CIANDO DIOS GUARDA SILENCIO


Si alguna vez pensaste que Dios no te respondió…

si alguna vez sentiste que oraste y el cielo no contestó,

si miraste los milagros de la Biblia y susurraste con culpa:

“¿Y por qué a ellos sí… y a mí no?”

entonces esta palabra es para ti.


Porque hay un dolor del que casi no hablamos en la iglesia:

el dolor de creer… y aun así no ver nada moverse.


Nos dijeron que gritáramos.

Que levantáramos la voz.

Que alabáramos más fuerte.

Que si no pasó nada, tal vez fue porque no gritamos lo suficiente.


Pero nadie nos preparó para esto:

para obedecer a Dios cuando Él nos pide silencio mientras todo se derrumba.


Si tú crees que los muros de Jericó cayeron solo porque gritaron,

te perdiste el secreto más doloroso de la historia:

antes del grito hubo seis días de silencio que quebraron el alma.


Seis días caminando alrededor de un problema que no se movía.

Seis días viendo el muro intacto.

Seis días tragándose preguntas, miedo, frustración, vergüenza.


Seis días donde Dios no explicó nada.


Eran soldados.

Hombres entrenados para el ruido, para el choque, para el grito de guerra.

El grito era su fuerza.

Su seguridad.

Su identidad.


Y Dios se los quitó.


Les dijo: “Caminen… pero no digan nada.”


¿Te imaginas lo que eso les hizo por dentro?

Caminar frente al enemigo.

Sentirse observados.

Vulnerables.

Ridículos.

Con el corazón acelerado… y la boca cerrada.


Todo en ellos quería gritar:

“¡Haz algo, Dios!”

“¡Muévete ya!”

“¡No puedo más!”


Pero Dios seguía diciendo:

“Quédate quieto.”


Porque el ruido es la manera en que fingimos que tenemos el control.

Y el silencio…

el silencio es donde finalmente aceptamos que nunca lo tuvimos.


Cuando el diagnóstico no cambia.

Cuando el matrimonio se enfría.

Cuando el dinero no alcanza.

Cuando la tumba está ahí… y Dios calla.


Ahí es donde Él nos desnuda.

Nos quita la fuerza aparente.

Nos quita la estrategia.

Nos quita la imagen de “cristiano fuerte”.


Hasta que solo queda una cosa:

dependencia absoluta.


Dios los dejó parecer débiles

para que jamás confundieran Su victoria con su propio esfuerzo.


Y piensa en Jericó…

estaban listos para un ejército ruidoso, furioso, violento.

Para eso se prepararon.


Pero lo que vieron fue peor:

un ejército en silencio.

Una procesión que parecía más un funeral que una guerra.


Un ejército que no gritaba decía algo aterrador:

“Esto ya no depende de nosotros.”

“Dios ya está aquí.”


Tal vez tú estás viviendo ese silencio ahora.

Tal vez oras y no pasa nada.

Tal vez lloras y nadie responde.

Tal vez amas a Dios… pero estás cansado.


¿Y si Dios no te está ignorando?

¿Y si no se está burlando de tu fe?

¿Y si este silencio no es abandono… sino preparación?


El grito del séptimo día no ganó la batalla.

Fue solo el “Amén” a una victoria que Dios ya había decidido cuando nadie veía nada.


No tienes que gritar tus muros.

El poder no está en lo fuerte que oras.

Ni en cuánto ayunas.

Ni en cuántas palabras sabes decir.


El poder está en cuánto estás dispuesto a rendirte.


¿Puedes confiar en Él cuando no hace ruido?

¿Puedes seguir caminando cuando no entiendes?

¿Puedes quedarte quieto el tiempo suficiente

para dejar que Dios haga lo que solo Él puede hacer?


Porque a veces…

el mayor milagro no es cuando los muros caen.

Es cuando tú no te rompes mientras Dios guarda silencio.


📖 Josué 6:1–21

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