QUIEN NOS TIENE EN SU MANO

Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.
--Romanos 11:36
Resultado de imagen para en manos de diosEl orgullo es algo atemorizante. Prefiere matar la verdad que considerarla. ¿No nos toma por sorpresa? Comenzamos el viaje espiritual como personas pequeñas. El acto de la conversión es uno de gran humildad. Confesamos nuestros pecados, rogamos misericordia, doblamos nuestras rodillas. Niños tímidos que extienden sus lodosas manos a nuestro Dios libre de pecado.
Venimos a Dios humildemente. Sin fanfarrias, sin presunción, sin declaraciones de “todo por mí mismo”. Y Él nos sumerge en misericordia. Vuelve a coser nuestras almas desgarradas. Deposita su Espíritu e implanta dones celestiales. Nuestro gran Dios bendice nuestra pequeña fe.
Nosotros entendemos los papeles. Él es la galaxia de la Vía Láctea. Nosotros somos una nigua. Necesitamos un gran Dios porque hemos hecho un gran desastre de nuestras vidas.
Gradualmente nuestro gran Dios nos cambia. Y, gracias a Él, codiciamos menos, amamos más, criticamos menos, vemos más hacia el cielo. La gente nota la diferencia. Nos aplauden. Nos promueven. Nos admiran. Ya no nos sentimos tan pequeños. La gente nos habla como si fuéramos algo especial.
Se siente bien. Las felicitaciones se convierten en escalones de una escalera y comenzamos a elevarnos a nosotros mismos. Olvidamos quién fue el que nos trajo aquí.
Tomemos tiempo para recordar. “Recuerden lo que ustedes eran cuando Dios los eligió” (1 Corintios 1:26, TLA). Recuerde quien lo sostuvo al principio. Recuerde quién lo tiene en su mano hoy. 

MANTEN EL RUMBO

Podemos estar absolutamente seguros de algunas cosas en nuestro caminar con Dios, pero no de todo. Cuando nos fijamos en la inmensidad del espacio, sabemos que Dios es mucho más poderoso y majestuoso de lo que nuestra mente puede entender. Cuando consideramos la cruz, nos damos cuenta de que su amor es más profundo que el océano más profundo. En estas dos cosas, podemos asegurar nuestras vidas y nuestro futuro. He aprendido que todo lo demás se compone de detalles. Para ser honestos, yo no me preocupo más por la voluntad de Dios porque confío en que la voluntad de Dios me guiará y, si me salgo del camino, Él ha prometido que trabajará en todo lo que haga falta para el bien de los que confían en Él: personas como usted y como yo.
Ahora, paso mi tiempo preparándome para escuchar la voz de Dios para poder obedecer tan pronto como tenga la sensación de su guía. Después de que Pablo explicó las maravillas del evangelio de la gracia, les dijo a los creyentes de Roma: “Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” (Romanos 12:1-2, NVI).
Este pasaje es muy fuerte y claro. Para ayudar a que las personas experimentaran la voluntad de Dios, ¿cuáles fueron los consejos de Pablo?
  • Reflejar lo más posible la grandiosa misericordia de Dios. Comprender y experimentar la gracia de Dios produce humildad y coraje. A causa de la cruz de Cristo, somos amados, perdonados y aceptados, por lo que no tenemos nada que temer cuando nos enfrentemos a los retos de la vida y cuando Dios nos llame a ser obedientes.
  • Ofrecernos a Dios cada momento de cada día sin ocultar nada, estando siempre listos para responder a su invitación y a su mandato. Pertenecemos a Él, esta es una verdad que nos conforta y nos llama a responder con fe. Una vida de servicio es verdadera adoración.
  • Reconocer ese atractivo, ese encanto, de nuestra cultura de valorar éxito, placer y aprobación, y no caer en esa trampa, no morder ese señuelo. El patrón de nuestras vidas no es compatible con lo que el mundo valora. Estos mensajes atractivos, pero venenosos, nos confunden, nos hacen criticones y arruinan nuestras relaciones. Esas voces negativas no pueden ser completamente calladas porque vivimos “en el mundo”, pero no somos “del mundo”.
  • Estar en la presencia de Dios todos los días para alabarle, confesar nuestros pecados y pedirle sabiduría y provisiones. Si lo hacemos muy deprisa, podemos poner una marca a todas nuestras peticiones en la lista, pero vamos a perder la fuerza y ​​el ánimo de lo que significa estar realmente en la presencia de Dios.
  • Obedecer. Cuando Él llama, respondamos tomando pasos de fe. En cada punto, sigamos escuchando su suave voz cuando nos diga: “Dobla aquí”, “Di esto a esa persona” o “Ve para allá”. Al tomar estos pasos, el camino de Dios se hace más claro.
Cuando vea una oportunidad para tocar vidas, vaya por ella. Algunas personas oran por meses antes de decir “sí” a una oportunidad. Por el amor de Dios, ore y, luego, ¡simplemente, vaya! Deje que el amor de Jesús lo llene y fluya a través suyo y verá lo que Dios hace en la vida de aquellos que usted toca. Y seamos claros: nuestro servicio a Dios no es siempre dentro de las paredes de una iglesia. Nosotros le pertenecemos a Él cada minuto de cada día y podemos tener un mayor impacto en nuestros barrios, tiendas, escuelas, empresas y organizaciones que el que tenemos en la estructura organizacional de la Iglesia. Apoye a la Iglesia, pero esté abierto a ser usado por Dios donde quiera que vaya.

EL PODER DE LA GRATITUD

Resultado de imagen para GRATITUDEl antídoto infalible contra el temor al rechazo, al futuro, la soledad y la falta de perdón no es una fórmula mágica, no es una pócima que se bebe, no es un rezo u oración que se hace, ni algo por el estilo. El antídoto infalible contra estas cosas, que son representaciones actuales de la lepra, es una actitud y una decisión.
Cuando los diez leprosos escucharon que Jesús pasaba por su aldea, salieron a encontrarlo para pedir misericordia. Hicieron lo posible para que Jesús notara su presencia y se apiadara de ellos. El Maestro no solo se identificó con su necesidad, sino que además les otorgó la sanidad. Los envió a los sacerdotes como un acto de fe, pero también como una prueba. Mientras los leprosos iban a ver a los sacerdotes, fueron sanados.
Lo interesante de esta historia es lo siguiente: mientras los diez leprosos tuvieron la fe suficiente para ir a ver a los sacerdotes, solo uno tuvo la cortesía de regresar para dar las gracias. Siempre me ha llamado la atención por qué Jesús no sanó directamente a los leprosos allí mismo. Por qué no extendió Su mano hacia ellos y ordenó que la lepra se fuera, o por qué simplemente no les dijo: “Listo, chicos, por haber creído en mí todos son sanos. Váyanse en paz”. En vez de usar una de Sus ya conocidas maneras de sanar, hizo algo diferente; los envió a ver a los sacerdotes del pueblo.
¿Por qué lo hizo así? Creo de todo corazón que la razón por la cual el Maestro mandó a los leprosos a ver a los sacerdotes fue para dejar manifiesto que existe una lepra mucho más profunda y dañina que la lepra física: la lepra de la ingratitud. Solo uno de los diez tuvo el valor de regresar para decir: “¡Gracias!”. ¡Qué fácil es mover la boca para pedir un favor o una bendición! Pero ¡cuán difícil es hacer lo mismo para agradecer!
Espero que comprendas lo que trato de decir. La gratitud no es una acción momentánea, no es una palabra dicha al furor de una emoción, ni es una expresión que viene y se va. La gratitud es una actitud y una condición permanente del corazón.
Creo que si Jesús hubiese sanado a los leprosos ahí mismo, en el acto, a los diez les hubiera resultado muy cómodo decir: “Mil gracias, ¡qué felicidad! Jesús, eres lo máximo”. Sin embargo, esa gratitud quizás hubiese sido una mera expresión, relacionada más con la emoción y la sorpresa que con una auténtica actitud del corazón. En cambio, hacerlos ir hasta donde estaban los sacerdotes implicaba acción y movimiento. Quien quisiera regresar a dar las gracias debía hacer un mayor esfuerzo, debía caminar o correr. Implicaba una acción que involucraba todos sus sentidos. La verdadera gratitud es eso: una actitud que involucra la mente, la voluntad y las emociones. Aunque los diez leprosos fueron sanados de la lepra física, solo uno recibió más que eso. Recibió el favor de Dios y una dimensión de bondad mucho más grande que la de una simple sanidad. Eso es justamente lo que hace la gratitud en nuestras vidas: nos da una dimensión más amplia del favor de Dios, es decir, una especie de pasaporte para vivir en un nivel más alto de la gracia divina. Los diez leprosos recibieron curación de su lepra física, pero tuvieron que seguir soportando el peso destructivo y humillante de una lepra aún mayor: la lepra de la ingratitud.
El único antídoto verdadero para no caer en el temor al rechazo, al futuro, la oscura prisión de la soledad y el triste y putrefacto lodazal del odio y el resentimiento es cultivar una actitud de gratitud, es conocer y experimentar diariamente el poder sanador e inmunizante de la gratitud. Cuando comprendes la importancia de ser agradecido, aprendes a ver los beneficios o bendiciones en su verdadera dimensión, aprendes a vivir en la realidad de Dios. La gratitud agudiza todos los sentidos para que veamos la realidad con claridad y no seamos engañados, confundidos o intimidados por las circunstancias o las personas.

CIRUGÍA DE LA MENTE

Resultado de imagen para CIRUGÍA DE LA MENTEEn mi caminar con el Señor he descubierto que uno de los mayores obstáculos para mantener un estilo de vida puro, es mi propia mente. Si dejo de pensar en cosas que me acercan a Dios y persisto en tener una mentalidad negativa, fácilmente puedo sentir una lejanía en mi comunión con el Espíritu Santo. Hay un pasaje en Romanos 12:2 que he aprendido a atesorar en mi corazón y dice: «Y no adopten las costumbres de este mundo, sino transfórmense por medio de la renovación de su mente, para que comprueben cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable y perfecto» (RVC). Cuando mi proceso de pensamiento se aleja de la voluntad de Dios, también lo hago yo. Como dice en Proverbios 23:7, versión Reina Valera Revisada de 1960: «Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él». Curiosamente, la versión Reina Valera Actualizada de 2015 dice: «Porque cual es su pensamiento en su mente, tal es él».

Una de mis expertas favoritas en este tema es la Dra. Caroline Leaf, una neurocientífica quien ha dedicado su vida al estudio e investigación del cerebro humano, y cuyos hallazgos brindan evidencia de cómo la ciencia valida la Palabra de Dios. En su libro Switch on Your Brain [Prende tu cerebro] da explicaciones detalladas del proceso de pensamiento y sus efectos en nuestro cuerpo, alma y espíritu. Se ha hallado evidencia de que los pensamientos literalmente forman materia física en el cuerpo. También explica cómo el tener pensamientos positivos dirigidos, ayuda a construir un cuerpo mejor y más saludable, mientras que tener pensamientos negativos recurrentes causan un declive en nuestra salud.

La Dra. Leaf dice que nuestra mente es la que controla nuestro cuerpo, y no vice versa. En sus palabras: «La materia no nos controla; nosotros controlamos la materia mediante lo que pensamos y escogemos. No podemos controlar los eventos y las circunstancias de la vida, pero sí podemos controlar nuestras reacciones». Ella también establece que cuando se trata de sanar patrones de pensamiento para vivir un estilo de vida saludable, nosotros juntamente con Dios, somos creadores de nuestro destino y «Dios guía, pero nosotros debemos escoger permitir que Dios dirija». Al hacer esto, adoptar buenos patrones de pensamiento y enfocarnos en cosas buenas, verdaderas, honestas u honorables, justas, puras, amables, de buen nombre, virtuosas, y dignas de alabanza» (Filipenses 4:8), en esencia nos convertimos en nuestros propios «microcirujanos» cambiando los circuitos de nuestro cerebro a través del pensamiento. Aquí hay una cita maravillosa la cual ciertamente cambió mi manera de pensar al respecto:

«Nuestras elecciones, las consecuencias naturales de nuestros pensamientos e imaginación, se meten “bajo la piel” de nuestro ADN y pueden prender o apagar ciertos genes cambiando la estructura de las neuronas en nuestro cerebro. Así que nuestros pensamientos, imaginación, y elecciones pueden cambiar la estructura de nuestros cerebros en todos los niveles: moleculares, genéticos, epigéneticos, celulares, estructurales, neuroquímicos, electromagnéticos, y hasta subatómicos. A través de nuestros pensamientos, nosotros podemos ser nuestros propios neurocirujanos y tomar decisiones que cambian los circuitos de nuestros cerebros. Estamos diseñados para hacer nuestra propia cirugía cerebral». 

Ella más allá expone que esta creación de material genético que se forma con nuestros pensamientos es pasada a través de nuestro ADN, ¡impactando las próximas cuatro generaciones! De esta manera afectamos a nuestro linaje, y a su vez también somos directamente afectados por los procesos de pensamiento repetitivo, y la acciones que estos causaron, que adoptaron nuestros antepasados, ¡desde nuestros tatarabuelos! Esto es un hecho ciertamente muy sorprendente y revelador.

Al saber esto, podemos ver que hay un mayor nivel de responsabilidad sobre cada uno de nosotros, de acercarnos más a Dios mediante la renovación de nuestra mente, y enfocarnos en Dios, su Palabra y su voluntad para nuestra vida, no sólo por nosotros mismos, sino por aquellos que vendrán más adelante en nuestro linaje.

Tal vez te estarás preguntando, ¿cómo entonces puedo arreglar mis pensamientos? Bueno, la respuesta es simple. Se logra al enfocar nuestros pensamientos en Jesucristo, orar, reflexionar, y sostenernos de la Palabra de Dios. Cada vez que sentimos que un pensamiento contrario o malo llega a nuestra mente, debemos entonces llevar «cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (2 Corintios 10:5) y orar, pidiendo a Dios que llene nuestra mente con su presencia. Adicional a eso, la mejor manera de tener una abundancia de pensamientos buenos y puros es leer y estudiar la Biblia regularmente.

Créeme, puedo decirte por experiencia que cuando mi mente lucha para mantenerse en el camino correcto, el Espíritu Santo siempre trae a mi memoria una Palabra de la Biblia en el momento justo y perfecto para ayudarme a enfocarme en lo correcto. Al atrapar nuestros pensamientos y someterlos a Jesucristo, podemos traer paz a nuestros espíritus y así poder sintonizarnos con la voz de Dios.

Por último, mantente lejos de las cosas que alimenten los malos pensamientos, y por ende malos comportamientos. Si estás pasando por un proceso de restauración, mantente alejado de gente, relaciones, objetos, hábitos, y lugares que te hagan propenso a caer de nuevo. Por ejemplo, alguien que se encuentre en el proceso de ser restaurado de una adicción a la pornografía no debe frecuentar sitios de internet o canales de televisión que presenten ese tipo de contenido; de hecho, lo mejor sería bloquearlos del todo. Si por ejemplo, alguien está en proceso de restauración de la adicción a las drogas o al alcoholismo, no debe frecuentar lugares ni personas que lo habiliten para hacerlo; más bien, debe enfocarse en tomar tiempo buscando a Dios, orando, y leyendo su Palabra para fortalecerse contra la tentación.

No hay mejor lugar para estar que la presencia de Dios. Cuando nos acercamos a Dios, Él se acerca a nosotros (Santiago 4:8). La clave para la restauración y la sanidad interior es mantenerse cerca de Dios, reconociendo que somos débiles y Él es fuerte. Sólo Él nos puede hacer de nuevo si se lo permitimos.

¿CUÁL CAMINO?


En los veintiséis años desde 1968 hasta 1994, unas doscientas mil personas han estudiado ¿Cuál camino? en centenares de iglesias e institutos bíblicos de varias denominaciones. Con el surgimiento de nuevos movimientos religiosos, la actividad creciente de otros en Latinoamérica, los cambios en algunas de las religiones y ciertas tendencias peligrosas en algunas iglesias evangélicas, se ha visto la necesidad de revisar ¿Cuál camino? y añadir varios capítulos.

El estudio de varias religiones con la refutación bíblica del error prepara a los lectores de tres maneras:

    Los defiende contra doctrinas falsas.
    Los prepara para el evangelismo con personas de otros fondos religiosos.
    Les advierte respecto a tendencias peligrosas que pueden surgir en su iglesia.

Se han hecho varios cambios para facilitar el estudio. Se han organizado los capítulos en una secuencia lógica para un estudio sistemático y comprensivo. Se indica con negrillas - precedidas del símbolo CJ- la doctrina de la religión que se considera. De ese modo el lector podrá identificar con facilidad las creencias de cada grupo.
Las preguntas y sugerencias al final del capítulo sirven de repaso y ayudan al maestro a escoger actividades que harán la enseñanza interesante y eficaz.
Hay una lista de libros para cada capítulo en la sección Obras de consulta. Muchos de los libros recomendados están agotados, pero se incluyen en las listas por si acaso los tienen las escuelas teológicas en su biblioteca.

Se espera que este libro llene una necesidad en muchas iglesias, que guíe a algún viajero indeciso en el camino de la vida y que ilumine los pasos del que busca a los que se han extraviado de la verdad.

LIBRE ALBEDRÍO

Con el objetivo de aprovechar el día y vivir la vida que Dios quiere que vivamos, resulta vital que comprendamos el libre albedrío de los de los seres humanos. Dios creó al hombre con libre albedrío y su deseo fue (y aún lo es) que escojamos usar ese libre albedrío para elegir hacer su voluntad. Dios promete guiar a aquellos que están dispuestos a hacer su voluntad (véase Juan 7:17). Resultará difícil entender el mensaje de este artículo a menos que estemos dispuestos a comprender que somos criaturas con libre albedrío y responsables de las decisiones que hagamos. El libre albedrío es una enorme responsabilidad, así como también un privilegio y una libertad. Dios siempre nos guiará a hacer las elecciones que serán mejores para nosotros y a seguir su plan para nuestra vida, pero nunca nos forzará o manipulará para que tomemos una decisión. 
Cada día que Dios nos da constituye definitivamente un regalo, y tenemos la oportunidad de valorarlo. Una de las formas de hacer esto es usando cada día resueltamente, no desperdiciando tiempo o permitiendo que seamos manipulados por las circunstancias que no podemos controlar. Cada día puede contar si aprendemos a vivirlo «a propósito» en lugar de deambular pasivamente a través del día, permitiendo que el viento de las circunstancias y las distracciones decida por nosotros. Podemos recordar siempre que somos hijos de Dios y Él nos ha creado para que gobernemos nuestros días, enfocando cada jornada en su propósito para nuestra vida. Al principio del tiempo, Dios le dio al ser humano dominio y le dijo que se fructificara y multiplicara, usando los recursos que disponía para el servicio de Dios y la humanidad. ¡Esto suena para mí como si Dios le hubiera dicho a Adán: «Aprovecha tu día»!
C. S. Lewis declaró en cuanto al libre albedrío de los seres humanos: Dios creó seres que tenían libre albedrío. Esto significa criaturas que pueden actuar bien o mal. Algunas personas piensan que es posible imaginar a una criatura que sea libre, pero que no tenga posibilidad de actuar mal, pero yo no. Si alguien es libre para hacer lo bueno, también lo es para hacer lo malo. Y el libre albedrío es lo que hace a la maldad posible. ¿Por qué entonces Dios les dio libre albedrío? Porque a pesar de que esto es lo que posibilita la maldad, también es la única cosa que puede hacer posible que el amor, la bondad y el gozo tengan valor. Un mundo de autómatas —de criaturas que trabajan como máquinas— sería muy poco valioso como para crearlo. La felicidad que Dios designa para sus criaturas superiores es la felicidad de ser libres, de estar unidos voluntariamente a Él y los unos con los otros en un éxtasis de amor y deleite, comparado con el cual el más apasionado amor entre un hombre y una mujer en esta tierra parece débil. Y por eso fueron hechos libres. Por supuesto, Dios sabía lo que sucedería si ellos usaban su libertad de la forma equivocada: aparentemente, Él pensó que valía la pena correr el riesgo [...] Si Dios piensa que este estado de guerra en el universo es un precio que merece la pena pagar por el libre albedrío, es decir, por crear un mundo real en el cual las criaturas sean capaces de hacer un bien y un mal reales y algo de real importancia pueda suceder, en lugar de un mundo de juguete que solo se mueva cuando Él maneje los hilos, entonces nosotros podemos dar por sentado que vale la pena pagarlo.
Dios nos dio libre albedrío, y si tenemos la intención de hacer uso de este para sus propósitos, pagaremos un precio por hacerlo, pero como C. S. Lewis señala, «vale la pena pagarlo». Pagamos un precio no solo por hacer lo que es correcto, sino también si hacemos lo que está mal. Yo le aseguro que el precio que pagamos por nuestras malas decisiones es mucho mayor y nos deja afligidos y llenos de remordimiento y miseria.
Estoy bastante segura de que usted podría pensar en varias personas que conoce que en la actualidad hacen malas decisiones debido a que simplemente encuentran difícil hacer lo correcto, o se engañan pensando que sus malas elecciones podrán hacerlos felices. Es absolutamente sorprendente ver cuántas personas destruyen sus vidas porque no están dispuestas a hacer las cosas difíciles. «Resulta demasiado difícil» es una de las más grandes excusas que escucho cuando exhorto a las personas a transformar su vida al cambiar sus elecciones por otras que correspondan con la voluntad de Dios.
Usted y yo podemos elegir lo que haremos cada día. Escogemos nuestros pensamientos, palabras, actitudes y conductas. No podemos siempre determinar cuáles serán nuestras circunstancias, pero sí podemos decidir cómo responderemos a ellas. ¡Somos agentes libres! Cuando hacemos uso de nuestra libertad para escoger hacer la voluntad de Dios, lo honramos y glorificamos. Podemos elegir hacer que cada día cuente —lograr algo que valga la pena—o podemos elegir desperdiciar nuestro día.
En su libro Los secretos de la dirección divina, F. B. Meyer señala: «Quizás usted vive guiándose demasiado por sus sentimientos y no mucho por su voluntad. No tenemos control directo sobre nuestros sentimientos, pero sí sobre nuestra voluntad. Nuestras decisiones son nuestras, para hacer que ellas sean las mismas de Dios. Dios no nos hace responsables por lo que sentimos, pero sí por lo que decidimos hacer. A su vista, no somos lo que sentimos, sino lo que elegimos. Por lo tanto, no nos permitamos vivir en la casa de veraneo de la emoción, sino en la ciudadela central de la voluntad, completamente rendidos y devotos a la voluntad de Dios». 
La mayoría de nosotros conoce a personas que viven enteramente a partir de sus sentimientos, y el resultado es que están desperdiciando sus vidas. Sin embargo, eso puede cambiar rápidamente si toman decisiones diferentes, unas que estén en consonancia con la voluntad de Dios.
Es maravilloso descubrir que con la ayuda de Dios podemos corregir los errores que hemos cometido. Cuando hacemos malas decisiones, siempre cosechamos el resultado de ellas tarde o temprano, y esto nunca resulta placentero. Cosechar lo que sembramos es una ley espiritual que Dios ha establecido en el universo y que trabaja de la misma manera en cada oportunidad. Si sembramos para la carne, cosecharemos de la carne ruina, decadencia y destrucción. No obstante, si sembramos para el Espíritu, cosecharemos vida (véase Gálatas 6:8). No importa cuánta mala semilla (obstinación y desobediencia) se ha plantado, en el momento que alguien comienza a plantar buena semilla (obediencia a Dios), su vida comienza a cambiar para mejor. La misericordia de Dios es nueva cada mañana... ¡y eso significa que Él ha provisto una manera de que tengamos un nuevo comienzo cada día! 

UN REINO ÚNICO

Cuando Jesús dijo que el Reino de los cielos se había acercado, dio a entender que Él mismo era la manifestación plena de ese Reino, de manera palpable. Por esa razón, todas las acciones de poder y autoridad que Él realizó, mostraron cómo se vive en el Reino. Aquellos que percibieron la grandeza del Reino reflejada en Jesús, pudieron decidir sujetarse voluntariamente al gobierno de Dios.
Las señales y los milagros, aunque tienen relación con el Reino, podrían ser realizados por personas que no pertenecen a él (vea Mateo 7:21-23). Esto significa que el fundamento para manifestar el Reino no es la realización de obras milagrosas. Jesús mostró el Reino no solamente por sus obras, sino también por vivir sujeto al Padre, a su gobierno y a su voluntad. El efecto transformador que Jesús produjo en las personas se debió a que expresó el Reino en su manera de vivir, y no solamente a través de prodigios.
El Reino de los cielos expresa el cumplimiento pleno de la voluntad, el propósito, el designio y la determinación de Dios. Ahora bien, que el Reino de los cielos venga a la Tierra no se debe confundir con el establecimiento de ese Reino de manera global y absoluta en el presente, ni con la erradicación del pecado en el mundo. El Reino llega a la Tierra cuando se hace real en la vida de las personas que deciden entregarse a Cristo y vivir bajo su gobierno.
Quienes nacen de nuevo y son salvos, entran al Reino. Pero eso no garantiza que los creyentes experimenten la perfecta voluntad de Dios en todo. El creyente tiene su propia voluntad de Dios en todo. El creyente tiene su propia voluntad y, a su vez, debe hacer la voluntad de Dios. En tal caso, ¿qué ocurre cuando hay dos voluntades en juego? Una de ellas debe ceder. Si en el Reino se hace exclusivamente la voluntad de Dios, entonces es indispensable que el creyente renuncie a su propia voluntad.  Siendo así, la manifestación del Reino de Dios en la Tierra no depende de la cantidad de personas salvadas, sino de que la voluntad de Dios sea la única voluntad en la vida de quienes pertenecen al Reino.   
Cuando todo quede bajo el dominio de Cristo, el Hijo se someterá a Dios Padre, de quien recibió la autoridad. Hay que recordar que Dios es uno solo, y se expresa en tres manifestaciones, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Cada una de esas manifestaciones de Dios tiene asignada una función. Así que el sometimiento está relacionado con la función y no con jerarquías en la divinidad, porque si las hubiera, entonces Dios no sería uno. En definitiva, el Hijo se someterá al Padre para que se cumpla un objetivo supremo: que Dios sea todo en todos.