MARTA O MARIA?


Cuando leo este pasaje surge en mi corazón cierta inevitable sensación de culpa. Me gustaría ser como María, pero la presión de la vida frecuentemente me lleva a ser más como Marta. Eso no quita que admire a María, pues me parece que ella representa el ideal al cual me gustaría arribar, la persona que logra desligarse de las interminables tareas de cada día para sentarse, absorta, a los pies de Cristo. En ocasiones, incluso, he utilizado la imagen de María para animar a algún hiperactivo a que intente reducir la intensidad de sus actividades para que pase más tiempo con el Señor. El problema es que mis mejores esfuerzos nunca parecen lograr el escurridizo equilibrio que tanto anhelo.

En la intimidad de mi corazón, sin embargo, confieso que considero a María poco práctica, desentendida de obligaciones que no se pueden ignorar. Entiendo el fastidio de Marta. Ella escogió una actividad menos «espiritual» que estar sentada a los pies de Cristo, pues... ¡alguien tenía que ocuparse de la comida! ¿O no?

Yo también llevo una Marta en mi corazón que me recuerda, a cada rato, que no me olvide de la familia, que no desatienda el trabajo, que asista a cuantas reuniones pueda, que realice las llamadas y escriba los correos que tengo pendientes. En fin, Marta no admite que existan momentos en que «pierda» tiempo, porque es tanto lo que aún queda por cumplir.

No se trata de elegir

¿Por qué nos dejaría Lucas esta historia si lo único que produce en es frustración? ¿El llamado de Jesús en ella consiste simplemente a lograr mayor equilibrio entre las responsabilidades de cada día y los momentos dedicados a buscar la presencia de Dios? Creo que un enorme porcentaje del pueblo de Dios, influenciados por la actual perspectiva de la vida espiritual entre los evangélicos, me darían la razón en lo siguiente: Esto es, precisamente, lo que Jesús quiso enseñar. El problema es que mis mejores esfuerzos nunca parecen lograr el escurridizo equilibrio que tanto anhelo.

Richard Foster, autor de «Alabanza a la disciplina», en otro libro describe a la perfección lo que yo experimento a diario:
«Dentro de nuestro ser existe un verdadero comité de personas. Está la tímida, la valiente, la administradora, la que es padre, la religiosa, la reflexiva, la activa. Y cada una de estas personas resulta ser obstinadamente individualista. No admite posibilidad de negociación o acuerdo. Cada una lucha desesperadamente por defender sus propios intereses. Si se toma la decisión de disfrutar de un momento de quietud en compañía de Chopin, la administradora y la responsable protestan airadamente por la pérdida de tiempo. La activa da a conocer su impaciencia y frustración, mientras que la religiosa nos recuerda las oportunidades de evangelizar o de estudiar la Palabra que se nos escapan…. Cómo no ha de sorprendernos que nos sintamos distraídos y tironeados. ¡Con razón vivimos bajo el peso de agendas recargadas e incesantes corridas!»

En la imagen que me presenta Lucas percibo que algo en la vida de Marta no funciona. Observo en su servicio una actitud de condenación hacia María y una expresión de reproche hacia al Señor, por avalar la aparente irresponsabilidad de su hermana, que resultan francamente desagradables. Ambas manifestaciones claramente revelan que algo en el corazón de Marta no está bien. Seguramente es allí donde debemos dirigir la mirada para descubrir el principio al que se refirió Jesús, cuando le dijo: «una sola cosa es necesaria».

La «cosa» necesaria

Cuando vuelvo a examinar el pasaje me doy cuenta dónde radica mi error. He pensado, seguramente arrastrado por la cultura activa de la que soy producto, que Jesús se refería a la acción de María. Según esta interpretación, es preferible estar sentado con Jesús que estar en la cocina preparando la comida. Como alguien tiene que ocuparse de la comida no encuentro la forma de aplicar esta verdad a mi vida.

La clave, sin embargo, parece que la ofrece esta frase: «pero Marta se preocupaba con todos los preparativos». Rápidamente realizo una búsqueda de la palabra «preocupaba» y descubro que, en griego, es la combinación de las palabras «peri» (hacia) y «spazo» (tirar, jalar). Algunas versiones utilizan el término «distraída», lo que me ayuda a entender que el problema aquí es falta de concentración. Marta ha dejado de prestarle atención al Señor porque los preparativos de la comida «tironean» su concentración, pidiendo que se enfoque exclusivamente en ellos. Es como si ella estuviera pensando: «o me quedo con Jesús o hago la comida, pero las dos cosas juntas ¡no las puedo hacer!»

De la errada perspectiva de Marta surge la pregunta que tantas veces he escuchado: «¿Está Cristo en primer lugar en tu vida?». La pregunta presupone que existen otros elementos o personas que pueden ocupar el segundo, tercer, cuarto o quinto lugar en mi vida. Pero el Nuevo Testamento no avala esta perspectiva, sino que afirma que Cristo es «la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo» (Ef 1.23). Es decir, no existe espacio en nuestra vida para otra persona que no sea Cristo.Si puedo estar concentrado en la persona de Cristo en todo momento, no es necesario identificar un lugar o una tarea actividad específica para lograrlo. Mi dificultad surge al creer que para estar enteramente entregado a Cristo debo abandonar mis quehaceres y, siguiendo el ejemplo de María, pasarme el día sentado en reflexión. Claro, desde esta perspectiva, ¿quién puede seguir al Hijo de Dios? Pero Jesús no le está enseñando esto a Marta, sino que le advierte a que no deje que los otros aspectos de la vida —preparación de la comida, limpieza de la casa, atención de la familia, responsabilidades del trabajo, actividades de la iglesia, deberes del ministerio, etcétera— atrapen de tal manera su interés que deje de prestarle atención a Cristo. Es decir, Marta bien se pudo haber dedicado a preparar la comida mientras seguía atenta al diálogo que Jesús sostenía con los demás. Escogió, sin embargo, que la comida ocupara toda su atención, desplazando la comunión con el Señor y empañando su perspectiva de lo que realmente era importante en el reino de los cielos.

Un nuevo camino

Si logro integrar el principio de estar enteramente concentrado en los asuntos del reino, cambiará radicalmente la forma en que vivo cada día. Descubriré, por ejemplo, que puedo muy bien practicar mi vida espiritual en medio del mal llamado «mundo secular», al que tanto miedo le guardamos los evangélicos. Si puedo estar concentrado en la persona de Cristo en todo momento, no es necesario identificar un lugar o una tarea actividad específica para lograrlo. Se trata, más bien, de una actitud interior en la que oriento todo mi ser hacia la comunión permanente con el Espíritu de Dios.

En el mundo de Marta no me queda más opción que ocasionalmente ubicar a Dios en las periferias de mi existencia, pues necesariamente tengo que atender otros asuntos de urgencia. María, sin embargo, me invita a permitir que Cristo sea el centro de toda actividad en que me involucro. No tengo que dejar lo que estoy haciendo para atender a Cristo, sino, más bien, permitirle que participe activamente en lo que yo estoy haciendo. De esta manera, me encuentre en el bus, en la cocina, entre amigos o en el trabajo, mi ser interior estará enteramente orientado hacia el Dios de mi salvación. Descubriré, en esta postura, una maravillosa fuente de comunión que le traerá orden y sentido a mi vida.

¿Se puede hacer el trabajo de Marta, mientras disfruto de la comunión de María? ¡Claro que sí!

SEGUROS EN CRISTO


“Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.”2º Timoteo 1:12

Las inseguridades comienzan cuando dejo que mis emociones tomen el control y no la verdad de la Palabra de Dios. NO puedo estar segura en Dios… sino le conozco realmente. Pablo dice: “yo se en quien he creído y estoy seguro”. Cristo es nuestro fundamento sólido, inamovible. “Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; Y el que creyere en él, no será avergonzado” 1 Pedro 2:6 “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su prop io Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” Romanos 8:31 al 39

1.Segura de mi salvación: Juan 10:27-29. Efesios 1:13

2.Segura de mi destino eterno.
1ºPe.1:3-4

3.Segura de ser su hija. Juan 1:12
4.Segura de la confiabilidad de Su Palabra y Sus promesas.
“Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones;” 2ªPe.1:19 5.Segura contra el ataque del enemigo. Efesios 6:11-17
6.Segura del control de Dios. “¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó?” Lam.3:37 Leí en un libro estas palabras: ¿Tienes a Dios? Porque si le tienes, tienes todo el amor y la vida , toda la dulzura y la ternura- todo lo que puede satisfacer el corazón y deleitar la mente. Tenerlo a Dios es tenerlo todo, aunque se esté despojado de todo. El ser destituido de Dio s es ser despojado de todo, aunque se tenga todo.( F.B.Meyer)
7.- Segura de Su Provisión y cuidado Salmos 91:1 ,Salmos 119:50: Salmos 73:28 “Pero en cuanto a mi , el acercarme a Dios es el bien; He puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas tus obras” . Hay tantas promesas, como arco iris de esperanzas , que nos ayudan a no mirar las dificultades que estorban nuestro camino sino poder ver el poder y la fidelidad del que hizo la promesa. Confía segura en Sus Manos. Él es la Roca firme, el fundamento sólido de nuestra vida.
“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra”
Salmos 73:25

ENTENDIENDO EL PROPOSITO Y EL PODER DE LA MUJER

EN ESTE LIBRO EL AUTOR TRATA TEMAS VITALES COMO SON:
SON LOS HOMBRES Y LAS MUJERES IGUALES?
* COMO ES QUE UNA MUJER ES TAN DIFERENTE A UN HOMBRE?
* QUE ES LO QUE LA BIBLIA ENSENA REALMENTE ACERCA DE LA MUJER?
* ES LA MUJER LA CULPABLE POR LA CAIDA DE LA RAZA HUMANA?
* CUAL ES EL PROPOSITO Y EL DISENO DE LA MUJER?
* DEBEN SER LIDERES LAS MUJERES?, ETC.
PARA PODER ESTAR VIVIENDO EN FORMA EXITOSA EN EL MUNDO, LAS MUJERES NECESITAN UNA NUEVA CONSCIENCIA DE QUIENES SON, ASI COMO NUEVAS HABILIDADES QUE LES PERMITAN ENFRENTAR LOS RETOS DE HOY EN DIA.
SI USTED ES HOMBRE O MUJER, CASADO O SOLTERO, ESTE LIBRO LE AYUDARA A ENTENDER A LA MUJER EN LA FORMA COMO ELLA DEBE SER.

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COMO ORAR EL PADRE NUESTRO


El doctor Elmer Towns nos hace la siguiente pregunta: "¿Qué dirías si te escoltan ante el trono de Dios y sólo tienes un minuto para pedir todo lo que necesitas, pero no sabes cómo expresarlo en palabras? La oración del Padre Nuestro incluye todo lo que necesitas pedir cuando hables con Dios. Es la oración modelo que nos enseña cómo orar" .

En este fascinante y poderoso libro, el autor -ganador del premio Medalla de Oro- nos enseña cómo orar al estilo de Jesús. Él examina con profundidad cada línea de la Oración del Padre Nuestro, revelando lecciones que ayudarán a cada cristiano a experimentar diariamente una vida de oración cada vez más dinámica.

SABIA INVERSION


De todos los temas que Cristo tocó durante su ministerio terrenal quizás ninguno ha sido menos comprendido por el hombre moderno que este. Rodeados de lujos y bienes materiales sin número, hemos preferido creer que Jesús era una especie de «santo patrono» del materialismo. Incluso hemos intentado elevar a virtudes algunas de las más detestables actitudes en el ser humano, tales como la codicia, el egoísmo y el desenfreno.

Las Escrituras, no obstante, advierten que el amor al dinero es la raíz de todos los males y que «los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas que hunden a los hombres en destrucción y perdición» (1 Ti 6.9). Estas son palabras radicales para un tema que requiere de una postura radical. No es lo que decimos con nuestros labios lo que define nuestra devoción, sino lo que ocupa nuestros pensamientos día y noche. No puede ser «aguado» el mensaje de Jesús, ni adaptado para que mengüe nuestra incomodidad. Sobre todo, no podemos darnos el lujo de creer que este no es un problema que nos afecta a nosotros. La mentira más obstinada y arraigada en la cultura moderna es que el dinero le destruye la vida a los demás, pero jamás lo hará con nosotros.

Jesús comenzó su enseñanza con una recomendación para todos aquellos interesados en hacer una buena inversión: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho destruyen, y donde ladrones entran y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el moho destruyen, y donde ladrones no entran ni hurtan.» La razón de esta recomendación es sencilla; toda inversión terrenal estará sujeta a las mismas realidades que acompañan el diario vivir del ser humano. En esta tierra simplemente no existe tal cosa como una inversión «segura». Incontables colapsos económicos, calamidades naturales, golpes de estado, guerras y caídas estrepitosas de los mejores planes económicos testifican de que hasta los más seguros pueden perderlo todo en un abrir y cerrar de ojos.

Cristo aconseja acumular tesoros que están más allá del alcance de un mundo caído, guardados en los lugares celestes. Estas son la clase de inversión que no dejan solamente un retorno favorable para esta vida, sino para toda la eternidad. No se trata aquí de dinero sino de cosas más preciosas y valiosas que el oro, la plata y las joyas.

La razón principal de esta recomendación, sin embargo, no es lo seguro de la inversión, sino el efecto que tienen los tesoros sobre nuestra vida. Cristo no admitía argumento en este punto; «donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Hemos intentado una y otra vez comprobar que en realidad es posible estar a gusto con Dios y con las riquezas de este mundo, pero la verdad es que nuestro corazón tiene lugar para un solo tesoro. No es lo que decimos con nuestros labios lo que define nuestra devoción, sino lo que ocupa nuestros pensamientos día y noche. ¡Allí donde está nuestro tesoro estará nuestro corazón!

NO AL MALTRATO, SI AL DESARROLLO INFANTIL


Imagínese esta escena. Usted va caminando por la calle y al doblar una esquina se encuentra a una señora con una niña de unos cinco años. La niña llora a gritos. La señora al verlo a usted le dice a la niña: «Si sigues llorando, este señor te va a llevar». Luego, se dirige a usted y le dice: «¿Verdad que se la va a llevar? Dígaselo, dígale que ya que está llorando tanto, usted se la va a llevar lejos de mí».

De repente, sin esperarlo ni desearlo, se ha visto involucrado en un incidente familiar: desde el punto de vista de la madre de esta historia, un incidente pedagógico para su hija, pero desde cualquier punto de vista, violento y maltratador.

A diario, muy cerca de nosotras y nosotros suceden incidentes violentos, aún en nuestras propias familias y en nuestras iglesias. Afectan a personas adultas y a niñas, niños, adolescentes y jóvenes. Afectan a mujeres y hombres y, tristemente todavía, más a mujeres de todas las edades que a hombres. Pero tal vez algunos de estos incidentes se ven como algo natural, lo «normal», lo pertinente, lo correcto.

El maltrato infantil se vuelve algo tan común en la vida de todas las familias, en la vida cotidiana, en cualquier espacio, que ya no provoca ningún escándalo.

En sociedades como las nuestras, donde unas personas concentran y manejan el poder, mientras que a otras no se les concede acceso al mismo y en cambio se les imponen las decisiones, el terreno está perfectamente abonado para el ejercicio de la violencia. En sociedades de este tipo, en la escalera del poder las niñas y los niños ocupan el último escalón.

El maltrato contra las niñas y los niños es pues una semilla con abono suficiente y, por tanto, con fuerte arraigo. Forma parte del bagaje de una tradición cultural que se transmite de generación a generación. El maltrato infantil se vuelve algo tan común en la vida de todas las familias, en la vida cotidiana, en cualquier espacio, que ya no provoca ningún escándalo. Por el contrario, se lo ve como parte del paisaje, como algo necesario, requerido para educar a niñas y niños, hijas e hijos en el camino del bien.

Nuestros pueblos son ricos en dichos que justifican y recomiendan la violencia y el maltrato. Algunos botones de muestra: «Quien bien te quiere, te hará llorar»; «La letra con sangre entra»; «Estos golpes me duelen más a mí que a ti»; «Lo hago por tu bien»; «Te celo porque te quiero», o bien, «te pego porque te quiero». Uno puede tomar uno solo de estos dichos o refranes e ir entresacando las creencias y valores que hay detrás de ellos. Dichas creencias y valores fortalecen y perpetúan en nuestros pueblos, en las escuelas, en las iglesias, en las familias, en todo ámbito social, conductas agresivas, abusivas y letales. La violencia se encuentra inmersa en las personas e instituciones, y se ensaña con las niñas y los niños.

En nuestras iglesias es común también utilizar porciones o textos bíblicos para justificar estas prácticas arraigadas de violencia contra la niñez. Es más común de lo que quisiéramos encontrar que la Biblia es utilizada como herramienta ideológica para justificar el maltrato infantil. Requerimos iniciar una relectura de los textos bíblicos que ilumine nuestro caminar viendo a las niñas y los niños como personas dignas, a quienes podemos tratar de igual a igual en términos de pertenecer a la misma condición humana. Con ellas y ellos podemos dialogar sobre infinidad de temas, recuperar a través de su mirada y su percepción de las cosas la capacidad de asombro y aprender a descubrir lo nuevo en las cosas rutinarias. En pocas palabras, si se los permitimos, niñas y niños pueden convertirse en nuestros maestros. Nuestro referente es Jesús, quien dio cabida y espacio a la niñez.

Permítanos compartir con usted la reflexión sobre un episodio en la vida de Jesús y sus discípulos:

«En esa misma ocasión, los discípulos le preguntaron a Jesús:

— ¿Quién es el más importante en el reino de Dios?

Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo:

—Les aseguro que para entrar en el reino de Dios, ustedes tienen que cambiar su manera de vivir y ser como niños. Porque en el reino de Dios, las personas más importantes son humildes, como este niño. Si alguien acepta a un niño como éste, me acepta a mí.

Pero si alguno hace que uno de estos pequeños seguidores míos deje de confiar en mí, mejor le sería que le ataran al cuello una piedra enorme y lo tiraran al fondo del mar.

Muchas cosas en el mundo hacen que la gente desobedezca a Dios, y no hay manera de evitarlo. Pero ¡qué mal le irá a quien haga que otro desobedezca a Dios! (1)»

Las niñas y los niños son importantes para Jesús. Ante la pregunta sobre quién es el más importante, Jesús coloca a la vista de todos a un niño. En los tiempos de Jesús, niñas y niños formaban parte de la gente considerada «pequeña», aquellas y aquellos de los cuales no era importante tomar en cuenta su opinión. Es decir, su presencia no contaba en la sociedad. Traduciéndolo a términos modernos, eran las personas excluidas. En este contexto lo que menos esperaban los discípulos de Jesús y la gente que los rodeaba era que Jesús colocara en medio de ellos a un niñito y lo pusiera como el ejemplo a seguir.

En otro texto bíblico (Mt 19.13) se percibe la opinión y actitud cultural de los discípulos de Jesús hacia la niñez. Un niño no era digno de acercarse al Maestro, menos aún lo sería una niña si consideramos la condición de las mujeres en aquella época. En contraste con estas percepciones, Jesús dice que las niñas y los niños importan y son valiosos. Además, son dignos de ser imitados.

¿Qué podemos concluir de lo que Jesús dice y hace?

Las niñas y los niños no son estorbos, ni accesorios decorativos, ni artículos desechables. Son personas hechas a imagen y semejanza de Dios, con un rico potencial de crecimiento y desarrollo humano pero también con actitudes y formas de ser, a través de las cuales las personas adultas podemos encontrar el camino al reino de Dios.

Las niñas y los niños se dejan llevar de la mano, confían en las personas adultas, lo que ellas dicen y hacen los moldea. Si no, veamos a una niña o a un niño jugando y rápidamente podremos identificar quiénes son sus modelos.

Las niñas y los niños miran con ojos ávidos, están deseosos de aprender y de imitar. Los bebés conocen el mundo experimentándolo con todos sus sentidos. Contemplemos a un bebé cuando juega con sus manos, cuando sigue con detenimiento el vuelo de una pluma diminuta, cuando a los tres meses responde a nuestras palabras con gorjeos y así conversa con nosotras(os).

Tanto las niñas como los niños son seres abiertos a la vida y a Dios, amistosos, confiados, con una continua capacidad de asombro. No creen que lo saben todo, no se preocupan, no compiten (hasta que se lo enseñamos), son humildes y están dispuestos a perdonar. Jesús nos invita a aprender de ellas y ellos e imitarlos. Para esto, debemos estar dispuestas y dispuestos a escuchar lo que tienen que decirnos, en lugar de excluirlos de nuestras conversaciones. Es preciso tomar en serio sus expresiones, no decirles: ¿cómo te atreves a contradecir mi opinión? o creerle más al adulto. ¡Cuántas niñas y niños que han sufrido algún tipo de maltrato, o incluso abuso sexual, lo han contado a una persona adulta sólo para descubrir que no les cree o no le da importancia al hecho!

Jesús también dice que las personas adultas somos las responsables de las niñas y los niños. Su protección nos incumbe a todas y todos, no sólo a sus padres y parientes. Si las niñas y los niños aprenden por imitación, entonces, a las personas adultas nos corresponde ser referentes o modelos dignos de ser imitados. Si ejercemos violencia, también ejercerán violencia. Nuestros actos violentos niegan nuestra fe en un Dios de amor, paz, perdón y justicia. El camino de Dios no ha sido la violencia sino el amor. Jesús en la cruz nos ilustró gráficamente los dos caminos, y la cruz constituye un acto violento por excelencia: asesinar a un inocente. Al mismo tiempo, la cruz es símbolo del amor: Dios encarnado, dispuesto a dar su vida para la salvación de toda la humanidad. A la violencia, Jesús no respondió con venganza sino con amor. El Jesús resucitado invita a sus discípulos a caminar por senderos de perdón y de paz (Jn 20.19). Nuestros actos violentos niegan nuestra fe en un Dios de amor, paz, perdón y justicia. Peor aún, conducen a otras personas, incluyendo a las niñas y los niños, a negar la existencia de Dios o a no confiar en Él.

Jesús fue bastante ilustrativo sobre las consecuencias para aquellas y aquellos que provocan que niñas y niños dejen de confiar en él. Imaginemos, si no, a una persona que tiene atada al cuello una piedra y que se desplaza a lo más profundo del mar sin posibilidad de salir a la superficie. Esta ilustración es suficientemente fuerte como para indicarnos el grado de responsabilidad que Dios nos otorga en el cuidado y protección de la niñez, y el nivel de influencia que tenemos en sus vidas.

Cuando las(os) ignoramos, somos violentas(os), o les exigimos responsabilidades que exceden las habilidades que tienen en esa etapa de desarrollo, destruimos su confianza y su fe en nosotros y en Dios, los hacemos caer, obstaculizamos su desarrollo e inhibimos el potencial que Dios les ha dado como personas. Molestarse porque un bebé llora es ignorar que uno de los lenguajes a esa edad es el llanto; el camino del amor nos desafía a comprender, incluso, sus llantos. Exigir a una niña o un niño que gatea o comienza a caminar que no toque, no jale, o no chupe objetos es ignorar que se relaciona con el mundo a través de sus sentidos. El camino del amor nos desafía a preparar un ambiente que le permita explorar con sus sentidos sin ningún peligro, y acompañarlo y guiarlo a distinguir lo que es peligroso de lo que no lo es, a medida que crece.

También, reprender a una niña o niño que inicia la escuela por los errores cometidos es ignorar que las niñas y niños que dejan el ambiente conocido del hogar para ir a la escuela requieren de ánimo, de afirmación y de reconocimiento a sus logros para adquirir seguridad y desarrollar las destrezas necesarias en un nuevo entorno. El camino del amor nos desafía a reconocer las cosas que hacen bien, a asegurarles que son capaces, y acompañarles a enfrentar aquellos desafíos u obstáculos que van encontrando en sus primeros pasos fuera del hogar y la familia.

Asimismo, tratar a una o un adolescente como niña o niño pequeño, exigir que sea como nosotros queremos y que haga todo lo que nosotros le decimos, es ignorar que está en la edad de definir su propia identidad. El camino del amor nos desafía a reconocerla(o) como una persona que no nos pertenece, acompañarlo en el descubrimiento de su vocación, mantener el equilibrio necesario entre darle la libertad que requiere para descubrirse y poner los límites para que se convierta en una persona socialmente responsable.

La confianza básica de las niñas y los niños se alimenta del afecto, el cuidado y el respeto que se les provee. Tanto ellas como ellos experimentan el amor de Dios a través del respeto y del cuidado que reciben de las personas adultas que los rodean. El encuentro con una niña o niño siempre es una oportunidad de sembrar para el Reino, puesto que el que la(o) recibe, recibe a Jesús. En un mundo violento como el nuestro, Jesús nos invita a unirnos a él en el camino del amor hacia niñas, niños y adolescentes, ciudadanos ejemplares de su reino.

Existen diversos espacios para el desarrollo de la niñez. En todos ellos podemos influir para eliminar la violencia y fomentar el amor. Recordemos que todas y todos somos responsables, no solamente sus padres.

Ciertamente la familia es el entorno social básico en el que se desarrollan las niñas y los niños, el escenario sociocultural destinado a cubrir las necesidades específicas (físicas, espirituales, emocionales y sociales) que necesitan en cada momento evolutivo, pero no es el único escenario. En la familia, cada miembro debe sentirse único y apreciado a fin de desarrollar de manera adecuada su autoestima y su persona. Las relaciones familiares tienen como objetivo la validación personal, lo cual se logra mediante cuidados físicos, muestras de afecto y el desarrollo de la creatividad e inteligencia. Existe, pues, el desafío de convertir el hogar y la familia en lo que están destinados a ser según el diseño de Dios.

En la familia, cada miembro debe sentirse único y apreciado a fin de desarrollar de manera adecuada su autoestima y su persona.

Sin embargo, existen también otros escenarios que contribuyen al desarrollo de la niñez: el vecindario, por ejemplo. En él aprenden a socializar con niñas y niños de su edad y con otras personas adultas que también les sirven de referente. Otros espacios de aprendizaje y socialización son la iglesia, el centro de desarrollo infantil (guardería), la escuela y, por supuesto, los medios de comunicación. Entre estos tiene un papel predominante la televisión, que es como otro miembro de la familia en la mayor parte de los hogares. Todos estos escenarios requieren ser revisados para descubrir qué tanto son maltratadores y qué tanto contribuyen al desarrollo integral de las niñas y los niños.

En consecuencia, usted junto con miembros de su iglesia, de su vecindario o amigos puede hacer un ejercicio para descubrir de qué manera esos espacios ejercen maltrato contra niñas y niños. Luego, de acuerdo con sus necesidades, opiniones y requerimientos de desarrollo, definir propuestas de cambio y un plan de acción para llevarlas a cabo. Pueden, así, establecerse comisiones de trabajo para cada uno de los espacios mencionados a fin de prevenir o eliminar el maltrato y proteger a las niñas, niños y adolescentes, desarrollando condiciones apropiadas para su desarrollo pleno. Incluso, pueden ser invitados a participar en estas comisiones.

Como personas y como pueblo de Dios, el Señor nos invita a considerar importantes a las niñas y a los niños, a ser como ellas y ellos, y a fomentar la confianza que tienen en él, no defraudando la confianza que depositan en nosotros. ¿Está usted dispuesta o dispuesto a ser fiel a Dios evitando el maltrato, fomentando el desarrollo integral de las niñas y los niños y haciendo crecer su confianza en Dios?

CUIDA TU SEMILLA


Ofrendar con generosidad y no por obligación es lo que desata la abundancia que el Señor te dará para que puedas bendecir a otros.

Hemos aprendido sobre el poder que tiene la ley de la siembra y la cosecha. Todos debemos sembrar y trabajar para recoger los frutos. Después de depositar tu semilla debes regarla, fertilizarla y cuidarla de las plagas. En la Biblia se habla de plagas que arruinan la cosecha. Joel dice que el Señor restituiría lo que se había comido la oruga, el saltón y el revoltón; en Malaquías dice que reprendería al devorador de nuestra tierra.

Cosechar es bíblico. La resurrección fue una cosecha, así como lo es recibir a Jesús en nuestro corazón, el rapto y nosotros mismos lo somos. Dios a través de Sus profetas llama a la ofrenda una siembra que obtiene cosecha.

También hemos aprendido sobre la ofrenda y los diezmos que alimentan nuestras bendiciones. Ahora descubriremos el fundamento bíblico del poder que reside en la generosidad.

Diferencia entre diezmo y ofrenda

Malaquías 3:10 dice: Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.

Diezmar y ofrendar son dos acciones diferentes que se complementan. Dios promete darnos una bendición que sobreabundará como un diluvio. El diezmo provoca esa bendición que se derrama pero debes sembrar con tu ofrenda para poder aprovecharla. Así lo enseñó Malaquías, Joel, Ageo, Abraham, Isaac y Jacob. La clave para caminar bajo bendición está en el diezmo y la clave para la abundancia está en la ofrenda. Por lo tanto, debes ofrendar más de lo que diezmas porque eso es lo que Dios multiplicará. Cuando diezmas te garantizas bendición y cuando ofrendas te garantizas abundancia.

El mundo critica el diezmo y la ofrenda, más que al despilfarro en cosas mundanas como vicios y lujos, porque el poder de las tinieblas quiere negarte la bendición que implica. No te dejes influenciar por esas críticas ya que estás sembrando en la obra del Señor.

2da. de Corintios 9:5 relata: Por tanto, tuve por necesario exhortar a los hermanos que fuesen primero a vosotros y preparasen primero vuestra generosidad antes prometida, para que esté lista como de generosidad, y no como de exigencia nuestra.

El apóstol Pablo envió una comitiva en avanzada para preparar la ofrenda porque era muy importante, de lo contrario no lo hubiera hecho. La ofrenda es vital, por eso hay que motivar la generosidad y no exigirla. Dios espera tu generosidad sin presiones así como tú esperas que tus hijos te den un beso por amor y no por obligación.

Pablo sabía que ofrendar representa un punto de adoración y vínculo de bendición. Dar a otra persona es un acto de bondad que la Biblia llama limosna, pero ofrendar y diezmar es un acto de honra al Señor. Dale a cada quien lo que le corresponde y no sustituyas o confundas la ayuda por la ofrenda.

Generosidad de corazón
2da. de Corintios 9:6-7 continúa: Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.
Pablo decía que cada uno da conforme a su corazón. La generosidad de Dios se determina por la generosidad de tu ofrenda. Motiva al Señor a darte en abundancia y no por obligación. Ofrenda según propusiste en tu corazón y con el deseo de honrar a Dios, no con tristeza o por necesidad. La ofrenda habla de tu bondad y es un reflejo de tu corazón.

Cuando David dio para el templo dijo que sabía que Dios estaba probando a los corazones. De tal manera amó Dios al mundo que dio a Su hijo amado. Dar es producto del amor y una prueba para el corazón.

Generosidad que desata el poder de Dios

2da. de Corintios 9:8 afirma: Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra;
Cuando Elías se enfrentó a los falsos profetas pidió que se abriera una zanja donde había que echar agua. Esto era difícil porque estaban en medio de una gran sequía y el agua era lo más valioso que tenía. El pueblo obedeció, entonces Elías dijo que el Dios verdadero sería el que hiciera bajar fuego que consumiera el agua y así fue. Si quieres experimentar el poder de Dios en tu vida económica debes ofrendar aquello que valores. La abundancia para todo tiempo y en todas las cosas depende de Él, siempre y cuando sembremos en su reino. Dar, sembrar y ofrendar son actos espirituales que motivan la abundancia del Señor. El enemigo no quiere que lo hagas porque desea evitar que el poder de Dios se manifieste.

La ofrenda es una siembra y traerá buena cosecha que podrás compartir con tus hermanos. Dios te prosperará para que hagas buenas obras que te den galardones y recompensas cuando llegues al cielo. Él quiere que tengas en abundancia porque con escasez no puedes bendecir a otros. Así que la abundancia buena y se origina de nuestra ofrenda. Con tus obras generosas le demuestras al Señor que mereces la abundancia que pueda darte.

Cosechar para tener más semilla

2da. de Corintios 9:10 continúa: Y el que da semilla al que siembra, y pan al que come proveerá y multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia.

Cuando coseches no te olvides de guardar semilla para continuar con el proceso y volver a sembrar. Cada vez que recojas fruto, siembra de nuevo con ofrenda porque Dios continuará multiplicando tu sementera, de lo contrario en algún momento te quedarás sin nada. En los negocios es igual, de las utilidades debes dejar una parte para volver a invertir o ya no podrás hacer crecer tu empresa.
Cuida tu semilla, no la dejes morir. Nuestro Señor nos da un evangelio completo de milagros, bendiciones, abundancia y también de ofrendas generosas. Solamente sembrando podrás cosechar. La economía es la que prueba que todo lo tenemos en Cristo que nos fortalece.

En Filipenses 4:14 leemos: Sin embargo, bien hicisteis en participar conmigo en mi tribulación. Y sabéis también vosotros, oh filipenses, que al principio de la predicación del evangelio, cuando partí de Macedonia, ninguna iglesia participó conmigo en razón de dar y recibir, sino vosotros solos; pues aun a Tesalónica me enviasteis una y otra vez para mis necesidades. No es que busque dádivas, sino que busco fruto que abunde en vuestra cuenta. Pero todo lo he recibido, y tengo abundancia; estoy lleno, habiendo recibido de Epafrodito lo que enviasteis; olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios. Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús. Al Dios y Padre nuestro sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.

La promesa de abundancia fue sólo para la iglesia que participó con Pablo en el proceso de dar y recibir. En ese momento comprendían que los beneficiados eran ellos, no solamente el apóstol. Si quieres que tu pastor predique como Pablo también tiene derecho a vivir como él.

Si tienes miedo porque lo que ofrendas te hará falta, estás en el justo momento de disfrutar de la riqueza en gloria. Solamente quien participa de la ofrenda experimenta la abundancia. No tengas miedo de ofrendar. Confía, porque solo aquello que nos hace falta es lo que Dios promete sustituir en gloria con ingresos sobrenaturales. Él sabe que por fe y con amor espontáneo ofrecemos todo cuanto tenemos. Dale gracias por Su poder y misericordia. Convéncete que con tu ofrenda lograrás cosecha abundante que te permitirá bendecir a otros. Desata tu generosidad para la honra y gloria de Su nombre.