Pero Judas no es solo una historia.
Es un espejo.
Judas no se fue de Jesús de un día para otro.
Se fue por dentro.
Siguió cerca…
pero dejó de confiar.
Siguió en la mesa…
pero ya no descansaba en la presencia.
Y ahí está el punto:
somos Judas cuando el corazón se divide.
Somos Judas cuando:
Seguimos creyendo, pero ya no oramos con honestidad.
Vamos a la iglesia, pero vivimos agotados por dentro.
Decimos “todo está bien”, cuando sabemos que no lo está.
Somos Judas cuando cargamos cosas ocultas:
una adicción que nadie ve
un vicio “pequeño” que nos controla
una doble vida emocional
una dependencia que nos da alivio momentáneo y culpa permanente
Somos Judas cuando el orgullo nos gana:
cuando no pedimos ayuda
cuando no perdonamos
cuando preferimos tener la razón antes que sanar
cuando nos cuesta admitir que estamos mal
Somos Judas cuando fallamos…
y en lugar de volver, nos aislamos.
Cuando pensamos:
“Dios perdona a otros, pero a mí no.”
“Esto ya no tiene arreglo.”
“Ya crucé una línea.”
Eso no es rebeldía.
Eso es desesperanza.
Y aquí está lo que muchos olvidan:
Jesús sabía lo que Judas iba a hacer…
y aun así lo sentó a la mesa.
Le lavó los pies.
No lo expulsó.
No lo expuso.
La tragedia no fue el error.
Fue creer que ya no había gracia.
Este mensaje no es para señalar.
Es para despertar.
Porque muchos no están lejos de Dios…
solo están cansados, divididos y avergonzados.
Y hoy Dios no dice “aléjate”.
Dice:
“Vuelve.
No te condenes.
No te aísles.”
Porque la gracia no es para los perfectos.
Es para los que se atreven a regresar.
Y todavía hay lugar en la mesa.
Referencia
Lucas 22.


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