MUJER Y MISIONES: SIGUE SIENDO UN RETO


Cada mujer cristiana, por ser miembro de la comunidad de fe en Jesucristo —una nueva comunidad sin barreras—, está dotada y motivada para ejercer la misión al menos en su casa y en su ciudad a causa de su elección, su identidad, su dignidad y su vocación. Una de las tareas es vivir según su dignidad y enseñar a otras que Dios restauró en Cristo, en la Cruz del Calvario, la dignidad de la mujer según el diseño original de su creación.

Fe cristiana y misión son términos inseparables. La fe cristiana no puede concebirse sin considerar el énfasis en el alcance misionero, porque éste es parte de la disciplina interna del cristianismo. Tampoco se concibe una mujer cristiana que no desee dar a conocer su fe pues, conforme a nuestra naturaleza, queremos compartir con otros acerca de las convicciones, creencias y experiencias que tenemos. Es así que la fe cristiana es misionera por naturaleza.

Ha llegado la hora de que nosotras, las mujeres latinoamericanas, asumamos nuestra responsabilidad misionera con más ahínco, deseo, ardor y tenacidad. Hay muchos lugares donde nos esperan y muchas personas que nos necesitan.

Llamado y misión en medio de una sociedad hostil

Para hablar acerca de la misión de la iglesia se acostumbra considerar sus bases bíblicas desde el origen de la misma, el que para algunos está en Adán y, para otros, en el llamamiento de Dios a Abraham.

Sin embargo, quiero reflexionar sobre 1 Pedro 2.9 porque el mensaje de toda la carta está dirigido a una comunidad cristiana que tiene un perfil, en cierta medida, muy similar a la condición de la mujer en muchas sociedades latinoamericanas y en otras latitudes. Se trataba de personas sin patria que constituían una minoría alienada de la sociedad en que vivían, con el agravante de que ésta era muy hostil. Por ser extranjeros tenían poca o ninguna posibilidad de adquirir seguridad, aceptación social y prestigio. En síntesis, eran un grupo marginal.

Es a esa comunidad de hombres y mujeres que el apóstol Pedro les afirma: «Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable…» Antes de comunicarles su llamado y su misión en medio de esa sociedad hostil, Pedro les define su identidad, dignidad y elección como una nueva comunidad sin barreras.

La identidad y dignidad de la iglesia

«Linaje escogido». Conforme a la afirmación de Pedro, la fe cristiana les prometía una condición igualitaria a todos los miembros de la comunidad elegida por el favor divino. Aunque en ese grupo todas las personas eran iguales tenían, realmente, una posición de privilegio. El apóstol sabía bien que para que esa comunidad tuviera éxito debía considerarse a sí misma escogida y privilegiada.

Asimismo, si una mujer quiere tener éxito en su misión debe ser consciente de que ha sido elegida para ello.

«Real sacerdocio». Esta descripción implica que todos los miembros de la comunidad tienen una función sacerdotal (Nm 11.29; Is 61.6) y que, además, ésta ofrece sacrificios espirituales (1Pe 2.5). Queremos resaltar aquí que el sacrificio verdadero consiste en la ofrenda de la vida cotidiana en obediencia; en el ofrecimiento continuo de nuestra voluntad a la voluntad de Dios. En consecuencia, es la comunidad entera la que cumple una función sacerdotal, y no solamente algunos de sus miembros.

La entrega y sumisión al Rey hacen que nuestro ser entero busque su gloria y su dominio. Nuestra vida, entonces, se alista para la manifestación de su poder y el cumplimiento de sus planes eternos.

Pero también, nos damos cuenta de que el sacerdocio nos refiere al gozo de la intimidad con Dios. La iglesia es una comunidad que ella entera invita a sostener una relación personal e íntima con Dios. Invita a una nueva relación. La fe en Cristo no nos habla de una lista de normas y conductas que cumplir, sino de una relación que sostener con el Padre. El énfasis del Nuevo Testamento está en esa relación.

Ese Rey Todopoderoso también se muestra como padre fiel y compasivo, dispuesto a caminar con nosotros e intervenir a nuestro favor.

Hemos visto que la identidad de sacerdotes y su dignidad real fortalecía a los destinatarios de la epístola de Pedro para vivir en medio de la hostilidad y la opresión. También hoy, sólo la intimidad con mi Padre puede endulzar mi corazón cuando ha sido amargado por la injusticia; darme un sentimiento de valía cuando he sido objeto de desprecio y se me ha tratado como despojo; sacar mis bajezas más vergonzosas de su recóndito escondite para permitirme encararlas y dejárselas a Él. Únicamente la intimidad con mi Padre me da el coraje de hacer lo que es justo, aunque con ello venga la pérdida. En la intimidad con mi padre mi voluntad muere… y vive la de Él.

«Nación santa». Se trata de una comunidad consagrada a cumplir los propósitos de Dios. Esto implica que la misma está sustentada por valores y principios radicalmente diferentes de los del mundo.

Toda la carta tiene un énfasis especial en la necesidad de que el cristiano se guarde en santidad, y en que esto debe ser su distintivo en la sociedad que lo rodea (1Pe 1.15), pues la misma persigue metas diferentes a las expuestas en el evangelio.

Cabe considerar aquí que los destinatarios de dicho documento vivían en medio de un contexto de clases sociales muy marcadas y que en el imperio romano existía un interés generalizado en el status social. Además, este ambiente tenía una fuerza tan arrolladora que los cristianos podían caer fácilmente en el elitismo, incluso dentro de su propia comunidad.

Por esta razón, en el capítulo 3 de su primera epístola Pedro da instrucciones precisas a las mujeres para que ganen a sus maridos incrédulos, y amonesta a los hombres a fin de que den a sus esposas un trato digno. Existen dos formas en las que la mujer cristiana puede hacer uso de su libertad en medio de un contexto de opresión: una, según su identidad y dignidad, y la otra según los principios de este mundo. En cuanto al hombre cristiano, éste puede darle a su esposa el trato que la sociedad romana acostumbraba o bien, tratarla con dignidad y tenerla en alta estima. Lamentablemente, esto último puede acarrearle la burla de otros.

«Pueblo que pertenece a Dios». Esta cuarta descripción me trae a la mente el mensaje de Tito 2.14: «Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo elegido, dedicado a hacer el bien.» Note cómo en este versículo la vocación está íntimamente ligada con la dignidad. Ese pueblo debe ser celoso de buenas obras, dado que ellas son uno de los distintivos de la comunidad en misión.

Pueblo a Dios». Esta cuarta descripción me trae a la mente el mensaje de Tito 2.14: Note cómo en este versículo la vocación está íntimamente ligada con la dignidad. Ese pueblo debe ser celoso de buenas obras, dado que ellas son uno de los distintivos de la comunidad en misión.

La misión de la iglesia

«Para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable». Pedro es directo y específico en la definición de la misión: nuestra tarea es proclamar las virtudes de Dios.

Proclamar refiere a la acción de publicar abiertamente, de divulgar algo escondido, dejando de lado el temor. El anuncio no es solamente verbal, sino que constituye un estilo de vida dirigido por los valores del Reino. El énfasis en toda la epístola es que si nuestro estilo de vida es diferente al del mundo dará testimonio de quién es Dios.

Si tradujéramos esa parte del versículo literalmente del original diría: «proclamar los hechos portentosos de Dios» o «las proezas de Dios», es decir, las obras poderosas de Dios en la cruz del calvario, la resurrección, la creación de una nueva comunidad dirigida por los valores del Reino, la transformación de los corazones.

Este pequeño texto de Pedro afirma, sin lugar a duda, que mi identidad y dignidad están íntimamente ligadas a mi misión. Si no soy, no puedo hacer.

Una realidad que demanda acción

Desde la reflexión que el apóstol Pedro nos ofrece, podemos afirmar que cada mujer cristiana, por ser miembro de la comunidad de fe en Jesucristo —una nueva comunidad sin barreras—, está dotada y motivada para ejercer la misión al menos en su casa y en su ciudad a causa de su elección, su identidad, su dignidad y su vocación. Considero que una de las tareas es vivir según su dignidad y enseñar a otras que Dios restauró en Cristo, en la Cruz del Calvario, la dignidad de la mujer según el diseño original de su creación.

Asimismo, como mujeres con una misión puntual es importante sensibilizarnos ante la terrible condición de nuestras congéneres en ciertas regiones. Abrir los ojos ante esta cruda realidad podría hacer que algunas de nosotras descubriéramos el llamado a un ministerio de consolación, ayuda, educación u otros aspectos, ya sea en nuestra propia comunidad o de manera transcultural.

Consideremos los datos siguientes:

  • Cuatrocientos cincuenta millones de mujeres sufren deterioro físico a causa de malnutrición en la infancia. En muchas sociedades, las niñas y las madres comen sólo después de que lo han hecho los hombres y los niños.
  • Las mujeres componen la mitad de la población mundial, pero sólo participan del uno por ciento de su riqueza. Setenta por ciento de los 1.300 millones de personas que viven en la pobreza son mujeres.
  • Es dos veces más probable que una niña no reciba educación.
  • Dos millones de niñas, principalmente en África y el Medio Oriente, sufren mutilación física para disminuir su deseo sexual. Las niñas que sobreviven a tal práctica en el futuro experimentarán dolor en la relación sexual, probablemente serán infértiles o tendrán más posibilidades de morir al dar a luz.
  • En algunos países las mujeres víctimas de violación son encarceladas por adulterio, mientras que los culpables quedan impunes. Asimismo, los asesinatos de mujeres y niñas siguen en aumento. Una mujer no necesita ser culpable de conducta inmoral para ser asesinada. Su padre, su marido, sus hermanos o sus tíos pueden matarla simplemente porque es objeto de murmuración. Además, muchas pequeñas son asesinadas por sus familias sólo por ser del sexo femenino
  • Cada año mueren en el mundo cien millones de niñas por abandono. En muchos lugares, cuando una niña se enferma, simplemente la dejan morir.

La respuesta de las mujeres de fe

La participación de la mujer en la obra misionera involucra a todas aquellas que hemos sido alcanzadas por la inconmensurable gracia de Dios. En estos momentos pienso en algunas de las misioneras que trabajaron aquí, en Costa Rica, en las primeras décadas del siglo pasado. Ellas, a pesar de ser solteras, no dudaron en ir a la zona Atlántica. Allí llegaron a atender hasta seis o siete congregaciones y nunca desmayaron en su ministerio a pesar del clima inhóspito.

En los tiempos apostólicos las mujeres ministraban junto a los hombres. Sin embargo, con el paso de los siglos la iglesia resultó influida por las culturas circundantes. Aunque en muchos avivamientos espirituales las mujeres fueron aceptadas como ministras en las primeras etapas, después fueron descartadas.

Finalmente hoy la situación está cambiando. Muchas mujeres están redescubriendo el papel que la iglesia primitiva les había concedido. Desde hace unos cuantos años el Señor ha levantado una nueva generación de mujeres dispuestas a colaborar en el cumplimiento de la misión que Él ha encomendado.

Pienso en China, donde las mujeres dirigen cuarenta mil de las cincuenta mil iglesias-hogar que existen hoy en aquel país.

Pienso, también, en las tres profesionales costarricenses que están en Guinea Bissau, África Occidental: Isabel, Eugenia y Seidy, quienes fundaron el primer orfanato en ese país. ¿Por qué su tarea es tan importante? En Guinea Bissau no existían los orfanatos. Las personas consideraban que los huérfanos eran espíritus que habían matado a sus padres. Por tal motivo, no se les debía cuidar ni prestar atención y se los dejaba abandonados para que murieran. Estas mujeres, llamadas en su comunidad «las levanta muertos» (a los huérfanos se los considera como muertos), están cambiando la sociedad al tener bajo su cuidado casi cincuenta huérfanos.

Pienso, además, en Clarisa Bello (soltera), quien ministra en Puerto Ayacucho, Amazonas, Venezuela. Ella, junto con otra compañera, se dedica a trabajar con la gente de la zona y a capacitar a hermanas y hermanos que se adentran en la selva amazónica.

Pienso en Débora (pseudónimo), quien ministra entre el pueblo kurdo desde hace varios años. Es consejera, maestra de niños y profesional en agronomía. Tuvo que regresar a Costa Rica para realizar un curso intensivo de enfermería a fin de poder brindar primeros auxilios y, además, aprendió a ser partera.

Pienso, asimismo, en Xinia Gamboa, quien se encuentra en el sur de Asia aprendiendo hindi para ministrar en la India. Anteriormente ella había estado trabajando en un orfanato.

Pienso también en Cristina Hernández, hondureña, profesional del arte, quien trabaja en una aldea en el sur de Asia ayudando a los jóvenes a recuperar su tradición artesanal milenaria, casi en extinción.

Además, como ejemplo de ejercicio de la misión doméstica, pienso con admiración en mi madre, quien con su visión casi apagada y su salud agotada, sostiene día a día un ministerio de consolación para aquellos que otros no abrazarían ni querrían escuchar. Ellos saben que ella los ama, los escucha, les sonríe, los abraza… y los espera.

¿Por qué involucrarnos en esta tarea?

  • Porque es tiempo de que la mujer asuma con más fuerza su compromiso misionero tal como lo profetizó el rey David: «… las mujeres que anuncian las buenas son una gran multitud.» (Sal 68.11 BDLA)
  • Porque dos tercios del liderazgo cristiano y de las personas que asisten a las iglesias son mujeres.
  • Porque debido a la opresión que sufren muchas mujeres en diferentes países, la iglesia misma ignora el plan y el ministerio que Dios tiene para cada una de ellas.
  • Porque en muchos países solamente una mujer puede comunicarse con otras mujeres.
  • Porque muchos hombres y mujeres han hecho de la iglesia una fortaleza de desigualdad y exclusión que silencia los dones que la mujer ha recibido del Espíritu Santo, constituyéndose de esa manera en una barrera al evangelio de Jesucristo.
Porque es tiempo de que la mujer asuma con más fuerza su compromiso misionero tal como lo profetizó el rey David: «… las que anuncian las son una gran multitud.» (Sal 68.11 BDLA)

El desafío

Las mujeres tenemos la oportunidad de participar en la extensión del Reino en múltiples maneras, como la historia lo demuestra y confirma. Además, la Biblia nos lo demanda y nuestra iglesia lo exige. El Señor está desafiando a esta generación de mujeres a servir a los millones de personas que se encuentran en situación de calamidad física y espiritual.

Por ello, no debemos rendirnos. Si el Señor la ha llamado, ¡vaya! No permita que otros impidan su servicio, pero cuide su corazón y sus actitudes. Manténgase sometida a Jesucristo, abierta a las demás personas, fiel a la Escritura y libre de cualquier sentimiento de rechazo y amargura. Tenga siempre presente que Él irá con usted adondequiera que vaya

AYUDA IDONEA




La mayoría de las parejas se casan teniendo grandes expectativas para su matrimonio. Saben que muchos matrimonios han fracasado y un buen número de los que perduran no son felices. Sin embargo, creen que su matrimonio será diferente porque se aman de verdad. De modo que comienzan su matrimonio con grandes expectativas pero a menudo, en poco tiempo, estas se tornan en frustraciones. El matrimonio que ellos estaban tan seguros había sido hecho en el cielo cae estrepitosamente a tierra; las estrellas que tenían en sus ojos se transforman en arena; el encanto es ahora desilusión.

¿Qué ocurrió?

Ninguno de los dos había aprendido a conducir sus vidas personales o su matrimonio de acuerdo a la Palabra de Dios.

Cuando Dios creó al hombre y a la mujer e instituyó el matrimonio, no hizo como un inventor que crea una máquina y luego deja que el comprador descubra cómo usarla y manejarla, cómo se relacionan entre sí las diferentes partes. No. Dios ha provisto información y dirección específica sobre el propósito del matrimonio y las distintas pero complementarias responsabilidades de las personas que lo componen. Dios ha dado ciertas responsabilidades a la esposa y otras al marido. Cuando dos personas conocen, aceptan, y cumplen las diferentes pero complementarias responsabilidades, se estimula la unidad en el matrimonio. Por el contrario, cuando el marido y la mujer no comprenden o no cumplen con las responsabilidades que Dios les ha dado se produce gran confusión y frustración.

Consideraremos ahora lo que la Palabra de Dios dice acerca de las responsabilidades primordiales de la esposa en el matrimonio. Hay, por supuesto, muchos pasajes de la Palabra de Dios que hablan del rol de la esposa. Algunos pasajes claves son Gn 2.18–25; Pr 31.10–31; Ef 5.22–24, 33; Tit 2.4, 5; 1 Pe 3.1–6.

En el Nuevo Testamento, a menudo se le ordena a la esposa a someterse o a estar en sujeción a su marido (Ef 5.22–24, 33; Col 3.18; Tit 2.4, 5; 1 Ti 2.9–12; 1 Pe 3.1–6).

La idea de la sumisión de la esposa no es muy popular hoy en día. A veces el antagonismo a la sumisión de la esposa surge de una rebelión pecaminosa contra la voluntad de Dios. En otras ocasiones puede surgir de un concepto falso de lo que involucra la sumisión de la esposa. Con el fin de corregir esto vale señalar lo que no es la sumisión bíblica.

La sumisión no es un concepto solo para las mujeres. Es un concepto aplicable a todo creyente (Ef 5.21; Fil 2.3, 4; 1 Pe 5.5; Ro 13.1; He 13.17).

La sumisión no significa que la esposa es una esclava. En realidad, la esposa nunca es tan libre como cuando está en sumisión a su esposo, pues entonces tiene libertad para llegar a ser todo lo que Dios propuso que fuese. (Estudie con su pareja la descripción de la esposa ideal según Dios en Pr 31.10–31).

La sumisión no quiere decir que la mujer jamás abre su boca, que nunca puede dar una opinión, que jamás da consejos (Pr 31.26; Hch 18.26; Jue 13.21–23).

La sumisión no significa que la esposa es una flor de adorno que deja que sus habilidades queden adormecidas. (La esposa ideal según Dios utilizó sus talentos y habilidades en Pr 31).

La sumisión no significa que la esposa es inferior al marido. Jesucristo no era inferior a María y a José y, sin embargo, las Escrituras nos dicen que cuando era niño «estaba sujeto a ellos» (Lc 2.51). Jesucristo en ninguna manera era inferior a Dios el Padre. Era y es en todo sentido total y completamente Dios. Sin embargo, las Escrituras afirman que hay un orden y una estructura en la Trinidad. Jesús dijo: «No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo así juzgo… no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn 5.30), y Pablo declaró: «Quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo» (1 Co 11.3). Esto no implica que Cristo es inferior a Dios el Padre; más bien, enseña que hay una división de las tareas y responsabilidades en la Trinidad. Del mismo modo, la sumisión de la esposa en ninguna manera implica inferioridad, al contrario, enseña la necesidad de orden y estructura, de compartir la responsabilidad en el hogar. Génesis 1.26–27 y Gálatas 3.28 afirman el estatus de igualdad y dignidad de la mujer y el hombre.

Ahora veamos la sumisión de la esposa desde un punto de vista más positivo.

Las Escrituras indican que es la responsabilidad de la mujer someterse. En ningún lugar se dice que el esposo deba lograr la sumisión de la esposa mediante la fuerza física. Más bien, se le manda a la mujer que sea sumisa (Ef 5.22 y 1 Pe 3.1).

Las Escrituras indican que la sumisión de la esposa debe ser continua. En el griego, el verbo utilizado en la mayoría de los pasajes sobre la sumisión está en tiempo presente. La sumisión ha de ser el estilo de vida continuo de la esposa (Ef 5.22 y 1 Pe 3.1).

La sumisión de la esposa es un mandamiento, no una opción. El verbo en griego está en el modo imperativo (Ef 5.21 y 1 Pe 3.1). Su sumisión no se basa sobre la forma en que la trata su esposo. Ni tampoco se ve condicionada por las habilidades, talentos, sabiduría, educación o estado espiritual del marido (1 Pe 3.1 y Lc 2.51).

La sumisión de la esposa es espiritual. Debe hacerse «como al Señor» (Ef 5.22). El Señor manda que la esposa sea sumisa. Negarse a someterse a su esposo equivale a estar en rebelión contra Dios mismo. Sumisión a su esposo es una prueba de su amor a Dios además de probar su amor hacia su esposo. La esposa, entonces, debe considerar la sumisión a su esposo como una acto de obediencia a Cristo y no solamente a su esposo. Jesús dijo: «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Jn 14.15), y uno de sus mandamientos a las esposas es: «Estén sujetas a sus propios maridos…» (Ef 5.22). Además, la sumisión es espiritual pues debe hacerse en el poder del Espíritu Santo. El contexto en que se ordena la sumisión indica que solo puede ser ejercida por mujeres cuyos corazones han sido limpiados por la sangre de Cristo, que son fortalecidas en su interior por el Espíritu Santo, por mujeres que están llenas de toda la plenitud de Dios (Ef 1.1–5.21; 1 Pe 1.1–3.6).

La sumisión es un concepto positivo, no negativo. Enfatiza más lo que debe hacer que lo que no puede hacer. En mi opinión, la definición de sumisión que da Bill Gothard es muy acertada. Él afirma que la sumisión «es la libertad de ser creativa bajo la autoridad instituida divinamente». La sumisión significa que la esposa coloca todos sus talentos, habilidades, recursos, y energía a disposición de su marido. Sumisión quiere decir que la esposa cede y utiliza todas sus habilidades bajo la dirección de su esposo para el bien de él y de la familia. Significa que se considera como parte del equipo de su marido y no un contrincante que lucha contra él y procura sobrepasarlo. No es solamente un ser independiente que va por su propio camino, es compañera de equipo de su esposo que lucha por los mismos logros. Tiene ideas, opiniones, deseos, pedidos y percepciones y con amor se los hace conocer, pero sabe que en todo buen equipo alguien tiene que tomar las decisiones finales. Sabe que los miembros del equipo deben apoyar al capitán, a sus planes y decisiones, o no habrá progreso sino, por lo contrario, habrá confusión y frustración.

La sumisión involucra las actitudes de la esposa además de sus acciones. Jesucristo se sometió voluntariamente al Padre. Dijo: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra» (Jn 4.34). Pero ¿cómo sirvió al Padre? ¿Con un espíritu de resignación, de servicio a ciegas o de carga? De ninguna manera. Sirvió al Padre con alegría porque le agradaba hacer la voluntad del Padre (Sal 40.7–8). Del mismo modo, la sumisión de la esposa a su marido ha de ser alegre, no servil o de mala gana. Las Escrituras declaran que la esposa, según Dios, «con voluntad trabaja con sus manos» (Pr 31.13), y se siente satisfecha al utilizar todos los recursos que Dios le ha dado para suplir las necesidades de su marido y de su familia. Efesios 5.33 contiene un importante mandato referente a la actitud en que la esposa debe someterse a su marido. Dice: «La mujer respete a su marido». Al someterse a su esposo debe hacerlo con una actitud de respeto. Esto es más claro en la Versión Ampliada del Nuevo Testamento donde afirma que la esposa debe considerar, honrar, preferir, estimar, alabar y admirar a su esposo.

La sumisión de la esposa debe ser extensiva. Debe someterse a su esposo como la Iglesia se somete a Cristo (Ef 5.24). ¿Qué debe abarcar la sumisión de la Iglesia a Cristo? Debe ser total. Cristo es la «cabeza sobre todas las cosas en la iglesia» (Ef 1.22), y todo lo que la iglesia hace en palabra o en hecho debe ser en el nombre del Señor Jesús, en total dependencia de su persona. La iglesia debe reconocer a Cristo en todos sus caminos, y hacer todo para su honra y gloria (Col 3.17; Pr 3.5, 6; 1 Co 10.31).

Del mismo modo Pablo dice que las esposas estén sujetas a sus maridos en «todo». La sumisión de la esposa no es algo que ocurre a veces sí y a veces no, tampoco debe ser selectivo, es decir, elegir lo que le gusta y rechazar lo que le disgusta. La sumisión debe ser su estilo de vida en todo tiempo, en todo lugar, y en todo aspecto.

Esto no significa que ella debe obedecer a su marido cuando este le ordena hacer lo que Dios prohíbe, o cuando procura que no haga lo que Dios manda. La mujer se sujetará a su marido «como conviene en el Señor» (Col 3.18). La autoridad de su esposo es delegada. Si la mujer no se somete, está rebelándose en contra de Dios y de su esposo. Sin embargo, cuando la autoridad de su esposo le ha sido delegada, él pierde su autoridad en esas ocasiones y en aquellas áreas cuando sus órdenes están claramente en contra de la voluntad revelada de Dios.

Cuando el marido le pide que haga algo que indudablemente es contrario a la Palabra de Dios, la esposa debe obedecer a Dios antes que al hombre (Hch 5.28–29).

La sumisión de la esposa a su marido, entonces, debe ser extensiva pero no necesariamente total o ilimitada. Ella debe obedecerle en todo excepto cuando contradiga la Palabra de Dios. Aun así, cuando obedezca, ha de hacerlo de un modo amante, sumiso; y si por motivos de conciencia decide desobedecer, que explique con calma y claramente sus razones, asegurándole al marido de su amor y lealtad, y procurando demostrar ese amor y esa lealtad en maneras variadas, continuas y tangibles. La mujer será la ayuda de su marido (Gn 2.18), pero no lo podrá ser si manifiesta un espíritu contencioso, desconsiderado y no cooperativo.

Un examen honesto de las Escrituras lleva a la conclusión que el ministerio primordial de la esposa de por vida es su marido. Cuando Dios creó a Eva para Adán dijo: «No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea (literalmente, correspondiente) para él. Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos … mas para Adán no se halló ayuda idónea para él. Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre» (Gn 2.18–22).

Varios factores importantes acerca de la relación de la esposa con su marido surgen de este pasaje.

Dios creó a la mujer para ser ayuda del hombre. Sin la mujer, el hombre aun en su perfección estaba incompleto.

Dios creó a la mujer para ser una ayuda idónea. Ninguno de los animales podían proveerle al hombre la ayuda que necesitaba. Sólo la mujer podía hacer eso. «El que halla esposa halla el bien, y alcanza la benevolencia de Jehová» (Pr 18.22). «Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas. El corazón de su marido está en ella confiado, y no carecerá de ganancias» (Pr 31.10–11).

Dios creó a la mujer para corresponder al hombre. Ella es similar al hombre pero algo diferente. Es el complemento del hombre, no su copia en carbón. Es para el hombre lo que una llave para un cerrojo y lo que una película para una máquina fotográfica, indispensable (1 Co 11.11).

De acuerdo con las Escrituras, la esposa fue creada para llenar las necesidades, las faltas, la incapacidad de su marido. Fue creada para ser la ayuda singular de su marido. Le ha de dar «bien y no mal todos los días de su vida» (Pr 31.12). Deberá ser como vid fructífera en la casa de su marido (Sal 128.3). Debe ser «una carne» con su esposo y esto solo ocurrirá en la medida que acepte y cumpla con el rol que Dios dispuso para ella en el matrimonio.

Esto no significa que todo lo que hace debe estar directamente relacionado con su marido. Tampoco quiere decir que nunca deba hacer algo en beneficio propio o de otros, o que jamás deba participar en actividades o ministerios fuera del hogar (Pr 31.10–31).

Significa, eso sí que jamás debe hacer algo en detrimento de su esposo o que le cause daño o que la obligaría a descuidar su ministerio primordial de ayudar a su esposo (Pr 31.10–31).

Ahora me gustaría sugerir formas específicas en que la esposa puede ayudar a su marido. Puede ayudarle:

Haciendo que su hogar sea un lugar seguro: un lugar de aliento, comodidad, comprensión y refugio (Pr 31.11, 20). No haga bromas acerca de él ni comentarios hirientes, tampoco le recuerde constantemente sus faltas, errores y fracasos. Corríjalo solamente si es absolutamente necesario y evite el peligro de dejar que el hogar esté desordenado y lleno de confusión. También evite el peligro de hacer del hogar una sala de exposición donde todo debe siempre estar en su lugar y sin ninguna mancha. Los maridos quieren vivir en sus hogares, y no en una sala de exhibición.

Siendo confiable y formal (Pr 31.11–12).

Manteniendo una buena actitud (Pr 31.26, 28–29; Stg 3.13–18; Fil 4.4).

Dialogando abierta y honestamente, en amor (Ef 4.25).

Estando satisfecha con su posición, sus posesiones, sus tareas (Fil 4.6–13; He 13.5, 16).

Siendo sufrida, perdonadora y paciente (Ef 4.2, 31–32; Col 3.12–14).

Mostrando interés en sus problemas y asuntos (Fil 2.3–4).

Siendo miembro laboriosa, frugal, diligente, ambiciosa y creativa del equipo (Sal 128.3; Pr 31.10–31).

Ofreciendo sugerencias, consejo y corrección cuando es necesario, en amor (Pr 31.26).

Manteniéndose hermosa, especialmente en su ser interior (1 Pe 3.3–5).

Manteniendo una vida espiritual buena (1 Pe 3.1–2, 7).

Cooperando con su esposo en la crianza de los hijos (Ef 6.20; Pr 31.26–28; 1 Ti 5.13, 14).

Promoviendo lealtad a él en los hijos. Las actitudes de la esposa hacia su marido son adoptadas rápidamente por los hijos. Una falta de respeto o confianza en su liderazgo, quejas acerca de lo que ha hecho o ha dejado de hacer ejercerán una influencia debilitante sobre los hijos. Ella, con sus hijos o cualquier otra persona, debe evitar tomar una posición en contra de su esposo . Debe apoyarle y cooperar con él en la disciplina. Toda diferencia de opinión acerca de la disciplina debe dialogarse lejos de los hijos.

Siendo agradecida. El aprecio debe expresarse libremente y en variadas formas (Ro 13.7).

Mostrando confianza en sus decisiones. Desdén, falta de confianza, ansiedad, u oposición fuerte a sus decisiones puede hacer que él se torne indeciso, defensivo o que no acepte ninguna innovación. Si la esposa duda de la sabiduría de alguna decisión importante, debe hacérselo saber sin amenazas, y descontar que hay algunos hechos o factores que ella desconoce y que en verdad él desea lo mejor para todos (1 Co 13.4–8).

Esposas, Dios las ha llamado a someterse a sus maridos, a ser su ayuda idónea y singular.

Sin embargo, de nada vale que usted tenga todo el conocimiento de lo que esto significa si no lo pone en práctica en su relación con su marido. El conocimiento de estas verdades no estimulará la unidad en el matrimonio, pero ponerlas en práctica sí lo hará.

QUIEN RIE AL ULTIMO...


Porque podemos confiar en que nuestro Dios puede sosegar todo conflicto, la mujer creyente debe sentirse fuerte y no dejarse atrapar por la miserable y devastadora autocompasión.

Por la breve escala de nuestras vocales corre la risa con sus diversos matices. La «a» la hace franca, espontánea, alegre; la «e» le confiere un timbre de desconfiada reserva; la «i» le presta su punto divertido, burlón; de la «o» toma el asombro y el desconcierto, mientras a través de la candorosa «u» aparece recelosa y precavida.

Existe un tipo de risa -creo yo- que no se expresa en forma audible: la risa del corazón. Y es que el corazón puede reír y llorar sin que otros se enteren.

Vengo a hablar de risa tras el recuerdo de que quien ríe último, ríe mejor, cosa que vino a mi mente al observar cómo no hay nada malo que permanezca impune, ni causa que alguien pisotee injustamente y no resurja y se desarrolle luego mucho mejor que cuando quisieron hacerla fracasar.

Hay grados de ofensa, pero en todos los casos, antes o después, el ofendido es vindicado y el ofensor acaba por avergonzarse, reconociendo -dependiendo de la porción de humildad cultivada- ante el otro, o en su fuero interno, lo improcedente de su acción.

Cuando la persona ofendida, que ha esperado serena la intervención de Dios en el conflicto, ve fin como Él le da la mejor de las soluciones, se ríe, no con la risa del vengativo, sino con la de quien, gozos agradece que las cosas estén donde debían esta porque eso era lo justo, lo correcto. La suya es la risa de quien ha sabido confiar en su Señor ante las infidelidades de los demás, y obtenido el fin esperado ¡Dios la ha honrado! Con eso le basta, y le es más que suficiente para elevarse por encima de las mezquindades humanas. Con el poder del Espíritu Santo ríe en último lugar, sin por ello albergar resentimiento alguno contra el ofensor. Alborozada por la victoria, satisfecha por 1a vindicación, rebosa de alegría, y no puede sino cubrir con tan rarísimo producto a quienes se alzaron contra ella imprudentes, por más sutileza que emplearan.

No queda en el creyente que «ríe último» rastro de amargura; ni siquiera gesto de indiferencia sino, por extraño que parezca, un sentimiento de auténtica simpatía que, como tal, no tiene sino que repercutir en el otro, forzándole a vibrar con la misma nota de paz que repica en su propio corazón. Todo por haber sabido esperar con paciencia la divina intervención cuando por si mismo no pudo resolver nada.

Dado que podemos confiar en que nuestro Dios puede sosegar todo conflicto, el creyente debe sentirse fuerte y no dejarse atrapar por la miserable y devastadora autocompasión.

Nunca me he sentido tan mal ante mis propios ojos como cuando he caído en esa trampa, ni presenciado espectáculo más deprimente que el ofrecido por la hermana llorosa a causa de las ofensas que debe aprender a dejar en las manos del Todopoderoso.

Es una pena llorar por nosotras mismas en tales situaciones, cuando diariamente contemplamos multitudes por las que si deberíamos derramar ante el Señor ríos de lágrimas. Eso era lo que hacía David al ver a quienes, alejados de su Hacedor; menospreciaban su santa ley. (Sal. 119:136).

La práctica de llevar a Dios las necesidades de los otros junto con las nuestras nos hace descansar en cuanto a las propias «pequeñas-grandes» luchas, confiadas en que de estas se encarga Él, si en verdad andamos en obediencia. «Pondré a salvo al que por ello suspiras, nos afirma. Y nosotras, como el salmista, podríamos pedirle y luego esperar tranquilas: «De tu presencia proceda mi vindicación», confiando en que El ha de vengar nuestros agravios (Sal. 12:5; 17:2; 18:47). ¡Hay tanto bueno en que concentrarnos y por lo que estar agradecidas!

El egocentrismo es el pivote sobre el que giran todas nuestras discordancias e incoherencias, haciéndonos frías, duras y altivas, con lo cual herimos a otras o, heridas por ellas, nos cerramos al amor,

Nuestra vida transcurre en el taller de Dios desde el momento en que creímos en Cristo como Salvador, aprendiendo el oficio que supera en dignidad a cuantos en el mundo hay: el de colaboradoras suyas. Como tales, nos va preparando para nuestra diaria intervención. Ahora bien, si no todas somos superdotadas, sí hay algo para lo que todas estamos calificadas: pata alentar y consolar, Para ejercer esta tarea debemos practicar la sensibilidad hacia los Otros, atentas a darles el

trato para nosotras mismas deseado. Lo demás vendrá fácilmente después, adquirido a los pies del Señor.

Esta lengua nuestra, que tantas veces nos deja en mal lugar, ha de rendirse diariamente al servicio de su Creador, dispuesta a pronunciar palabras que produzcan el milagro de disipar la sombría y viscosa nube que, a veces, sin que lo sepamos, puede estar envolviendo a nuestra hermana.

El profeta dijo, y nosotras debemos hacerle eco: «Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado». Sin embargo, al igual que para aquel, es imprescindible pasar por la disciplina del aprendizaje:

«Despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios» (Is. 50:4). ¡Hay tantas más cansadas que nosotras! Sin olvidar que formamos parte del engranaje del formidable plan de Dios para ser usadas en el mismo, y no para que El se adapte a los nuestros.

Si no estamos en lo que debemos, temamos. ¡Dios también ríe! Aunque las tres veces que en la Biblia se nos dice esto es con referencia a los obstinados que se le oponen, y por supuesto no es la risa del humano, a cuyo nivel no se rebaja, pienso que, en cuanto a nuestras deslealtades no confesadas, recogeremos el producto de las mismas.

No estamos jugando a la religión, sino viviendo la vida cristiana. Y qué es esto sino ir reaccionando en todo enfrentamiento a la manera de nuestro Salvador. ¿Qué hizo El ante la más horrenda injusticia? Calló, encomendando su causa al que juzga justamente y «por el gozo puesto delante de El, sufrió la cruz» (1 P. 2:21-23).

La esperanza de lo que nos aguarda debería enseñarnos a calibrar las cosas de aquí abajo y la forma de responder a ellas.

Entretanto vivamos con Dios y para Dios, proyectando su luz a cuantos nos rodean. No olvidemos que El tiene pensamientos entrañables para nosotras: pensamientos de paz y no de mal, para darnos el fin que esperamos (Is. 29:11). Verlos y disfrutarlos requerirá nuestra fe y sumisión.

No se lamente, pues, por lo que otros puedan haberle hecho. A tiempo saldrá a luz lo justo, y El, el Defensor, «aún llenará tu boca de risa y tus labios de júbilo» (Job 8:21).

Y riendo última, reirá mejor..

SI ESTAS VIVA, SIENTE VIVE




Siempre ten presente que la piel se arruga,
el pelo se vuelve blanco,
los días se convierten en años…
Pero lo importante no cambia,
tu fuerza y tu convicción no tienen edad.
Tu espíritu es el plumero de cualquier telaraña.

Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida.
Detrás de cada logro, hay otro desafío.
Mientras estés viva, siéntete viva.
Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.
No vivas de fotos amarillas…

Sigue aunque todos esperen que abandones.
No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.
Haz que en vez de lástima, te tengan respeto.

Cuando por los años no puedas correr, trota.
Cuando no puedas trotar, camina.
Cuando no puedas caminar, usa el bastón
¡Pero nunca te detengas!


Autora: Madre Teresa de Calcuta

VALOREMOS EL TRABAJO EN CASA


"Queridos todos:
Me voy. Volveré cuando sepáis dónde están guardadas las bolas de naftalina, cuando nuestra casa ya no tenga secretos para ninguno de vosotros, cuando seáis capaces de descifrar los códigos de los botones de la lavadora, cuando logréis reprimir el impulso de llamarme a gritos si se acaba la pasta de dientes o el papel higiénico. Volveré cuando estéis dispuestos a llevar conmigo la corona de reina de la casa. Cuando no me necesitéis más que para compartir.


Ya sé que me echaréis de menos, estoy segura. También yo a vosotros, pero sólo desapareciendo podré rellenar los huecos que vuestro cariño me produce... Sólo podré estar segura de que verdaderamente me queréis cuando no tengáis necesidad de mí para comer o para vestiros o para lavaros o para encontrar las tijeras. Ya no quiero ser la reina de la casa, estoy harta, me he cansado de tan gran responsabilidad y he caído en la cuenta de que si sigo jugando el papel de madre súper no lograré inculcaros más que una mentalidad de súbditos. Y yo os quiero libres y moderadamente suficientes y autónomos.

Ya sé que vuestro comportamiento conmigo no es más que un dejarse llevar por mi rutina; también por eso quiero poner tierra por medio. Si me quedo, seguiré poniéndoos todo al alcance de la mano, jugando mi papel de omnipresente para que me queráis más.

Sí, para que me queráis más. Me he dado cuanta de que todo lo que hago es para que me queráis más, y eso me parece tan peligroso para vosotros como para mí. Es una trampa para todos.

Palabra de honor que no me voy por cansancio, aunque sea una lata dormirse todas las noches pensando en la comida del día siguiente y hacer la compra a salto de mata cuando vienes del trabajo y, a la larga, pesa mucho la manía de ver siempre un velo de polvo en los muebles cuando me siento un rato en el sofá, y la perenne atracción hacia la bayeta y la cera. Pero no es sólo por eso. No. Tampoco me voy porque esté harta de poner la lavadora mientras me desabrocho el abrigo ni porque quiera estar más libre para hacer carrera en mi trabajo. No. Hace ya mucho tiempo que tuve que elegir una perpetua interinidad en mi profesión porque no podía compatibilizar una mayor dedicación mental al trabajo profesional con la lista de la compra. Me voy para enseñaros a compartir, pero sobre todo me voy para ver si aprendo a delegar.

Porque si lo consigo, no volveré nunca más a sentirme culpable cuando no saquéis notas brillantes o cuando se quemen las lentejas o cuando alguno no tenga camisa planchada que ponerse.

La culpa de que sea imprescindible en casa es sólo mía, así que desapareciendo yo por unos días, os daréis cuenta vosotros de que la monarquía doméstica es fácilmente derrocable y quizá yo pueda aprender la humildad necesaria para ser, cuando vuelva, una más entre la plebe.

Cuando encontréis la naftalina no dejéis de avisarme. Seguro que para entonces yo también habré aprendido a no ser tan excesivamente buena. Puede ser que ese día no nos queramos más, pero seguro que nos querremos mejor.

Besos. Mamá."

EL TRIUNFO DE LA CRUZ



El odio de los fariseos llevó a Cristo a la cruz, siendo su ejecución el crimen judicial más infame de la historia del mundo. Se ha calificado el hecho como «el asesinato más cobarde de un embajador que jamás se haya visto, y el ultraje más vil que rebeldes jamás hayan perpretado contra el benefactor de su patria». Pero detrás del crimen máximo de todos los tiempos se halla la obra de Dios, quien cumple por medios tan extraños el plan eterno.La victoria aparente de Satanás se convirtió en una derrota tremenda, a la vez que la aparente derrota de Cristo llegó a ser su victoria suprema, manifestación de su poder infinito Dios ha convertido este acto de alevosa y diábolica rebelión contra su persona en el medio para la expiación de los pecados y la salvación de los mismos rebeldes. Al golpe insultante que asestaron a su rostro santo, respondió con el beso de amor y de reconciliación. Nosotros llegamos al límite de toda maldad por nuestra rebelión contra Él, mas Él escogió aquella misma hora para la manifestación más sublime de toda gracia y bondad para con nosotros. Así es que el hecho vergonzoso de la cruz, en cumplimiento del plan de redención, llegó a ser el eje de la historia humana, y no sólo eso, sino de toda la suprahistoria universal.

El momento en el calendario humano sería, con toda probabilidad, según los más recientes cálculos de los eruditos, el día 7 de abril del año 30 d.C., pero como «hecho eterno» la cruz es el fundamento de todo el victorioso proceso de la redención.

EL SIGNFICADO DE LA CRUZ PARA DIOS

La cruz es el hecho más trascendental de la historia de la salvación: mayor aun que el de la resurrección, bien que los dos son inseparables. Se puede decir que la cruz es la victoria, mientras que la resurrección es el triunfo, siendo más importante aquella que éste, bien que el triunfo es la consumación natural e inevitable de la victoria. En la resurrección, pues, se manifestó públicamente la victoria del Crucificado, aunque la victoria en sí había sido ganada cuando el vencedor exclamó: «¡Consumado es!» (Jn. 19:30).

La cruz es la evidencia suprema del Amor de Dios

En la cruz el Señor de toda vida entregó a la muerte a su amado, a su unigénito Hijo, al Mediador y Heredero de la creación (Col. 1:16; He. 1:2, 3). El Cristo que murió en la cruz era el Señor de todo, en honor de quien los astros siguen su curso por el espacio, y al otro extremo de la creación, en cuya honra los insectos revolotean en un rayo de sol (He. 2:10). Verdaderamente, en este gran acontecimiento, «Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro. 5:8).

La cruz es la mayor prueba de la justicia de Dios

En la cruz el Juez de toda la tierra, «como manifestación de su justicia», no perdonó aun a su propio Hijo (Ro. 3:25; 8:32). En el transcurso de los siglos, pese a mucho juicios individuales y parciales, Dios no había castigado jamás el pecado con juicio final (Hch. 17:30). Tanto es así que, a causa de su paciencia, su santidad aparentemente estaba en tela de juicio por «haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados» (Ro. 3:25). En vista de ello, solamente la muerte expiatoria del Redentor, como acto justificativo de Dios frente a la pasada historia de la humanidad, pudo mostrar la justicia irrefutable del Juez supremo de los hombres. Comprendemos, desde luego, que la paciencia de los tiempos anteriores se fundaba exclusivamente en el hecho futuro de la cruz, de la manera en que todo pecado presente y futuro puede ser expiado por la «justificación» del pecador tan sólo por la mirada retrospectiva de la justicia divina hacia la cruz. Por ende, la paciencia pasada, el juicio presente y la gracia futura hallan todos su punto de convergencia en la cruz (Ro. 3:25, 26; 1 Jn. 1:9; Jn. 12:31).

En el evangelio se revela por primera vez «una justicia de Dios» (Ro. 1:17 VHA) que no es sólo un atributo de Dios, sino también un don que procede de Dios, y que es válido delante de su trono de justicia al ser aceptado en sumisión y fe por el pecador (Ro. 1:17; 2 Co. 3:9; 5:21).

La cruz aumenta maravillosamente las Riquezas de Dios

Los redimidos en el cielo cantan: «Tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra» (Ap. 5:9, 10). El cántico expresa maravillosamente el hecho de que los salvos, en su conjunto, son la posesión de Dios, un pueblo adquirido, que es de su propiedad exclusiva (1 Pe. 2:9; Tit. 2:11). Claro está que no queremos decir que esta riqueza adquirida por medio de la cruz signifique un incremento de la gloria esencial de Dios, porque es infinito en todo. Sin embargo, las Escrituras afirman que, al redimir a la Iglesia, Dios ha ganado un instrumento eficaz para la revelación de su gloria, puesto que aun ahora, en este período en que vivimos, la función de la Iglesia no se limita a testificar en la tierra, sino, según Efesios 3:10, 11, existe «para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales». Ante tal pensamiento, ¡que se eleve nuestro espíritu por encima del polvo de nuestra jornada de hoy, hermanos! Por medio nuestro los principados de los lugares celestiales han aprendido hoy algo de la rica diversidad de la sabiduría de nuestro Dios. ¡Que nuestro corazón vuele, pues, por encima de las estrellas para morar al abrigo del trono de Dios el Omnipotente, quien se digna ser nuestro Padre por medio de su Hijo!

EL SIGNIFICADO DE LA CRUZ PARA CRISTO

Para Cristo y para Dios la cruz es la expresión suprema de la autoridad de Dios

Al iniciar su misión redentora en el mundo el Hijo exclamó: «¡Heme aquí para que haga, oh Dios, tu voluntad!», y la entera sumisión a la voluntad divina le hizo ser «obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (He. 10:7; Flp. 2:8; Ro. 5:9). En vista de que el Hijo, igual al Padre en esencia y gloria, se sometiera a la voluntad divina, es evidente que todo otro ser tendrá que rendirse ante la autoridad del trono celestial.

La cruz en grado supremo deleita el corazón de Dios

Debiéramos pensar siempre en primer término en lo que es la cruz para Dios mismo, teniendo en cuenta el simbolismo del holocausto del primer capítulo de Levítico que era «ofrenda encendida, olor suave a Jehová». Fue preciso, ante todo, que Dios quedara satisfecho por medio del gran acto de obediencia de su Hijo, y por eso Pablo, recogiendo el lenguaje levítico, nos declara que Cristo «se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante» (Ef. 5:2).

La cruz es la base de una manifestación especial del amor de Dios para con su Hijo

El amor que une al Padre con el Hijo en el seno de la Deidad ha de ser necesariamente perfecto en su eternidad, pero tal fue el agrado del Padre ante la entrega voluntaria del Hijo, que ésta produjo una manifestación especial de amor y de aprobación: «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida para volverla a tomar» (Jn. 10:17).

Para Cristo personalmente la cruz es el camino a la diestra del trono como el Dios-Hombre triunfador

La posición esencial del Hijo es «en el seno del Padre» (Jn. 1:18), pero habiendo aceptado la misión de redimir al hombre caído y en cumplimiento de ella se encarnó, llegando a ser el «Hijo del hombre»: el campeón de la humanidad que libra la batalla contra Satanás. En la cruz ganó la victoria, derrotando al enemigo por el hecho de anular el pecado y agotar la muerte. Así pudo ascender a la diestra de la Majestad en las alturas (lugar de todo poder ejecutivo) revestido de la doble gloria de su divinidad esencial e inalienable, unida ya con la gloria que adquirió como el hombre vencedor (Jn. 1:18; Flp. 2:6-11; He. 2:9; 8:1).

Por la cruz Cristo se posesionó de su Iglesia redimida

Por haber pasado a través de la muerte, no se halla ya solo como «el grano de trigo», sino acompañado de los suyos, gozándose en el fruto abundante de la cruz en victoriosa glorificación (Jn. 12:24). Sólo así pudo alcanzar el gozo que le fue propuesto y ser hecho perfecto como el autor y consumador de la fe; sólo así pudo ser el «primogénito entre muchos hermanos», la Cabeza de los innumerables miembros del Cuerpo, adquiriendo aquella Iglesia que es «su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo» (He. 2:10; 12:2; Ro. 8:29; Ef. 1:22, 23)

Ciertamente Cristo, como persona divina, no pudo ganar nada por medio de la cruz, ya que su gloria eterna era infinita. El hombre glorificado a la diestra del Padre no posee más divinidad ahora de la que era suya en la eternidad, antes de encarnarse, sino que pide al Padre la renovada manifestación de la misma gloria: «Padre, glorifícame tú para contigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Jn. 17:5). En cambio, como Redentor y el «postrer Adán», Cristo ha ganado una nueva exaltación, teniendo ya un nombre que es sobre todo nombre, en el cual se doblará «toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra» (Ro. 5:12-21; 1 Co. 15:45; Flp. 2:9, 10).

La cruz, para nosotros personalmente, es la expresión más sublime del amor de Dios

Pablo se deleita en contemplar este amor revelado en la cruz: «Del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí»… «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Gá. 2:20; Ef. 5:25). Cristo ha hecho que su muerte agonizante en la cruz sea la bendita fuente de nuestra vida. ¡He aquí la respuesta de su amor redentor a nuestra rebeldía y odio! Por tal medio, la victoria aparente de Satanás se convirtió en una derrota tremenda y decisiva, a la vez que la aparente derrota de Cristo llegó a ser su victoria suprema, manifestación de su poder infinito (cp. Jn. 4:9, 10; Ro. 5:6-8).

EL SIGNIFICADO DE LA CRUZ PARA NOSOTROS

El aspecto individual

Para el cristiano, como individuo, la cruz encierra un doble significado: por una parte, es la base de su justificación, por la que se arregla su vida pasada frente a la justicia de Dios; y por otra, es el fundamento de su santificación, por la que se gobierna su vida presente según la voluntad de Dios.Pero ahora Cristo, por el cumplimiento de la ley en la cruz, ha derribado la pared intermedia de separación, reconciliandonos con Dios. La base de la justificación

Preciso era que nuestros pecados fuesen cargados sobre el Fiador, quien debió llevarlos como sustituto en lugar de otros, a fin de que éstos, habiendo muerto al pecado, viviesen luego a la justicia (Is. 53:6; 1 Pe. 2:24; He. 9:28; 2 Co. 5:21). De la forma en que la ruina del hombre se produjo por un solo acontecimiento histórico —el de la Caída—, así también tuvo que ser levantado de su postración por el Fiador mediante un solo suceso: el acto de justicia del Gólgota (cp. Gn. 3 con Ro. 5:18). En Romanos 5:18 Pablo emplea la voz griega dikaioma que indica un hecho justo, y no la palabra más corriente dikaiosune que significa la calidad de la justicia o de la rectitud.

La naturaleza esencial del pecado es la rebeldía, que conduce indefectiblemente a la separación de la criatura del Creador como fuente de vida y, por consiguiente, resulta en la muerte del pecador. Obviamente, la expiación ha de corresponder a la naturaleza del pecado y, por lo tanto, el Redentor debió sufrir la sentencia de la muerte para poder efectuar la restauración de la vida. He aquí el significado de la declaración: «Sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (He. 9:22). Solamente por medio de tal muerte pudo el Redentor anular el poder de quien tenía el imperio de la muerte, es a saber, el diablo (He. 2:14). En la sabiduría eterna de Dios hubo esta necesidad: que la misma muerte, el gran enemigo de los hombres, llegase a ser el instrumento de su salvación, y que aquello que era tanto el resultado como el castigo del pecado se convirtiera en camino para redimir al hombre de su pecado (1 Co. 15:56; Ef. 2:16).

Pero se desprende de todo ello que la muerte de Cristo es «la muerte de la muerte», según la figura de la serpiente de metal en el desierto, ilustrándose el mismo hecho por la manera en que David mató a Goliat con la misma espada del gigante (Nm. 21:6, 8; cp. Jn. 3:14; 1 Sa. 17:51; He. 2:14).

He aquí la lógica de la salvación, que se arraiga profundamente en el plan divino de la redención, siendo irrecusable y demoledora frente a todos los orgullosos ataques de la incredulidad. La «teología de la sangre» —según la despectiva frase de los enemigos de la cruz— que tiene a Cristo crucificado como su centro, permanece inconmovible como nuestra roca de salvación (He. 9:22; 1 Co. 2:2; Gá. 3:1). Para muchos, ciertamente, es piedra de tropiezo, roca de escándalo y señal que será contradicha, pero para lo redimidos es «la piedra viva, elegida, preciosa», el fundamento inamovible de su fe (1 Pe. 2:4, 6, 8; Is. 28:16; Sa. 118:22). Esta piedra está puesta «para caída y levantamiento de muchos», o según la figura de Pablo en 2 Corintios 2:15, 16, es «olor de muerte para muerte» en el caso de algunos, pero «de vida para vida» tratándose de otros. Para los judíos es tropezadero y para los griegos locura, pero no por eso deja de ser «potencia de Dios y sabiduría de Dios» (Lc. 2:34; 2 Co. 2:15, 16; 1 Co. 1:18, 23, 24).

La cruz es la base de la santificación para los salvos

Cristo el Señor murió en la cruz para que nosotros fuésemos salvados de la cruz. Esta afirmación subraya la parte negativa y judicial de su muerte, o sea la liberación que fue provista por el Gólgota. Desde otro punto de vista, Cristo murió en la cruz con el fin de que fuésemos asociados con Él allí, lo que nos incluye en el significado de su muerte a los efectos morales de una vida santa, y eso señala la obligación del Gólgota. Nosotros somos «plantados juntamente» con el Crucificado, siendo vinculados orgánicamente a la «semejanza de su muerte» (Ro. 6:5). Todo eso es otra manera de expresar las enseñanzas del Maestro en los evangelios: que somos discípulos que llevamos su cruz en pos de Él o, según otra figura, somos granos de trigo a semejanza de Cristo mismo, sabiendo que no llegamos a vivir espiritualmente sino a través de la muerte (Mt. 10:38; Jn. 12:24, 25). Así somos llamados a participar en lo que era la fundación de nuestra redención, o sea, de la muerte, que no por ser tenebrosa deja de ser preciosa.

Según Gálatas 2:20 hemos sido «crucificados con Cristo» y por eso:

- El mundo alrededor está muerto por medio del Crucificado, pues por la cruz el mundo está crucificado a nosotros, y nosotros a Él (Gá. 6:14).

- El mundo dentro de nosotros, es decir, nuestra carne, ha sido crucificada igualmente en la cruz, según la afirmación de Pablo: «sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue juntamente crucificado con él… a fin de que no sirvamos más al pecado» (Ro. 6:6, 11).

- El mundo debajo de nosotros ha sufrido una derrota total por medio de la cruz, de forma que Pablo pudo declarar que Cristo, «despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (Col. 2:15, cp. Gn. 3:15).

- El mundo encima de nosotros se ha convertido en una esfera de gracia y de bendición, ya que ha sido abolida la maldición de la ley, siendo clavada en la cruz, de modo que el creyente puede exclamar: «Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios» (Gá. 2:19).

El pecador vivía bajo la amenaza de la ley, pero ahora Cristo ha cumplido su fatídica sentencia en su lugar, muriendo por medio de la ley (Gá. 4:4; 3:10). Por este cumplimiento total de la sentencia de la ley, ésta ya no puede levantar acusación alguna contra Él, como representante de la raza, a la manera en que el hombre ajusticiado pierde toda relación con la autoridad que le condenó a la muerte. Cristo, pues, está muerto a la ley. Ahora bien, el creyente en Cristo tiene su parte en la misma experiencia de Cristo por el hecho de su identificación con Él, resultado de la fe verdadero, y por ende, él también ha muerto a la ley y vive ya en la libertad de su unión vital con Aquel que fue levantado de entre los muertos (Ro. 7:4).

El aspecto colectivo

Por medio de la cruz se abre ante la humanidad un régimen nuevo en el que vemos:

- La anulación del poder de la ley, que crea una nueva situación interna.

- La admisión de todas las naciones a la esfera de la salvación que ha creado una nueva situación externa.

- El triunfo universal del Crucificado que ha creado una nueva situación universal.

La anulación del poder de la ley

En la vida interior del creyente la cruz significa el cumplimiento y la abolición de todos los sacrificios levíticos y, por lo tanto, la abolición de la ley levítica en general, porque los sacrificios eran la base de la función sacerdotal, de la forma en que esta lo era de la ley misma (He. 10:10, 14; 7:11, 18). Así por la cruz, Cristo llegó a ser fin de la ley, como también Fiador de un pacto nuevo y mejor por medio del cual los llamados «reciben promesa de la herencia eterna» (Ro. 10:4; Mt. 26:28; cp. He. 7:22; He. 9:15-17), pero siendo disuelto el sacerdocio levítico, ha pasado también el primer tabernáculo, se ha rasgado el velo del templo, el camino al lugar santísimo está expedito y todo el pueblo de Dios se ha transformado en un reino de sacerdotes espirituales (He. 9:8; Mt. 27:51; He. 10:19-22; 1 Pe. 2:9; Ap. 1:6).

Lo antedicho no obsta a que la ley siga cumpliendo su función de dar el conocimiento del pecado a los hombres, siendo buena en sí, y necesario freno en un mundo de impíos (1 Ti. 1:8-11; Ro. 3:20; 7:12).

La admisión de todas las naciones en la esfera de la salvación

No sólo ha perdido la ley su poder interior, en la vida de los creyentes, sino que ha cesado de ser barrera entre Israel y las naciones. Hasta el momento de cumplirse la obra de la cruz, la ley que actuaba de ayo para conducir a Israel a Cristo (Gá. 3: 24) constituía una valla que separaba al pueblo hebreo de los demás pueblos del mundo (Ef. 2:14). Por eso las naciones se hallan sin ley y extranjeras a los pactos de la promesa, lo que producía una tensión entre ambas partes: una especie de enemistad en los anales de la salvación que impedía que aquellos «de lejos» se acercasen a los otros «de cerca». Pero ahora Cristo, que es nuestra paz, por el cumplimiento de la ley en la cruz, ha derribado la «pared intermedia de separación, reconciliando a ambos pueblos, no sólo entre sí, sino también con Dios, formando las dos partes un solo cuerpo, que es su Iglesia» (Ro. 2:12; Ef. 2:11-22).

Vemos que el cumplimiento de la ley por la muerte de Cristo ha roto el cerco de la ley mosaica (cp. Gn. 12:3; cp. Gá. 3:13, 14), ensanchando así la esfera de la salvación, que no se limita ya a las fronteras de Israel sino que abarca todos los pueblos del mundo. El camino de la cruz fue en extremo angosto y angustioso, pero conduce a una esfera sumamente amplia, que incluye a toda alma sumisa, y así pasamos de la estrechez del período de la preparación hasta la universalidad del cumplimiento del plan de salvación: «Y yo, dice Cristo, si soy exaltado de dentro de la tierra, a todos traeré a mí mismo» (Lc. 12:50; Jn. 11:52; 12:32, trad. lit.).

El triunfo universal del Crucificado

La declaración del Señor en Juan 12:31 es de gran importancia y debiera leerse como en la Versión Hispano-Americana: «Ahora hay un juicio de este mundo; ahora será echado fuera el príncipe de este mundo». Cristo profirió estas palabras en la sombra de la cruz, cuando pronto había de consumarse el triunfo de Aquel que murió: el triunfo que había de despojar de sus armas a los principados de las tinieblas y destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte. Fue en vista del «juicio de este mundo» y la derrota del «príncipe» que Cristo pudo dar su grito triunfal al expirar: «¡Consumado es!» (Jn. 12:31, 32; Col. 2:14, 15; He. 2:14; Jn. 19:30).

En cuando a la derrota de Satanás vemos:

- La potencia para ella brota de la obra de la cruz (Jn. 12:31).

- Su realización y manifestación necesitarán un proceso por el que el «hombre más fuerte» atará «al fuerte» (Mt. 12:29).

- Su consumación será absoluta y final (Ap. 20:10).

Es importante notar que la Escritura emplea el verbo «levantar» en sentido doble cuando se refiere a la obra de la cruz, pues abarca no sólo el levantamiento en la cruz para morir, sino también el ser exaltado hasta la diestra de la Majestad de las Alturas, estando íntimamente relacionados estos dos aspectos. El Crucificado es también el Coronado, y es necesario que sea echado fuera el príncipe usurpador y antiguo de este mundo para que tome posesión de sus dominios el nuevo monarca legítimo. Los dos aspectos se pueden estudiar en los siguientes pasajes: Juan 3:14; 8:28; 12:32; Filipenses 2:8-11, y Hebreos 2:9.

No debe extrañarnos, pues, que la tierra temblara cuando el Señor murió o que el sol rehusara dar su luz (Mt. 27:52; Lc. 23:44-45), porque en la cruz de Cristo Dios pronunció su ¡No! frente a toda manifestación del pecado (Jn. 12:31). De igual forma, la tierra será conmovida en el día cuando sea juzgada. Al mismo tiempo, se cubrirá de vergüenza el sol, la luna no dará su luz y palidecerán las estrellas, y los cielos y la tierra huirán de la presencia de Aquel que se sentará sobre el gran trono blanco (Hg. 2:6; He. 12:26, 27; Is. 24:23; Ap. 20:11).

Pero entonces, por la transmutación de los elementos del antiguo mundo material, «siendo abrasados», como dice el apóstol Pedro, surgirá un mundo nuevo y glorioso. Al final de los tiempos, pues, el mundo también experimentará su «muerte» para pasar inmediatamente a su «resurrección» sobre la base de la muerte y la resurrección de Cristo, y así amanecerá su «mañana de Pascua» por el poder transformador de Dios. He aquí el significado profético del oscurecimiento del sol y del estremecimiento de la tierra en el momento de la muerte del Redentor.

Cristo, el grano de trigo (Juan 12:20-33)

Mucho de lo que antecede se resume en la figura de Cristo como «el grano de trigo que cae en tierra y muere».

- Fue «echado en tierra» gracias a su amor de Redentor en el primer Viernes Santo.

- Su tallo abrió paso por la tierra en el Domingo de la Pascua, orientándose hacia el cielo.

- Su tallo dorado penetró los cielos en el día de la Ascensión.

- Su espiga se llenó de multitud de granos en la era indicada por el día de Pentecostés.

La cruz desde la eternidad hasta la eternidad

- La cruz en la eternidad. La cruz es un pensamiento eterno de Dios, pusto que el Cordero fue «conocido ya, de cierto, antes de la fundación del mundo» (1 Pe. 1:20).

- La cruz en el pasado. Es el hecho histórico llevado a cabo en la consumación de los siglos y asociado con los nombres de Getsemaní, Gabatha y Gólgota (He. 9:26).

- La cruz en el presente. «Cristo crucificado» es el tema único y fundamental de la predicación del evangelio, como también norma para la vida del creyente «muerto con Cristo» y que desea vivir «semejante a él en su muerte» (1 Co. 2:2; Gá. 2:20; 6:14; Flp. 3:10).

- La cruz en el porvenir. Será el Salvador que murió en la cruz coronado de espinas, colocando así la piedra fundamental de su propio reino, quien gobernará gloriosamente como Rey en el reino mesiánico visible (Flp. 2:8-11).

- La cruz en la gloria del cielo. El hecho de la cruz será el tema de las alabanzas de los redimidos, y «en medio del trono» se verá un «Cordero como inmolado». Los apóstoles del Cordero tendrán su parte en el fundamento de la ciudad eterna (Ap. 5:6-10; 21:14).

EL EJEMPLO DE MARIA


Para mi es maravilloso pensar que mi Jesús utilizara a una mujer para así ayudarse a enseñar una lección.




El único evangelio que narra que María de Betania derramara el nardo sobre sus pies y lo secara con sus cabellos es el de Juan. Lo que me llama la atención es que en el siguiente capítulo, y por lo que puedo decir al día siguiente, Juan narra la historia de cuando Jesús lava los pies de sus discípulos. Ningún otro evangelio, excepto el de Juan, cuenta este evento y la historia de María cuando «lava» los pies de Jesús.

¿Será que Juan tal vez esté indicando que Jesús había seguido el ejemplo de María; un ejemplo que para él fue muy valioso y que quiso repetir con su propio énfasis? Jesús pudo haber hecho cualquier otro acto para enseñarles a sus discípulos un ejemplo de servicio, pero escogió la forma en que María lo había servido la noche anterior. El ejemplo se tenía que escoger cuidadosamente ya que Jesús sabía que sería su último, y por tanto, quizás más duradero ejemplo de servicio, igualdad y amor que le iba a dejar a sus discípulos.

María tomó lo mejor que tenía y lo usó para servir al Señor y mostrarle su amor ilimitado. Esto lo hizo de la forma más humilde que existía. Las Escrituras dicen que, al día siguiente, Jesús «los amó hasta el fin» (Jn 13.1 NVI) y lo hizo de la misma forma en que María se lo había demostrado justo la noche anterior.

Piense en eso. Mientras Jesús se acercaba a cada uno de sus discípulos para lavarles sus pies, la fragancia del nardo seguramente seguía brotando de sus propios pies y cuerpo. Esto tal vez desencadenó un recuerdo vívido y reciente del ejemplo de María que había ocurrido, en forma muy parecida, la noche anterior. Todos los discípulos estuvieron presentes en el momento en que María le lavaba los pies a Jesús. Y todos estuvieron presentes cuando Jesús hizo lo mismo con ellos. La fragancia que había cuando María le lavaba sus pies llenó la habitación la noche anterior con un aroma inolvidable que probablemente la mayoría de estos hombres nunca antes había experimentado. Sin embargo, ese aroma ahora estaba ligado, sin duda alguna, al hermoso acto de servicio y amor que María realizó para su Señor. Ella secó sus pies «con sus cabellos» (Jn 12.3) y Jesús secó sus pies «con la toalla que llevaba a la cintura» (Jn 13.5). La fragancia, que todavía provenía de los pies de Jesús mientras lavaba los pies de sus discípulos, intensificaría la lección que Jesús quería enseñar. Lecciones que quedarían grabadas en las mentes de sus discípulos al utilizar todos los sentidos.

Esta fue la última lección «formal» que Jesús le dejó a sus discípulos. Él pudo haber utilizado este precioso tiempo para establecer una jerarquía de quien dejaría «a cargo» después de que él se marchara. Él pudo haber dicho: «Pedro estará a cargo de la iglesia y quiero que Mateo tome la tesorería de Judas… » En vez de eso, la lección de Jesús fue acerca de igualdad, amor y servicio. Para mi es maravilloso pensar que mi Jesús utilizara a una mujer para así ayudarse a enseñar una lección. Me atrevo a decir que al menos en la experiencia del discípulo, esta lección fue más poderosa debido al doble ejemplo de María y de Jesús.