esta palabra se encuentra en los siguientes pasajes:

Lo que el impío teme, eso le vendrá; pero a los justos les será dado lo que desean. —Proverbios 10:24

El deseo de los justos es solamente el bien; mas la esperanza de los impíos es el enojo. —Proverbios 11:23

La esperanza que se demora es el tormento del corazón, pero árbol de vida es el deseo cumplido. —Proverbios 13:12

El deseo cumplido regocija el alma; pero apartarse del mal es abominación a los necios. —Proverbios 13:19

Una visión o sueño positivo puede en efecto motivar y avivar el deseo de que se realice. Sin embargo, puede requerir de una temporada de paciencia y de guardar cuidadosamente nuestros corazones para evitar que el sueño se muera dentro de nosotros. Piénselo, el lugar donde han muerto más sueños es el cementerio local. Muchas personas han muerto sin haber visto cumplirse aquellos deseos que fueron forjados en su mente o que surgieron en su espíritu. Tal vez decían: “Posiblemente cuando tenga más tiempo”, “Cuando tenga el dinero”, o: “Cuando se abra la puerta”, y nunca persiguieron sus sueños.

LA BENDICION DE SHALOM

Activar las bendiciones de Dios involucra habitar en la paz o la shalom de Dios; la cual es una palabra que incluye prosperidad, seguridad, salud, protección, fertilidad y abundancia. De acuerdo con la definición hebrea, podemos sustituir la palabra prosperidad por shalom (paz).

La religión nos ha condicionado a creer que la vida debe estar llena de problemas y que un día, tarde o temprano, iremos al cielo y entonces tendremos paz. La paz no es solamente para el cielo, sino también para este momento en la tierra. Sus días no deben estar llenos de problemas; eso no quiere decir que no tendrá problemas, pero podemos decirle a los problemas que se vayan. No debe vivir una vida de preocupación y angustia. La paz es suya. La prosperidad es suya. Incluso en medio de problemas, todo ello no le quitará su paz.

Todo el mundo está buscando paz. Pero solamente hay un camino hacia la paz y es por medio de Jesús. Él dice: “Yo soy el camino . . . ” (Juan 14:6).

Dios es Jehová–shalom (el SEÑOR es paz) (Jueces 6:24). Tener a Jesús en su corazón es el camino hacia la paz. Sin Jesús, no hay paz. Es entonces que viene la prosperidad, es entonces que viene la bendición. La paz es lo que usted posee como santo de Dios. Usted también es un pacificador y de acuerdo con Mateo 5:9, es bienaventurado. Usted llevashalom adondequiera que va, porque Jesús está en su interior. Usted puede cambiar completamente la atmósfera de un lugar, porque el Príncipe de Paz vive en su interior. Este es su pacto.

¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! --Romanos 10:15

El evangelio es que Jesús vino y murió para que pudiéramos experimentar la shalom de Dios. El castigo (el precio) de nuestra paz fue cargado sobre Él. Él fue azotado y crucificado para que pudiéramos tener paz. Todo aquel que cree en el Mesías y se somete a Él, puede tener paz.

Podemos tener prosperidad y vivir seguros, y todas las malas bestias serán echadas de nuestra vida. No seremos atormentados por demonios. Tendremos la bendición de Dios. Es la garantía de su pacto de paz. Le pertenece a los santos de Dios. Así que no importa qué tan mal estén las cosas, no permita que el enemigo se robe su paz y su shalom.

No importa lo que suceda, diga: “Jehová–shalom, Tú eres mi paz. Tú eres mi prosperidad. Tú eres quien me da shalom. Me niego a ser atormentado por el enemigo, engañado, agobiado, oprimido, pobre o arruinado. Me niego a no tener la paz de Dios, porque Jesús fue castigado por mi paz. Soy un santo de Dios. Estoy bajo el pacto. Tengo el derecho a la paz. Puedo caminar en ese pacto. Podrán caer mil a mi lado y diez mil a mi diestra, pero a mí no llegará, porque tengo un pacto de shalom”.

Comprenda que esto no es algo que vendrá un día. Está aquí y es suyo. Jesús es el Príncipe de Paz. ¿Tiene a Jesús en su interior? Su paz es sobrenatural. Ya está hecho. Todo lo que debe hacer es caminar en fe y será suyo. Esta es la razón por la que vino Jesús.