QUIERO Y NO QUIERO


Quiero anunciar el mensaje cristiano considerando siempre su contexto histórico, no menospreciando la secuencia del relato leído, y sólo haciendo aplicaciones responsables.

No quiero oír, aprobar, o estar de acuerdo con predicaciones temáticas en donde el texto bíblico es apenas utilizado como pretexto para hacer afirmaciones irresponsables de bendiciones, portentos y milagros.

Quiero estar siempre abierto al soplo del Espíritu. Él puede visitar mi vida, familia, iglesia y nación como lo desee. Reconozco que las intervenciones de Dios suceden de acuerdo a su discreción. Él puede tanto entrometerse en el transcurso de la historia, como lo hizo en algunas circunstancias, como puede mantenerse escondido y en silencio, como prefirió en otras.

No quiero manipulaciones de lo sagrado para demostrar la presencia de Dios. No quiero intentar «ajustar» los actos divinos a las expectativas de auditorios ávidos por señales venidas del cielo. Si Dios prefiere que mi fe se base apenas en el testimonio de hombres y mujeres del pasado, me quedo satisfecho, sin exigir ninguna manifestación sobrenatural.

Quiero ver a la iglesia actuando mejor en la política. Entiendo que es el deber de toda religión la defensa de la justicia. Quiero que se abogue por los pobres (representados por huérfanos y viudas), se asuman posturas sobre los sutiles engranajes de la muerte, y se sepa discernir el peligro del «mundo». Quiero ver a la iglesia haciendo Política (así mismo, con «P» mayúscula).

Si Dios prefiere que mi fe se base apenas en el testimonio de hombres y mujeres del pasado, me quedo satisfecho, sin exigir ninguna manifestación sobrenatural.

No quiero participar de campañas de candidatos «oficiales» de ninguna institución. No tolero que algunos pastores todavía piensen que las iglesias necesitan de representantes electos. No quiero tener «muchachos de los mandados» en las cámaras y las asambleas. No quiero hacer política (con «p» minúscula). No quiero disputar por el poder.

Quiero andar el largo camino del discipulado, ayudando a hombres y mujeres a forjar sus vidas siguiendo los pasos de Jesús. Quiero fundar mi predicación en los principios bíblicos que integran a las personas. Deseo profundizar mi percepción acerca de la manera en que el Evangelio orienta la vida en la tierra. Quiero ver a los cristianos experimentando una bella calidad de vida aquí, antes de partir hacia el cielo.

No quiero buscar atajos para la madurez. No quiero formulas fáciles para nada. No quiero paquetes venidos del exterior que, bajo la pretendida fama de ser «principios transferibles», lograrán mágicamente resolver los problemas conyugales, las enfermedades y las disfunciones familiares. No quiero una espiritualidad disgregadora, que no tiene pie sobre la tierra. No quiero respuestas piadosas a las angustias humanas y no quiero que las personas esperen por el paraíso para comenzar a vivir.

Quiero caminar con gente que reconozca sus defectos, sepa conversar sin espiritualizar y demonizar los asuntos abordados y me permitan reír y llorar. Quiero ser amigo de los que lloran el dolor del mundo porque notan en él su propio mundo de dolor.

No quiero andar con religiosos que gusten de frases hechas. No quiero vivir con quien se esconde del sufrimiento humano con muletillas teológicas. No quiero más estar en ambientes y reuniones que no desborden para la vida.

Quiero ser amigo de Dios y de hombres y mujeres que aman la paz. Quiero ser más simple de lo que soy, quiero ser más sensible de lo que puedo lograr, quiero ser menos codicioso de lo que siempre fui. Quiero vencer la vanidad que alimenté en falsos espejos.

No quiero perder mi alma en nombre de la religión. No quiero dejar ir por la alcantarilla los pocos años que aún me quedan. No quiero un día lamentar haber perdido la vida queriendo encontrarla.

CAMBIO DE PERSPECTIVA


Durante los siglos anteriores se entendió a la misión en una variedad de maneras. Se la interpretó como el salvar a los individuos de la condenación eterna. Otros la entendían en términos culturales, tales como introducir a las personas del oriente o del sur a las bendiciones y privilegios del occidente cristiano. Muchas veces fue percibida en categorías eclesiásticas, como la expansión de la Iglesia o de una denominación específica. A veces se la definió con referencia a la historia de la salvación, como el proceso por el cual el mundo, de manera evolutiva o por un cataclismo, se transformaría en el reino de Dios.

Karl Barth fue uno de los primeros teólogos en articular la misión en términos de una actividad de Dios mismo. Entendió la misión como algo derivado de la misma naturaleza de Dios. Esto la colocó en el contexto de la doctrina de la Trinidad, no de la eclesiología o la soteriología. La doctrina clásica sobre la missio Dei (misión de Dios) como Dios Padre enviando al Hijo, y Dios Padre y el Hijo enviando al Espíritu Santo se amplió para incluir un «movimiento» más: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo enviando a la Iglesia al mundo.

«La Iglesia se encuentra al servicio del movimiento de Dios hacia el mundo»

La misión es de Dios y el énfasis en la cruz impide cualquier posibilidad de comodidad misionera. La misión es un atributo de Dios. Dios es un Dios misionero. Se concibe la misión, entonces, como un movimiento de Dios hacia el mundo; se concibe a la Iglesia como un instrumento para esa misión. Existe la Iglesia porque existe la misión, y no al revés. La Iglesia es misionera por su misma naturaleza porque «su origen está en la misión del Hijo y del Espíritu Santo». Participar de la misión es participar en el movimiento del amor de Dios hacia las personas, porque Dios es fuente de un amor que envía.

«La Iglesia se encuentra al servicio del movimiento de Dios hacia el mundo». En su misión, la Iglesia testifica la plenitud de la promesa del reino de Dios y participa en la continua lucha de este reino contra los poderes de la oscuridad y el mal.

El concepto «missio Dei» nos ayuda para articular la convicción de que ni la Iglesia ni ningún otro agente humano pueden considerarse como el autor o portador de la misión. La misión es primera y finalmente la obra del Dios trino, Creador, Redentor y Santificador, por causa del mundo; un ministerio en el cual la Iglesia tiene el privilegio de participar. La misión nace en el corazón de Dios. Dios es fuente de un amor que envía. Este es el sentido más profundo de la misión. Es imposible penetrar más allá; existe la misión sencillamente porque Dios ama a las personas.

«Por lo tanto nos acercarnos a definir la misión de Dios (missio Dei) cuando el pueblo de Dios cruza intencionalmente barreras de iglesia a no iglesia, de fe a no fe, para proclamar por palabra y acción el advenimiento del reino de Dios en Jesucristo, a través de la participación de la Iglesia en la misión de Dios de reconciliar a las personas con Dios, consigo mismas, unas con otras, y con el mundo, y reunirlas en la Iglesia a través del arrepentimiento y la fe en Jesucristo por la obra del Espíritu Santo con miras a la transformación del mundo como una señal de la venida del reino en Jesucristo» (Chuck Van Engen).

La obra misionera en relación a la misión de Dios

El Antiguo Testamento fue la Escritura de los primeros apóstoles. Es el trasfondo de la mayoría de los conceptos y doctrinas de los escritores del Nuevo Testamento que definía la vida de la iglesia del primer siglo, es decir la misión. El mensaje del Antiguo Testamento es misionero en sí. El hilo que corre a lo largo del Antiguo Testamento es el deseo de Dios de salvar todas las naciones. La misión es el elemento que une y da sentido a los treinta y nueve libros. El mensaje del Antiguo Testamento está referido a la misión transcultural, integral y profética.

El Pentateuco revela el propósito original de Dios para la humanidad, es decir, el ideal: Génesis 1 y 2, es universal e integral. Luego relata la caída, la entrada del pecado y sus efectos (Gé 3–11) de alcance universal e integral. Finalmente registra la propuesta de Dios en la misión de Israel (la solución), que es universal, integral y profética.

El horizonte de la misión es transcultural, tiene que ver con la salvación a todas las naciones.

Génesis 12.1–3 expone el principio de la respuesta que Dios va a dar al contexto de pecado. Va a establecer un pacto, construir una relación, con un hombre y su familia de entre todas las naciones. Primero lo separa del resto de la comunidad humana: «deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre» (v. 1), le promete una tierra (v. 1), construir una relación de bendición, de protección, de confianza y de obediencia (v. 2), y formar una nueva comunidad (una nación grande, v. 2). Básicamente Dios le promete a Abram todo lo que el ser humano había perdido en la caída. En este sentido, Israel se convierte en un paradigma, un microcosmos del mundo. Lo que no se había logrado con toda la humanidad, Dios lo estaba creando con un hombre y su familia. Dios enfatiza el horizonte universal, anuncia que por medio de Abram todas las familias de la tierra serán bendecidas. Orlando Costas describe la elección de Israel como «un llamamiento al servicio de las naciones». En el particularismo de la elección radica el propósito universal en la bendición.

Israel y los profetas

El problema de Israel es que no cumplió con su misión de ser ejemplo para las naciones. Pensaba que su elección era un privilegio exclusivo, que Dios era su Dios y no el Dios de todo el mundo, que podían vivir en la manera que se les antojara y todavía así recibiría la aprobación de Dios, que la religión externa era suficiente para agradar al Señor. Esta mentalidad provoca la entrada del elemento profético en la historia de Israel.

Es muy importante entender que el ministerio profético en el Antiguo Testamento descansa en el pacto y especialmente en la renovación de este registrada en Deuteronomio. La voz profética es «volvamos al desierto», volvamos a depender de nuestro Dios, a reconocerlo. Somos reino de sacerdotes y nación santa a las naciones. Deuteronomio contiene las bendiciones y las maldiciones del pacto (caps. 27–28). «Si realmente escuchas al Señor tu Dios, y cumples fielmente todos estos mandamientos que hoy te ordeno, el SEÑOR te pondrá por encima de todas las naciones» (28.1 - NVI). Con la obediencia vienen las bendiciones. Estar «por encima de todas las naciones» es un concepto misionero (Ex 19.5). Es ser un especial tesoro para bendecir a las naciones. «Pero debes saber que si no obedeces al SEÑOR tu Dios ni cumples fielmente todos los mandamientos y preceptos que hoy te ordeno, vendrán sobre ti y te alcanzarán todas estas maldiciones» (28.15 - NVI).

La Biblia entera muestra el plan de Dios de reconciliar el hombre consigo y comunicar su gloria a todas las naciones.

El deseo del Señor es que todas las naciones lo conozcan. Israel debía ser el modelo (una fuerza centrípeta y centrífuga), pero fracasó. Dios envía a sus profetas para que Israel vuelva al pacto, a la ley, y que anuncien lo que ha de pasar si no obedecen. El horizonte final es bendecir a todas las naciones y que sepan que el Señor es Dios. El horizonte de la misión es sumamente transcultural, es decir, tiene que ver con la salvación y la bendición a todas las naciones.

¿Por qué participar en la misión de Dios?

…porque Dios es un Dios de amor / la misión es de Dios/ el propósito es de Dios.

…porque es lo que somos —somos elegidos para servir, somos el instrumento de Dios para la bendición de las naciones.

…porque nos encontramos a nosotros mismos en tanto participemos como instrumentos del amor de Dios para todas las naciones.

…porque somos especialmente escogidos para participar en la misión de Dios.

Reflexiones

La Biblia entera muestra el plan de Dios de reconciliar el hombre consigo y comunicar su gloria a todas las naciones. La Iglesia es el instrumento de Dios para llevar a cabo su plan. La misión de Dios es un atributo de Dios mismo que se expresa en su accionar por redimir a la humanidad, e invita a su Iglesia a participar.

La misión es transcultural (universal) e integral. La misión integral sin ser universal se convierte en localismo. Ocuparnos de la gente cercana pero no de la gente lejana es etnocentrismo y egoísmo. En el otro lado, la misión universal sin ser integral se convierte en proselitismo. Corremos el riesgo de ocuparnos únicamente del aspecto religioso, personal, interno, y dejar de lado los otros aspectos de la vida de la gente. En el Antiguo Testamento, la misión se extiende a todas las áreas de la vida y a todas las naciones.

«La acción sin reflexión es fanatismo en movimiento pero la reflexión sin entrega es la parálisis de toda acción»

La encarnación del Hijo es el modelo para la misión de la Iglesia. En su encarnación, Jesús se identificó con la humanidad pecadora, se solidarizó con ella en sus aspiraciones, angustias y debilidades, y la dignificó como creación hecha a imagen de Dios. La Iglesia está llamada a encarnar su misión al estilo de Jesús.

Debemos anhelar y desear que la Iglesia de Jesucristo sea plantada en todas las etnias como expresión y anticipo del reino de Dios; pero el reino de Dios es mucho más que la Iglesia, por lo tanto su entendimiento misional debe abarcar todos los aspectos de la vida.

Existe un reino y un rey que quiere ser Señor. «Jesucristo es el Señor» y su deseo es que los ciegos vean, los tristes tengan gozo, los paralíticos caminen, los que carecen de ropa y alimento los tengan, que se practiquen la justicia y el amor como señal del Reino (Lucas 4.18–19 y Mateo 9.35–36).

Espero, finalmente, que no caigamos en lo que muchas veces ha señalado John Stott: «La acción sin reflexión es fanatismo en movimiento pero la reflexión sin entrega es la parálisis de toda acción». Dios llama a todos los creyentes a participar y comprometerse en su misión.

HABLA, REINA MADRE


Resultado de imagen para madre e hijo siluetaUna madre le está hablando a su hijo; una madre sin nombre de un rey poco conocido. Se trata de la madre del rey Lemuel, de Massá, en Arabia, y las palabras están registradas en Proverbios 31.1–9. Ese pasaje de la Biblia es fascinante porque se origina en una mujer, una mujer gentil, no perteneciente al pueblo de Israel. Pero ese es otro asunto. ¡Escuchémosla primero!

En el período del antiguo Testamento, y también en las naciones vecinas, el papel del padre en la educación del hijo era de suprema importancia, y normalmente la función de la madre era solamente reforzar aquello que el padre enseñaba. Buenos ejemplos de esto ocurren en Proverbios 1.8 —«Hijo mío, oye la enseñanza de tu padre y no dejes la instrucción de tu madre». Es probable que el esposo de esta «reina madre» ya hubiese fallecido. De cualquier manera ella se lanzó a la tarea de orientar a su hijo que se encontraba en una posición muy importante —el futuro de la nación dependía de su desempeño— Entonces, ¿cómo valorar la instrucción dada? ¿Qué podemos aprender de esta mujer?

En el versículo 2, observamos cuánto ella amaba a su hijo: «Hijo mío … hijo de mi vientre». Evidentemente ella lo había consagrado a Dios, pues lo describe como «hijo de mis votos». De hecho, el nombre dado, Lemuel, significa perteneciente a Dios. Y, movida por ese amor tan intenso por su hijo, lo orientó sin importar la posición de él. Ella es quien tenía la experiencia de vida que los años proporcionan; así, consiguió detectar las áreas donde él precisaba de más ayuda.

Antes de considerar esas áreas, unas observaciones simples. A veces, esas madres sin nombre, madres amorosas, creyentes sinceras, con tanta facilidad se pasman al ver el diploma universitario de la hija, o se intimidan por la posición del hijo en una gran empresa. Se pasman, se intimidan y paran de orientar. Cohibidas, ¡piensan que una universidad nos enseña a vivir la vida como realmente es! Si ellas supiesen lo que pasa en realidad, las tonterías que se hablan en un aula, se llenarían de coraje, pedirían al Señor las palabras necesarias, el momento oportuno e irían adelante.

Háblele a su hijo de la indisciplina, de la desgracia que para miles y miles. ¡Hable, mujer! ¡Y no se olvide de vivir de acuerdo a la Escritura! ¡No se esconda detrás de la disculpa trillada de «yo no sé qué decir»; o «ellos ya están formados y no lo necesitan»! Tampoco se calle porque su esposo sea fiel a la tarea de orientar. Recuerde que el nombre de la madre de muchos de los reyes del Antiguo Testamento aparecen en el texto bíblico (1Re 1.11–13; 2Re 15.2; 18.2; 2Cr 15.16, y otros), justamente porque ellas ejercieron un papel preponderante en el desempeño de sus hijos, para bien o para mal. En su caso particular no tiene que ser diferente.

Esa madre sabia que nos ocupa trabajó varias áreas donde la experiencia confiere una autoridad innegable. Primero ella trabajó el área de la disciplina personal, y dio su aviso contra la inmoralidad sexual —«No des a las mujeres tu fuerza, ni tus caminos a las que destruyen los reyes» (Pr 31.3)— refuerza la enseñanza de otros pasajes, como, por ejemplo, Proverbios 5.7–23. Llama la atención la franqueza y su abordaje sin rodeos. Cuánta fuerza moral, cuánta fuerza emocional, cuánta fuerza espiritual y fuerza física (¡que lo diga un infectado de VIH!).

¿No se disipan nuestros países, inclusive nuestras iglesias, debido a la indisciplina personal y la inmoralidad? ¿Cuántos jóvenes con tanto potencial no perderán el camino por esta causa? Destruidos en su vida académica, financiera, profesional, espiritual —para no hablar de otras consecuencias, el luto de las madres solteras, una generación que crece sin saber lo que es tener un hogar dirigido por un padre y una madre casados, una generación que crece en las calles de nuestras grandes ciudades. ¡Esta es una instrucción clara, sabia e imprescindible! No podemos jamás renunciar a nuestra responsabilidad, pensando que la educación sexual en las escuelas, la educación informal de los compañeros o las telenovelas van a ser suficientes. Toda orientación aunque sea escasa, cuando no está de acuerdo con la Biblia, es inoportuna. ¡Tome coraje! ¡Hable, mujer! Hable como esa madre que hace tanto tiempo habló.

Pero ella no paró allí. Una alusión a las bebidas alcohólicas es relevante. Aunque hoy, muchos, desesperados —«los que perecen», los «amargados de espíritu» (Pr 31.6)— se anestesian de los dolores de la vida en los clubes, en las fiestas sociales, en los millares de barcitos, o aun en casa. Con buena percepción, la madre de Lemuel comenta aquello que lleva a tantos a caer en esto: «para que se escapen de su pobreza y no se acuerden más de sus fatigas» (Pr 31.7), sin mencionar el número creciente de accidentes provocados por aquellos que, bebidos, «se olvidan de la ley» (Pr 31.5). La situación es igualmente seria. Con las consabidas disculpas nos mantienen callados: «los jóvenes de hoy en día son así», «todos beben, aun sé de un dirigente de la iglesia que tiene un bar en la sala». ¡Dígale la verdad a su hijo! Háblele de la indisciplina, de la desgracia que la bebida trae para miles y miles. ¡Hable, mujer! ¡Y no se olvide de vivir de acuerdo a la Escritura!

En segundo lugar, ella abordó cuestiones ligadas a la esfera pública. La mamá de Lemuel estaba orientando a un rey, al líder de una nación. No piense, que por esto sus palabras no tienen nada que ver con usted. Al final, por ahí afuera van mujeres criando los futuros líderes de nuestros países, lavando su ropa, haciendo su comida, disciplinando, jugando, trasmitiendo valores —tal vez usted sea una de ellas. ¿Ya pensó en esa posibilidad? Asusta, ¿no? Pero, aunque sus hijos no lleguen a dirigir una nación, necesitan una orientación que los ayude a ser buenos ciudadanos, para el bien común. Los valores sociales aquí esbozados son válidos para todos, en todas las épocas.

Aunque sus hijos no lleguen a dirigir una nación, necesitan una orientación que los ayude a ser buenos ciudadanos, para el bien común.

«Abre tu boca a favor del mudo, por los derechos de todos los que se hallan desamparados» (Pr 31.8). Esa orden no es sólo una vindicación de un trabajo serio, intérprete entre sordos y mudos. ¡Ojalá tuviésemos más personas, más creyentes que se preocuparan por ellos! La palabra mudo se refiere, ante todo, a aquellos que no cuentan con alguien que hable a su favor, quien reivindique sus (a veces pocos) derechos. Podemos incluir aquí huérfanos, viudas, niñas y niños de la calle, limitados físicos…

Cómo impresiona el testimonio de Job que «hacía de ojos para el ciego, y de pies para el cojo. De los necesitados era padre, y aun la causa de los desconocidos examinaba» (Job 29.15–16). ¿Qué tal comenzar a trasmitir valores de verdadera compasión a los hijos? El mundo actual es tan cruel con su filosofía de «cada quien por su lado», «ese no es mi problema, gracias a Dios». Mas sepa que, gracias a ese mismo Dios, el problema es suyo. El Señor anda por el patio de nuestra casa, por el estacionamiento del condominio donde vivimos, preguntando: «¿Donde está tu hermano?» (Gn 4.9) Ese «no sé» de Caín a toda su indignación no valdrá de nada. Las universidades y escuelas no enseñan esa compasión de Cristo y de Job. Cursos acerca de la «Sociología de la miseria» no son la misma cosa.

Queda, todavía, otro grupo enorme de mudos. Son los que no nacieron y que nunca nacerán; los que fueron abortados. ¿No será hora de asumir el desafío, la desgracia de ese aspecto de la realidad nacional y mundial aún con más ahínco como madres cristianas, como madres creyentes, pues el problema está en la iglesia también? ¡Hable mujer a sus hijos e hijas de todo ese cuadro social doloroso! Ayúdelos a sentir el dolor del pueblo, la tragedia de todos aquellos que se hallan desamparados.

Ese cuadro social también incluye pobres y desamparados (Pr 31.9). Mucho se ha hablado de esa realidad tercer-mundista y quedamos casi anestesiadas, no sentimos más la injusticia de una situación de tamaña desigualdad.

Pero, la madre de Lemuel orientó a su hijo para tener una actuación definida, concreta…«haz justicia a los pobres y a los desamparados». Ella no estaba incentivando a su hijo hacia ninguna política de izquierda —considere que en todo el pasaje no hay ninguna orientación sobre cómo guardar las fronteras nacionales, sobre el ejército y su tamaño, sobre los tipos de castigo que deberían aplicarse o sobre el nombre del primer ministro.

Ayúdelos a sentir el dolor del pueblo, la tragedia de todos aquellos que se hallan desamparados. Orientar bíblicamente no es la misma cosa que andar arengando porque «los jóvenes ya no aguantan más las mismas salidas». Hay principios de justicia que son universales porque son bíblicos y este es uno de ellos. ¡Hable, mujer! No se esconda detrás de las viejas disculpas: «La gente ya no sabe por qué partido político votar», «el problema es del gobierno», «ya lo intentamos pero los pobres siguen en las mismas; no quieren mejorar», «una vez pobre, siempre pobre». La Biblia insiste: «Abre tu boca, juzga rectamente».

¿Será que nuestros países necesitaban ser como son? ¿Esa multitud de necesitados va creciendo y creciendo sin que digamos nada, sin que hagamos nada, nunca? Hable, mujer, por amor a Dios, por amor a todo su pueblo, por amor a su propio hijo. El egocentrismo es la esencia misma del pecado y ninguna madre amorosa va a querer que su hijo viva en pecado, por el contrario como la madre de Lemuel, será celosa con el hijo que tanto quiere, orientándolo sabiamente. ¡Feliz Lemuel que tuvo una madre así! Hable usted, mujer y «sus hijos se levantarán y la llamarán dichosa» (Pr 31.28).

INTEGRIDAD: MAS VALIOSA QUE EL ORO


Hay cosas mejores que el oro. La fe y la sangre de Jesús son dos de ellas. Si estás pasando por alguna dificultad financiera, concéntrate en lo que tienes y deja de lamentarte por lo que perdiste. Cuando el bienestar económico peligra, sólo la confianza en Dios y Su gracia incorruptible pueden ayudarte.

Eclesiastés dice que el dinero es escudo, por eso cuando lo perdemos nos sentimos desprotegidos, pero recuerda que el Salmo 144:2 dice que Dios es nuestro escudo y definitivamente es más poderoso que todo el dinero del mundo. Así que no temas porque la promesa es que no hay justo desamparado ni su simiente que mendigue el pan.

Buen nombre

Proverbios 22:1 dice: De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, Y la buena fama más que la plata y el oro.
Proverbios 22:1 (Biblia al Día) dice: Si tienes que elegir, prefiere el buen nombre a las muchas riquezas; porque ser tenido en buena estima es mejor que la plata y el oro.

Tu nombre vale más que el dinero y es lo único que te identifica, incluso cuando mueras. Los nombres Nerón, Hitler, Bin Laden o Sadam Hussein no inspiran porque son sinónimos de maldad y nadie quisiera llamar a sus hijos así. Muchos utilizan los nombres bíblicos para su descendencia como amuletos de buena suerte. Esto tampoco es bueno pero nos indica que el nombre tiene un valor que debemos cuidar. Tal vez tu hija se llama Ester pero ya ha tenido varios novios durante el año, también hay muchos hombre llamados Jesús en la cárcel. Un nombre se construye con las acciones de quien lo posee. No te confundas.

Todos los nombres tienen un significado que debemos construir con obras. La oración del padre nuestro dice: “santificado sea Tu nombre” porque es importante honrar a Dios a través de nuestra vida santa y entregada a Él.

No arriesgues tu nombre comprometiéndolo en negocios poco honorables. Si fracasas y además manchas tu imagen, tendrás que irte y empezar de nuevo en otro lugar donde no te conozcan. Busca que tu nombre sea sinónimo de puntualidad, honradez y buena conducta. De esta forma serás respetado y aunque pierdas todo, podrás levantarte. Un banco asume el riesgo de dar crédito solamente a quienes tengan buen récord y demuestren la integridad de su nombre.

Construye el nombre de tu empresa y familia, fortalécelos con valores y principios. Esa es la mejor herencia y capital que puedes dar a tus hijos. Nunca te asocies con alguien que tenga mal nombre. Acércate a esas personas solamente para compartirles la Palabra. Si has manchado tu nombre, recuerda que Dios puede restaurarte con Su sangre que vale más que el oro. Como miembro de Casa de Dios o seguidor de este ministerio puedes caminar con la frente en alto porque aunque nos critiquen por la prosperidad, nunca podrán acusarnos de robar o deberle a alguien. Nuestro nombre es sinónimo de integridad y honradez.

Prosperidad en el Señor

Proverbios 22:4 recuerda: Riquezas, honra y vida son la remuneración de la humildad y del temor de Jehová.

Proverbios 22:4 (Biblia al Día) recuerda: La humildad y el respeto hacia el Señor llevan al hombre a la riqueza, a la honra y a una larga vida.

La voluntad de Dios es que seamos económicamente prósperos y que lo logremos de forma honrada y saludable. El Señor quiere sacarte de la escases, pero prefiere que no tengas dinero si para conseguirlo tienes que caer en tentación.

Para saber si estamos generando nuestra riqueza según Sus designios, asegúrate que lo haces trabajando honradamente, sin arriesgar tu bienestar físico y espiritual. El Señor no quiere que estés enfermo y cansado porque te matas trabajando. Él desea que le dediques tiempo y que además tengas vida familiar. Procede según Su voluntad y búscale para que dirija tus esfuerzos.

Integridad a toda prueba

En Proverbios 19:1-3 leemos: Mejor es el pobre que camina en integridad, Que el de perversos labios y fatuo. El alma sin ciencia no es buena, Y aquel que se apresura con los pies, peca. La insensatez del hombre tuerce su camino, Y luego contra Jehová se irrita su corazón.

El insensato nunca acepta sus errores, inclusive es capaz de culpar a Dios por lo malo que pueda sucederle. Nunca lo olvides, la integridad es más valiosa que el dinero y siempre debe ser tu elección. Niégate a cualquier propuesta ilícita que arriesgue tu buen nombre. Es mejor ser pobre íntegro que adinerado pecador. El límite lo pones tú. Conozco el caso de una empresa farmacéutica que prefirió arriesgar millones de dólares antes que poner en riesgo su buen nombre dejando en el mercado unas pastillas que podían matar a muchas personas. Ellos pudieron guardar el secreto porque el porcentaje de producto contaminado era poco, pero sus valores prevalecieron y ahora son una empresa líder en analgésicos porque se ganaron la confianza de los consumidores.

Los problemas económicos hacen que la gente blasfeme porque condicionan su vida al dinero y no a las promesas del Señor. No te comportes de acuerdo a la riqueza que tengas y bendice Su nombre sin importar tu situación financiera. Hay mucha tentación en la adversidad y siempre habrá quien cuestione tu fe ante las crisis. Especialmente en los momentos difíciles, créele y recuerda que la integridad es más valiosa que el oro.

Fidelidad en cualquier situación

Proverbios 30:1-2 cuenta: Palabras de Agur, hijo de Jaqué; la profecía que dijo el varón a Itiel, a Itiel y a Ucal. Ciertamente más rudo soy yo que ninguno, Ni tengo entendimiento de hombre.

La Biblia nos presenta a un hombre malo, que se identifica a sí mismo como una persona poco inteligente y agresiva. Él continúa diciendo: Dos cosas te he demandado; No me las niegues antes que muera: Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí; No me des pobreza ni riquezas; Manténme del pan necesario; No sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, Y blasfeme el nombre de mi Dios. (Proverbios 30: 7-9)

Este hombre condiciona su amor a Dios a su situación económica y lo peor es que advierte que le negará de cualquier forma, en la abundancia y en la pobreza. Muchas personas mal interpretan esta escritura y piensan que el mensaje es pedir sólo lo necesario sin tener más ambición. Pero no es así porque blasfemar contra el Señor nunca será una buena acción. Menos si nuestra adoración depende del bienestar económico que tengamos.

Filipenses 4:11-13 dice: No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.

Por el contrario, Pablo nos enseña a bendecir a Dios en todo tiempo y circunstancia. Esa es la actitud correcta y justa. Mantén tu integridad y alaba al Señor en cualquier situación. Como pastor me sucede, recibo críticas tanto en la escases como en la abundancia, pero yo bendigo a mi Padre en todo momento porque Él es mi tranquilidad.

Hay cosas mejores que el dinero. No te afanes porque con fe e integridad saldrás adelante. Acepta a Jesús como tu Señor y Salvador. Pídele perdón por tus pecados y agradécele la oportunidad de nacer de nuevo. Imita a Pablo y busca al Señor en todo momento, bendice Su nombre para que te ayude a edificar el tuyo. Todo lo puedes en Cristo que te fortalece para mantener tu integridad.

Frases

Hay cosas mejores que el oro. La fe, la sangre de Jesús y el buen nombre, son unas de ellas.

Busca que tu nombre sea sinónimo de puntualidad, honradez y buena conducta. De esta forma serás respetado, y aunque pases por pruebas o crisis económica podrás levantarte de nuevo.

Construye el nombre de tu empresa y familia, fortalécelos con valores y principios. Esa es la mejor herencia y capital que puedes dar a tus hijos.

La voluntad de Dios es que seamos económicamente prósperos y que lo logremos de forma honrada y saludable. El Señor quiere sacarte de la escases, pero prefiere que no tengas dinero si para conseguirlo tienes que caer en tentación.

Para saber si estamos generando nuestra riqueza según Sus designios, asegúrate que lo haces trabajando honradamente, sin arriesgar tu bienestar físico y espiritual.

El insensato nunca acepta sus errores, inclusive es capaz de culpar a Dios por lo malo que pueda sucederle. Nunca lo olvides, la integridad es más valiosa que el dinero y siempre debe ser tu elección. Niégate a cualquier propuesta ilícita que arriesgue tu buen nombre. Es mejor ser pobre íntegro que adinerado pecador. El límite lo pones tú.

Los problemas económicos hacen que la gente blasfeme porque condicionan su vida al dinero y no a las promesas del Señor. No te comportes de acuerdo a la riqueza que tengas y bendice Su nombre sin importar tu situación financiera.
Especialmente en los momentos difíciles, créele y recuerda que la integridad es más valiosa que el oro.

Hay cosas mejores que el dinero. No te afanes porque con fe e integridad saldrás adelante.

Imita a Pablo y busca al Señor en todo momento, bendice Su nombre para que te ayude a edificar el tuyo. Todo lo puedes en Cristo que te fortalece para mantener tu integrid

UN ESCUDO MAS PODEROSO QUE EL ORO


Hay cosas más valiosas que el dinero. El apóstol Pedro nos dice que la fe es una de ellas y realmente es más poderosa que todo cuanto puedas tener en este mundo. No hay problema sin solución cuando creemos y confiamos en el Señor. Perder nuestro negocio, casa o trabajo nos hace sentir inseguros, por el contrario, el dinero nos da seguridad porque pensamos que tendremos la capacidad de afrontar cualquier situación. 

Si tu esposo te dice que lo despidieron, sabrás que tu familia se enfrentará a una seria dificultad, más aún sin ahorros, pero toda incertidumbre se disipa con la fe en Dios. No es bueno casarse por interés pero sí hay que tener la sabiduría de escoger como pareja de vida a alguien responsable y trabajador con quien podamos construir una familia estable.

Buscar al Señor en medio de una dificultad no es malo, al contrario, Él anhela ayudarte y ser tu seguridad en medio de la crisis. Pero no lo busques solamente por eso porque el mensaje que le envías es “necesito que me bendigas solamente cuando estoy mal”. Asegúrate de buscarle siempre para que el mensaje sea “bendíceme en todo momento”. No debe haber problema o prosperidad que te aparten de Su lado.

Escudos poderosos

Eclesiastés 7:12 dice: Porque escudo es la ciencia, y escudo es el dinero; mas la sabiduría excede, en que da vida a sus poseedores.

Eclesiastés 7:12-14 (Biblia al día) dice: Todo se puede obtener con sabiduría o con dinero, pero en ser sabio hay muchas ventajas. Observa los métodos de Dios, y ponte en armonía con ellos. No vayas en contra de la naturaleza. Disfruta de la prosperidad siempre que puedas, y cuando lleguen los malos tiempos, reconoce que la una y los otros proceden de Dios, para que todos se den cuenta de que no hay nada seguro en esta vida.

Es cierto que debemos estudiar y tener dinero para defendernos en la vida. La Biblia no lo niega pero también dice que más vale ser sabio que rico e inteligente. Conozco un abogado brillante que tiene varias maestrías y negocios prósperos pero también tiene cuatro matrimonios frustrados. Poseer conocimiento no te hace el mejor padre, esposo o administrador. Sólo Dios puede darte esa sabiduría que va más allá de cualquier inteligencia humana. Si eres sabio y tienes fe recuperarás cualquier cosa.

También es cierto que nuestros fracasos pueden convertirse en aprendizaje para alcanzar sabiduría. Si perdiste a tu familia por edificar una empresa que al final también fracasó, preocúpate por recuperar primero a tus seres queridos y aprende a valorar lo realmente importante. Es más sabio dedicar tiempo a tu familia y salud que a un negocio. Aprende a establecer prioridades y a disfrutar de lo que Dios te da, de lo contrario alguien más lo hará. Recuerda que al morir nada nos llevamos. Cuando estábamos recién casados, Sonia y yo ahorrábamos para comprar nuestra primera casa. Nos sacrificábamos tanto que incluso cada fin de semana comprábamos un menú de pollo para los dos. Entonces mi suegro, sabiamente me dijo: “te felicito porque eres un hombre responsable que provee a mi hija, pero te encargo que también disfrutes con ella de lo que puedan. Si te limitas tanto, puede que la lleves a la playa cuando ya no se puedan poner un traje de baño”. Encuentra el balance entre la sana prosperidad y la avaricia. Recuerda que no hay nada seguro en la vida más que el Señor y lo que tienes hoy puede perderse mañana.

La verdadera esperanza

En 1ra. a Timoteo 6:17-19 leemos: A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna.

La riqueza luce mejor en los humildes y la pobreza luce mal en los orgullosos. No pongas tu esperanza en la prosperidad incierta. Dios es el único que nos da en abundancia para que disfrutemos. Hay personas que compran cosas y no las usan. Tienen un carro nítido en el garage, una bonita parrilla con la que nunca cocinan para su familia y ropa nueva en el clóset. Un amigo guardaba muy bien sus joyas en casa y nunca las usaba por temor a que se las robaran. Entonces, le dije que incluso donde las tenía podían llevárselas. Cierto día me contó que se puso un anillo y cuando volvió a casa se encontró con que los ladrones se habían entrado y robado muchas cosas incluyendo sus joyas. El anillo que usaba fue lo único que le quedó.

No pongas tus esperanzas en las cosas materiales; no eres mejor persona por tener una casa grande o un buen carro, mucho menos si lo que posees te roba la paz. Enfócate, lo único que te hace una mejor persona es vivir en comunión con Dios y compartir lo que tienes. A través del apóstol Pablo, Dios dice que nos provee para que disfrutemos y seamos generosos, pero no para atesorar y depositar nuestras esperanzas en el mundo y sus banalidades.

Roca y fortaleza

Salmo 144:1-2 nos comparte: Bendito sea Jehová, mi roca, Quien adiestra mis manos para la batalla, Y mis dedos para la guerra; Misericordia mía y mi castillo, Fortaleza mía y mi libertador, Escudo mío, en quien he confiado; El que sujeta a mi pueblo debajo de mí.

Dale gloria a Dios por Su promesa de ser tu escudo. La ciencia y el dinero son “un” escudo, pero Dios es “tu” escudo. Pon atención y nota la diferencia, no es lo mismo protegerse con cualquier escudo que con Dios que es el escudo por excelencia. Él es tu defensor personal. Puede faltarte el dinero y la plata, pero tu escudo siempre estará contigo, así que no temas. No es lo mismo tener un líder que tener el líder correcto, así como es preferible tener a “tu padre” que a “un padre” que no está comprometido contigo ni puede apoyarte en las dificultades. Créele y será “tu escudo”, entonces podrás decir que no has visto justo desamparado ni a su simiente que mendigue pan, porque Dios es refugio en tiempos de angustia.

Misericordia y sabiduría para el justo
En Proverbios 2:6-7 encontramos: Porque Jehová da la sabiduría, Y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia. El provee de sana sabiduría a los rectos; Es escudo a los que caminan rectamente.

Para que Dios sea tu apoyo debes buscarle y ser una persona digna. No puedes servir al mundo y al mismo tiempo clamarle por misericordia. Cuando te sientas inseguro de la situación que te rodea, confía en Él pero antes asegúrate de hacerlo con un corazón limpio y renovado.

1ra. de Pedro 1: 17-19 recuerda: Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.

Dios envió a Su hijo a derramar Su sangre para rescatarnos. Nos compró con algo que no se corrompe y es más valioso que el oro y la plata. Así que no pretendas lograr la salvación haciendo obras con dinero. Si ofrendas para tranquilizar tu conciencia, te equivocas. Fuiste salvo para caminar en buenas obras pero no hay obra que pueda darte la salvación que sólo la sangre de Jesús otorga. En cualquier situación, es la misericordia del Señor lo que te ayuda, no hay nada material que sustituya Su gracia y poder. Si caminas en Su presencia no temas porque la sangre de Cristo continúa protegiéndote. Busca la estabilidad y seguridad que sólo Dios provee.

A veces dudamos porque la vida es difícil y debemos satisfacer muchas necesidades, especialmente si hay personas que dependen de nosotros, pero no olvides que Dios es nuestro escudo y fortaleza. Si tienes fe, sabiduría y confías en Su promesa de salvación, podrás recuperar todo lo que hayas perdido. Tu Padre es bueno y aunque andes en valles de sombra te protegerá para que reposes con tranquilidad.

Entrégale tu corazón y pídele que perdone tus pecados. Pon tu esperanza en Él y agradécele la capacidad de considerarte una nueva persona en Su nombre. Él nunca te abandonará porque es tu escudo y estabilidad en medio de cualquier tormenta.

Dios nos compró con algo que no se corrompe y es más valioso que el oro y la plata. Así que no pretendas lograr la salvación con tus ofrendas.
En cualquier situación, es la misericordia del Señor lo que te ayuda, no hay nada material que sustituya Su gracia y poder. Busca la estabilidad y seguridad que sólo Dios provee.

HASTA QUE EL MINISTERIO NOS SEPARE


Dieciocho meses después de nuestra boda nació nuestro primer hijo. Un mes más tarde entramos a un seminario, anhelando una vida de servicio en el ministerio. Después de diez años, sin embargo, nuestros sueños ministeriales se habían convertido en pesadillas matrimoniales. Ministrábamos a otros matrimonios mientras que nuestra propia relación se había quebrado.

Aunque nunca mencionamos la palabra «divorcio», ambos sabíamos que nuestro matrimonio se hundía. Al igual que dos personas que se ahogan, peleábamos continuamente, buscando con desesperación el aire que tanto necesitábamos, hasta que casi era demasiado tarde.

Esta es la historia de nuestro naufragio, pero también es la historia de nuestra sorprendente experiencia con la gracia de Dios, que sanó y restauró nuestro matrimonio.

Sueños de servicio

Julia: Luego de cuatro agotadores años en el seminario —padeciendo la lucha de mi esposo con el griego y la hermenéutica, viviendo con un presupuesto ajustado, dando a luz dos hijos, trabajando hasta la medianoche como mesera— Matías finalmente se graduó. Habíamos obtenido el premio, y ahora la vida mejoraría, pues creíamos que sería más fácil y «normal».

Estas experiencias afianzaron en mí un sentimiento: no me sentía aceptada ni valorada en la iglesia. No encontraba mi lugar en la congregación. En junio de ese año nos mudamos a nuestra primera congregación, una pequeña iglesia rural. Yo tenía expectativas y sueños para esta pequeña congregación. En lo práctico, tomé por sentado que ellos cubrirían adecuadamente nuestro salario. En lo espiritual, me entusiasmaba acompañar con orgullo a mi esposo, compartiendo mis dones, mis ideas y mi pasión por el ministerio.

La realidad de la iglesia, sin embargo, rápidamente echó por tierra nuestros sueños.

En la primera Navidad programé un encuentro especial para la congregación, una reunión en la casa pastoral. Durante días preparé el hogar para este encuentro de amor, decorando con cuidado la casa y preparando deliciosos bocadillos para compartir con aquellos que decidieran acompañarnos. Cuando llegó el día, no apareció nadie. Luego de esperar una hora llegó solo una visita. Me sentí profundamente desilusionada.

Cuando llegó el verano, sin embargo, quise volver a intentar. Tomé la lista de miembros de la iglesia y me propuse invitar a cada familia a compartir un helado en nuestro hogar. Comencé con la letra «A» e invité a los Andersons, una familia con tres varones salvajes. En lugar de disfrutar el helado lo chorrearon por toda la casa, arruinando mis sillones y la alfombra, rompieron todo lo que tocaron y se quedaron hasta la medianoche. Me di por vencida, ¡sin siquiera haber llegado a la letra «B»!

Estas experiencias afianzaron en mí un sentimiento: no me sentía aceptada ni valorada en la iglesia. No encontraba mi lugar en la congregación. Creo que ellos tampoco sabían de qué forma conectarse conmigo. Al vivir en un pequeño pueblo con una cultura que no entendía, me sentía como si alguien me hubiera echado en medio de un lago rodeado de una densa bruma. Necesitaba encontrar la forma de nadar hasta la orilla, pero no tenía idea de cómo lograrlo.

Mientras que Matías se entregaba cada vez más de corazón a la congregación, yo comencé a construir un muro de protección alrededor de mis sentimientos. Cuanto más avanzaba mi esposo, más me refugiaba en mi propia caparazón.

Matías: Yo no tenía grandes expectativas de la iglesia, ni tampoco de mi matrimonio (por lo menos así lo creía), pero sí esperaba grandes cosas de mí mismo.

Desafortunadamente no me daba cuenta cuán profundamente estaban vinculadas estas expectativas a las heridas no sanadas de mi alma. Soñaba con ser un pastor «fiel», que amaba a las personas, predicaba sermones inspiradores y desarrollaba una nueva visión para la congregación. Y por supuesto que esperaba que Julia me ayudara en esto, pues esta siempre había sido «nuestra» visión.

Me tomó por sorpresa cuando Julia compartió su frustración y el dolor que sentía como esposa de pastor. Me repetía que sentía «que en la iglesia todos son más importantes que yo». Yo no conseguía entender la profundidad de su angustia. Pensaba que lo que necesitaba era solamente resolver el tema de su desconsuelo y enojo, por lo que minimicé sus sentimientos y me entregué con aún más fervor a la tarea de edificar al cuerpo.

Luego, poco tiempo después del nacimiento de nuestro cuarto hijo, mi hija me llamó a la iglesia y me dijo: «Papá, será mejor que vengas a casa. Mamá se ha desplomado sobre el piso y dice que de allí no se mueve. ¡Creo que está muerta!» Di un suspiro y volví a casa para revivir a mi melodramática esposa. Estaba convencido de que yo era un buen pastor y esposo. ¿Acaso no me tomaba un día de descanso por semana? Claro, el tema de la iglesia era para mí una obsesión, pero al menos estaba en casa.

Cuando miro hacia atrás me doy cuenta de que atesoraba a la iglesia y atesoraba a mis hijos, pero no tenía idea de cómo valorar a Julia —y mi excesiva ocupación y arrogancia no me permitían aprender.

Hacia el desprecio

Julia: Hice un voto de no convertirme en una esposa de pastor amargada, por lo que desarrollé una vida por fuera de la iglesia y del sueño que alguna vez habíamos compartido. Si Matías no estaba disponible para mí ni la iglesia mostraba interés en aprovechar los dones que yo tenía —razonaba—, entonces no veía por qué debía pasarme la vida sola y triste.

Su esfuerzo permitió que nuestra frágil unión sobreviviera un tiempo más, pero yo no me veía como pecadora en esta situación. Terminé un título en consejería y me lancé a un ministerio paralelo en un centro de consejería. Me obligaba a asistir a las reuniones de la iglesia, pero a mis ojos «la congregación era de Matías». Yo había organizado reuniones sociales, estudios bíblicos, grupos caseros, reuniones de oración y seminarios —pero todos terminaron en un aparente fracaso, así que me di por vencida. La congregación y yo no congeniábamos.

Además, desde mi perspectiva, Matías había permitido que la congregación se devorara su vida personal y nuestro matrimonio. No había sabido establecer límites, animando a las personas a que invadieran nuestra vida personal cuando lo quisieran. En su día de descanso el cuerpo de Matías estaba presente en casa, pero su mente y corazón seguían con la congregación.

Había una persona en la congregación que sí conocía la profundidad de mis luchas, una mujer sabia llamada Nancy. Ella se convirtió en nuestro mentor y mediadora. Ocasionalmente ella nos acompañaba hasta tarde, escuchando atentamente mientras le relataba mi agonía y enojo. Compartía la desilusión que sentía hacia Matías. Ella me confrontaba tiernamente con mi pecado, mi necesidad de entender la perspectiva de quienes pertenecían a la congregación. Me animaba a perseverar en la tarea de lentamente producir cambios en un entorno resistente a ellos.

Luego Matías compartía su fastidio con mi persona. Nancy también lo confrontaba con su pecado y lo animaba a invertir más en nuestro matrimonio. Ella estaba llevando a cabo un proceso extraordinario de consejería, intentando desesperadamente tender puentes que cerraran la brecha entre nuestro mutuo desprecio.

Su esfuerzo permitió que nuestra frágil unión sobreviviera un tiempo más, pero yo no me veía como pecadora en esta situación. Resultaba conveniente echarle la culpa a Matías por todo, pero parte de mi soledad y angustia no tenían nada que ver con él ni con la congregación. Las propias heridas de mi niñez impedían que confiara en otros. También me costaba aceptar a las personas buenas de la congregación por lo que eran. En lugar de esto, cerré mi corazón incluso a los que intentaban amarme, aun cuando fuera a su propia manera.

Matías: Yo sentía que estaba logrando mis ansiados sueños para el ministerio: «sermones transformadores», un grupo de jóvenes revitalizado, una congregación que crecía y un liderazgo de impacto en la comunidad. No obstante, acarreaba aún una profunda herida en mi corazón. Necesitaba con desesperación la afirmación de la gente. Su aprobación me resultaba más importante que la aprobación de mi esposa. Me estaba sacando un «diez» en el ministerio, pero un «cero» en mi propio matrimonio.

La ira me llevaba a buscar la forma de controlar a Julia, y cuanto más intentaba controlarla más se alejaba de mí. En lugar de sanar esta herida el éxito pastoral simplemente la abrió mucho más. Buscaba los aplausos de la congregación, pero el enojo de Julia convirtió el reconocimiento de la gente en algo amargo y barato. Sentía que constantemente debía cubrirla. Las personas en la congregación preguntaban: «¿Dónde está Julia hoy?» y yo continuamente presentaba excusas para ella, pues pasaba cada vez más tiempo en el centro de consejería.

Solamente Nancy conocía la verdadera historia que vivíamos, pues yo me esforzaba por esconder nuestros conflictos matrimoniales. La necesidad de estar escondiendo me produjo profundos sentimientos de tristeza e ira. La ira me llevaba a buscar la forma de controlar a Julia, y cuanto más intentaba controlarla más se alejaba de mí.

Ocasionalmente veíamos alguna nueva chispa del amor entre las cenizas del desprecio. Un año, en nochebuena, por ejemplo, estábamos sentados solos entre papel de regalos, cajas y envoltorios. Los niños habían abierto sus obsequios y jugaban felices. Le tomé la mano a Julia y le confesé: «Este año ha sido muy duro. No sabes cuánto lo lamento», le declaré con ternura: «realmente te amo». Julia estalló en llanto. Nos abrazamos, entre papeles, y lloramos juntos. Fue un momento de ternura, un momento que volvió a encender nuestro anhelo de intimidad y compañerismo.

Claro, no se puede sanar un matrimonio quebrado en un solo instante, y yo no sabía cuán profundamente Dios quería transformar mi propia vida. Aún no lograba comprender el corazón herido de Julia. Ella estaba enojada conmigo y con la congregación. Nuestros sueños habían degenerado en desdeño. Ella solía llegar tarde del centro de consejería y acabábamos discutiendo. Yo regresaba tarde de las reuniones de la iglesia y acabábamos discutiendo.

Tratamiento de Shock

Matías: No lograba entender el profundo resentimiento de Julia. El ministerio pastoral no era malo. Yo trabajaba menos horas que muchos de mis colegas. Yo pasaba más tiempo con mis hijos en comparación a la mayoría de padres de la congregación. ¿Qué más podía querer ella?

Durante tres años ella me dijo que se sentía sola, herida, ignorada y poco valorada. Yo escuchaba las palabras pero no comprendía su corazón. Consideraba que este era un problema de ella, no un problema mío. Lentamente vi cómo ella se alejaba de la congregación y de mi vida. Finalmente, en el verano del 95, mientras yo participaba de un viaje misionero con los jóvenes, Julia me llamó para compartirme una noticia devastadora. Mientras hablábamos yo percibía que ella ya no estaba enojada; su voz se había tornado desganada e indiferente. «Ya no sé si te amo —me confesó—. La verdad es que me siento muy confundida, porque pienso que amo a otra persona».

Julia: No tenía idea de cuán profundamente me había hundido en mi propio pecado. Luego de cuatro embarazos me sentía gorda y fea. La atención que me prestaba este hombre en el centro de consejería me hacía sentir hermosa y atractiva. En lugar de buscar que Dios llenara el vacío en mi corazón comencé a coquetear con el interés que me mostraba esta persona.

No llegamos hasta una relación física, pero mis emociones estaba completamente enfocadas en él. Sentía como si viviera una doble vida: era la esposa del pastor, la madre de cuatro hijos y la amante del hombre más atractivo que había conocido. El poder seductor de esta «vida escondida» comenzaba a consumir mis pasiones.

Matías: Yo tenía mis sospechas acerca de la relación entre Julia y este compañero de trabajo, pero cada vez que preguntaba ella me aseguraba que no eran más que colegas en el ministerio. Yo pensaba que solamente necesitaba estar lejos de mí, la congregación y nuestros hijos. Ahora, sin embargo, había conseguido atrapar mi atención. ¡Estaba escuchándola con todo mi corazón!

Dios expuso, con feroz e insistente misericordia, las capas de pecado en mi vida Durante los próximos seis meses entré en un tiempo de arrepentimiento y profunda tristeza. Me di cuenta de lo que estaba perdiendo a causa de mi negligencia y afán ministerial. Me arrepentí por la forma en que había tratado a Julia. Sabía que tenía que volver a conquistar sus afectos, tal como lo había hecho durante nuestro noviazgo.

Dios expuso, con feroz e insistente misericordia, las capas de pecado en mi vida: mis erradas prioridades, mi frialdad hacia Julia, mis ídolos arraigados. Había estado disponible para la iglesia, pero ausente para mi esposa. Durante cinco años había utilizado las demandas del ministerio para ignorar el corazón de mi compañera de vida.

También comencé a entender que mi afán de éxito en el ministerio tenía mucha relación con mis propios conflictos; mi falta de intimidad, mi anhelo de reconocimiento, mi deseo de conquista. Ahora, sin embargo, anhelaba profundamente acercarme a Dios y a mi esposa. Impulsado por el quebrantamiento, deseaba aprender a valorar a Julia.

Tiempo de arrepentimiento

Julia: Cuando Matías comenzó a cambiar mi sorpresa fue profunda. Por primera vez en el ministerio comenzó a establecer límites y a negarse a algunas de las demandas de la gente. Más que esto, sin embargo, él comenzó a buscar mi corazón. Cuando se tomaba un día de descanso realmente se desvinculaba del ministerio. Cuando nos íbamos de vacaciones realmente dejaba atrás a la iglesia para enfocarse exclusivamente en mí y nuestros hijos. No llamaba a la oficina para saber cómo estaba todo. No leía libros relacionados con el ministerio.

Aunque yo veía que él buscaba la forma de valorarme, yo no estaba lista para entregarle mi corazón. Sentía demasiados temores y, además, aún seguía vinculada emocionalmente al hombre que trabajaba conmigo en el centro de consejería.

En el verano de 1996 trasladaron a Matías a una iglesia a 120 kilómetros de dónde estábamos, una congregación tres veces mas grande que la nuestra. Yo tomé por sentado que las demandas del ministerio volverían a devorarse a mi esposo y sus esfuerzos por volver a amarme. Matías, sin embargo, no permitió que eso ocurriera. Fue fiel a los límites que había establecido, asistía a dos reuniones nocturnas por semana. En raras ocasiones estaba dispuesto a aceptar una tercera reunión.

Mientras tanto la aventura emocional que yo estaba viviendo salió a la luz. El director del centro de consejería me confrontó: «Estás pasando demasiado tiempo con este hombre. ¿Estás enamorada de él?» Confesé que tenía fuertes sentimientos hacia él, pero que no habíamos tenido relaciones. El director me comunicó que esta era una situación que el centro no podía tolerar y me despidió. Eventualmente el hombre que amaba también se tuvo que ir y ya no volvimos a tener contacto.

Hice duelo por la pérdida de amigos y un medio de apoyo, pues la gente del centro de consejería habían sido como una familia para mí. Cuando perdí mi trabajo en el centro de consejería me tocó entrar en un período de arrepentimiento y dolor. A pesar de la forma en que lo había racionalizado, esta relación no era la forma correcta de responder a la falta de felicidad que experimentaba en mi matrimonio. ¡Era un pecado! Otros me habían descubierto. Me sentí expuesta, llena de vergüenza y remordimiento. Me desgarraba saber que había lastimado a Matías y a nuestros hijos. También comencé a enfrentarme a algunas de las heridas que aún arrastraba de mi niñez, asuntos que tenían que ver con la traición, el abandono y la soledad.

Hice duelo por la pérdida de amigos y un medio de apoyo, pues la gente del centro de consejería habían sido como una familia para mí. Repentinamente estas relaciones desaparecieron. Caí en depresión, perdí mucho peso y comencé a trabajar como mesera en un puesto de comida. Matías, sin embargo, jamás me dio la espalda.

Perdí todo lo que yo valoraba como importante —mi carrera, mi éxito, mi fantasía emocional— y comencé a recuperar todo lo que Dios valora.

Reconstruir

Matías: Cuando Julia perdió su trabajo en el centro de consejería y me di cuenta de cuán profundos eran sus sentimientos por la otra persona, nuestro matrimonio comenzó a sanar, a pesar del profundo dolor que sentía. Era como escuchar las palabras de un médico luego de una cirugía de cáncer: «Creo que lo pudimos agarrar a tiempo».

Pequeños incidentes detonaban reacciones airadas y fustigaba a mi esposo. Julia me dijo que la relación con el otro hombre se había acabado, que se había equivocado y que estaba comprometida con volver a construir una relación conmigo. Por mi parte, yo estaba decidido a no permitir que regresaran las condiciones que la habían llevado a buscar los afectos de otro hombre.

Durante este tiempo también comenzamos el proyecto de construir nuestra propia casa. Elegimos juntos el terreno, el diseño, los detalles. Durante los cinco meses que duró la construcción a menudo comentábamos que la casa se parecía a nuestro matrimonio. Al comienzo lo único que veíamos era el terreno pelado, pero lentamente se convirtió en la hermosa casa que compartíamos juntos. Nos inundó el deseo y la esperanza de un futuro mejor que el camino que ya habíamos transitado.

Julia: Luego de cuatro años de reconstruir la confianza y establecer nuevos patrones para nuestra relación, Matías aceptó ser el pastor principal de una congregación en otro estado. Aunque en el fondo yo sabía que esto era la voluntad de Dios para nuestras vidas, no pude evitar un sentimiento de temor que invadió mi ser. ¿Qué pasará si Matías me vuelve a abandonar? ¿Qué ocurrirá si esta congregación acaba acaparando su voluntad y su agenda? ¿Qué será de nosotros si nuestro matrimonio vuelve a desintegrarse? Los fantasmas del pasado, que yo pensaba ya habían sido derrotados, comenzaron otra vez a atemorizarme.

El temor se convirtió en ira, y con frecuencia la ira iba dirigida contra Matías. Pequeños incidentes detonaban reacciones airadas y fustigaba a mi esposo. Sabía que necesitaba consejería, y nuestro matrimonio también.

Matías: Durante el tiempo de transición un sabio consejero nos ayudó con el proceso. Por ejemplo, una noche que estábamos parando en un hotel Julia me pidió que bajara a la recepción para pedir una toalla adicional y más jabón. Cuando regresé con la toalla, pero sin el jabón, ella explotó.

Cuando le expliqué al consejero lo «ridículo» que me parecía hacer tanto «escándalo» por apenas un jabón, el me señaló: «Su ira no tenía que ver con el jabón, Matías». Me mostré confundido, por lo que añadió: «Julia siente miedo de mudarse. Se enoja porque teme que no la escuches, que no la tomes en cuenta. Ella es el jabón. ¿La dejarás atrás cuando te vayas?»

Sus sabias intervenciones nos ayudaron a prepararnos para la mudanza. Dejamos de enfocarnos en los detalles y comenzamos a escuchar lo que estaba diciendo cada uno. Yo busqué mejorar mis capacidades para escuchar su corazón.

Gracia para el futuro

Matías: En el 2001 nos mudamos a nuestra nueva congregación. Nuestra hija ahora asiste a la Universidad y tenemos tres preciosos adolescentes en casa. Julia y yo nos hemos unidos, como íntimos aliados, en el servicio a Cristo. ¡Qué aventura! ¡Qué privilegio!

Julia: No ha sido fácil. Mudar a toda la familia y acostumbrarla a una nueva cultura resultó, en ocasiones, bastante doloroso. Luego, a pocos meses de habernos mudado, dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas, a apenas 80 Km. de nuestra congregación. Aunque no perdimos a ningún miembro de la congregación, la angustia provocada por la pérdida de amigos, hermanos y compañeros duró muchos meses.

El año pasado me diagnosticaron cáncer de tiroides. Este tipo de cáncer es fácilmente tratable, pero aún mi cuerpo no se recupera del golpe y del temor que me causó la noticia. La presión que siento por tantas situaciones complicadas ocasionalmente me perturban y agotan. No obstante, en medio de las necesidades de mis hijos, una nueva carrera en consejería, sesiones de quimioterapia, cientos de nuevas personas en la congregación, Matías ha sido fiel en acompañarme. La iglesia me ha rodeado de amor. Durante el tratamiento para el cáncer frecuentemente nos proveían de todas las comidas del día. Algunos miembros de la Iglesia son ahora también mis compañeros de ministerio.

Hace un año me encontré con el cuerpo ministerial de la iglesia para compartir mis sueños y anhelos para el ministerio, pidiendo que me rodearan con oración. Ellos se mostraron ¡tan cariñosos! Y, lo mejor de todo, es que en la congregación he encontrado personas que considero verdaderos amigos.

Matías: Estoy tan agradecido a Dios por sus «severas misericordias». ¡Cuán doloroso ha sido nuestro peregrinaje! Ambos tuvimos que enfrentarnos, una y otra vez, a nuestro pecado y fragilidad. Pero de las cenizas de nuestra vida Dios ha vuelto a reconstruir nuestro matrimonio.

El mes pasado, mientras Julia limpiaba el horno, la cocina se llenó de humo. Llamó a los bomberos para que la aconsejaran, pero en pocos minutos dos camiones, la camioneta del jefe de bomberos y un auto de policías habían llegado a nuestra casa, sirenas encendidas y luces tintineando. Nueve bomberos irrumpieron en nuestra cocina con máscaras de humo y hachas en las manos. Nuestro perro salió corriendo al jardín mientras que nuestro hijo más pequeño se subió a uno de los camiones hidrantes.

Los vecinos y miembros de la congregación rodearon la casa para ver que pasaba. Julia y yo nos sentamos en la galería para reírnos. Esta escena era un retrato de nuestras vidas, la abundante gracia de Dios que ha permitido que resurja la alegría del caos y la tristeza.

CCONFESIONES DE UNA MUJER CONTENCIOSA...


Iba en el carro con mi esposo en camino a encontrarnos con nuestra familia para almorzar con ellos. Mi esposo optó por cierta ruta al restaurante que, en mi opinión, nos tomaría más tiempo en llegar a nuestro destino. Estábamos apurados, porque después del almuerzo teníamos que reunirnos con unos amigos. Yo iba sentada en el carro echando chispas. «Después de haber andado por esa área por más de veinte años, ¿por qué insiste en tomar la misma ruta? ¿Acaso soy yo la única que piensa en esta casa?» No tardé mucho para enfrascarme en mí misma para alimentar una actitud de enojo por algo tan absurdo como la ruta para llegar a un restaurante.

Mientras tanto, mi esposo y mis hijos sabían que «mami» estaba de un humor de aquellos… Ni siquiera tenían idea de si ellos habían provocado mi actitud; solo sabían que necesitaban ser muy cuidadosos al respecto. Me acababa de convertir en «una fastidiosa gotera», y mi familia estaba viviendo arrinconada en el patio.


«Más vale vivir en un rincón del patio,

que dentro de un palacio con una [mujer] peleonera.»

Proverbios 21.9 LBA (1)

«Vale más la soledad que una vida matrimonial

con una [mujer] peleonera y de mal genio.»


Proverbios 21.19.


«El hijo necio es ruina de su padre,

y gotera continua las contiendas de una esposa.»


Proverbios 19.13 LBLA (2)


Meditar en estas palabras me ofrecía una clara imagen de quién era yo. Presté atención a esos versículos y se agolparon en mi memoria escenas en el trabajo o en la casa en las que alguien alrededor de mí había susurrado: «Ella está de un humor…», y podía sentir que los demás hubieran preferido estar en cualquier otro lugar menos a mi lado. Mi familia y amigos frecuentemente caminaban de puntillas alrededor de mí, siempre con temor de decir o a hacer algo que despertara mi mal genio.

El orgullo vagaba por mi corazón con toda libertad y sin control alguno. El veredicto: Culpable. Era una mujer peleonera y de temperamento débil. Incluso yo misma odiaba estar conmigo. Clamé, entonces: «Señor, ¿por qué soy así? Ayúdame. Cámbiame».

Dios me mostró tres problemas de mi persona con los cuales debía trabajar: orgullo, insatisfacción, y búsqueda de placer.


Orgullo

Proverbios 21.4 señala: «Hay tres cosas que son pecado: ser orgulloso, creerse muy inteligente y vivir como un malvado».

Mi orgullo me hacía querer controlarlo todo. Pensé que yo sabía bien cuál era la ruta que deberíamos tomar. Y mi afán por tener todo bajo mi control me llevó a creer que mi razonamiento siempre era más acertado que el de mi esposo. Este es un error muy común entre esposas, aun cuando nuestros esposos han mostrado ser hombres responsables, reflexivos e inteligentes. ¿Por qué otra razón nos habríamos casado con ellos? Y aún así decidimos pensar que nosotras lo sabemos todo.

Insatisfacción

La insatisfacción es una actitud de la que debemos cuidarnos. Irrumpe en nuestros pensamientos sin previo aviso. Yo estaba descontenta con la ruta que él había elegido para llegar al restaurante. ¿Qué tan ridícula resulta esa actitud? Aun así, fue tan poderosa que arruinó la cita familiar que teníamos para comer.

Una mujer peleonera que se refugia en el enojo nunca quedará satisfecha. Quiere que su esposo le traiga flores. Un día él se las trae y… «Oh, pero no son rosas rojas». Nunca es suficiente. Siempre se le antoja algo más.

Pero la verdad es que «todo el día codicia, mientras el justo da y nada retiene». (Pr 21.26 LBLA). ¿Por qué no dejamos de pensar en lo que podemos recibir en vez de enfocarnos en lo que podemos dar?

La búsqueda de placer

Proverbios 21.17 advierte: «Quien solo piensa en fiestas, en perfumes y en borracheras, se queda en la pobreza, y jamás llega a rico». Me encanta sentir placer. ¿A quién no? ¿Es esa la meta de tu vida? ¿Estás constantemente planeando y pensando en tus próximas vacaciones? ¿El placer es tu enfoque? Y si no te dan lo que tu corazón quiere, ¡que el mundo se cuide!

No pudiste ver tu programa favorito de tele o no pudiste ir al gimnasio o tomar tu almuerzo. De inmediato asomas tu cara enojada y ya nadie puede soportar estar cerca de ti. ¡El mundo tiene la culpa!

Esta búsqueda de placer puede llevarnos a que nos convirtamos en lo que la Biblia llama un vago (Pr 21.25). Nos volvemos perezosas. No queremos limpiar, cocinar, enseñar, estudiar o asistir a la iglesia. Ansiamos solamente placer y convertirnos en perezosos con nuestras responsabilidades. Todos debemos cumplir tareas que Dios nos ha dado en su perfecta sabiduría. Con un corazón abierto y agradecido debemos realizar el trabajo que él confía a diario en nuestras manos.

¿Qué es lo que debo hacer para librarme de esta mujer peleonera?

Ya que me había dado cuenta de que era una mujer peleonera y estos tres problemas estaban acabando con mi vida, decidí cambiar y convertirme en una mujer que complace a Dios. El Espíritu Santo me ayudó a enfocarme en la humildad, el contentamiento, y la confianza

Humildad

«El orgullo acaba en fracaso, la honra comienza con la humildad» afirma Proverbios 18.12. «Humíllate y obedece a Dios, y recibirás riquezas, honra y vida» (Pr 22.4).

Me cuesta ser humilde. Es muy fácil creer que somos algo más de lo que en verdad somos. ¿Cómo podemos perseverar en ser humildes? Me di cuenta de que para ello me ayudaría elaborar una lista de lo que Dios me ha dado. Cuando veo la magnitud de los regalos que Dios me ha dado, me siento humilde. Puedes escribir una lista así sobre las personas que son clave en tu vida. Cuando veo las bendiciones que esta gente trae a mi persona, mi actitud cambia en un instante.

Contentamiento

Interpreto la satisfacción como conformarnos con lo que Dios nos ha dado. «Nadie sabe cuál será su futuro. Por eso debemos dejar que Dios dirija nuestra vida» (Pr 20.24). Si crees en su Palabra, ¿por qué tanto escándalo? Es tiempo de probar la Palabra de Dios. Deja de alarmarte y desear más, y empieza a darte cuenta de lo que sí tienes.

Quédate quieta y date cuenta de que tu vida está en las manos de Dios, y regocíjate. Regocíjate en lo que él te ha dado. Regocíjate por el lugar en el que estás. Regocíjate si tienes un trabajo. Regocíjate si cuentas con una familia que te ama —a pesar de que los tienes viviendo arrinconados en el patio. Regocíjate si tienes vida. Regocíjate en el Dios maravilloso al que sirves. Regocíjate en la tarea que te ha dado —es un privilegio.

¿Eres una mujer peleonera?

¿Estás contenta?, ¿o quejumbrosa?

¿Te sientes gozosa?, ¿o miserable?

¿Estás confiando?, ¿o jugándotela sola?

¿Estás dando?, ¿o ansiando más?

¿Estás encargándote de cumplir tus responsabilidades ante Dios?, ¿o buscando tu propio placer?

Decide hoy ser la clase de mujer que Dios quiere que tú seas. Entonces da los pasos necesarios para convertirte en una mujer que complace a Dios. Medita y piensa en estos versículos:


¡Qué difícil es encontrar una esposa extraordinaria! ¡Hallarla es como encontrarse una joya muy valiosa! Quien se casa con ella puede darle toda su confianza; dinero nunca le faltará. A ella todo le sale bien; nunca nada le sale mal..... Es mujer de carácter; mantiene su dignidad, y enfrenta confiada el futuro. Siempre habla con sabiduría, y enseña a sus hijos con amor.

Proverbios 31.10–12, 25–26.


Confía

Deposita toda tu confianza en Dios, y no en tu propia inteligencia. Date cuenta hasta dónde me dejé llevar por mis pensamientos. No te fíes de tus sentimientos, opiniones, o derechos. Confía en Dios y en su Palabra. Aun, este sufrimiento que ha entrado a tu vida, Dios lo ha dispuesto. Acéptalo y avanza apoyada en su fortaleza.

¿Qué tan alentador resulta eso? ¡Qué fundamento tan sólido en el cual se puede permanecer! Confiar en Dios te llevará a obedecer su Palabra. La obediencia a su Palabra te ayudará a ser humilde y a encontrar satisfacción. La mujer peleonera se habrá esfumado.

La siguiente vez que mi esposo tomó el camino largo a algún lugar, respiré profundo y disfruté el precioso panorama que el camino nos ofrecía —¡un panorama que jamás había notado! Elegí no estar tratando de controlar cada detallito y acepté la libertad de no tomar cada decisión. ¡Qué notable diferencia!